Entre la cruz, el arco y el telar, la fascinante historia de una comunidad indígena que sobrevivió a tres siglos de transformaciones fronterizas actuando como el puente invisible entre dos mundos irreconciliables.
Por Leyendas del Folclore Santiagueño
En 1789, mientras Europa
se asomaba a la Revolución Francesa, el jesuita José Jolís terminaba de
escribir en el Gran Chaco su Ensayo sobre la historia natural del Gran Chaco.
En sus páginas, Jolís dedicaba un espacio a una parcialidad indígena
particular: los mataraes.
Al describirlos, el
misionero señalaba que eran un grupo pacífico, pedestre y dócil en comparación
con las tribus ecuestres que atacaban las estancias hispanocriollas. Sin
embargo, Jolís tenía una duda. Sabía que existía un pueblo de indios llamado
Matará a orillas del río Salado, en Santiago del Estero. ¿Eran esos indios
sometidos los mismos que habitaban el interior del Chaco? El jesuita no estaba
seguro, pero registró un dato clave: ambos grupos habían dejado atrás su lengua
originaria —el tonocoté— para adoptar el quichua, la lengua que los
conquistadores y doctrineros impusieron en el noroeste argentino para la
catequesis y el control.
Esta duda resume una
historia compleja. Los mataraes no eran originarios del río Salado; llegaron
allí tras el colapso de Concepción del Bermejo. A lo largo de tres siglos, este
pueblo sobrevivió transformándose en intermediario, guía, comerciante y soldado
en una frontera que oscilaba entre la tregua y la guerra. Esta es la crónica de
su transición entre el mundo hispano y el indígena.
Los
labradores del Chaco y el colapso de Concepción del Bermejo
Para entender el origen
de los mataraes hay que volver a 1585, cuando Alonso de Vera y Aragón, "el
Tupí", se internó en el Chaco para fundar Concepción de Nuestra Señora del
Bermejo. Su objetivo era conectar Asunción con el Tucumán y abrir una ruta
hacia el Alto Perú.
Cerca de la nueva
fundación, Vera y Aragón encontró tres grandes aldeas agrícolas; dos
pertenecían a los mataraes. En una carta al obispo Francisco de Victoria, el
conquistador afirmó haber descubierto a más de veinte mil indios agricultores
con miles de fanegas de maíz. Aunque las cifras buscaban impresionar a la
Corona, reflejaban una realidad: a diferencia de los guaycurúes, tobas o
abipones, que eran cazadores-recolectores nómadas, los mataraes eran
sedentarios, cultivaban la tierra, tejían algodón y vivían en aldeas estables.
Esta condición facilitó su reparto en encomienda. El jesuita Alonso de Barzana
se dedicó a evangelizarlos y llegó a estudiar el tonocoté, redactando
gramáticas que hoy están perdidas.
Sin embargo, Concepción
del Bermejo estaba rodeada por los "frentones", etnias guerreras que
rechazaban la presencia española y el sometimiento de los agricultores.
Atrapados en el conflicto, los mataraes sufrieron las consecuencias de su
alianza forzada. Para la década de 1630, la presión indígena se volvió
insoportable. En 1632, los vecinos y los indios sobrevivientes abandonaron la
ciudad y escaparon hacia Corrientes.
El
gran destierro: del Bermejo a las orillas del Salado
Tras la caída de
Concepción, la población se dividió. Una parte cruzó el río Paraná y fundó el
pueblo de Guacará en Corrientes. El grupo principal, en cambio, inició un
traslado hacia el oeste, empujado por las autoridades coloniales que
necesitaban mano de obra para el Tucumán.
Hacia la década de 1650,
el gobernador dispuso su asentamiento definitivo en la frontera oriental del
río Salado, en Santiago del Estero, una zona expuesta a los ataques chaqueños.
