lunes, 17 de noviembre de 2025

Del 55": Donde el vino se hizo poesía

 



En el corazón nocturno de Tucumán, allá por los años cincuenta, donde el tiempo parecía detenerse entre coplas y dados, existió un lugar que no entró en los libros de historia, pero sí en la sangre del folklore argentino: "El 55".

Gerardo Núñez lo recuerda como una mezcla de fonda humilde y refugio de almas inquietas, un rincón de dos por dos donde el vino corría más rápido que las horas y las cartas se mezclaban con acordes. No era un cabaret ni un salón de lujo, sino un boliche de hacha y tiza, como le gustaba decir a Hugo Díaz —rústico, auténtico, peligrosamente vivo. Un sitio donde se cantaba fuerte, se amaba en secreto, se peleaba a puñetazos y, a veces, se moría.

Allí, en ese reservado que no guardaba amores, sino sueños de juego y guitarra, nació una de las chacareras más sentidas del cancionero nacional: "Del 55", compuesta en 1958. Un tema que no solo evoca un lugar, sino un tiempo, un olor, una atmósfera cargada de tabaco, triunfos, sangre y poesía.

"En ese boliche corría la droga, hubo peleas, muertes...", confiesa Núñez. Y recuerda con sombra en la voz la historia de Milonguita, la prostituta famosa cuya vida se apagó entre las paredes de aquel antro. Pero también florecía el arte: en ese cuartito cabían apenas una mesa, unas sillas y una estrella —Hugo Díaz, con su violín que partía el alma— acompañado por Adolfo Ábalos, Hugo Carmona, Alfredo Grillo, y las hermanitas Carmona, que entonaban con voces dulces y profundos callos en el canto.

Gerardo, junto a sus hermanos Pepe y Canuto, había llegado desde Salta para estudiar Arquitectura. Vivían a cuatro cuadras del mito. "Quizás por destino", dice, "o por una inspiración que ya nos rondaba". Eran estudiantes, muchachos bravos de voz fuerte, que llamaban la atención no por alborotar, sino por cantar como si el mundo se fuera con cada verso.

Y el mundo los escuchaba. El Ciego Pancho, figura mítica de la noche, se acercaba a su mesa. Los mozos, Chacho Díaz y Maldonado, los querían. Cerca de las tres de la mañana, hacían la vaquita para que el vino siguiera fluyendo, y les servían una "pavesa" —una sopa de ajo y huevo que entraba como ungüento para el alma—, antes de cerrar.

Allí entraban crupieres del casino con bolsillos pesados, políticos de camisa desabrochada, profesionales cansados de su fachada. Y estudiantes buscando una bohemia que, más que desorden, era rebeldía del espíritu. Mujeres que eran luz y sombra. Borrachos. Pendencieros. Pero también respeto. Porque en "El 55" no se podía cruzar la línea: el desorden tenía su propio orden.

Y fue en ese vaivén de luces tenues, naipes, cuerdas y amaneceres sin cama, donde nació la inspiración. Donde el mito se convirtió en melodía.

"Del 55" no es solo una chacarera. Es un grito contenido, una copla que sangra. Una suerte de retrato sonoro de una época donde el vino era poesía, los mozos, testigos, y el folklore, una manera de sobrevivir.

 

"Que me moje el vino que viene lento /
Que me nombre el hombre que está contento...
Soñador sin penas /
Arriador de olvidos /
Mi '55' emborrachador antiguo."

 

Cuarenta años después, el edificio sigue en pie. Pero el alma no. Ahora es solo ladrillo. La verdadera existencia de "El 55" no está en una dirección, sino en cada verso que aún resuena en las guitarras del interior. En cada voz que, sin saberlo, canta no por costumbre, sino por herencia.

Por Omar Sapo Estanciero (fragmento del libro inédito "Anécdotas y curiosidades de folcloristas santiagueños")

sábado, 15 de noviembre de 2025

Pamperito Paz: El Latido de un Corazón Santiagueño

 


En el universo del folclore argentino, algunos nombres no se escriben, se sienten en el eco de los parches. Uno de ellos es el de Pedro Alberto Paz, “Pamperito”, el bombisto que convirtió un instrumento en un lenguaje del alma. Nacido un día como hoy en 1939 y partido físicamente un 18 de junio de 2002, su legado es ese ritmo inconfundible que aún late en la memoria colectiva.

Pamperito no solo tocaba el bombo; lo habitaba. Forjó un estilo único, una sincopa que se hizo voz propia. Su viaje musical comenzó con Los Hermanos Juárez, para luego sumar su pulso a la música de Bailón Peralta Luna. Su talento era tan requerido como indispensable; su repique acompañó a gigantes como Mercedes Sosa, Daniel Toro y Martha y Waldo de los Ríos, dejando una huella sutil pero imborrable en cada grabación.

Había una época dorada, en la que Red Star organizaba peñas que eran el termómetro de la escena. A la entrada, con su proverbial aire señorial, estaba el animador Hugo Ocaranza. Y había una frase que resumía una verdad absoluta: "Esta noche no hay peña, Pamperito no pude venir...". Medio en serio, medio en broma, esa sentencia consagraba lo que todos sabían: sin él, la fiesta estaba incompleta.

Con su rostro juvenil y su bombo como extensión natural del cuerpo, Pamperito era la figura infaltable. Era la garantía de que la noche tendría el compás correcto. Una anécdota lo pinta de cuerpo entero: en el escenario de la Peña Salteña de Mar del Plata, el gran “Ñato” Gramajo, otro titán del bombo, hizo una declaración que era a la vez un elogio y un reconocimiento: "Yo toco hasta un tango con el bombo, pero en Santiago está Pamperito, un joven bombisto que interpreta música clásica". No había mayor honor.

Hoy, lo evocamos con los versos que Miguel Brevetta Rodríguez le dedicó, un retrato en coplas que captura su esencia juguetona y su corazón de niño:

Inflable en las peñas/ la noche lo busca...

Traiganlo a Pamperito/ con su bombo juguetón/ que se le sientan los parches/ de su niño corazón.

No le aflojes pega fuerte/ los parches van a aguantar...

Retumbo musiquero/ se escucha palpitar/ tu bombo camorrero/ no cansa de sonar.

 Manos diablas se te mezclan/ con la copla y el cantar...

Santiago no tendrá/ bombisto mejor.

Pamperito era más que un músico; era el narrador de las alegrías, el picaflor soñador que derramaba picardías con sus palillos. Su bombo no era solo de madera y cuero; era el corazón juguetón de una tradición que late, con fuerza y con fiesta, para siempre.

Filosofía de vida en la zamba de pedro Evaristo Díaz: Yo les pregunto por qué

 


Por Luis Ernesto Melano

Profundizar en la vida y obra de Pedro Evaristo Díaz, es conocer y aprender sobre el polifacético entorno humano y cultural que fue atesorando en su dilatada existencia con los que constituyó su gran acervo nativo tradicionalista, del que se sintió muy orgulloso de pertenecer, acrecentar y defender.

Yo mismo me sorprendí escribiendo estos comentarios porque el tema tratado por este enorme santiagueño, autor de la zamba “Yo les pregunto ¿por qué?”, es muy hondo. Como todo lo que escribió, nos convoca a reflexionar en un tiempo en que el hombre cada vez es más individual y muchas veces, considerando el contexto en que habita, esa individualidad hace que se equivoque llevándolo a perder la visión de conjunto, de comunidad y por ello… duda.

Como hombre que nació y vivió en el campo, Pedro Evaristo aprendió muy bien que pensar es crecer en preguntas, incógnitas que van enriqueciendo la vida de una persona con una mirada hacia todos los rumbos de la existencia porque somos de adentro para afuera. Nuestro espacio interior busca permanentemente interpretar, conocer el afuera que nos circunda, interpretarlo. Porque cuando pensamos, estamos yendo tras una verdad como apartándonos de la vida, mirándola desde lejos y este acto, es lo que nos permite dimensionar el aquí y ahora.

La pregunta detiene, es como un semáforo interior. Como generalmente uno se indaga, Díaz se indagó planteándose preguntas de orden existencial en esta letra: ¿Por qué a mí? ¿Por qué la vida es tan injusta? ¿Por qué me limita y provoca este dolor? Indudablemente, se realizó otras preguntas, pero la determinante es: ¿Por qué a mí?

