¿Alguna vez te cruzó por
la cabeza la idea de que la Inquisición española pudo haber operado en las
tierras andinas? Si piensás que las historias de brujas, hechizos y hogueras son
exclusivas de los pueblos europeos o de las grandes capitales virreinales,
prepárate, porque la historia real de nuestro Noroeste es mucho más fascinante,
oscura y atrapante de lo que imaginás.
Ahora vamos a descubrir qué pasaba realmente cuando el miedo
a la magia se apoderaba de las calles del antiguo Tucumán.
Una
Inquisición "de facto": sin tribunal, pero con mucha hoguera
Acá va el primer gran
dato: no, nunca existió un Tribunal oficial de la Inquisición en el Noroeste
Argentino. Pero no te lleves a engaño, porque eso no significa que las cosas
fueran más tranquilas.
A falta de un edificio
oficial con inquisidores de turno, la "justicia ordinaria" (los
alcaldes y jueces de cada pueblo) tomaba la ley por su mano y aplicaba los
mismos métodos implacables del Santo Oficio. ¿Y quiénes eran los blancos
perfectos de esta caza? Casi siempre mujeres de los sectores más marginados:
indígenas y negras. Para las autoridades coloniales, estas mujeres no eran solo
sospechosas de hacer magia; eran vistas como una amenaza directa al orden
social.
Arañas,
serpientes gigantes y "celos apasionados"
Los archivos históricos
guardan expedientes que parecen el guion de una película de terror y fantasía.
Imaginate Santiago del Estero en 1761. Las autoridades acusaban a dos mujeres
indígenas, Pancha y Lorenza, de usar arañas, espinas y polvos mágicos para
enfermar a la gente.
Lo más alucinante es el
testimonio de dónde decían haber aprendido sus artes: en una mítica
"Salamanca" subterránea. Según los relatos, allí había fiestas con
arpa y guitarra, gente bailando en cueros y... ¡una serpiente gigante que
sacaba la lengua y pedía sangre! Pero detrás de la leyenda, había una realidad
cruda: una de las mujeres confesó haber envenenado a un hombre que intentó
golpearla. La magia, en muchos casos, era el único escudo de defensa que
tenían.
Unos años antes, en 1715,
otra indígena llamada Lucrecia fue condenada al destierro perpetuo en el Fuerte
de Balbuena. ¿Su crimen? Usar hierbas venenosas contra sus rivales amorosas.
Sí, la Inquisición (aunque no se llamara así) también juzgaba los crímenes
pasionales.
Cuando
los médicos actuaban como cazadores de brujas
Si pensás que la ciencia
y la magia estaban separadas, te tengo una sorpresa. En 1703, en Tucumán, se
investigó la misteriosa enfermedad de los amos de una esclava negra llamada
Inés. Para descubrir si había brujería, el médico del pueblo, el doctor Vargas
Machuca, aplicó métodos de diagnóstico que hoy nos parecen sacados de un
aquelarre.
¿Cómo diagnosticaba el
buen doctor? Hervía jabón y, si el agua se "cortaba", era prueba de
hechicería. También vertía un huevo fresco en la orina de la paciente: si el
huevo flotaba, había magia negra; si se iba al fondo, era una enfermedad
normal.
El destino de Inés fue
brutal: fue paseada por las calles en un animal de carga, humillada
públicamente por un pregonero, y condenada al garrote vil y a la hoguera. La
línea entre la medicina colonial y la caza de brujas era, literalmente,
inexistente.
El
gobernador que murió de miedo (antes de tiempo)
El poder también
temblaba. El gobernador Ramírez de Velazco, que mandó en la región a fines del
siglo XVI, vivía aterrorizado. ¿La razón? Creía firmemente que los indígenas y
los marginados podían "hechizarlo" para enfermarlo o matarlo.
Su paranoia no era para
menos; sabía que tres gobernadores anteriores a él tuvieron finales trágicos:
degollados o muertos en la cárcel. Para proteger sus propios nervios y su vida,
Ramírez de Velazco logró que el Rey de España le diera permiso especial para
aplicar castigos extremos, como la hoguera y el destierro perpetuo. El miedo a
lo desconocido lo convirtió en un tirano implacable.
Más
allá del hechizo: una resistencia cultural
Pero hay que leer entre
líneas. Estas mujeres acusadas de brujas no eran simples villanas de cuento. En
realidad, eran guardianas de la memoria. Al mezclar sus creencias andinas con
nuevas influencias, estaban manteniendo vivas sus raíces en un mundo que
intentaba borrarlas. Ser "bruja" o "adivina" se convirtió,
casi sin quererlo, en un acto de resistencia cultural frente a un sistema
colonial que quería imponer su propia versión de lo que estaba "bien"
y lo que estaba "mal".
En resumen: Aunque no
hubo un Tribunal de la Inquisición con sello oficial en el Noroeste Argentino,
el espíritu inquisitorial estuvo más vivo que nunca. A través de la justicia
ordinaria, se persiguió, torturó y condenó a mujeres que, entre hierbas, huevos
y serpientes míticas, luchaban por sobrevivir y mantener viva su identidad.
La próxima vez que
camines por las calles empedradas de Salta, Tucumán o Santiago del Estero, mirá
bien las sombras. La historia oficial habla de conquistadores y fundadores,
pero las piedras todavía guardan el eco de aquellas mujeres que se negaron a
desaparecer.
¿Y vos, qué pensás?
¿Creés que el miedo a lo desconocido sigue impulsando la caza de brujas en la
actualidad, solo que con otras máscaras? ¡los leo en los comentarios!
Fuente:
Poderti, Alicia. (2002).
Brujas Andinas. La hechicería colonial en el Noroeste Argentino. Salta,
Argentina: Universidad Nacional de Salta (UNSA).
Nota: El documento base
es un extracto o artículo derivado de esta obra, escrito por la propia Dra.
Poderti, donde se compilan y analizan los expedientes judiciales de la época
colonial.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario