Nos encanta el cuento de que
bajamos de los barcos. En la sobremesa del domingo, entre el mate, el café o
una copa de vino, siempre aparece el orgullo por el abuelo gallego, el bisnonno
napolitano o algún antepasado francés que terminó en el Riachuelo. Crecimos con
la idea del "crisol de razas", ese mito escolar que nos dibuja como
una mezcla armónica de pueblos originarios, africanos, europeos y asiáticos. Es
una historia cómoda, perfecta para usar de escudo: "¿Racistas nosotros?
Imposible, si acá estamos todos mezclados". El problema es que esa famosa
igualdad es más un espejismo que una realidad. Detrás de ese relato afable hay
una historia marcada por jerarquías, violencia y exclusiones que preferimos no
mirar, pero que siguen estando ahí.
Nos vendieron que la mezcla de
culturas fue un proceso pacífico, casi un abrazo entre hermanos. Pero
romantizar el mestizaje es tapar el sol con la mano. En estas tierras, la
integración se dio con muchísima violencia. Desde la época colonial, la piel y el
origen marcaban el destino de cualquiera: a los pueblos originarios se los
sometió al trabajo forzado y a los africanos se los vendió como mercancía sin
ningún tipo de derecho. La Argentina no se construyó en una fiesta de
integración, sino decidiendo quiénes tenían derecho a ser libres e iguales y
quiénes, directamente, molestaban.
Solemos hablar de la Constitución
de 1853 como un hito sagrado que abolió la esclavitud y dio origen a la
república. Sin embargo, casi nunca leemos la letra chica escrita por la
Generación del 80. La consigna de Alberdi de "gobernar es poblar" venía
con una trampa: la idea era traer europeos del norte porque consideraban que la
población local no servía para el desarrollo del país. Buscaban blanquear la
nación. Así fue como dieron por "extinta" la población negra —a pesar
de la enorme presencia afro que existía en Buenos Aires, Córdoba o Salta— y
relegaron a los pueblos originarios a una pieza de museo que estorbaba la
llegada del tren y el progreso. Lo europeo quedó asociado a la civilización,
mientras que lo nativo, lo morocho y lo popular pasaron a ser vistos como el
atraso. De ahí a la estigmatización de los "cabecitas negras" del
interior en los años cuarenta hay un solo paso: siempre se construyó a un
"otro" al que había que disciplinar o esconder.
Lo llamativo de nuestra forma de
ser es esa ceguera selectiva. Nos resulta facilísimo señalar el racismo de
afuera —como las leyes de segregación en Estados Unidos—, pero nos cuesta
muchísimo mirar lo propio. Rara vez nos preguntamos por las masacres de la
Campaña del Desierto en las escuelas, o por el despojo de tierras a las
comunidades originarias en los medios. Usamos la excusa de la mezcla para decir
que "acá no hay negros y por lo tanto no hay racismo". Es una trampa.
Negar la herencia africana e indígena solo mantiene vivas las viejas
jerarquías. Lo vimos en abril de 2024 con la protesta por los despidos en el
INADI: cuando se desarman los espacios y políticas de reparación, el racismo de
todos los días vuelve a instalarse sin filtro.
Esto no se trata de castigarnos
porque sí ni de desmerecer la tradición igualitaria argentina. Esa vocación de
salir a la calle a defender la salud o la educación pública es algo valioso. El
problema son los puntos ciegos. Si no entendemos que esa igualdad nunca fue
pareja para todos, corremos el riesgo de perderla. Hoy ese racismo se
transforma y toma formas más modernas: en los barrios cerrados que se amurallan
para no mezclarse con el "distinto", en el discurso del "sálvese
quien pueda", en la estigmatización de los sectores populares o en la
intención de recortar derechos de salud y educación a los migrantes de países
limítrofes. El rechazo actual es heredero directo de aquel proyecto que quiso
borrar a los que estaban antes.
Dejar de idealizar nuestra mezcla
no implica renegar de quiénes somos, sino aceptar la historia completa, con sus
contradicciones y sus sombras. Estar mezclados no nos hace inmunes al racismo;
nos exige enfrentarlo a diario en la calle, en la universidad o en el trabajo.
Cuidar la igualdad en la Argentina requiere dejar de lado los mitos y respaldar
políticas concretas de reparación para las comunidades indígenas y
afrodescendientes. Para llevar con orgullo la bandera de la igualdad, primero
hay que dejar de mentirnos sobre nuestro pasado. La integración real no sale en
una ley ni se canta en un himno: se construye reconociendo al que la historia
oficial intentó invisibilizar. Solo así podremos pasar del relato a la
realidad.

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