La letra de esta zamba plantea una auténtica filosofía sobre la existencia dejando algo muy en claro: la circunstancia que le tocó vivir. A veces, simplemente, no hay nada que comprender. Parece fácil, pero no lo es. Por lo tanto, nos deja una enseñanza: aprender a reparar en lo frágil y efímero que somos los seres humanos en este universo donde lo único y seguro es el cambio permanente. Por eso las personas no somos sino un “ir siendo”, un “vamos siendo”. Es en ese camino que debemos ir cambiando, adaptándonos al nuevo momento que incesantemente se repite.

“Yo les pegunto ¿por qué?”, profunda reflexión sobre la ceguera, expone una conversación consigo mismo dolorosamente reflexiva. Por momentos es desesperada; el protagonista, Pedro Evaristo Díaz, está enojado con el destino. Y aquí es bueno detenerse un momento para dejar aclarado que muchas personas asocian el destino con la suerte y esto no es correcto porque se trata de una confusión, no se ajusta a la realidad de lo que estamos tratando. Refiero a este punto porque lo que plantea este gran hombre es muy importante.

Veamos entonces qué es la suerte. Tiene varias acepciones:

▪︎ La suerte que nos sonríe hoy nos vuelve la espalda mañana. Por lo tanto, es voluble. Es decir, cambia frecuentemente.

▪︎ La suerte está en relación con sucesos contingentes del mundo, con algo que puede o no suceder.

▪︎ La suerte tiene algo de superstición, como las brujas.

Veamos qué es el destino. Tiene estos significados:

▪︎ El hombre viene al mundo con un destino y ese destino es inmutable.

▪︎ El destino se relaciona con los designios necesarios de la providencia.

▪︎ Cuando ya no podemos con ciertas desdichas incomprensibles, ocultas en el espíritu universal, como la “palma de los mártires” (significado que se le dio en la época pre-cristiana, es decir cuando era una religión perseguida por el Imperio romano, fue considerada como un símbolo de victoria del espíritu sobre lo terrenal y la carne, así como un símbolo del renacimiento y de la inmortalidad.), invocamos el favor del destino, esperanza de nuestros dolores.

▪︎ El destino remite, refiere a algo de sistema, como la razón; algo de dogma, como la fe.

Si perder la visión es un cambio profundo en la vida de una persona, debemos preguntarnos ¿cuál sería el camino que conduce a enfrentar la nueva realidad? El camino es el cambio porque ante esa pérdida total de la visión, una persona debe cambiar, prepararse para enfrentar “el yo y mi circunstancia”.

Amargo destino de andar sin llegar

Pero el asunto es también, y lo más importante, “situarse, ponerse en el lugar de Evaristo”. De hecho, lo mío es un intento de ponerme en su lugar escribiendo este artículo para el que fui convocado, conociendo un poquito su personalidad a través de sus letras y de los comentarios que me hiciera su nieto. Imagino su lucha, el dolor que lo habrá ido carcomiendo porque, parafraseando a mi padre, Pedro Evaristo Díaz “se vio como el ciego que sufre su amargo destino de andar sin llegar”.

Para redactar el presente y otros artículos sobre la vida de este gran autor y compositor, su nieto Emilio Chuni Cardozo, me comentó muchos aspectos de la vida de su abuelo. Por ejemplo, el diabetólogo que lo atendió le anticipaba sobre su enfermedad. Contra ella, don Pedro tuvo que aprender a lidiar con las limitaciones de no poder ver y aprender a ser paciente, entender que ante el desconocimiento a lo que vendrá hay temor y porque cuando se deja de ver, se deja de ser una persona con los mismos anhelos que cualquiera otra porque pasa a ser parte de un grupo social que lucha contra cierta marginalidad, lucha contra muchos obstáculos y sobre todo, debe desaprender lo aprendido aprendiendo a generar nuevos aprendizajes.

Algo para lo que don Pedro no tuvo tiempo: “…Lamentablemente a la semana falleció de un cuadro depresivo total”. Él fue un hombre que toda su vida luchó, dada en el contexto físico (campo) y humano de su tiempo. Durísimo para una persona que siempre estuvo en actividad verse de pronto completamente limitado, emocionalmente sin fuerzas para afrontar su circunstancia. Por eso la contundencia de los versos:

…y se ha metido en mi ojos/que cruel ha sido el destino.

…y condenado a que viva/esta inmensa oscuridad.

