Debajo del agua que divide a Tucumán y Santiago del Estero está ocurriendo un proceso invisible pero constante: el fondo del embalse de Río Hondo está subiendo. No es una suposición; es un fenómeno físico llamado colmatación. Un estudio realizado por el Dr. Sergio Gustavo Mosa, el Lic. Virgilio Núñez y el Dr. Miguel Á. Boso analizó cómo la tierra y la arena están ocupando el lugar que debería pertenecer al agua.
Este trabajo, que recibió
el Premio “Baglietto” en 2008, revela datos sobre la pérdida de capacidad del
dique y la velocidad con la que los sedimentos están transformando el relieve
sumergido.
Contexto
y funcionamiento
El dique de Río Hondo se
puso en marcha el 1 de enero de 1968. Fue diseñado con varios objetivos:
controlar las crecidas del Río Dulce, asegurar el riego de miles de hectáreas,
generar energía hidroeléctrica y fomentar el turismo. En ese momento, su
capacidad máxima se estimó en 1.658 hm3.
Sin embargo, los ríos que
bajan de las montañas tucumanas no traen solo agua; arrastran una carga de
sedimentos producto de la erosión. Cuando esa corriente entra al embalse,
pierde velocidad y los materiales —desde arena gruesa hasta arcilla fina— se
depositan en el fondo. Con el paso de las décadas, este proceso reduce el
espacio disponible para almacenar agua.
Una
nueva forma de medir el fondo
Para entender la gravedad
del problema, los investigadores de la UNSA implementaron una metodología más
precisa que la tradicional. En lugar de cruzar el lago en líneas rectas
(transectas), utilizaron una lancha equipada con GPS de alta precisión y
ecosonda para realizar recorridos en forma de espiral o "rulos".
Este método permitió
mapear el relieve del fondo con mucho más detalle. Durante el trabajo de campo,
los científicos tuvieron que sortear restos de árboles que quedaron sumergidos
desde 1968 para evitar daños en los equipos. Estos datos se complementaron con
imágenes satelitales Landsat y modelos digitales de la NASA (SRTM) para definir
con exactitud la línea de costa y las zonas donde los ríos desembocan.
Los
resultados: el pico de 2008
El análisis entre los
años 2005 y 2008 arrojó cifras preocupantes. Para 2008, el embalse ya había
perdido el 16,1% de su capacidad original. En total, se acumuló un volumen de
sedimentos de 267,39 hm3.
Lo más llamativo fue la
aceleración del proceso en el último año del estudio. Solo entre 2007 y 2008 se
depositaron 50,32 hm3 de lodo. Esta cifra es casi tres veces mayor a lo
registrado el año anterior y supera por mucho el promedio de los últimos 40
años, que se situaba en 6,68 hm3 anuales. El motivo principal de este
salto fue el aumento del caudal de los ríos debido a las lluvias, lo que
incrementó la capacidad de arrastre de materiales desde la cuenca superior.
La
geografía del lodo
El estudio describe que
los principales responsables de este entierro son los ríos Salí y Gastona. En
la zona noroeste del dique, estos ríos formaron un delta que gana terreno
constantemente.
En cambio, otros
afluentes como el río Marapa traen menos sedimentos porque cuentan con diques
aguas arriba (como Escaba o Batiruana) que retienen los materiales más gruesos.
Sin embargo, el sedimento más fino —limo y arcilla— logra llegar hasta las
cercanías de la presa. Esto es crítico, ya que, si ese material llega a cubrir
las bocas de toma de agua, afectaría directamente la generación de energía.
La
vida útil del embalse
Si se toma el promedio
histórico, se podría pensar que el embalse tardaría unos 300 años en llenarse
por completo. Pero los investigadores advierten que la vida útil de una represa
no se mide por cuándo se llena de tierra, sino por cuándo deja de ser
operativa.
El dique pierde
eficiencia mucho antes de colmatarse. Si el sedimento obstruye las turbinas o
si la pérdida de volumen impide regular las crecidas, la obra deja de cumplir
sus funciones principales. Según el informe, la velocidad de este proceso
depende directamente de lo que suceda en la cuenca alta y media: la
deforestación y el manejo del suelo en las montañas tucumanas dictan el ritmo
con el que se apaga el embalse.
Conclusión
El trabajo de Mosa, Núñez
y Boso deja claro que el mantenimiento de una represa no se limita a la
estructura de hormigón. La salud del embalse de Río Hondo está ligada al manejo
ambiental de los ríos que lo alimentan. Sin un control de la erosión y una gestión
integral de la cuenca, el "gigante" del Noroeste seguirá perdiendo la
batalla contra el sedimento, reduciendo el margen de seguridad y energía para
las próximas generaciones.
Fuentes consultadas:
* Mosa, S. G., Núñez, V.,
& Boso, M. Á. (2008). La Colmatación del Embalse de Río Hondo en el
Noroeste de Argentina. Análisis de los últimos 4 años.
* Registros del Instituto
de Recursos Naturales y Ecodesarrollo (UNSA).
* Datos del Organismo
Regional de Seguridad de Presas (ORSEP).

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