viernes, 3 de julio de 2026

Guardianes de la niebla chaqueña: la odisea de los mataraes y su viaje a las entrañas del Tucumán colonial

Entre la cruz, el arco y el telar, la fascinante historia de una comunidad indígena que sobrevivió a tres siglos de transformaciones fronterizas actuando como el puente invisible entre dos mundos irreconciliables.

Por Leyendas del Folclore Santiagueño


En 1789, mientras Europa se asomaba a la Revolución Francesa, el jesuita José Jolís terminaba de escribir en el Gran Chaco su Ensayo sobre la historia natural del Gran Chaco. En sus páginas, Jolís dedicaba un espacio a una parcialidad indígena particular: los mataraes.

Al describirlos, el misionero señalaba que eran un grupo pacífico, pedestre y dócil en comparación con las tribus ecuestres que atacaban las estancias hispanocriollas. Sin embargo, Jolís tenía una duda. Sabía que existía un pueblo de indios llamado Matará a orillas del río Salado, en Santiago del Estero. ¿Eran esos indios sometidos los mismos que habitaban el interior del Chaco? El jesuita no estaba seguro, pero registró un dato clave: ambos grupos habían dejado atrás su lengua originaria —el tonocoté— para adoptar el quichua, la lengua que los conquistadores y doctrineros impusieron en el noroeste argentino para la catequesis y el control.

Esta duda resume una historia compleja. Los mataraes no eran originarios del río Salado; llegaron allí tras el colapso de Concepción del Bermejo. A lo largo de tres siglos, este pueblo sobrevivió transformándose en intermediario, guía, comerciante y soldado en una frontera que oscilaba entre la tregua y la guerra. Esta es la crónica de su transición entre el mundo hispano y el indígena.

Los labradores del Chaco y el colapso de Concepción del Bermejo

Para entender el origen de los mataraes hay que volver a 1585, cuando Alonso de Vera y Aragón, "el Tupí", se internó en el Chaco para fundar Concepción de Nuestra Señora del Bermejo. Su objetivo era conectar Asunción con el Tucumán y abrir una ruta hacia el Alto Perú.

Cerca de la nueva fundación, Vera y Aragón encontró tres grandes aldeas agrícolas; dos pertenecían a los mataraes. En una carta al obispo Francisco de Victoria, el conquistador afirmó haber descubierto a más de veinte mil indios agricultores con miles de fanegas de maíz. Aunque las cifras buscaban impresionar a la Corona, reflejaban una realidad: a diferencia de los guaycurúes, tobas o abipones, que eran cazadores-recolectores nómadas, los mataraes eran sedentarios, cultivaban la tierra, tejían algodón y vivían en aldeas estables. Esta condición facilitó su reparto en encomienda. El jesuita Alonso de Barzana se dedicó a evangelizarlos y llegó a estudiar el tonocoté, redactando gramáticas que hoy están perdidas.

Sin embargo, Concepción del Bermejo estaba rodeada por los "frentones", etnias guerreras que rechazaban la presencia española y el sometimiento de los agricultores. Atrapados en el conflicto, los mataraes sufrieron las consecuencias de su alianza forzada. Para la década de 1630, la presión indígena se volvió insoportable. En 1632, los vecinos y los indios sobrevivientes abandonaron la ciudad y escaparon hacia Corrientes.

El gran destierro: del Bermejo a las orillas del Salado

Tras la caída de Concepción, la población se dividió. Una parte cruzó el río Paraná y fundó el pueblo de Guacará en Corrientes. El grupo principal, en cambio, inició un traslado hacia el oeste, empujado por las autoridades coloniales que necesitaban mano de obra para el Tucumán.

