martes, 8 de septiembre de 2026

Cuando la geografía se convirtió en mito: La invención del suelo nacional


Por Federico J. Fritzsche (I Jornadas de Geografía de la UNLP, La Plata, octubre de 1993)

El mapa como herramienta de identidad

Para justificar la existencia de un Estado-Nación moderno hace falta un argumento duradero. Las llamadas "naciones históricas" europeas construyeron su legitimidad sobre comunidades preexistentes de lengua, cultura o religión. En países con otra trayectoria, el territorio tuvo que hacer ese trabajo pesado: transformarse en el cimiento principal de la cohesión política. Ahí es donde la geografía dejó de ser una simple tarea de descripción para volverse un recurso ideológico clave.

Étienne Balibar (1990) explica que la invención cultural de un pueblo exige dos movimientos. Por un lado, la sublimación a través de la historia (la "ilusión retrospectiva" de un pasado común sin fisuras). Por el otro, la naturalización de la pertenencia, una función que asumió la geografía al definir quién pertenece a un lugar y quién no.

En la Argentina, donde la historia no ofrecía un pasado idílico fácil de homogeneizar, la geografía asumió el rol central. Un ejemplo claro de este proyecto es Geografía y unidad argentina, publicado en 1957 por Federico A. Daus. El autor no escondía su intención: decía abiertamente que un esbozo geográfico de la Argentina debía ser "una contribución útil para el ser nacional" (Daus, 1957: 5).

La institucionalización del discurso territorial

El contexto de los años cincuenta explica bien el alcance de esta postura. En 1953 se creó la carrera de Geografía en la Universidad de Buenos Aires, poco después de que el propio Daus dejara el decanato de la Facultad de Filosofía y Letras. El ámbito académico nacía en sintonía con un Estado necesitado de consolidar un discurso territorial único e indiscutible.

La tesis de Daus es directa: el suelo no es un escenario neutro, sino un ente activo que empuja a los hombres hacia la unidad política. La idea venía de la geopolítica alemana de fines del siglo XIX, con Friedrich Ratzel a la cabeza. Al igual que Ratzel en su Politische Geographie, Daus trata al Estado como un "organismo vivo" que requiere un espacio vital y cuyo destino unitario está marcado por la naturaleza.

Las grietas de la "naturaleza nacional"

Al cruzar la propuesta de Daus con el análisis histórico y sociológico, aparecen contradicciones evidentes.

Fronteras "naturales" versus decisiones de poder

Daus recurre al concepto de "desprendimiento" para referirse a los accidentes geográficos —montañas, desiertos, mares— que frenan la expansión del Estado y lo aíslan de sus vecinos. Bajo esa lógica, llega a sostener que las fronteras argentinas son "un don de la geografía antes que de otros factores de valor episódico o contingente" (Daus, 1957: 61) y que responden al "factor natural y en ningún caso de la decisión de poder".

El argumento esquiva la historia política. Desde el derecho internacional, Juan Carlos Puig (1950) ya había demostrado que la superficie de un Estado depende sobre todo del ejercicio efectivo del poder y de acuerdos jurídicos cambiantes. Decir que los límites argentinos se fijaron de forma pacífica ignora hechos concretos: la Guerra contra el Paraguay (1864-1870) significó la incorporación efectiva de los territorios de Formosa y parte de Corrientes, como lo recuerda J. Natalicio González (1968).

Determinismo regional y exclusión

En su recorrido por las regiones del país, Daus cae una y otra vez en determinismos. Sobre Cuyo, por ejemplo, llega a escribir que "este espíritu sociable y de cooperación —fruto, en definitiva, de las condiciones físicas que constituyen la raíz de la organización económica— es también una pieza importante del organismo que creó la unidad argentina" (Daus, 1957: 94).

Hay una inconsistencia de fondo: aunque define las regiones usando criterios físicos como el relieve o el clima, asume que la porción argentina de zonas compartidas con otros países —como la Puna, el Chaco o la Patagonia— forma una unidad en sí misma por el solo hecho de quedar dentro del límite político. Este tipo de arbitrariedades ya generaba debates en la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos (GAEA) en 1949, donde investigadores como Galmarini, Brunengo y Frenguelli cuestionaban que se mezclaran sin rigor las regiones naturales con las humanas o sociales.

Esa misma visión del suelo unificador dejó afuera a las poblaciones originarias. Cuando habla del río Salado en la Pampa, Daus destaca que su curso "formó una línea de resistencia contra los ataques de indígenas en el siglo XVIII y bien entrado el XIX". Así, los pueblos indígenas quedan fuera de la construcción nacional y pasan a ser vistos como un problema o un obstáculo externo.

La capital: mitología y economía real

Para Daus, la capital debía actuar como la "cabeza" del organismo nacional. Defendió la posición de Buenos Aires presentándola como el "centro geográfico" al que convergían de forma natural las comunicaciones, y le asignó un rol casi espiritual: "Buenos Aires acoge, en su íntima afectividad, los valores espirituales de toda la República, los consagra y les da realce nacional" (Daus, 1957: 179).

Esta mirada romántica pasa por alto las razones económicas e históricas del predominio porteño. Como analizó Horacio Giberti (1954), la centralidad de Buenos Aires se consolidó con el auge ganadero y el comercio atlántico tras la caída de la producción minera en el Potosí durante el siglo XVIII. No hubo ningún mandato inmutable de la naturaleza, sino dinámicas de mercado y relaciones de poder.

Un mito que tapó la realidad

El trabajo de Daus fue un intento sistemático de fundar la identidad nacional en una "conciencia territorial" fija y definitiva. En sus propias palabras: "La unidad política argentina no fue obra de un hombre, ni de una generación, ni de un ciego azar de la historia. Muchas generaciones sintieron las incitaciones del suelo y labraron con ellas el tejido sutil del recio entramado de la unidad..." (Daus, 1957: 180).

Sin embargo, los Estados no nacen de la tierra como si fueran un producto biológico. Son construcciones históricas y políticas. Como señaló Immanuel Wallerstein (1987), el Estado siempre precedió a la nación, y no al revés.

Entender cómo se fabricó este relato geográfico permite desmontar la idea del territorio como un mito sagrado. Más que promover una identidad encerrada en fronteras naturales, el desafío pasa por entender el espacio a partir de los problemas concretos y las dinámicas reales de las personas que lo habitan.


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