HIGHLAND PARK, Nueva
Jersey. - En todo final hay siempre la promesa de un principio, y en toda
profecía apocalíptica late el anuncio de un paraíso futuro. Mientras la especie
humana avanza guiada por la razón, es la fe la que instala en el horizonte una
promesa que se aleja a medida que caminamos hacia ella. En los últimos meses
del siglo XX, el horizonte se llenó de vaticinios. Sin embargo, ninguno tan
fascinante y terrífico como el que resurgió del desierto salteño, donde la
historia y la leyenda volvieron a colisionar.
A fines de julio de 1999,
un terceto de arqueólogos argentinos desenterró en el sudeste de la provincia
de Salta las ruinas de Talavera de Esteco. El hallazgo no solo reescribió los
libros de historia colonial, sino que activó una mecha profética encendida
cincuenta años atrás. En 1949, una tribu de gitanos había vaticinado que el
descubrimiento de la perdida Esteco coincidiría con el nacimiento del
Anticristo y el fin de la historia humana.
La
ciudad maldita y los oráculos del desierto
Para entender el peso de
esta profecía, hay que remontarse a agosto de 1949. Una tribu de gitanos llegó
a Tucumán en medio de un invierno seco y ardiente, bajo cielos nocturnos
cargados de fuegos fatuos. Mientras los hombres levantaban carpas en los
baldíos del sur y vendían desechos de automóviles, las mujeres recorrían el
centro ofreciendo relicarios, piedras de mica y oráculos. Todos ellos, sin
embargo, hablaban de los horrores de Esteco, ciudad por cuyas ruinas decían
haber pasado sin mirarlas.
El destino histórico de
Esteco, lejos de la imaginación gitana, repite trágicamente el relato de Sodoma
y Gomorra. Según los registros del obispo Maldonado en el año 1634, la comarca
estaba emplazada "entre arenales y salitrales malditos". La realidad
geológica era tan hostil como la leyenda: las casas se derrumbaban al compás de
abundantes temblores, y los indígenas morían en el intento de reconstruirlas,
hasta que un terremoto final se llevó lo que quedaba en pie.
De aquella catástrofe
solo sobrevivió el folklore, materializado en una copla popular que los gitanos
de 1949 repetían a modo de rezo: "No sigas ese camino, / no seas orgulloso
y terco, / no te vayas a perder / como la ciudad de Esteco".
El
miedo a los números redondos y otras catástrofes
¿Por qué la humanidad se
aferra a estas profecías de salvación y destrucción? El historiador Henri
Focillon, en su manual El año mil, ofrece una clave sagaz: la humanidad
proyecta todos sus miedos hacia los años de números redondos, convirtiendo esas
fechas en una angustia o esperanza perpetua.
Este fenómeno no es
exclusivo de Esteco. Tres décadas después del vaticinio gitano, en agosto de
1979, Caracas fue sacudida por una profecía similar. Se vaticinó que la estatua
de piedra de María Lionza echaría a volar hacia el mar, abriendo una grieta en
la montaña para que las aguas del Caribe inundaran la capital. Según los
testimonios de la época, esta invasión del mar pondría fin a la "vana
opulencia petrolera", sepultando las casas de los ricos "que están
construidas a lo largo del valle, sobre la planicie o sobre las colinas más
bajas", para permitir a los pobres de los rancheríos fundar una
civilización igualitaria.
Las profecías de
salvación son fatalmente irracionales, pero poseen la virtud de ser ambiguas.
Ante la inminencia del fin, algunos fanáticos aceleran el apocalipsis, como
ocurrió en las sectas de Waco y Jonestown, mientras otros acumulan fortunas o
regalan sus bienes, a la espera de una Tierra Prometida.
Nostradamus
y el julio que no fue
La fiebre apocalíptica
alcanzó su cúspide con una predicción de más de cuatro siglos, difundida
recientemente en ciudades remotas de Argentina, México y Colombia. Su autor es
Nostradamus, y el augurio corresponde a la estrofa 72 de su libro de Centurias:
"En el séptimo mes
del año 1999 / vendrá del cielo un gran Rey del Terror: / hará que resucite el
gran rey de los mongoles. / Y Marte gobernará con felicidad antes y
después".
El séptimo mes de 1999
era julio. La fecha pasó sin el "Rey del Terror" y sin guerras
mundiales devorando el planeta. Las interpretaciones literales fracasaron. Sin
embargo, la especie humana, ávida de respuestas, sigue necesitando estos
relatos.
El
legado de lo que se pierde y regresa
Más allá de la falla
cronológica de las profecías, el verdadero legado de Esteco y sus vaticinios
reside en su poder simbólico. Los textos apocalípticos, desde las Centurias de
Nostradamus hasta los rezos gitanos, nos enseñan una lección inquietante pero
reconfortante: en el curso de la historia interminable, todo lo que se pierde
regresa, bajo otras formas y con otros lenguajes.
Al pie de las rocas de
Sodoma, las estatuas de sal que evocan a la mujer de Lot se han vuelto
inmortales en el imaginario colectivo. De manera similar, en el desierto de
Salta, las tablillas que los arqueólogos han recuperado de las ruinas de Esteco
ya no son solo restos de una ciudad maldita por los temblores; son la prueba
física de que, aunque las ciudades caigan y los siglos pasen, la memoria - y la
promesa de un nuevo comienzo - siempre permanece intacta bajo la arena.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario