Mucho antes de convertirse en el principal espacio verde de Santiago del Estero, el Parque Aguirre fue una respuesta desesperada frente a una tragedia sanitaria que parecía no tener fin. Donde hoy hay senderos, clubes deportivos y familias compartiendo una tarde bajo los árboles, hace poco más de un siglo existían bañados, lagunas y nubes de mosquitos que propagaban una enfermedad capaz de paralizar a toda una ciudad. Esta es la historia de cómo una crisis sin precedentes dio origen a uno de los paisajes más emblemáticos de la provincia.
Primera entrega
Una
ciudad rodeada por el agua
Resulta difícil imaginar
la capital santiagueña de fines del siglo XIX. Quien recorre hoy la Costanera
del Río Dulce o atraviesa el Parque Aguirre encuentra un paisaje consolidado,
con árboles centenarios, avenidas y espacios recreativos. Sin embargo, hace más
de ciento veinte años ese mismo lugar ofrecía una imagen completamente
distinta.
El Río Dulce era, al
mismo tiempo, una bendición y una amenaza. Sus aguas permitían el desarrollo de
la agricultura, abastecían a la población y definían buena parte de la vida
económica de la ciudad. Pero cada temporada de crecientes modificaba el
paisaje. El río desbordaba, inundaba grandes extensiones y, cuando finalmente
regresaba a su cauce, dejaba tras de sí una sucesión de esteros, lagunas y
pantanos que permanecían durante meses.
Aquellas depresiones del
terreno retenían enormes cantidades de agua estancada. En épocas de calor se
convertían en un ambiente ideal para la proliferación de insectos,
especialmente del mosquito Anopheles, transmisor del paludismo o malaria.
Los sectores ubicados al
sudoeste de la ciudad eran particularmente vulnerables. Allí se extendía un
mosaico de bañados y lagunas que dificultaban el crecimiento urbano y
representaban un permanente riesgo para la salud pública.
El
problema que agravó la mano del hombre
Las condiciones naturales
no fueron las únicas responsables del desastre sanitario. Algunas obras
hidráulicas realizadas durante aquellos años alteraron el comportamiento del
río y terminaron generando nuevos espacios de aguas quietas.
Entre ellas se encontraba
la defensa proyectada por el ingeniero Cassaffousth, destinada a proteger la
ciudad de las inundaciones. Aunque la obra cumplió parcialmente su objetivo,
también dejó un brazo muerto del Río Dulce donde el agua permanecía prácticamente
inmóvil.
Tiempo después, durante
la administración del gobernador Absalón Rojas, se realizó una
prolongación de ese sistema, conocida popularmente como "Dique
Palacio". Lejos de resolver el problema sanitario, esas modificaciones
contribuyeron a consolidar nuevas zonas anegadas.
Nadie podía prever entonces que esos espejos de agua terminarían convirtiéndose en el principal foco de una enfermedad que marcaría para siempre la historia de Santiago del Estero.
El
"chucho": la enfermedad que aterrorizó a la población
Los santiagueños no
hablaban de malaria. Para la mayoría era simplemente "el chucho".
El nombre hacía
referencia a los violentos escalofríos que sufrían quienes contraían la
enfermedad. Primero aparecía un frío intenso e incontrolable. Luego llegaba la
fiebre elevada, los dolores musculares, el agotamiento y, en muchos casos, las
recaídas durante semanas o meses.
En una época donde aún no
existían campañas sanitarias modernas ni tratamientos accesibles para toda la
población, el paludismo avanzó con una velocidad alarmante.
Las familias convivían
con la incertidumbre. Bastaba la picadura de un mosquito para que un integrante
del hogar comenzara un largo padecimiento que muchas veces terminaba en la
muerte.
El problema no distinguía
clases sociales. Obreros, comerciantes, profesionales, empleados públicos y
niños estaban expuestos al mismo riesgo.
Una
de las peores crisis sanitarias de la Argentina
Los registros
estadísticos de finales del siglo XIX revelan la magnitud de la tragedia.
Entre 1896 y 1901
murieron alrededor de 66.000 personas en Santiago del Estero, una cifra
extraordinaria para la población de la época. Más de la mitad de esos
fallecimientos estuvieron vinculados a enfermedades infectocontagiosas como la
fiebre tifoidea, la tuberculosis y el paludismo.
Las crónicas médicas
ofrecen un dato todavía más impactante: de cada cien habitantes,
aproximadamente ochenta y ocho padecían malaria.
Las epidemias afectaban
todos los aspectos de la vida cotidiana. El comercio disminuía su actividad,
muchas escuelas suspendían clases durante los períodos más críticos y las
familias evitaban trasladarse por determinadas zonas al caer la tarde, cuando
los mosquitos eran más abundantes.