…la luz que necesitaba/me ha traicionado el destino (expresada con tanta vehemencia y crudeza, personificando al destino por “haberlo tratado tan mal”).

…llega la noche y me cubre/con su oscuro manto negro.

…hasta el lucero perdido/ninguno se compadece.

…yo les pregunto por qué/le niegan la luz a un ciego.

Los versos finales de cada estrofa son construcciones metafóricas maravillosas que, una vez más, muestran su sensibilidad dentro de la circunstancia “extrema que atravesaba” pero que simultáneamente y vaya uno a saber de dónde (¿acaso en Dios?), en medio de su agonía (lucha), sacó fuerzas para transformar volcando su dolor en bellas metáforas. Y aquí es donde advierto cómo se agiganta la figura, el ser de Pedro Evaristo Díaz.

La música y sentida interpretación en la voz de "Chuni" Cardozo, van de la mano con lo que propone la letra, haciendo de ambas una hermosa conjunción de sentimientos.

En “lo más ancho del cielo”, seguramente don Pedro mirará desde su alma cómo la vida terrenal continúa su marcha. Somos nosotros quienes tenemos el deber de prestar atención al mensaje que nos dejó: luchar siempre, aprovechar la luz que nos permite discernir y aprovechar los momentos que vivimos, pero fundamentalmente, salir a “ganarnos la luz que nos fue prestada”, honrar la vida como lo hiciera Pedro Evaristo Díaz. 

¿No es acaso filosofía de vida lo que nos propone Pedro Evaristo Díaz en su letra? Nos levantamos y vemos la luz de un nuevo amanecer: podemos tocar, oír, saborear, damos por hecho que nuestros sentidos funcionarán a pleno como cada día. Normalmente no nos detenemos a pensar en ello. Lo hacemos generalmente cuando atravesamos un problema de salud. En el caso que nos ocupa, me pregunto ¿cómo será vivir, relacionarse con todo lo cotidiano sin la vista de ayer?

Yoles pregunto ¿por qué?

Autor: Pedro Evaristo Díaz / Música: Emilio "Chuni" Cardozo

 

Por las grietas de mi rostro
la noche encontró el camino
y se ha metido en mis ojos
que cruel ha sido el destino.
 
Dejó enlutada mi vida
me quitó la claridad
y condenado a que viva
esta inmensa oscuridad.
 
Inútilmente buscaba
desesperado y sin tino
la luz que necesitaba
me ha traicionado el destino.
 
El sol se fue despacito
se alejó de mi sendero
llega la noche y me cubre
con su oscuro manto negro.
 
La luna se había escondido
las estrellas no aparecen
hasta el lucero perdido
ninguno se compadece.
 
Luna, sol, lucero, estrellas
y a lo más ancho del cielo
yo les pregunto por qué
le niegan la luz a un ciego.

jueves, 13 de noviembre de 2025

El secreto de la chacarera trunca: la noche en que los ángeles encontraron su canción.

 


En la memoria viva de la música santiagueña, algunas obras llegan al mundo de manera imperfecta, como promesas a la espera de su destino. Así nació “La de los angelitos”, una chacarera simple y trunca que, en su primera versión, había sido grabada por el propio Atahualpa Yupanqui y Luis Alberto Peralta Luna, sin lograr aún resonancia en el alma popular.

Pero toda creación tiene su jornada de revelación.

Fue durante una de las visitas de Adolfo Ábalos a Santiago del Estero, cuando un grupo de músicos —Hugo “Cachilo” Díaz, “Morenito” Suárez, Alberto “Gringo” Bravo de Zamora y otros— se congregó en una casa de la calle La Plata 680, en lo que sería más que un simple asado: un verdadero capítulo de la historia folclórica argentina.

Entre los presentes, además de los dueños de casa —“Cachilo”, María Luisa Terribile y su hijo “Tusca”—, se sumaron figuras como el Dr. Mariano Roberto Paz, Miguel, Juan Simón y Sofanor Díaz. Un encuentro de almas en el que la música era el lenguaje común.

En un momento íntimo y espontáneo, Miguel Simón entonó aquella versión inicial de “La de los angelitos”. Tras los aplausos, surgió la voz crítica y certera de “Morenito”, quien, “alegre por demás”, insistió con que la sentía “doble y trunca”. Nadie agregó nada en ese instante, pero la observación quedó flotando, como un verso a medio escribir.