Allí se fundó el pueblo de indios de Matará. El asentamiento mantuvo una
estructura dual basada en dos cacicazgos traídos del Bermejo: Matará de Alonso
de Vera y Matará de Melchor de Almonacid. Integrados como indios tributarios,
las fuentes administrativas empezaron a llamarlos "indios cristianos"
o "domésticos", y el término "Matará" pasó de designar al
grupo étnico a convertirse en el topónimo que identifica a esa geografía hasta
hoy.
La
economía de la supervivencia
La vida en Matará
combinaba las obligaciones de la encomienda con la autonomía económica.
Santiago del Estero abastecía de textiles de algodón y lana a centros mineros
como Potosí. Las inspecciones coloniales de finales del siglo XVII, como la del
oidor Diego de Arregui, documentan que las mujeres de Matará pasaban los días
en los telares fabricando ponchos y mantas que los encomenderos
comercializaban.
Por su parte, los hombres
aprovechaban su conocimiento del Chaco para internarse en el monte a recolectar
cera y miel silvestre, y a cazar para obtener cueros. De este modo, se
convirtieron en los proveedores oficiales de cera para las iglesias de
Santiago, Córdoba y Buenos Aires. Además, actuaban como intermediarios
comerciales autónomos: entraban a las tolderías de grupos no sometidos, como
los vilelas, para intercambiar herramientas de hierro por tejidos y ganado, lo
que les dio un margen de negociación frente a sus propios encomenderos.
Intérpretes
y soldados de la Corona
A finales del siglo XVII
y durante el XVIII, la adopción del caballo por parte de abipones y mocovíes
intensificó la guerra fronteriza. En este escenario, Matará se convirtió en un
punto estratégico de defensa. Sus hombres fueron incorporados a las milicias
coloniales como "indios soldados". Aportaban habilidades clave:
conocían los senderos del monte, rastreaban huellas y localizaban pozos de
agua.
Los mataraes marcharon a
la vanguardia en las expediciones de los gobernadores Esteban de Urizar (1710)
y Gerónimo Matorras (1774). Asimismo, sirvieron como "lenguaraces"
(intérpretes) en las reducciones jesuitas de Concepción de Abipones o San José
de Vilelas, traduciendo oraciones y facilitando el contacto con las tribus del
Chaco. Este servicio militar les permitió obtener la exención del pago del
tributo, derecho que sus cacicazgos defendieron con éxito ante la Real
Audiencia de Charcas durante el siglo XVIII.
Una
identidad intermedia
Esta posición generó
ambigüedad. Para las autoridades coloniales, los mataraes nunca dejaron de ser
chaqueños; aunque rezaran y hablaran quichua, su relación fluida con los indios
del monte despertaba sospechas de espionaje o complicidad en rebeliones. Al
mismo tiempo, para las etnias libres del Chaco, eran vistos como colaboradores
del opresor blanco. Vivían en una frontera cultural, combinando las pautas
hispanas con los saberes del bosque.
Epílogo:
el Matará criollo
El siglo XIX y las
guerras de independencia desmantelaron el sistema de encomiendas y la estructura
de los pueblos de indios. Hacia la segunda década del siglo, los registros
oficiales dejaron de clasificar a los habitantes por su origen étnico y la
comunidad se disolvió administrativamente dentro de la población rural de la
provincia.
Los descendientes de los
mataraes se integraron al paisanaje criollo de la frontera del Salado, formando
parte de las milicias y montoneras federales de líderes como Juan Felipe
Ibarra. Su herencia persiste en la actualidad en la toponimia de la localidad de
Matará, en el quichua que aún se habla en la región y en las destrezas rurales
de una comunidad que sobrevivió integrando dos mundos distintos.
Nota
de origen: Este texto se basa en la investigación histórica de
Judith Farberman: "Entre intermediarios fronterizos y guardianes del
Chaco: la larga historia de los mataraes santiagueños (siglos XVI a XIX)",
publicada en Nuevo Mundo Mundos Nuevos (2011). Las citas de José Jolís (1789) y
Alonso de Vera y Aragón (1585) corresponden a las fuentes analizadas por la
autora en dicho estudio.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario