miércoles, 8 de julio de 2026

Parque Aguirre: la historia de la arboleda que salvó a Santiago del Estero | Cuando una epidemia cambió para siempre el destino de la ciudad

Mucho antes de convertirse en el principal espacio verde de Santiago del Estero, el Parque Aguirre fue una respuesta desesperada frente a una tragedia sanitaria que parecía no tener fin. Donde hoy hay senderos, clubes deportivos y familias compartiendo una tarde bajo los árboles, hace poco más de un siglo existían bañados, lagunas y nubes de mosquitos que propagaban una enfermedad capaz de paralizar a toda una ciudad. Esta es la historia de cómo una crisis sin precedentes dio origen a uno de los paisajes más emblemáticos de la provincia.



Primera entrega

Una ciudad rodeada por el agua

Resulta difícil imaginar la capital santiagueña de fines del siglo XIX. Quien recorre hoy la Costanera del Río Dulce o atraviesa el Parque Aguirre encuentra un paisaje consolidado, con árboles centenarios, avenidas y espacios recreativos. Sin embargo, hace más de ciento veinte años ese mismo lugar ofrecía una imagen completamente distinta.

El Río Dulce era, al mismo tiempo, una bendición y una amenaza. Sus aguas permitían el desarrollo de la agricultura, abastecían a la población y definían buena parte de la vida económica de la ciudad. Pero cada temporada de crecientes modificaba el paisaje. El río desbordaba, inundaba grandes extensiones y, cuando finalmente regresaba a su cauce, dejaba tras de sí una sucesión de esteros, lagunas y pantanos que permanecían durante meses.

Aquellas depresiones del terreno retenían enormes cantidades de agua estancada. En épocas de calor se convertían en un ambiente ideal para la proliferación de insectos, especialmente del mosquito Anopheles, transmisor del paludismo o malaria.

Los sectores ubicados al sudoeste de la ciudad eran particularmente vulnerables. Allí se extendía un mosaico de bañados y lagunas que dificultaban el crecimiento urbano y representaban un permanente riesgo para la salud pública.

El problema que agravó la mano del hombre

Las condiciones naturales no fueron las únicas responsables del desastre sanitario. Algunas obras hidráulicas realizadas durante aquellos años alteraron el comportamiento del río y terminaron generando nuevos espacios de aguas quietas.

Entre ellas se encontraba la defensa proyectada por el ingeniero Cassaffousth, destinada a proteger la ciudad de las inundaciones. Aunque la obra cumplió parcialmente su objetivo, también dejó un brazo muerto del Río Dulce donde el agua permanecía prácticamente inmóvil.

Tiempo después, durante la administración del gobernador Absalón Rojas, se realizó una prolongación de ese sistema, conocida popularmente como "Dique Palacio". Lejos de resolver el problema sanitario, esas modificaciones contribuyeron a consolidar nuevas zonas anegadas.

Nadie podía prever entonces que esos espejos de agua terminarían convirtiéndose en el principal foco de una enfermedad que marcaría para siempre la historia de Santiago del Estero.

El "chucho": la enfermedad que aterrorizó a la población

Los santiagueños no hablaban de malaria. Para la mayoría era simplemente "el chucho".

El nombre hacía referencia a los violentos escalofríos que sufrían quienes contraían la enfermedad. Primero aparecía un frío intenso e incontrolable. Luego llegaba la fiebre elevada, los dolores musculares, el agotamiento y, en muchos casos, las recaídas durante semanas o meses.

En una época donde aún no existían campañas sanitarias modernas ni tratamientos accesibles para toda la población, el paludismo avanzó con una velocidad alarmante.

Las familias convivían con la incertidumbre. Bastaba la picadura de un mosquito para que un integrante del hogar comenzara un largo padecimiento que muchas veces terminaba en la muerte.

El problema no distinguía clases sociales. Obreros, comerciantes, profesionales, empleados públicos y niños estaban expuestos al mismo riesgo.

Una de las peores crisis sanitarias de la Argentina

Los registros estadísticos de finales del siglo XIX revelan la magnitud de la tragedia.

Entre 1896 y 1901 murieron alrededor de 66.000 personas en Santiago del Estero, una cifra extraordinaria para la población de la época. Más de la mitad de esos fallecimientos estuvieron vinculados a enfermedades infectocontagiosas como la fiebre tifoidea, la tuberculosis y el paludismo.

Las crónicas médicas ofrecen un dato todavía más impactante: de cada cien habitantes, aproximadamente ochenta y ocho padecían malaria.

Las epidemias afectaban todos los aspectos de la vida cotidiana. El comercio disminuía su actividad, muchas escuelas suspendían clases durante los períodos más críticos y las familias evitaban trasladarse por determinadas zonas al caer la tarde, cuando los mosquitos eran más abundantes.

