Durante
siglos, nos vendieron la idea de un "contacto cultural" o una
"integración" necesaria. Pero detrás de las buenas intenciones del
indigenismo y el paternalismo estatal, se escondió un sistema de etnocidio. A
partir de la obra de Adolfo Colombres, repasamos cómo los pueblos originarios
pasaron de ser objetos de estudio a los verdaderos protagonistas de su propia
liberación.
Por: Leyendas del Folclore
Santiagueño
"¡Qué de sangre en mi
memoria! En mi memoria hay lagunas. Ellas están cubiertas de cabezas de
muertos. No están cubiertas de nenúfares".
La frase del poeta martiniqués
Aimé Césaire resuena como un golpe contra los cimientos de nuestra historia
oficial. Nos obliga a mirar hacia abajo, a remover el lodo de los ríos donde
permanecen los restos de un continente saqueado no solo en sus riquezas, sino
también en su identidad. Desde allí parte una de las ideas centrales de La
colonización cultural de la América Indígena, la obra del antropólogo Adolfo
Colombres: la Conquista no fue un episodio que terminó en el siglo XVI. Sus
mecanismos cambiaron de forma y continuaron actuando en el terreno de la
cultura, la política y la economía.
La lógica de la muerte y el
"descubrimiento" del otro
Europa llegó a América convencida
de que traía consigo la razón y la civilización. Pero también llevaba una forma
de entender el mundo que colocaba a su propia cultura como medida de todas las
demás.
Colombres muestra cómo Occidente
se consideró durante siglos el punto más alto de la civilización y juzgó a los
otros pueblos desde sus propios valores. Desde esa mirada, el indígena no era
reconocido como un "otro" con una cosmología, una organización social
y unos conocimientos propios. Era visto como alguien al que había que
civilizar, domesticar o, directamente, eliminar.
La colonización cultural tampoco
ocurrió de manera aislada. Fue parte del mismo proceso que acompañó la
destrucción física de numerosas poblaciones indígenas. La llamada
"interacción biótica", vinculada con la llegada de enfermedades como
la viruela, tuvo consecuencias devastadoras.
A esto se sumó el despojo de los
territorios y la transformación del ambiente. Pueblos que habían construido una
relación comunitaria con la tierra fueron obligados a aceptar otras formas de
propiedad y a incorporarse a una economía basada en el dinero. En ese nuevo
orden, incluso una acción tan básica como matar una oveja para no morir de
hambre en un territorio que había pertenecido a su comunidad podía convertir al
indígena en delincuente.
La trampa de las "buenas
intenciones"
Uno de los aportes más fuertes
del planteo de Colombres es su crítica al paternalismo. Durante décadas, el
Estado, las iglesias y buena parte del llamado "indigenismo"
asumieron que tenían derecho a hablar por los pueblos indígenas.
Se diseñaron políticas de
"integración" que muchas veces terminaron debilitando las identidades
culturales. En nombre de ayudar al indígena, se lo colocó bajo una tutela que
no reconocía su capacidad para decidir sobre su propio destino.
Se intentó modificar su
vestimenta, sus costumbres y sus prácticas rituales. También se impulsó la
adopción de una religión que, en determinados contextos, terminó funcionando
como una forma de resignación frente a las injusticias de la vida cotidiana.
Colombres también cuestiona el
papel que tuvieron algunas experiencias de antropología aplicada y determinadas
misiones que, aunque se presentaban como progresistas, terminaron interviniendo
profundamente sobre las culturas originarias. Uno de los casos más graves que
menciona se encuentra en la Amazonía, donde misioneros y empresas extranjeras
llegaron a esterilizar a mujeres indígenas para impedir su reproducción en
zonas próximas a yacimientos de uranio y oro.
El mensaje de fondo era sencillo
y brutal: el indígena debía dejar de ser indígena para poder ser considerado
útil dentro de la sociedad nacional.
Se lo proletarizó, se lo confinó
a reservas y se lo expuso a una cultura de masas que muchas veces le enseñaba a
despreciar sus propios mitos y costumbres. Al mismo tiempo, desde la pobreza y
el aislamiento, se le ofrecían como modelo de progreso los bienes y valores de
la sociedad occidental.
