Dos
siglos de historia, identidad y memoria colectiva que convirtieron a la música
popular en una de las expresiones culturales más representativas de la
Argentina.
La historia de un país también se
canta
El 9 de julio de 1816 marcó el
nacimiento político de la Argentina. En la Casa de Tucumán, los representantes
de las Provincias Unidas declararon la independencia de España y abrieron una
etapa nueva. Sin embargo, al lado de la cronología oficial de batallas y
tratados, corrió otra historia menos visible pero igual de decisiva: la de la
música que acompañó a la gente y terminó dándole forma a la identidad nacional.
La música de raíz folklórica no
apareció de un día para otro. Es la síntesis de siglos de cruces culturales,
migraciones, transformaciones sociales y apropiaciones populares. Cada región
aportó sus ritmos, sus instrumentos y sus modos de mirar la realidad hasta
armar un patrimonio enorme que sigue vigente.
Recorrer la evolución de este
repertorio implica revisar más de doscientos años. Exige entender cómo las
danzas coloniales se amoldaron al suelo criollo, de qué manera la inmigración
europea enriqueció la instrumentación, cómo los movimientos del campo a la
ciudad acercaron las provincias a Buenos Aires, y de qué modo la radio, los
festivales y las grabaciones convirtieron expresiones regionales en un fenómeno
masivo.
En esta nota de Leyendas del
Folclore Santiagueño proponemos un repaso por ese trayecto, tomando como
guía el trabajo del músico y docente Roberto Mercado, quien sintetizó dos
siglos de desarrollo musical en su estudio Evolución de la música de raíz
folklórica desde 1816 a la fecha.
Antes de 1816: el origen de una
trama compleja
Hablar de folklore argentino
exige ir bastante más atrás de la declaración de la Independencia. Las raíces
se hunden en el proceso de la conquista española.
Como explica Mercado, la llegada
de los conquistadores alteró de forma radical las expresiones de los pueblos
originarios. Gran parte de esa música desapareció o fue reabsorbida bajo nuevas
formas, dando inicio a un mestizaje lento.
Aun así, algunas formas
resistieron. Diversos investigadores coinciden en que la baguala y el huayno
del Noroeste, junto con ciertas prácticas sonoras de las comunidades mapuche y
tehuelche en la Patagonia, conservan rasgos anteriores a la colonia. Son los
nexos más antiguos entre la música actual y las culturas originarias.
Para ordenar este desarrollo,
Mercado propone tres grandes hitos históricos:
- La colonización española (siglos XV al
XVIII).
- La inmigración europea (aproximadamente entre
1850 y 1930).
- La migración interna (desde principios del
siglo XX hasta la actualidad).
Cada etapa reconfiguró el
cancionero popular.
1816: la patria en la voz de la
gente
Mientras los congresales debatían
en Tucumán, en la calle y en el campo ya se cantaba.
El musicólogo Carlos Vega
señalaba que la gran expresión musical de la Independencia fue el cielito. Esta
especie salió de las pampas bonaerenses, se sumó a las tropas patriotas y se
extendió como himno popular de la gesta revolucionaria. En palabras del propio
Vega, el cielito «vino de las pampas bonaerenses, ascendió a los estrados, se
incorporó a los ejércitos y difundió por Sudamérica su enardecido grito rural».
Esas coplas no funcionaban
únicamente como entretenimiento. En una época de caminos difíciles y prensa
escasa, las canciones circulaban como vehículo de ideas, celebraban partes de
victoria, amenizaban las reuniones y afianzaban la pertenencia a una causa
común.
El cielito no sonaba solo. En los
salones porteños se bailaban el cuando, el pericón, el minué, el vals y el
minué montonero o federal, en convivencia con ritmos del interior. En el
Noroeste, mientras tanto, pisaban fuerte el huayno, el yaraví y el triste,
formas ligadas a la tradición andina que con el tiempo se derramaron hacia
otras zonas del territorio.
La transformación del siglo XIX
A mediados del siglo XIX el
panorama social cambió de escala. La llegada masiva de inmigrantes europeos
trajo instrumentos, danzas y formas poéticas nuevas. Lejos de desplazar lo que
ya existía, esos elementos se mezclaron con las costumbres criollas en un
proceso de folklorización.