Algunos testimonios de la
época describen una escena casi imposible de imaginar hoy: el zumbido constante
de los insectos era tan intenso que, según se decía, llegaba a opacar el rugido
del propio Río Dulce.
Puede parecer una
exageración literaria, pero quienes vivieron aquellos años recurrieron a esa
imagen para transmitir la desesperación que generaba la invasión de mosquitos.
Una
ciudad que buscaba desesperadamente una solución
Frente al avance del
paludismo comenzaron a surgir distintas propuestas para transformar el paisaje.
Ingenieros, médicos y
funcionarios coincidían en que el problema no podía resolverse únicamente
atendiendo a los enfermos. Era necesario actuar sobre el ambiente que favorecía
la reproducción del mosquito.
Se planteó dragar
lagunas, rellenar terrenos bajos y modificar el sistema de escurrimiento del
agua. Entre quienes impulsaban estas iniciativas figuraban el ingeniero
Cassaffousth y el reconocido paisajista Carlos Thays, cuya experiencia en el
diseño de parques urbanos ya era ampliamente valorada en el país.
Sin embargo, la propuesta
que finalmente cambiaría el rumbo de la ciudad llegaría desde otro ámbito.
El
médico que entendió que la salud también se construía plantando árboles
El doctor Antenor Álvarez
era mucho más que un médico prestigioso. Formaba parte de una generación de
profesionales convencidos de que las enfermedades no podían combatirse
únicamente dentro de un hospital.
Como higienista, sostenía
que las condiciones ambientales eran determinantes para la salud de la
población.
Mientras muchos
concentraban sus esfuerzos en aliviar los efectos del paludismo, Álvarez
decidió mirar el problema desde su origen.
Observó que los terrenos
anegados retenían humedad durante gran parte del año y propuso una intervención
que combinaba ingeniería, medicina y forestación: rellenar el brazo muerto del
río, eliminar la vegetación que favorecía el estancamiento del agua y plantar
especies arbóreas capaces de absorber grandes cantidades de humedad.
Su propuesta fue
presentada al gobernador José Barraza, quien comprendió rápidamente la
importancia de la iniciativa y decidió respaldarla.
La ciudad estaba ante una
oportunidad inédita: transformar un foco permanente de enfermedades en un espacio
saludable para las generaciones futuras.
Una
idea adelantada a su tiempo
Hoy puede parecer natural
pensar en la relación entre espacios verdes y calidad de vida. Sin embargo, a
comienzos del siglo XX esa visión resultaba profundamente innovadora.
Las ciudades argentinas
recién comenzaban a incorporar criterios modernos de planificación urbana. La
creación de parques públicos respondía, en buena medida, a una corriente
internacional que asociaba el contacto con la naturaleza, la ventilación y la forestación
con la prevención de enfermedades.
Santiago del Estero decidió adoptar esa mirada cuando más la necesitaba.
El proyecto no consistía
únicamente en plantar árboles. Buscaba modificar el ambiente, secar los
terrenos inundables, reducir la presencia del mosquito transmisor del paludismo
y, al mismo tiempo, ofrecer un nuevo espacio público para una ciudad que
empezaba a crecer.
Sin proponérselo, sus
impulsores estaban sentando las bases de una de las obras urbanísticas más
importantes de la historia santiagueña.
El
comienzo de una transformación
Las decisiones adoptadas
entre 1902 y 1903 marcaron un antes y un después.
Con el apoyo del
gobernador José Barraza, la gestión del intendente Andrés A. Figueroa y el
asesoramiento técnico de especialistas como Carlos Thays, comenzaron los
trabajos que cambiarían para siempre aquel paisaje dominado por el barro y los
esteros.
Nadie imaginaba todavía
que ese proyecto sanitario terminaría convirtiéndose en el mayor parque urbano
de Santiago del Estero y en uno de los símbolos más reconocibles de la ciudad.
La siguiente etapa sería
aún más extraordinaria. Miles de árboles empezarían a cubrir el antiguo bañado
y cerca de un millar de niños protagonizarían una jornada histórica que
permanecería en la memoria colectiva durante generaciones.
Porque el Parque Aguirre
no nació únicamente de una decisión política o de un proyecto técnico. También
fue el resultado del compromiso de una comunidad que decidió plantar,
literalmente, las raíces de un futuro diferente.
En la segunda entrega
conoceremos cómo se desarrolló la histórica plantación de eucaliptos del 9 de
agosto de 1903, el papel que desempeñaron los mil alumnos de las escuelas
santiagueñas, la influencia del diseño paisajístico de Carlos Thays y la
evolución del Parque Aguirre hasta convertirse en el gran pulmón verde de
Santiago del Estero.

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