Desde el
temible Toro-Súpay hasta el Duende Sombrerudo que acecha a los niños durante la
siesta, las leyendas santiagueñas han convertido al Diablo en una presencia
constante dentro del imaginario popular. Relatos transmitidos de generación en
generación mantienen viva la figura del mal, mezclando creencias, advertencias
y el profundo misterio del monte.
¿Quién es el Súpay? El Diablo de
las leyendas santiagueñas
En Santiago del Estero, el Diablo
no es una figura abstracta ni un personaje lejano. Tiene un nombre bien
nuestro: Súpay. Desde hace generaciones habita la memoria popular y encarna al
mal en sus distintas formas.
Aparece en las conversaciones
cotidianas, en las advertencias familiares y en las historias que todavía se
cuentan al caer la noche. Unas veces se presenta como un caballero elegante;
otras, como un toro negro o como un duende que recorre el monte a la hora de la
siesta. Cambia de apariencia, pero el fin es el mismo: tentar, engañar y
llevarse al confiado.
Como en muchas de las historias
que reunimos en Leyendas del Folclore Santiagueño, estos relatos van más
allá del susto. Dejan al descubierto viejas enseñanzas sobre la ambición, la
fidelidad, el respeto por la naturaleza y los riesgos de dejarse encandilar por
promesas demasiado fáciles.
El monte santiagueño: el
territorio del Toro Súpay
El terreno natural del Súpay es
el monte. Entre quebrachales, caminos polvorientos y noches sin luna, la gente
asegura que ahí adopta su forma más temible: el Toro Súpay.
Lo describen como un animal
enorme y negro, de quijada fuerte, dientes gruesos y ojos que echan chispas.
Pocos dicen haberlo visto cara a cara, pero son muchos los que juran haber
escuchado el estruendo de sus cascos y el bufido pesado que hiela el aire en la
madrugada. Ese puro ruido alcanza para infundir miedo, porque todos saben que
el Toro Súpay nunca anda suelto por casualidad.
El pacto con el Diablo y la
riqueza maldita
Una de las historias más
conocidas habla del campesino que, ciego de ambición, acepta hacer un trato con
el Diablo.
La propuesta parece irresistible:
hacienda de sobra, cosechas abundantes y prosperidad económica. Pero el cobro
es total: exige el alma y también el cuerpo.
Cuentan los viejos que la prueba
del pacto llegaba recién al morir el hombre. Al abrir la sepultura, el cadáver
había desaparecido. Y al poco tiempo se esfumaban los animales, los bienes y
cada peso ganado con aquel acuerdo. La leyenda quedaba así como un aviso claro
contra la codicia y el deseo de enriquecerse a cualquier costo.
La joven engañada por el Súpay
De todos los relatos sobre el
Súpay, el que contaban las abuelas a las muchachas antes de casarse es quizás
el más dramático.
Dicen que hace mucho vivía en el
monte un matrimonio joven. Ella era dulce y hermosa; él, un hombre de trabajo
profundamente enamorado de su esposa.
La belleza de la mujer despertó
el deseo del Súpay. Para conquistarla, dejó su aspecto monstruoso y se presentó
como un muchacho apuesto, vestido con prendas lujosas y montado en un caballo
negro con ricos aperos. La mujer quedó fascinada.
Antes de despedirse, el visitante
le propuso encontrarse a solas esa misma noche y le prometió que un ave
nocturna la guiaría hasta un lugar de placer y felicidad. Cuando acudió a la
cita, el desconocido le puso una extraña condición: debía dejar sus ojos dentro
de una pequeña olla mágica. Le aseguró que no debía temer y que, al regresar,
los encontraría aún más negros y brillantes. Confiada, la joven entregó la
vista y lo siguió.
El trágico final en el bosque
Horas después, el marido despertó
y notó la ausencia de su esposa. Desesperado, salió al monte a buscarla hasta
que encontró la ollita con los ojos de su mujer. Convencido de que la habían
matado, regresó a la casa a esperar la luz del día para buscar al responsable.
Pero antes del amanecer, el Súpay
regresó junto a la joven. Al ver la olla vacía y notar que los ojos no estaban
allí, huyó cobardemente y la abandonó en medio del bosque.
Ciega y desorientada, la muchacha
caminó sin rumbo entre los árboles hasta que los primeros rayos del sol le
quitaron la vida. Tiempo después, unos obrajeros que iban a sus tareas
encontraron el cuerpo.
El esposo nunca pudo superarlo.
Cuentan que, al mirar los ojos rescatados, vio en ellos el frenesí y la locura
que habían dominado a la mujer bajo el hechizo del Súpay. Esa visión lo
acompañó hasta el final de sus días.
El Duende Sombrerudo o Ckaparilo:
otra cara del Súpay
El Súpay tampoco deja en paz a
los más chicos. A los niños que desobedecían y se negaban a dormir la siesta
para salir a cazar pajaritos o andar con la honda, les salía al cruce el Duende
Sombrerudo, que los asustaba y los golpeaba con su pesada mano de plomo.
En el monte lo conocen también
como Ckaparilo, palabra quichua que significa "gritón". Tiene la maña
de imitar a la perfección el canto y los sonidos de todos los animales del
monte, aunque permanece invisible para quien intenta hallarlo.
A este personaje, llamado también
el Petiso, lo describen como muy "chinitero": le gusta rondar a las
muchachas jóvenes y buscar su favor ofreciéndoles dulces. Por eso, la historia
funcionó durante años como una advertencia familiar para proteger a las
adolescentes.
Las leyendas del Súpay y su
legado en el folclore santiagueño
Estas historias no son simples
cuentos de terror. Forman parte del patrimonio oral santiagueño y sirvieron
durante siglos para transmitir valores, advertencias y formas de entender la
vida en el monte.
En una época en que muchas
costumbres corren el riesgo de perderse, rescatar estas narraciones ayuda a
mantener viva la identidad de Santiago del Estero. Cada leyenda conserva la voz
de quienes la contaron junto al fogón, en las noches del interior o a la sombra
de los quebrachos.
Desde Leyendas del Folclore
Santiagueño seguimos recuperando estos relatos para que las nuevas
generaciones descubran la riqueza del folclore provincial y comprendan que,
detrás de cada mito, late nuestra propia historia. Mientras alguien vuelva a
contar la leyenda del Súpay, el antiguo misterio del monte seguirá vivo.

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