La guitarra desempeñó un rol
clave. Era accesible, fácil de transportar y versátil: servía tanto para
acompañar un baile como para una serenata o una fiesta familiar. Con su
popularización, la música de raíz folkórtica salió de recintos cerrados y se
volvió cotidiana en cualquier rincón.
Vega ubica hacia 1850 el arraigo
firme de varios géneros. En ese período se consolidaron formas que hoy
identificamos sin dudar con la música argentina: chacarera, gato, zamba,
escondido, firmeza, media caña, carnavalito, bailecito, malambo, vidala, vidalita,
chamamé, chamarrita, estilo, cifra, milonga y chaya.
A la par, las regiones afirmaban
su perfil. Cuyo afirmaba la tonada, la cueca y el gato. Tiempo después, en la
Patagonia, trabajos de recolección como los de Hugo Giménez Agüero y Marcelo
Berbel pondrían en valor el loncomeo, el kaani, la cordillerana y la
chorrillera.
La investigadora María del Carmen
Aguilar sintetizó este mapa en seis áreas bien marcadas: Litoral, Noroeste,
Cuyo, Región Central, Pampa y Sur. El folklore argentino nunca fue un bloque
uniforme, sino un entramado de voces regionales.
De la pulpería al símbolo
nacional
Durante décadas, esta música
vivió circunscripta a espacios concretos: ranchos, pulperías, peñas informales
y fiestas patronales. Cruzaba muy de a poco a las grandes ciudades, donde la
élite prefería la ópera italiana, los valses vieneses y el repertorio europeo.
El giro decisivo vino desde la
literatura. Carlos Vega remarca que la publicación del Martín Fierro, de
José Hernández, impulsó un movimiento de revalorización criolla. Como añade
Emilio Pedro Portorrico, la combinación de campañas de alfabetización con
ediciones populares muy económicas hizo que el poema circulara con fuerza en la
población rural.
El gaucho pasó de figura
postergada a emblema de la argentinidad. Con ese cambio de percepción, sus
formas de cantar, tocar y decir ganaron un respeto que antes no tenían.
Andrés Chazarreta y el desembarco
en Buenos Aires
A comienzos del siglo XX el
repertorio tradicional sonaba con fuerza en las provincias, pero carecía de
espacio en la escena cultural capitalina. Su circuito no salía de las
celebraciones locales.
El quiebre ocurrió el 16 de marzo
de 1921. Ese día, el maestro santiagueño Andrés Avelino Chazarreta se presentó
en el Teatro Politeama de Buenos Aires junto a su Conjunto de Arte Nativo. Lo
que podía haber sido una función más se convirtió en un hito: por primera vez,
las danzas y canciones del interior ocupaban un escenario comercial de primera
línea en la capital.
Chazarreta no solo dio un
espectáculo; mostró que la música del interior tenía valor estético y rigor.
Para buena parte del público porteño fue el primer contacto directo con la
chacarera, el gato o la zamba interpretados con criterio tradicional. La respuesta
de la crítica y de los espectadores abrió el camino para las delegaciones que
llegaron después.
Docente y recopilador, Chazarreta
entendió temprano que para evitar que el patrimonio oral se perdiera había que
volcarlo al papel, documentarlo y enseñarlo. Recorrió pueblos y parajes
recogiendo melodías, letras y coreografías. En una época sin archivos sonoros
accesibles, su trabajo fijó un repertorio enorme que de otro modo se habría
diluido. Además, promovió la enseñanza de las danzas nativas en academias,
institucionalizando su práctica.
Para quienes trabajamos en la
divulgación cultural desde Leyendas del Folclore Santiagueño, la
referencia de Chazarreta es ineludible.
La radio y el disco: la creación
de una memoria colectiva
El impulso inicial de los teatros
encontró un aliado formidable en la tecnología. La radiodifusión transformó de
raíz la circulación de la música.
Portorrico señala que las
transmisiones regulares comenzaron en 1920 y que entre 1923 y 1929 se montó la
red de emisoras que definió al medio. Con la radio, las distancias físicas
dejaron de ser un obstáculo: un cantor santiagueño podía escucharse en Rosario,
un conjunto del Litoral llegaba a Cuyo y una vidala del Norte sonaba en la
Patagonia.
Al mismo tiempo, la industria
discográfica aportó fijeza. Antes del disco, las canciones mutaban
constantemente o desaparecían cuando moría quien las cantaba. Las grabaciones
fijaron versiones de referencia, preservaron estilos e influyeron en el aprendizaje:
los músicos empezaron a sacar arreglos y acordes escuchando las placas una y
otra vez.
