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viernes, 7 de agosto de 2026

De la Independencia al boom del folklore: la extraordinaria evolución de la música de raíz folklórica argentina

Dos siglos de historia, identidad y memoria colectiva que convirtieron a la música popular en una de las expresiones culturales más representativas de la Argentina.



La historia de un país también se canta

El 9 de julio de 1816 marcó el nacimiento político de la Argentina. En la Casa de Tucumán, los representantes de las Provincias Unidas declararon la independencia de España y abrieron una etapa nueva. Sin embargo, al lado de la cronología oficial de batallas y tratados, corrió otra historia menos visible pero igual de decisiva: la de la música que acompañó a la gente y terminó dándole forma a la identidad nacional.

La música de raíz folklórica no apareció de un día para otro. Es la síntesis de siglos de cruces culturales, migraciones, transformaciones sociales y apropiaciones populares. Cada región aportó sus ritmos, sus instrumentos y sus modos de mirar la realidad hasta armar un patrimonio enorme que sigue vigente.

Recorrer la evolución de este repertorio implica revisar más de doscientos años. Exige entender cómo las danzas coloniales se amoldaron al suelo criollo, de qué manera la inmigración europea enriqueció la instrumentación, cómo los movimientos del campo a la ciudad acercaron las provincias a Buenos Aires, y de qué modo la radio, los festivales y las grabaciones convirtieron expresiones regionales en un fenómeno masivo.

En esta nota de Leyendas del Folclore Santiagueño proponemos un repaso por ese trayecto, tomando como guía el trabajo del músico y docente Roberto Mercado, quien sintetizó dos siglos de desarrollo musical en su estudio Evolución de la música de raíz folklórica desde 1816 a la fecha.

Antes de 1816: el origen de una trama compleja

Hablar de folklore argentino exige ir bastante más atrás de la declaración de la Independencia. Las raíces se hunden en el proceso de la conquista española.

Como explica Mercado, la llegada de los conquistadores alteró de forma radical las expresiones de los pueblos originarios. Gran parte de esa música desapareció o fue reabsorbida bajo nuevas formas, dando inicio a un mestizaje lento.

Aun así, algunas formas resistieron. Diversos investigadores coinciden en que la baguala y el huayno del Noroeste, junto con ciertas prácticas sonoras de las comunidades mapuche y tehuelche en la Patagonia, conservan rasgos anteriores a la colonia. Son los nexos más antiguos entre la música actual y las culturas originarias.

Para ordenar este desarrollo, Mercado propone tres grandes hitos históricos:

  1. La colonización española (siglos XV al XVIII).
  2. La inmigración europea (aproximadamente entre 1850 y 1930).
  3. La migración interna (desde principios del siglo XX hasta la actualidad).

Cada etapa reconfiguró el cancionero popular.

1816: la patria en la voz de la gente

Mientras los congresales debatían en Tucumán, en la calle y en el campo ya se cantaba.

El musicólogo Carlos Vega señalaba que la gran expresión musical de la Independencia fue el cielito. Esta especie salió de las pampas bonaerenses, se sumó a las tropas patriotas y se extendió como himno popular de la gesta revolucionaria. En palabras del propio Vega, el cielito «vino de las pampas bonaerenses, ascendió a los estrados, se incorporó a los ejércitos y difundió por Sudamérica su enardecido grito rural».

Esas coplas no funcionaban únicamente como entretenimiento. En una época de caminos difíciles y prensa escasa, las canciones circulaban como vehículo de ideas, celebraban partes de victoria, amenizaban las reuniones y afianzaban la pertenencia a una causa común.

El cielito no sonaba solo. En los salones porteños se bailaban el cuando, el pericón, el minué, el vals y el minué montonero o federal, en convivencia con ritmos del interior. En el Noroeste, mientras tanto, pisaban fuerte el huayno, el yaraví y el triste, formas ligadas a la tradición andina que con el tiempo se derramaron hacia otras zonas del territorio.

La transformación del siglo XIX

A mediados del siglo XIX el panorama social cambió de escala. La llegada masiva de inmigrantes europeos trajo instrumentos, danzas y formas poéticas nuevas. Lejos de desplazar lo que ya existía, esos elementos se mezclaron con las costumbres criollas en un proceso de folklorización.

