sábado, 30 de mayo de 2026

Crónica desde el corazón de Santiago: donde la ecología y el orgullo de los oficios ancestrales vencieron al desmonte

 



En la inmensidad del mapa argentino, hay lugares donde el tiempo parece haber tomado una decisión sabia: no apurarse, sino madurar. Unos 200 kilómetros al este de la capital de Santiago del Estero, donde el sol dobla la apuesta y el polvo cuenta historias, se encuentra Quimilí Paso, un pequeño rincón del monte que se convirtió en el epicentro de un milagro silencioso. No es un milagro de esos que salen en los noticieros con luces de neón, sino uno que se amasa con las manos, se teje en el telar y se respira bajo la sombra de los algarrobos.

La historia reciente de este pueblo es el testimonio de cómo la ecología y la identidad cultural pueden salvarse mutuamente. En pleno corazón de la llanura chaqueña-santiagueña, una comunidad decidió plantarse frente al desmonte y el olvido para reconstruir su destino a partir de lo que mejor sabe hacer: honrar la herencia de sus mayores.

Un refugio verde en la tierra del mistol

El punto de inflexión para Quimilí Paso comenzó a gestarse hace poco más de dos décadas con la creación de la Reserva Natural Amílcar Romeo, un espacio que nació bajo el ala protectora de la Asociación Adobe. En aquel entonces, el monte santiagueño sufría, como tantas otras regiones del Gran Chaco, el avance implacable de la frontera agrícola y la deforestación.

Hoy, caminar por los senderos de la reserva es entrar a una suerte de arca de Noé botánica. En poco más de veinte años, el área protegida logró lo que muchos creían imposible: recuperar especies nativas de fauna y flora que estaban al borde de desaparecer de la zona. El paisaje, antes amenazado, hoy vibra con el verde grisáceo de las tunas nativas, los mistoles, los chañares y esos algarrobos históricos que son la columna vertebral de la vida santiagueña.

La reserva demostró que el monte no es "tierra vacía" o "maleza a desmontar", sino un ecosistema vivo y productivo. Pero el verdadero acierto de la Asociación Adobe —impulsada fuertemente por la enorme labor de Andreina Bassetti de Rocca, quien falleció en 2024 a los 99 años de edad dejando un legado imborrable— fue entender que no se puede proteger la naturaleza si se expulsa o se condena al olvido a la gente que vive en ella.

Manos santiagueñas: la resurrección de los oficios

La ecología en Quimilí Paso vino acompañada de una revolución cultural en las aulas y los patios coloniales. A través de un trabajo constante en las escuelas de la zona, la asociación comenzó a sembrar una semilla en los más chicos: el orgullo por las técnicas ancestrales. Se reactivaron talleres de alfarería moldeada a mano, tejidos en telar criollo que reviven los antiguos baetones (mantas de lana tupida) y, fundamentalmente, la ebanistería.

Es imposible hablar de Quimilí Paso sin encontrarse con el apellido Galeano. La tradición de tallar la madera corre por las venas de esta familia como la savia misma. Todo comenzó con don Juan de la Cruz Galeano y sus hijos (Chango, Raúl y Juan Segundo), y continuó con Néstor Raúl, recordado con cariño por todo el pueblo como "don Boli".

Hoy, el heredero de ese conocimiento es Renzo Galeano, un joven ebanista que se transformó en un auténtico referente del diseño sustentable y cuyos muebles hoy atraen a viajeros de todo el país hasta este rincón santiagueño, cerca de Colonia Dora.

Ebanistería de monte adentro: el secreto de la luna menguante

Renzo trabaja la madera con una filosofía que desconcierta a la inmediatez de la vida urbana. No se trata de talar por talar; el respeto por el monte es absoluto. Para las piezas de gran porte utiliza algarrobo, pero siempre bajo la premisa de que sea "seco en pie", es decir, árboles que terminaron su ciclo vital de forma natural.

Sin embargo, el verdadero sello distintivo de sus sillas y sillones es el uso del chañar.

"El chañar para muchos es plaga y para nosotros es una bendición. No sirve para mucho más que para este tipo de muebles", explica Renzo Galeano con el orgullo de quien custodia un secreto antiguo.