La migración interna y la vida en
las peñas
El otro factor determinante del
siglo XX fue el traslado de miles de familias del interior hacia Buenos Aires y
los grandes centros industriales en busca de trabajo.
Esos trabajadores llevaron
consigo sus formas de cocinar, sus devociones y sus canciones. Roberto Mercado
subraya que esta migración interna creó un mercado amplio y receptivo para los
artistas provincianos en la capital. La música cumplía una función clara:
contenía la nostalgia y tendía un puente con el lugar de origen. Escuchar una
chacarera o una tonada era una forma de volver por unos minutos al pago.
Las radios respondieron
contratando elencos estables de música criolla, lo que le dio estabilidad
profesional a muchos intérpretes. Fuera de los estudios, el fenómeno se asentó
en las peñas y los centros tradicionalistas. Espacios donde la frontera entre
el público y el escenario era porosa, y donde se mantenían vivas las danzas, la
indumentaria y las costumbres.
A fines de la década de 1950, la
mesa estaba servida: había mercado, medios masivos, centros de reunión y un
público amplio.
Los años sesenta y el
"boom" del folklore
Si los años veinte vieron la
llegada del folklore a la capital, los sesenta marcaron su masificación
absoluta. Fue una época en la que el género disputó espacio mano a mano con el
pop y el rock en las preferencias de los jóvenes.
Portorrico describe en su Diccionario
Biográfico de la Música Argentina de Raíz Folklórica cómo la fiebre
folklórica colmaba los programas de televisión y agotaba las guitarras en las
tiendas de música. No se trató solo de un fenómeno comercial; una generación
entera eligió la zamba, la chacarera o el chamamé como vehículo de expresión.
El hito central de esa etapa fue
el nacimiento del Festival Nacional de Folklore de Cosquín, en 1961. Lo que
arrancó como una iniciativa comunitaria sobre la Ruta 38 se transformó en el
escenario definitivo del género. Actuar en la Plaza Próspero Molina consagró a
decenas de artistas y proyectó sus nombres a través de las transmisiones
radiales y televisivas. El formato se replicó rápidamente en decenas de
festivales a lo largo de todo el país.
El boom consolidó una verdadera
industria cultural: sellos discográficos con departamentos dedicados al
folklore, editoriales con cancioneros, revistas especializadas, carteleras de
peñas a pleno y un circuito profesional continuo.
Un lenguaje que se renueva
A más de dos siglos de 1816, la
música de raíz folklórica mantiene su espacio. Atravesó momentos de exposición
masiva y otros de menor presencia mediática; dialogó con el rock, el jazz y la
música electrónica, y sumó nuevas instrumentaciones.
Lejos de quedar como una pieza
estática de museo, las peñas siguen llenas, los festivales de verano convocan
multitudes y las nuevas generaciones continúan grabando a los autores clásicos
al tiempo que componen repertorio nuevo.
En ese mapa, el aporte de
Santiago del Estero resulta insustituible. No solo por la chacarera como
especie emblemática, sino por la nómina de compositores, cantores e
investigadores que sostienen esa herencia. Desde la tarea pionera de Chazarreta
hasta las iniciativas actuales de divulgación, la provincia mantiene un rol
central en la memoria musical del país.
Como concluye Roberto Mercado,
durante estos doscientos años el folklore «se gestó, desarrolló, arraigó y se
installed definitivamente en el ser nacional». Más que un conjunto de ritmos,
funciona como un archivo sonoro del paisaje y de la gente. Cada vez que arranca
un rasguido en una peña o en un patio, esa historia larga vuelve a sonar.
Fuentes:
- Mercado, Roberto. Evolución de la música
de raíz folklórica desde 1816 a la fecha. Julio de 2016.
- Vega, Carlos. Bailes Tradicionales
Argentinos. Editorial Julio Korn, 1959.
- Berengan, Augusto. La Canción Criolla
Argentina. Editorial Ross, 2011.
- Aguilar, María del Carmen. Folklore para
armar. Ediciones Culturales Argentinas, 1991.
- Portorrico, Emilio Pedro. Eso que llamamos
Folklore. 2015.
- Portorrico, Emilio Pedro. Diccionario
Biográfico de la Música Argentina de Raíz Folklórica.
