lunes, 24 de agosto de 2026

Brujas, hechizos y gobernadores con miedo: ¿Hubo Inquisición en el Noroeste Argentino?


 

¿Alguna vez te cruzó por la cabeza la idea de que la Inquisición española pudo haber operado en las tierras andinas? Si piensás que las historias de brujas, hechizos y hogueras son exclusivas de los pueblos europeos o de las grandes capitales virreinales, prepárate, porque la historia real de nuestro Noroeste es mucho más fascinante, oscura y atrapante de lo que imaginás.

Ahora vamos a descubrir qué pasaba realmente cuando el miedo a la magia se apoderaba de las calles del antiguo Tucumán.

Una Inquisición "de facto": sin tribunal, pero con mucha hoguera

Acá va el primer gran dato: no, nunca existió un Tribunal oficial de la Inquisición en el Noroeste Argentino. Pero no te lleves a engaño, porque eso no significa que las cosas fueran más tranquilas.

A falta de un edificio oficial con inquisidores de turno, la "justicia ordinaria" (los alcaldes y jueces de cada pueblo) tomaba la ley por su mano y aplicaba los mismos métodos implacables del Santo Oficio. ¿Y quiénes eran los blancos perfectos de esta caza? Casi siempre mujeres de los sectores más marginados: indígenas y negras. Para las autoridades coloniales, estas mujeres no eran solo sospechosas de hacer magia; eran vistas como una amenaza directa al orden social.

Arañas, serpientes gigantes y "celos apasionados"

Los archivos históricos guardan expedientes que parecen el guion de una película de terror y fantasía. Imaginate Santiago del Estero en 1761. Las autoridades acusaban a dos mujeres indígenas, Pancha y Lorenza, de usar arañas, espinas y polvos mágicos para enfermar a la gente.

Lo más alucinante es el testimonio de dónde decían haber aprendido sus artes: en una mítica "Salamanca" subterránea. Según los relatos, allí había fiestas con arpa y guitarra, gente bailando en cueros y... ¡una serpiente gigante que sacaba la lengua y pedía sangre! Pero detrás de la leyenda, había una realidad cruda: una de las mujeres confesó haber envenenado a un hombre que intentó golpearla. La magia, en muchos casos, era el único escudo de defensa que tenían.

Unos años antes, en 1715, otra indígena llamada Lucrecia fue condenada al destierro perpetuo en el Fuerte de Balbuena. ¿Su crimen? Usar hierbas venenosas contra sus rivales amorosas. Sí, la Inquisición (aunque no se llamara así) también juzgaba los crímenes pasionales.

Cuando los médicos actuaban como cazadores de brujas

Si pensás que la ciencia y la magia estaban separadas, te tengo una sorpresa. En 1703, en Tucumán, se investigó la misteriosa enfermedad de los amos de una esclava negra llamada Inés. Para descubrir si había brujería, el médico del pueblo, el doctor Vargas Machuca, aplicó métodos de diagnóstico que hoy nos parecen sacados de un aquelarre.

¿Cómo diagnosticaba el buen doctor? Hervía jabón y, si el agua se "cortaba", era prueba de hechicería. También vertía un huevo fresco en la orina de la paciente: si el huevo flotaba, había magia negra; si se iba al fondo, era una enfermedad normal.

El destino de Inés fue brutal: fue paseada por las calles en un animal de carga, humillada públicamente por un pregonero, y condenada al garrote vil y a la hoguera. La línea entre la medicina colonial y la caza de brujas era, literalmente, inexistente.

El gobernador que murió de miedo (antes de tiempo)

El poder también temblaba. El gobernador Ramírez de Velazco, que mandó en la región a fines del siglo XVI, vivía aterrorizado. ¿La razón? Creía firmemente que los indígenas y los marginados podían "hechizarlo" para enfermarlo o matarlo.

Su paranoia no era para menos; sabía que tres gobernadores anteriores a él tuvieron finales trágicos: degollados o muertos en la cárcel. Para proteger sus propios nervios y su vida, Ramírez de Velazco logró que el Rey de España le diera permiso especial para aplicar castigos extremos, como la hoguera y el destierro perpetuo. El miedo a lo desconocido lo convirtió en un tirano implacable.

Más allá del hechizo: una resistencia cultural

Pero hay que leer entre líneas. Estas mujeres acusadas de brujas no eran simples villanas de cuento. En realidad, eran guardianas de la memoria. Al mezclar sus creencias andinas con nuevas influencias, estaban manteniendo vivas sus raíces en un mundo que intentaba borrarlas. Ser "bruja" o "adivina" se convirtió, casi sin quererlo, en un acto de resistencia cultural frente a un sistema colonial que quería imponer su propia versión de lo que estaba "bien" y lo que estaba "mal".

En resumen: Aunque no hubo un Tribunal de la Inquisición con sello oficial en el Noroeste Argentino, el espíritu inquisitorial estuvo más vivo que nunca. A través de la justicia ordinaria, se persiguió, torturó y condenó a mujeres que, entre hierbas, huevos y serpientes míticas, luchaban por sobrevivir y mantener viva su identidad.

La próxima vez que camines por las calles empedradas de Salta, Tucumán o Santiago del Estero, mirá bien las sombras. La historia oficial habla de conquistadores y fundadores, pero las piedras todavía guardan el eco de aquellas mujeres que se negaron a desaparecer.

¿Y vos, qué pensás? ¿Creés que el miedo a lo desconocido sigue impulsando la caza de brujas en la actualidad, solo que con otras máscaras? ¡los leo en los comentarios!

Fuente:

Poderti, Alicia. (2002). Brujas Andinas. La hechicería colonial en el Noroeste Argentino. Salta, Argentina: Universidad Nacional de Salta (UNSA).

Nota: El documento base es un extracto o artículo derivado de esta obra, escrito por la propia Dra. Poderti, donde se compilan y analizan los expedientes judiciales de la época colonial.

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