Por Federico J. Fritzsche (I Jornadas de Geografía de la UNLP, La Plata, octubre de 1993)
El mapa
como herramienta de identidad
Para
justificar la existencia de un Estado-Nación moderno hace falta un argumento
duradero. Las llamadas "naciones históricas" europeas construyeron su
legitimidad sobre comunidades preexistentes de lengua, cultura o religión. En
países con otra trayectoria, el territorio tuvo que hacer ese trabajo pesado:
transformarse en el cimiento principal de la cohesión política. Ahí es donde la
geografía dejó de ser una simple tarea de descripción para volverse un recurso
ideológico clave.
Étienne
Balibar (1990) explica que la invención cultural de un pueblo exige dos
movimientos. Por un lado, la sublimación a través de la historia (la
"ilusión retrospectiva" de un pasado común sin fisuras). Por el otro,
la naturalización de la pertenencia, una función que asumió la geografía
al definir quién pertenece a un lugar y quién no.
En la
Argentina, donde la historia no ofrecía un pasado idílico fácil de
homogeneizar, la geografía asumió el rol central. Un ejemplo claro de este
proyecto es Geografía y unidad argentina, publicado en 1957 por Federico
A. Daus. El autor no escondía su intención: decía abiertamente que un esbozo
geográfico de la Argentina debía ser "una contribución útil para el ser
nacional" (Daus, 1957: 5).
La
institucionalización del discurso territorial
El
contexto de los años cincuenta explica bien el alcance de esta postura. En 1953
se creó la carrera de Geografía en la Universidad de Buenos Aires, poco después
de que el propio Daus dejara el decanato de la Facultad de Filosofía y Letras.
El ámbito académico nacía en sintonía con un Estado necesitado de consolidar un
discurso territorial único e indiscutible.
La tesis
de Daus es directa: el suelo no es un escenario neutro, sino un ente activo que
empuja a los hombres hacia la unidad política. La idea venía de la geopolítica
alemana de fines del siglo XIX, con Friedrich Ratzel a la cabeza. Al igual que
Ratzel en su Politische Geographie, Daus trata al Estado como un
"organismo vivo" que requiere un espacio vital y cuyo destino
unitario está marcado por la naturaleza.
Las
grietas de la "naturaleza nacional"
Al cruzar
la propuesta de Daus con el análisis histórico y sociológico, aparecen
contradicciones evidentes.
Fronteras
"naturales" versus decisiones de poder
Daus
recurre al concepto de "desprendimiento" para referirse a los
accidentes geográficos —montañas, desiertos, mares— que frenan la expansión del
Estado y lo aíslan de sus vecinos. Bajo esa lógica, llega a sostener que las
fronteras argentinas son "un don de la geografía antes que de otros
factores de valor episódico o contingente" (Daus, 1957: 61) y que
responden al "factor natural y en ningún caso de la decisión de
poder".
El
argumento esquiva la historia política. Desde el derecho internacional, Juan
Carlos Puig (1950) ya había demostrado que la superficie de un Estado depende
sobre todo del ejercicio efectivo del poder y de acuerdos jurídicos cambiantes.
Decir que los límites argentinos se fijaron de forma pacífica ignora hechos
concretos: la Guerra contra el Paraguay (1864-1870) significó la incorporación
efectiva de los territorios de Formosa y parte de Corrientes, como lo recuerda
J. Natalicio González (1968).
Determinismo
regional y exclusión
En su
recorrido por las regiones del país, Daus cae una y otra vez en determinismos.
Sobre Cuyo, por ejemplo, llega a escribir que "este espíritu sociable y
de cooperación —fruto, en definitiva, de las condiciones físicas que
constituyen la raíz de la organización económica— es también una pieza
importante del organismo que creó la unidad argentina" (Daus, 1957:
94).
Hay una
inconsistencia de fondo: aunque define las regiones usando criterios físicos
como el relieve o el clima, asume que la porción argentina de zonas compartidas
con otros países —como la Puna, el Chaco o la Patagonia— forma una unidad en sí
misma por el solo hecho de quedar dentro del límite político. Este tipo de
arbitrariedades ya generaba debates en la Sociedad Argentina de Estudios
Geográficos (GAEA) en 1949, donde investigadores como Galmarini, Brunengo y
Frenguelli cuestionaban que se mezclaran sin rigor las regiones naturales con
las humanas o sociales.
Esa misma
visión del suelo unificador dejó afuera a las poblaciones originarias. Cuando
habla del río Salado en la Pampa, Daus destaca que su curso "formó una
línea de resistencia contra los ataques de indígenas en el siglo XVIII y bien
entrado el XIX". Así, los pueblos indígenas quedan fuera de la
construcción nacional y pasan a ser vistos como un problema o un obstáculo
externo.
La
capital: mitología y economía real
Para
Daus, la capital debía actuar como la "cabeza" del organismo
nacional. Defendió la posición de Buenos Aires presentándola como el
"centro geográfico" al que convergían de forma natural las
comunicaciones, y le asignó un rol casi espiritual: "Buenos Aires
acoge, en su íntima afectividad, los valores espirituales de toda la República,
los consagra y les da realce nacional" (Daus, 1957: 179).
Esta
mirada romántica pasa por alto las razones económicas e históricas del
predominio porteño. Como analizó Horacio Giberti (1954), la centralidad de
Buenos Aires se consolidó con el auge ganadero y el comercio atlántico tras la
caída de la producción minera en el Potosí durante el siglo XVIII. No hubo
ningún mandato inmutable de la naturaleza, sino dinámicas de mercado y
relaciones de poder.
Un mito
que tapó la realidad
El
trabajo de Daus fue un intento sistemático de fundar la identidad nacional en
una "conciencia territorial" fija y definitiva. En sus propias
palabras: "La unidad política argentina no fue obra de un hombre, ni de
una generación, ni de un ciego azar de la historia. Muchas generaciones
sintieron las incitaciones del suelo y labraron con ellas el tejido sutil del
recio entramado de la unidad..." (Daus, 1957: 180).
Sin
embargo, los Estados no nacen de la tierra como si fueran un producto
biológico. Son construcciones históricas y políticas. Como señaló Immanuel
Wallerstein (1987), el Estado siempre precedió a la nación, y no al revés.
Entender
cómo se fabricó este relato geográfico permite desmontar la idea del territorio
como un mito sagrado. Más que promover una identidad encerrada en fronteras
naturales, el desafío pasa por entender el espacio a partir de los problemas
concretos y las dinámicas reales de las personas que lo habitan.

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