Nos encanta contarnos el
cuento de que bajamos de los barcos. En las sobremesas domingueras, entre un
café, un amargo o una copa de Malbec, casi todos sacamos a relucir con orgullo
al abuelo gallego, al bisnonno de Nápoles o, en el más exótico de los casos, a
algún francés despistado que recaló en las orillas del Riachuelo. Nos
enorgullece la idea del "crisol de razas", ese mito fundacional que
nos vendieron en la escuela. Nos apasiona pensarnos como un mosaico armónico
donde se fundieron los pueblos originarios, la diáspora africana y las oleadas
europeas y asiáticas. Es un lindo relato. Tan lindo y reconfortante que nos
sirve de escudo infalible: "¿Racistas nosotros? Imposible, che, si somos
todos mezclados". Pero como bien advierten las lecturas más lúcidas y
críticas sobre nuestra identidad —aquellas que se animan a hurgar en las
heridas abiertas de nuestra historia— esta idea de la "igualdad
abstracta" es una ilusión. Una zoncera funcional que esconde una matriz de
castas, violencias y jerarquías raciales que seguimos arrastrando como un
fantasma por las calles de nuestras ciudades.
El
mestizaje no fue un baile de carnaval
A los argentinos nos
vendieron la primicia de que el mestizaje fue un proceso democrático, casi un
abrazo fraterno entre culturas en el patio de la patria. Nada más lejos de la
realidad. Romanticar nuestra mezcla es hacerle el juego al olvido y, peor aún,
a la impunidad histórica. El mestizaje en estas pampas tuvo una dimensión
violenta y brutal que solemos esconder bajo la alfombra del discurso progre.
Desde los tiempos coloniales, en los espacios de lo que hoy es Argentina, los
colores y los orígenes importaron, y mucho. A los pueblos originarios se los
sometió a diversas formas de explotación y tributo por el mero hecho de ser indígenas;
a los africanos y a los hijos de las esclavas se los redujo a la condición de
mercancía, con derechos nulos. Nuestra fundación como nación no fue una fiesta
de integración, sino una maquinaria de exclusión que decidió, con la frialdad
de un acta notarial, quiénes eran pasibles de ser libres e iguales, y quiénes
directamente sobraban.
La
Constitución y el reemplazo poblacional
Si hay un monumento al
que los argentinos le rezamos de memoria es a la Constitución de 1853. El texto
que abolió la esclavitud. El bronce puro, la cuna de la república. Pero pocas
veces nos detenemos a leer la letra chica, esa que los próceres de la
Generación del 80 escribieron con tinta de desprecio por lo criollo. Ese mismo
documento que nos vendió la libertad, fue el manual de instrucciones para un
"reemplazo poblacional". La consigna de Juan Bautista Alberdi y sus
contemporáneos era clara y letal: "Gobernar es poblar", sí, pero
había que traer inmigrantes del norte de Europa porque, en sus propias
palabras, "la gente de acá no servía". Había que blanquear la nación.
Fue así como se declaró extinta la negritud —cuando ciudades como Buenos Aires, Córdoba y Salta tuvieron una enorme y vibrante población afrodescendiente— y se redujo al indígena a una pieza de museo, un estorbo pintoresco para el progreso del telégrafo, el frigorífico y el ferrocarril. Se ensalzó la eurodescendencia como el único sinónimo de civilización, y se demonizó lo morocho, lo nativo, lo popular. De ahí a los "cabecitas negras" que bajaron del interior buscando trabajo en los años cuarenta, la línea es directa: siempre hubo un "otro" al que había que civilizar, esconder o disciplinar.
La
hipocresía de la memoria selectiva
Lo que más abisma de
nuestra idiosincrasia es esta ceguera selectiva, esa capacidad asombrosa para
mirar hacia afuera y hacernos los distraídos con lo propio. Hoy, en la era de
la corrección política y las redes sociales, somos rápidos para señalar con el
dedo las leyes Jim Crow en el sur de Estados Unidos. Nos rasgamos las vestiduras
por el racismo estructural ajeno, pero somos incapaces de mirar nuestras
propias prácticas genocidas. ¿Dónde están en nuestro calendario escolar y en
nuestro bronce las masacres de la Campaña del Desierto? ¿Cuándo fue la última
vez que debatimos en serio en los grandes medios el despojo de tierras a las
comunidades originarias?
Usamos la excusa del
mestizaje para negar el racismo estructural. Decimos "acá no hay
negros" y, por ende, "acá no hay racismo". Es una trampa lógica
y moral de manual. Al no reconocernos en nuestra herencia afro e indígena,
perpetuamos las jerarquías coloniales. Hace muy poco, en abril de 2024, vimos
en las puertas del INADI una protesta de trabajadores despedidos, un organismo
que, pese a sus claroscuros, intentaba poner un dique a estas violencias
cotidianas. Desmantelar las políticas públicas de reparación es el primer paso
para que el racismo naturalizado vuelva a campar por sus respetos.
De
la igualdad abstracta al sálvese quien pueda
Y ojo, que esto no es un
ejercicio de masoquismo histórico ni un intento de tirar por la borda el
igualitarismo argentino. Nuestra cultura de derechos, ese plebeyismo visceral
que nos hace pelearla en la calle cuando tocan la salud o la educación pública,
es un faro en la región. El problema radica en los puntos ciegos de ese
igualitarismo que profesamos. Si no entendemos que la igualdad no siempre
estuvo disponible para todos, corremos el riesgo de perderla para siempre.
Hoy, ese viejo racismo
naturalizado muta, se adapta y se viste de traje a medida en los tiempos que
corren. Lo vemos en la proliferación de los barrios privados que se amurallan
para no cruzarse con el "otro", el pibe chorro, el morocho, el
distinto. Lo escuchamos en el cacerolazo del "sálvese quien pueda" y
en la meritocracia de manual. Lo sufrimos cada vez que se estigmatiza a los
sectores populares, o cuando la grieta se ensancha para querer restringir el
derecho a la salud y a la educación a los hermanos migrantes de países
limítrofes. El discurso de odio de hoy es el nieto directo de aquel proyecto de
país que quería borrar a los que ya estaban.
El desafío de mirarnos al espejo
Dejar de idealizar la
mezcla no significa dejar de ser lo que somos. Significa, en cambio, abrazar
nuestra verdadera historia, con sus claroscuros, sus traiciones y sus manchas
de sangre. Significa reconocer que el mestizaje no nos exime del racismo, sino
que nos obliga a desarmarlo todos los días en la cancha, en la facultad, en el
laburo. Defender la igualdad argentina hoy exige bajar del pedestal la ilusión
abstracta y ensuciarse las manos con las políticas de reparación hacia los
colectivos indígenas y afrodescendientes.
Porque si de verdad
queremos sostener esa bandera de la igualdad que tanto nos enorgullece
mostrarle al mundo, primero tenemos que dejar de mentirnos sobre quiénes
fuimos. Y entender que la verdadera mezcla no se decreta en un censo ni se
canta en un himno: se construye reconociendo al otro, al distinto, al que la
historia oficial quiso borrar del mapa. Solo así, quizás, podamos dejar de ser
un espejismo y empezar a ser, de una buena vez, un país.

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