Algunos testimonios de la época describen una escena casi imposible de imaginar hoy: el zumbido constante de los insectos era tan intenso que, según se decía, llegaba a opacar el rugido del propio Río Dulce.

Puede parecer una exageración literaria, pero quienes vivieron aquellos años recurrieron a esa imagen para transmitir la desesperación que generaba la invasión de mosquitos.

Una ciudad que buscaba desesperadamente una solución

Frente al avance del paludismo comenzaron a surgir distintas propuestas para transformar el paisaje.

Ingenieros, médicos y funcionarios coincidían en que el problema no podía resolverse únicamente atendiendo a los enfermos. Era necesario actuar sobre el ambiente que favorecía la reproducción del mosquito.

Se planteó dragar lagunas, rellenar terrenos bajos y modificar el sistema de escurrimiento del agua. Entre quienes impulsaban estas iniciativas figuraban el ingeniero Cassaffousth y el reconocido paisajista Carlos Thays, cuya experiencia en el diseño de parques urbanos ya era ampliamente valorada en el país.

Sin embargo, la propuesta que finalmente cambiaría el rumbo de la ciudad llegaría desde otro ámbito.

El médico que entendió que la salud también se construía plantando árboles

El doctor Antenor Álvarez era mucho más que un médico prestigioso. Formaba parte de una generación de profesionales convencidos de que las enfermedades no podían combatirse únicamente dentro de un hospital.

Como higienista, sostenía que las condiciones ambientales eran determinantes para la salud de la población.

Mientras muchos concentraban sus esfuerzos en aliviar los efectos del paludismo, Álvarez decidió mirar el problema desde su origen.

Observó que los terrenos anegados retenían humedad durante gran parte del año y propuso una intervención que combinaba ingeniería, medicina y forestación: rellenar el brazo muerto del río, eliminar la vegetación que favorecía el estancamiento del agua y plantar especies arbóreas capaces de absorber grandes cantidades de humedad.

Su propuesta fue presentada al gobernador José Barraza, quien comprendió rápidamente la importancia de la iniciativa y decidió respaldarla.

La ciudad estaba ante una oportunidad inédita: transformar un foco permanente de enfermedades en un espacio saludable para las generaciones futuras.

Una idea adelantada a su tiempo

Hoy puede parecer natural pensar en la relación entre espacios verdes y calidad de vida. Sin embargo, a comienzos del siglo XX esa visión resultaba profundamente innovadora.

Las ciudades argentinas recién comenzaban a incorporar criterios modernos de planificación urbana. La creación de parques públicos respondía, en buena medida, a una corriente internacional que asociaba el contacto con la naturaleza, la ventilación y la forestación con la prevención de enfermedades.

Santiago del Estero decidió adoptar esa mirada cuando más la necesitaba.

El proyecto no consistía únicamente en plantar árboles. Buscaba modificar el ambiente, secar los terrenos inundables, reducir la presencia del mosquito transmisor del paludismo y, al mismo tiempo, ofrecer un nuevo espacio público para una ciudad que empezaba a crecer.

Sin proponérselo, sus impulsores estaban sentando las bases de una de las obras urbanísticas más importantes de la historia santiagueña.

El comienzo de una transformación

Las decisiones adoptadas entre 1902 y 1903 marcaron un antes y un después.

Con el apoyo del gobernador José Barraza, la gestión del intendente Andrés A. Figueroa y el asesoramiento técnico de especialistas como Carlos Thays, comenzaron los trabajos que cambiarían para siempre aquel paisaje dominado por el barro y los esteros.

Nadie imaginaba todavía que ese proyecto sanitario terminaría convirtiéndose en el mayor parque urbano de Santiago del Estero y en uno de los símbolos más reconocibles de la ciudad.

La siguiente etapa sería aún más extraordinaria. Miles de árboles empezarían a cubrir el antiguo bañado y cerca de un millar de niños protagonizarían una jornada histórica que permanecería en la memoria colectiva durante generaciones.

Porque el Parque Aguirre no nació únicamente de una decisión política o de un proyecto técnico. También fue el resultado del compromiso de una comunidad que decidió plantar, literalmente, las raíces de un futuro diferente.

En la segunda entrega conoceremos cómo se desarrolló la histórica plantación de eucaliptos del 9 de agosto de 1903, el papel que desempeñaron los mil alumnos de las escuelas santiagueñas, la influencia del diseño paisajístico de Carlos Thays y la evolución del Parque Aguirre hasta convertirse en el gran pulmón verde de Santiago del Estero.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario