domingo, 5 de julio de 2026

Esteban Maradona, el médico que hizo del servicio una forma de vida


"Muchas veces se ha dicho que vivir en austeridad, humilde y solidariamente, es renunciar a uno mismo. En realidad, ello es realizarse íntegramente como hombre en la dimensión magnífica para la cual fue creado."

Con estas palabras, el doctor Esteban L. Maradona resumió una filosofía de vida que sostuvo hasta el último de sus días. Su nombre permanece ligado a una de las historias más conmovedoras de la medicina argentina: la de un profesional que eligió dedicar más de medio siglo a cuidar a quienes vivían en uno de los rincones más aislados del país.

Nacido el 4 de julio de 1895 en Esperanza, provincia de Santa Fe, y fallecido el 14 de enero de 1995 en Rosario, Esteban Maradona fue médico rural, naturalista, escritor y filántropo. Su legado trascendió la práctica médica para convertirse en un símbolo de vocación, humildad y compromiso con las comunidades más postergadas.

Se graduó como médico en la Universidad de Buenos Aires en 1926 con diploma de honor. Durante su formación tuvo como maestro al reconocido científico Bernardo Houssay, una experiencia que marcó su trayectoria profesional y su rigurosidad académica.

A comienzos de la década de 1930 se instaló en Resistencia, Chaco. Poco después, en 1932, viajó voluntariamente a Asunción para colaborar en el Hospital Naval durante la Guerra del Chaco. Su capacidad y dedicación lo llevaron a desempeñarse como director del establecimiento hacia el final del conflicto.

Pero el episodio que definiría su destino ocurrió en 1935. Mientras viajaba en tren rumbo a Tucumán, descendió en Estanislao del Campo, un pequeño pueblo formoseño donde el ferrocarril realizaba un trasbordo de pasajeros. Allí fue convocado para asistir a una mujer que atravesaba un parto de extrema complejidad, en medio del monte. Lo que iba a ser una breve escala terminó convirtiéndose en el lugar donde desarrollaría la obra de toda una vida.

Conmovido por las enormes necesidades sanitarias que encontró, decidió quedarse. Durante más de cincuenta años atendió a pobladores criollos y comunidades originarias, muchas veces recorriendo largas distancias en condiciones difíciles. Su trabajo no se limitó a la medicina clínica: también estudió las costumbres de los pueblos indígenas e incorporó los saberes de la medicina tradicional a su práctica cotidiana, convencido de que el conocimiento también podía construirse desde el respeto por las culturas locales.

Su extraordinaria labor recibió reconocimiento dentro y fuera del país. La Universidad de Formosa impulsó su candidatura en tres oportunidades al Premio Nobel de la Paz. Aunque esa distinción nunca llegó, las Naciones Unidas lo reconocieron con el Premio Estrella de Medicina para la Paz, destacando una trayectoria construida desde el servicio silencioso y la entrega desinteresada.

Cuando cumplió 90 años, el desgaste físico le impidió continuar trabajando en el lugar que había elegido como hogar. Sin ceremonias ni privilegios, se despidió de la comunidad y abordó un ómnibus con destino a Santa Fe. Al enterarse de su estado de salud, las autoridades dispusieron una ambulancia para completar el viaje. Llegó tan delicado que debió permanecer internado durante un mes, y dejó un último pedido que reflejaba toda una vida de coherencia: ser atendido siempre en un hospital público.

Casi una década después, rozando el siglo de vida y con una lucidez admirable, dejó un testimonio que resume el sentido profundo de su existencia:

"Así viví muy sobriamente cincuenta y tres años en la selva, hasta que el cuerpo me dijo basta. Un día me sentí morir y me empecé a despedir de los indios, con una mezcla de orgullo y felicidad, porque ya se vestían, se ponían zapatos, eran instruidos. Creo que no hice ninguna otra cosa más que cumplir con mi deber."

En el Día del Médico Rural, la figura de Esteban Maradona invita a recordar que la medicina también puede ser un acto de compromiso social, una forma de habitar el territorio y un puente entre el conocimiento científico y la dignidad humana. Su historia permanece como una de las expresiones más nobles de la vocación de servicio en la Argentina y como un ejemplo cuya grandeza nació, precisamente, de la humildad con la que eligió vivir.


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