Hacia la década de 1650, el gobernador dispuso su asentamiento definitivo en la frontera oriental del río Salado, en Santiago del Estero, una zona expuesta a los ataques chaqueños. Allí se fundó el pueblo de indios de Matará. El asentamiento mantuvo una estructura dual basada en dos cacicazgos traídos del Bermejo: Matará de Alonso de Vera y Matará de Melchor de Almonacid. Integrados como indios tributarios, las fuentes administrativas empezaron a llamarlos "indios cristianos" o "domésticos", y el término "Matará" pasó de designar al grupo étnico a convertirse en el topónimo que identifica a esa geografía hasta hoy.

La economía de la supervivencia

La vida en Matará combinaba las obligaciones de la encomienda con la autonomía económica. Santiago del Estero abastecía de textiles de algodón y lana a centros mineros como Potosí. Las inspecciones coloniales de finales del siglo XVII, como la del oidor Diego de Arregui, documentan que las mujeres de Matará pasaban los días en los telares fabricando ponchos y mantas que los encomenderos comercializaban.

Por su parte, los hombres aprovechaban su conocimiento del Chaco para internarse en el monte a recolectar cera y miel silvestre, y a cazar para obtener cueros. De este modo, se convirtieron en los proveedores oficiales de cera para las iglesias de Santiago, Córdoba y Buenos Aires. Además, actuaban como intermediarios comerciales autónomos: entraban a las tolderías de grupos no sometidos, como los vilelas, para intercambiar herramientas de hierro por tejidos y ganado, lo que les dio un margen de negociación frente a sus propios encomenderos.

Intérpretes y soldados de la Corona

A finales del siglo XVII y durante el XVIII, la adopción del caballo por parte de abipones y mocovíes intensificó la guerra fronteriza. En este escenario, Matará se convirtió en un punto estratégico de defensa. Sus hombres fueron incorporados a las milicias coloniales como "indios soldados". Aportaban habilidades clave: conocían los senderos del monte, rastreaban huellas y localizaban pozos de agua.

Los mataraes marcharon a la vanguardia en las expediciones de los gobernadores Esteban de Urizar (1710) y Gerónimo Matorras (1774). Asimismo, sirvieron como "lenguaraces" (intérpretes) en las reducciones jesuitas de Concepción de Abipones o San José de Vilelas, traduciendo oraciones y facilitando el contacto con las tribus del Chaco. Este servicio militar les permitió obtener la exención del pago del tributo, derecho que sus cacicazgos defendieron con éxito ante la Real Audiencia de Charcas durante el siglo XVIII.

Una identidad intermedia

Esta posición generó ambigüedad. Para las autoridades coloniales, los mataraes nunca dejaron de ser chaqueños; aunque rezaran y hablaran quichua, su relación fluida con los indios del monte despertaba sospechas de espionaje o complicidad en rebeliones. Al mismo tiempo, para las etnias libres del Chaco, eran vistos como colaboradores del opresor blanco. Vivían en una frontera cultural, combinando las pautas hispanas con los saberes del bosque.

Epílogo: el Matará criollo

El siglo XIX y las guerras de independencia desmantelaron el sistema de encomiendas y la estructura de los pueblos de indios. Hacia la segunda década del siglo, los registros oficiales dejaron de clasificar a los habitantes por su origen étnico y la comunidad se disolvió administrativamente dentro de la población rural de la provincia.

Los descendientes de los mataraes se integraron al paisanaje criollo de la frontera del Salado, formando parte de las milicias y montoneras federales de líderes como Juan Felipe Ibarra. Su herencia persiste en la actualidad en la toponimia de la localidad de Matará, en el quichua que aún se habla en la región y en las destrezas rurales de una comunidad que sobrevivió integrando dos mundos distintos.

Nota de origen: Este texto se basa en la investigación histórica de Judith Farberman: "Entre intermediarios fronterizos y guardianes del Chaco: la larga historia de los mataraes santiagueños (siglos XVI a XIX)", publicada en Nuevo Mundo Mundos Nuevos (2011). Las citas de José Jolís (1789) y Alonso de Vera y Aragón (1585) corresponden a las fuentes analizadas por la autora en dicho estudio.

 

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