La guitarra desempeñó un rol clave. Era accesible, fácil de transportar y versátil: servía tanto para acompañar un baile como para una serenata o una fiesta familiar. Con su popularización, la música de raíz folkórtica salió de recintos cerrados y se volvió cotidiana en cualquier rincón.

Vega ubica hacia 1850 el arraigo firme de varios géneros. En ese período se consolidaron formas que hoy identificamos sin dudar con la música argentina: chacarera, gato, zamba, escondido, firmeza, media caña, carnavalito, bailecito, malambo, vidala, vidalita, chamamé, chamarrita, estilo, cifra, milonga y chaya.

A la par, las regiones afirmaban su perfil. Cuyo afirmaba la tonada, la cueca y el gato. Tiempo después, en la Patagonia, trabajos de recolección como los de Hugo Giménez Agüero y Marcelo Berbel pondrían en valor el loncomeo, el kaani, la cordillerana y la chorrillera.

La investigadora María del Carmen Aguilar sintetizó este mapa en seis áreas bien marcadas: Litoral, Noroeste, Cuyo, Región Central, Pampa y Sur. El folklore argentino nunca fue un bloque uniforme, sino un entramado de voces regionales.

De la pulpería al símbolo nacional

Durante décadas, esta música vivió circunscripta a espacios concretos: ranchos, pulperías, peñas informales y fiestas patronales. Cruzaba muy de a poco a las grandes ciudades, donde la élite prefería la ópera italiana, los valses vieneses y el repertorio europeo.

El giro decisivo vino desde la literatura. Carlos Vega remarca que la publicación del Martín Fierro, de José Hernández, impulsó un movimiento de revalorización criolla. Como añade Emilio Pedro Portorrico, la combinación de campañas de alfabetización con ediciones populares muy económicas hizo que el poema circulara con fuerza en la población rural.

El gaucho pasó de figura postergada a emblema de la argentinidad. Con ese cambio de percepción, sus formas de cantar, tocar y decir ganaron un respeto que antes no tenían.

Andrés Chazarreta y el desembarco en Buenos Aires

A comienzos del siglo XX el repertorio tradicional sonaba con fuerza en las provincias, pero carecía de espacio en la escena cultural capitalina. Su circuito no salía de las celebraciones locales.

El quiebre ocurrió el 16 de marzo de 1921. Ese día, el maestro santiagueño Andrés Avelino Chazarreta se presentó en el Teatro Politeama de Buenos Aires junto a su Conjunto de Arte Nativo. Lo que podía haber sido una función más se convirtió en un hito: por primera vez, las danzas y canciones del interior ocupaban un escenario comercial de primera línea en la capital.

Chazarreta no solo dio un espectáculo; mostró que la música del interior tenía valor estético y rigor. Para buena parte del público porteño fue el primer contacto directo con la chacarera, el gato o la zamba interpretados con criterio tradicional. La respuesta de la crítica y de los espectadores abrió el camino para las delegaciones que llegaron después.

Docente y recopilador, Chazarreta entendió temprano que para evitar que el patrimonio oral se perdiera había que volcarlo al papel, documentarlo y enseñarlo. Recorrió pueblos y parajes recogiendo melodías, letras y coreografías. En una época sin archivos sonoros accesibles, su trabajo fijó un repertorio enorme que de otro modo se habría diluido. Además, promovió la enseñanza de las danzas nativas en academias, institucionalizando su práctica.

Para quienes trabajamos en la divulgación cultural desde Leyendas del Folclore Santiagueño, la referencia de Chazarreta es ineludible.

La radio y el disco: la creación de una memoria colectiva

El impulso inicial de los teatros encontró un aliado formidable en la tecnología. La radiodifusión transformó de raíz la circulación de la música.

Portorrico señala que las transmisiones regulares comenzaron en 1920 y que entre 1923 y 1929 se montó la red de emisoras que definió al medio. Con la radio, las distancias físicas dejaron de ser un obstáculo: un cantor santiagueño podía escucharse en Rosario, un conjunto del Litoral llegaba a Cuyo y una vidala del Norte sonaba en la Patagonia.

Al mismo tiempo, la industria discográfica aportó fijeza. Antes del disco, las canciones mutaban constantemente o desaparecían cuando moría quien las cantaba. Las grabaciones fijaron versiones de referencia, preservaron estilos e influyeron en el aprendizaje: los músicos empezaron a sacar arreglos y acordes escuchando las placas una y otra vez.

La migración interna y la vida en las peñas

El otro factor determinante del siglo XX fue el traslado de miles de familias del interior hacia Buenos Aires y los grandes centros industriales en busca de trabajo.

Esos trabajadores llevaron consigo sus formas de cocinar, sus devociones y sus canciones. Roberto Mercado subraya que esta migración interna creó un mercado amplio y receptivo para los artistas provincianos en la capital. La música cumplía una función clara: contenía la nostalgia y tendía un puente con el lugar de origen. Escuchar una chacarera o una tonada era una forma de volver por unos minutos al pago.

Las radios respondieron contratando elencos estables de música criolla, lo que le dio estabilidad profesional a muchos intérpretes. Fuera de los estudios, el fenómeno se asentó en las peñas y los centros tradicionalistas. Espacios donde la frontera entre el público y el escenario era porosa, y donde se mantenían vivas las danzas, la indumentaria y las costumbres.

A fines de la década de 1950, la mesa estaba servida: había mercado, medios masivos, centros de reunión y un público amplio.

Los años sesenta y el "boom" del folklore

Si los años veinte vieron la llegada del folklore a la capital, los sesenta marcaron su masificación absoluta. Fue una época en la que el género disputó espacio mano a mano con el pop y el rock en las preferencias de los jóvenes.

Portorrico describe en su Diccionario Biográfico de la Música Argentina de Raíz Folklórica cómo la fiebre folklórica colmaba los programas de televisión y agotaba las guitarras en las tiendas de música. No se trató solo de un fenómeno comercial; una generación entera eligió la zamba, la chacarera o el chamamé como vehículo de expresión.

El hito central de esa etapa fue el nacimiento del Festival Nacional de Folklore de Cosquín, en 1961. Lo que arrancó como una iniciativa comunitaria sobre la Ruta 38 se transformó en el escenario definitivo del género. Actuar en la Plaza Próspero Molina consagró a decenas de artistas y proyectó sus nombres a través de las transmisiones radiales y televisivas. El formato se replicó rápidamente en decenas de festivales a lo largo de todo el país.

El boom consolidó una verdadera industria cultural: sellos discográficos con departamentos dedicados al folklore, editoriales con cancioneros, revistas especializadas, carteleras de peñas a pleno y un circuito profesional continuo.

Un lenguaje que se renueva

A más de dos siglos de 1816, la música de raíz folklórica mantiene su espacio. Atravesó momentos de exposición masiva y otros de menor presencia mediática; dialogó con el rock, el jazz y la música electrónica, y sumó nuevas instrumentaciones.

Lejos de quedar como una pieza estática de museo, las peñas siguen llenas, los festivales de verano convocan multitudes y las nuevas generaciones continúan grabando a los autores clásicos al tiempo que componen repertorio nuevo.

En ese mapa, el aporte de Santiago del Estero resulta insustituible. No solo por la chacarera como especie emblemática, sino por la nómina de compositores, cantores e investigadores que sostienen esa herencia. Desde la tarea pionera de Chazarreta hasta las iniciativas actuales de divulgación, la provincia mantiene un rol central en la memoria musical del país.

Como concluye Roberto Mercado, durante estos doscientos años el folklore «se gestó, desarrolló, arraigó y se installed definitivamente en el ser nacional». Más que un conjunto de ritmos, funciona como un archivo sonoro del paisaje y de la gente. Cada vez que arranca un rasguido en una peña o en un patio, esa historia larga vuelve a sonar.

Fuentes:

  • Mercado, Roberto. Evolución de la música de raíz folklórica desde 1816 a la fecha. Julio de 2016.
  • Vega, Carlos. Bailes Tradicionales Argentinos. Editorial Julio Korn, 1959.
  • Berengan, Augusto. La Canción Criolla Argentina. Editorial Ross, 2011.
  • Aguilar, María del Carmen. Folklore para armar. Ediciones Culturales Argentinas, 1991.
  • Portorrico, Emilio Pedro. Eso que llamamos Folklore. 2015.
  • Portorrico, Emilio Pedro. Diccionario Biográfico de la Música Argentina de Raíz Folklórica.