Hay hombres que recorren
su tiempo con una doble mirada: una que cura el cuerpo y otra que sana la
memoria de su pueblo. Un 4 de julio de 1898 nacía en Santiago del Estero
Orestes Di Lullo, una figura fundacional de la cultura norteña en quien la
medicina, la historia y la etnografía no fueron saberes estancos, sino
herramientas para descifrar la identidad de su provincia.
Egresado del Colegio
Nacional santiagueño, Di Lullo se trasladó a Buenos Aires para estudiar
medicina, carrera de la que se graduó en 1923. Sin embargo, al regresar al
pago, el joven médico comprendió que las dolencias de su gente no solo se
explicaban en los laboratorios, sino en las condiciones de vida y en el paisaje
social. En 1930, su obra El Paaj —galardonada con el Primer Premio Municipal de
Ciencias— marcó un hito tanto médico como social al describir una forma de
dermatitis venenata: una dolorosa inflamación cutánea provocada por el contacto
con el tanino del quebracho colorado. A través de este hallazgo científico, Di
Lullo no solo descubrió una afección médica; le dio nombre al padecimiento de
los hacheros santiagueños.
Aquella sensibilidad
social guió sus siguientes textos de política sanitaria y denuncia: La
alimentación popular en Santiago del Estero (1935) y La San Asís (1939), donde
proponía reformas urgentes para erradicar las enfermedades de la pobreza. El
mismo pulso crítico late en su ensayo El bosque sin leyenda (1937), una obra
donde la pluma del intelectual se vuelve testigo y denuncia de la devastación
del suelo nativo y de la brutal explotación humana en los obrajes.
El
recolector del sentir popular
La obra de Orestes Di
Lullo puede leerse como la continuación natural de las pesquisas etnográficas
que había iniciado Ricardo Rojas. Comisionado por la Universidad de Tucumán, el
médico se internó en la oralidad y los senderos de su provincia para emprender
la ciclópea tarea de recolectar, clasificar y sistematizar las tradiciones
populares. De ese viaje al corazón de la cultura nacieron obras monumentales
como El folklore de Santiago del Estero y los dos tomos de El cancionero
popular de Santiago del Estero, un rescate imprescindible de la música y el
sentir local. Su curiosidad por la palabra lo llevó también a la filología, un
campo donde fue referente —especialmente en el estudio de la lengua quichua—
con textos como Contribución al estudio de las voces santiagueñas y El habla
popular.
Mientras otros
intelectuales de su época se volcaban a la ficción o a la teoría pura, Di Lullo
habitó plenamente la condición de folclorista y guardián de la memoria. Esa
comunión profunda entre lo histórico y lo literario alcanzó su plenitud lírica
en dos obras imperecederas: La agonía de los pueblos (1946) y Santiago del
Estero, noble y leal ciudad (1947), además de títulos esenciales como Los
pueblos dormidos.
Constructor
de instituciones y exilio
Di Lullo no solo dejó
palabras escritas; edificó los espacios físicos para protegerlas. El 25 de
julio de 1941 fundó el Museo Histórico que hoy lleva su nombre, una institución
destinada a testimoniar la historia política, numismática, armamentística y
etnográfica de la provincia, la cual dirigió con celo hasta 1967. A su impulso
se debieron también la creación de la Escuela Santiagueña de Artes Populares y,
en 1953, la fundación del Instituto de Lingüística, Folclore y Arqueología
(dependiente de la Universidad Nacional de Tucumán). Además, su compromiso
civil lo llevó a ser miembro fundador de la Junta de Estudios Históricos de
Santiago del Estero e intendente municipal de la ciudad capital entre 1944 y
1945.
Su prestigio intelectual
lo convirtió en miembro correspondiente de las academias nacionales de la
Historia, de Ciencias y de la Academia Argentina de Letras. Sin embargo, los
vaivenes políticos del país no le fueron ajenos. De tendencias intelectuales
nacionalistas, fue cesado de sus cargos universitarios en Tucumán durante la
dictadura de Pedro Eugenio Aramburu, lo que lo forzó a un exilio en España.
Orestes Di Lullo falleció
en 1983 en la misma ciudad que lo vio nacer y a la que dedicó sus desvelos.
Tras su partida, se editaron dos de sus trabajos fundamentales: La razón del
folclore y Santiago del nuevo Maestrazgo. En homenaje a su nacimiento y a su
inabarcable legado, cada 4 de julio se conmemora el "Día de la
Cultura" en Santiago del Estero, recordando al hombre que supo auscultar
el pecho de sus pacientes con la misma devoción con la que escuchó los cantos
antiguos de su pueblo.

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