Y el secreto no es menor. Para que un mueble de chañar resista el paso del tiempo y dure cien años sin quebrarse ni ser atacado por los insectos, los artesanos siguen a rajatabla una lección heredada de los pueblos indígenas y los viejos hacheros del monte: la madera solo se puede cortar durante dos semanas al año, bajo la estricta influencia de la luna en cuarto menguante, entre los meses de mayo y junio.

Esta sincronía perfecta entre el ritmo cósmico, los ciclos de la naturaleza y el trabajo manual es lo que dota a las piezas de Renzo de un valor único. Hace unos cinco años, el ebanista montó un showroom construido íntegramente en adobe a la vera de la ruta, un espacio casi surrealista en medio del paisaje donde los muebles de diseño contemporáneo conviven con baetones antiguos expuestos como obras de arte.

Arquitectura con aroma a tierra: la Capilla de Adobe

El renacimiento de Quimilí Paso también quedó tallado en sus paredes. En el año 2006, la comunidad sintió la necesidad de levantar un espacio de encuentro espiritual. Fieles a su identidad, decidieron rechazar el cemento industrial y volvieron a la técnica constructiva que define al norte argentino: el adobe.

 

La capilla de Quimilí Paso, levantada en adobe en 2006, un símbolo de fe, comunión y arquitectura identitaria.. Source: La Nación

 

La obra fue dirigida por el propio "don Boli" Galeano, quien se inspiró en los planos de una antigua capilla familiar ubicada en San Nicolás. El resultado es una estructura bellísima que se mimetiza con la tierra circundante. Cuenta con un campanario exento construido completamente en madera y un interior rústico que invita al silencio. Andreina Bassetti de Rocca trajo desde Milán, su tierra natal, la imagen de la Virgen Niña que hoy corona el altar, consagrado formalmente el 19 de noviembre de 2006 ante las lágrimas y los aplausos de todos los vecinos.

La capilla no es solo un templo; es el recordatorio físico de que el adobe —tantas veces asociado injustamente a la postergación— es en realidad una técnica de arquitectura bioclimática formidable, capaz de aislar el impiadoso calor del verano santiagueño y conservar el calor durante las heladas noches de invierno.

Identidad como motor de futuro

Lo que ocurre en este paraje santiagueño no es un hecho aislado en el mapa de la cultura argentina, sino una tendencia que empieza a tomar fuerza: el turismo vivencial y de arraigo. Los viajeros ya no buscan solamente paisajes de postal para sacarse una foto; buscan experiencias con alma, historias reales y objetos que tengan una identidad clara.

Quimilí Paso demuestra que el camino para fijar la población al territorio y evitar el desarraigo de los jóvenes hacia las grandes periferias urbanas no pasa por olvidar el pasado, sino por actualizarlo. Cuando un chico del monte ve que los muebles que hace su vecino se venden a nivel nacional, o que los tejidos de sus madres son valorados como piezas de alta artesanía, la perspectiva cambia. El monte deja de ser un lugar del que hay que escapar para convertirse en el lugar donde se elige echar raíces.

Con su reserva protegida, sus huertas orgánicas comunitarias, su fe de barro y sus ebanistas que miran la luna antes de tocar un árbol, este pequeño pueblo nos deja una lección enorme: la verdadera modernidad consiste, a veces, en tener el coraje de volver a las fuentes.

Guía para el viajero: Datos útiles

Si tenés ganas de conocer este rincón santiagueño, te dejamos algunas recomendaciones clave para armar el viaje:

  • Cuándo ir: Se recomienda planificar la visita para los meses de otoño, invierno o primavera (de mayo a octubre). El verano santiagueño suele registrar temperaturas extremadamente altas que dificultan las caminatas por el monte.
  • Cómo visitarlo: Para recorrer la Reserva Natural Amílcar Romeo, conocer la huerta comunitaria y visitar la capilla de adobe, es fundamental coordinar una cita previa para asegurar que los guías locales e integrantes del proyecto estén disponibles.
  • Contactos de la Asociación Adobe:
    • En Santiago del Estero: (3844) 58-6403 (Diego Flamenco).
    • En Buenos Aires: (11) 2554-5504.

 

 

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