El despertar: del objeto al
sujeto de la historia
Pero la historia no quedó en
manos de quienes ejercieron la dominación. Hacia finales del siglo XX, la
resistencia indígena comenzó a expresarse cada vez más desde sus propias
organizaciones y con una voz propia.
Un momento decisivo fue la
Declaración de Barbados de 1971. Allí, un grupo de antropólogos comprometidos
reconoció que su propia disciplina había participado, en muchos casos, de los
mecanismos de dominación colonial.
El cambio no fue solamente
académico. Los pueblos originarios comenzaron a dejar atrás el pedido de
integración como única alternativa y plantearon otras demandas: autogestión,
autonomía y Poder Indio.
La idea era clara. Asimilarse no
significaba necesariamente avanzar; también podía significar perder la propia
identidad. La liberación debía pasar por el reconocimiento de los pueblos
indígenas como sujetos políticos y culturales, capaces de decidir sobre sus
territorios, sus instituciones y sus formas de vida.
En ese marco apareció también la
demanda de Estados plurinacionales y multiculturales, junto con una educación
bilingüe y bicultural que no funcionara como una etapa destinada a borrar las
diferencias, sino como un espacio de encuentro entre distintos saberes.
Los pueblos indígenas no quieren
ser simplemente incorporados a una sociedad que les exige abandonar lo que son.
Quieren persistir.
Y allí aparece una cuestión que
excede al debate indígena. Sus formas de organización comunitaria, su relación
con la naturaleza y su crítica al consumismo plantean preguntas que también
alcanzan a las sociedades occidentales. En un mundo atravesado por una crisis
ambiental cada vez más profunda, esos conocimientos y esas otras maneras de
relacionarse con el territorio adquieren una importancia que ya no puede ser
ignorada.
Descongelar las raíces
Descolonizar al indígena no
debería entenderse como una tarea exclusiva de los pueblos originarios. También
implica revisar la manera en que toda América piensa su propia historia.
Mientras continuemos observando
el pasado únicamente desde la mirada del conquistador, será difícil comprender
la profundidad de las transformaciones que produjo la colonización y las formas
en que algunas de ellas todavía permanecen.
Por eso resulta necesario
recuperar una memoria que no oculte la violencia ni convierta la historia en un
relato cómodo. La memoria de América está atravesada por sangre, despojos,
resistencias y también por la continuidad de culturas que lograron sobrevivir.
Reconocer esa historia no
significa rechazar todo lo europeo ni construir una nueva versión simplificada
del pasado. Significa, más bien, dejar de pensar América como una copia
incompleta de otro continente.
Solo a partir de ese
reconocimiento podremos recuperar la posibilidad de contar nuestra propia
historia desde aquí, atendiendo a las voces, los conocimientos y las
experiencias de quienes habitaban estas tierras antes de la Conquista y de
quienes, a pesar de todo, continuaron sosteniendo sus culturas.
Fuentes y referencias consultadas
- Colombres, Adolfo. La colonización cultural
de la América Indígena. Buenos Aires: Ediciones del Sol, 2004 (2ª ed., 2ª
reimp.). Especialmente la Nota Preliminar, la Introducción y los capítulos
dedicados a los mecanismos de dominación y la autogestión.
- Césaire, Aimé. Cuaderno de un retorno al país
natal. Cita utilizada como epígrafe por Colombres.
- Declaración de Barbados (1971). "Sobre
la fricción interétnica en América del Sur". Simposio organizado por
la Universidad de Berna y el Concilio Mundial de Iglesias.
- Freire, Paulo. Pedagogía del oprimido.
Conceptos relacionados con la integración del oprimido a la estructura
opresora, presentes en el texto de referencia.
- Ribeiro, Darcy; Chase-Sardi, Miguel;
Bartolomé, Miguel A. Antropólogos firmantes y referentes del giro hacia
una antropología comprometida mencionado en el contexto de Barbados.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario