lunes, 24 de agosto de 2026

Las ruinas de Esteco y el eco de las profecías del fin del mundo


 

HIGHLAND PARK, Nueva Jersey. - En todo final hay siempre la promesa de un principio, y en toda profecía apocalíptica late el anuncio de un paraíso futuro. Mientras la especie humana avanza guiada por la razón, es la fe la que instala en el horizonte una promesa que se aleja a medida que caminamos hacia ella. En los últimos meses del siglo XX, el horizonte se llenó de vaticinios. Sin embargo, ninguno tan fascinante y terrífico como el que resurgió del desierto salteño, donde la historia y la leyenda volvieron a colisionar.

A fines de julio de 1999, un terceto de arqueólogos argentinos desenterró en el sudeste de la provincia de Salta las ruinas de Talavera de Esteco. El hallazgo no solo reescribió los libros de historia colonial, sino que activó una mecha profética encendida cincuenta años atrás. En 1949, una tribu de gitanos había vaticinado que el descubrimiento de la perdida Esteco coincidiría con el nacimiento del Anticristo y el fin de la historia humana.

La ciudad maldita y los oráculos del desierto

Para entender el peso de esta profecía, hay que remontarse a agosto de 1949. Una tribu de gitanos llegó a Tucumán en medio de un invierno seco y ardiente, bajo cielos nocturnos cargados de fuegos fatuos. Mientras los hombres levantaban carpas en los baldíos del sur y vendían desechos de automóviles, las mujeres recorrían el centro ofreciendo relicarios, piedras de mica y oráculos. Todos ellos, sin embargo, hablaban de los horrores de Esteco, ciudad por cuyas ruinas decían haber pasado sin mirarlas.

El destino histórico de Esteco, lejos de la imaginación gitana, repite trágicamente el relato de Sodoma y Gomorra. Según los registros del obispo Maldonado en el año 1634, la comarca estaba emplazada "entre arenales y salitrales malditos". La realidad geológica era tan hostil como la leyenda: las casas se derrumbaban al compás de abundantes temblores, y los indígenas morían en el intento de reconstruirlas, hasta que un terremoto final se llevó lo que quedaba en pie.

De aquella catástrofe solo sobrevivió el folklore, materializado en una copla popular que los gitanos de 1949 repetían a modo de rezo: "No sigas ese camino, / no seas orgulloso y terco, / no te vayas a perder / como la ciudad de Esteco".

El miedo a los números redondos y otras catástrofes

¿Por qué la humanidad se aferra a estas profecías de salvación y destrucción? El historiador Henri Focillon, en su manual El año mil, ofrece una clave sagaz: la humanidad proyecta todos sus miedos hacia los años de números redondos, convirtiendo esas fechas en una angustia o esperanza perpetua.

Este fenómeno no es exclusivo de Esteco. Tres décadas después del vaticinio gitano, en agosto de 1979, Caracas fue sacudida por una profecía similar. Se vaticinó que la estatua de piedra de María Lionza echaría a volar hacia el mar, abriendo una grieta en la montaña para que las aguas del Caribe inundaran la capital. Según los testimonios de la época, esta invasión del mar pondría fin a la "vana opulencia petrolera", sepultando las casas de los ricos "que están construidas a lo largo del valle, sobre la planicie o sobre las colinas más bajas", para permitir a los pobres de los rancheríos fundar una civilización igualitaria.

Las profecías de salvación son fatalmente irracionales, pero poseen la virtud de ser ambiguas. Ante la inminencia del fin, algunos fanáticos aceleran el apocalipsis, como ocurrió en las sectas de Waco y Jonestown, mientras otros acumulan fortunas o regalan sus bienes, a la espera de una Tierra Prometida.

Nostradamus y el julio que no fue

La fiebre apocalíptica alcanzó su cúspide con una predicción de más de cuatro siglos, difundida recientemente en ciudades remotas de Argentina, México y Colombia. Su autor es Nostradamus, y el augurio corresponde a la estrofa 72 de su libro de Centurias:

"En el séptimo mes del año 1999 / vendrá del cielo un gran Rey del Terror: / hará que resucite el gran rey de los mongoles. / Y Marte gobernará con felicidad antes y después".

El séptimo mes de 1999 era julio. La fecha pasó sin el "Rey del Terror" y sin guerras mundiales devorando el planeta. Las interpretaciones literales fracasaron. Sin embargo, la especie humana, ávida de respuestas, sigue necesitando estos relatos.

El legado de lo que se pierde y regresa

Más allá de la falla cronológica de las profecías, el verdadero legado de Esteco y sus vaticinios reside en su poder simbólico. Los textos apocalípticos, desde las Centurias de Nostradamus hasta los rezos gitanos, nos enseñan una lección inquietante pero reconfortante: en el curso de la historia interminable, todo lo que se pierde regresa, bajo otras formas y con otros lenguajes.

Al pie de las rocas de Sodoma, las estatuas de sal que evocan a la mujer de Lot se han vuelto inmortales en el imaginario colectivo. De manera similar, en el desierto de Salta, las tablillas que los arqueólogos han recuperado de las ruinas de Esteco ya no son solo restos de una ciudad maldita por los temblores; son la prueba física de que, aunque las ciudades caigan y los siglos pasen, la memoria - y la promesa de un nuevo comienzo - siempre permanece intacta bajo la arena.

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