Hasta que Adolfo Ábalos, con la intuición del maestro, tomó la guitarra y tradujo en acordes lo que las palabras apenas sugerían. —¿Esto es lo que estás queriendo decir? —preguntó. —¡Absolutamente! —afirmó “Morenito”, con énfasis redentor.

Tiempo después, en otro viaje a Santiago, Ábalos volvió a sorprenderlos. En una nueva reunión, ya en casa de Cachilo, tomó la guitarra y les hizo escuchar la chacarera transformada: ahora era doble, trunca y, como regalo final, tenía letra.

La canción, que antes era solo un esbozo, se había convertido en un relato poético y simbólico, tejido con imágenes de sueños angelicales, quebrachales y una Salavina que amanece entre alabanzas. Y en uno de sus versos finales, como un homenaje y una confesión, quedó grabada la esencia de su origen:

 “La de los angelitos fue un regalo de Julián”.

Una línea que no solo nombra, sino que consagra. Un tributo a lo colectivo, a lo anónimo, a esos gestos que, en el silencio de los encuentros, dan forma a lo eterno.

Artículo escrito a partir del relato de Alberto “Gringo” Bravo de Zamora, compartido por Antonio Olívar Molina, y los versos de “La de los angelitos”, incluidos en el libro inédito “Historia del cancionero folclórico santiagueño” de Omar Sapo Estanciero.

Los Manseros Santiagueños: 65 años de canto, raíz y emoción popular

El legendario conjunto santiagueño recibió el Premio Konex de Platino 2025 como Mejor Grupo de Folklore. Con más de seis décadas de trayectoria, Los Manseros siguen siendo una voz viva de la identidad argentina, llevando el mensaje de su tierra a los escenarios del país y del mundo.

 


Un legado nacido en Santiago del Estero

En 1959, en el corazón cálido de Santiago del Estero, Leocadio del Carmen Torres y Onofre Paz dieron forma a un sueño que con el tiempo se convertiría en símbolo nacional. A ellos se sumaron Carlos Carabajal y Carlos Leguizamón, completando la primera formación de un grupo que, sin saberlo, marcaría el pulso del folklore argentino.

Desde su primer LP en 1963 hasta su debut en el Festival de Cosquín en 1967, Los Manseros Santiagueños tejieron una obra de más de 30 discos, donde la chacarera, el gato y el escondido se mezclan con la nostalgia y la memoria. Cada canción suya es una postal sonora de la tierra que los vio nacer.

Una historia de caminos y voces

Por sus filas pasaron nombres queridos como Cuti Carabajal, Valentín Campos y Martín Paz, pero la esencia del grupo permaneció inmutable: cantar al pueblo, a los paisajes y a la vida cotidiana con autenticidad y emoción.

Hoy, con Onofre Paz, Alfredo “Alito” Toledo y Hugo Reynoso al frente, el conjunto sigue recorriendo escenarios, llevando el alma santiagueña a cada presentación. Su permanencia no es casual: detrás de cada acorde hay una historia de resistencia cultural y amor por las raíces.

Un reconocimiento al alma del folklore

En 2025, ese recorrido fue distinguido con el Premio Konex de Platino en la categoría Conjunto de Folklore. En sus redes sociales, los músicos compartieron la alegría y gratitud de una noche inolvidable:

 “Hola amigos, compartimos con ustedes algunos momentos de la hermosa y emocionante noche que hemos vivido ayer. Gracias por premiar la cultura popular argentina, en una noche hermosa… compartiendo con nuestros colegas de la música.”

Durante la ceremonia, Alfredo “Alito” Toledo expresó palabras que resumen el sentido de toda una vida dedicada al canto:

 “Los Manseros llevan el mensaje de una tierra que se llama Santiago del Estero, junto a su fundador Onofre Paz, que es parte de la historia del folklore argentino.”

El canto que no se apaga

El Premio Konex de Platino, uno de los máximos reconocimientos culturales del país, distingue a los artistas que dejan huella. Para Los Manseros Santiagueños, recibirlo es más que una consagración: es la confirmación de que su música sigue siendo un lazo vivo entre el pasado y el presente.

 “Muchas gracias a los Premios Konex y a ustedes, nuestro querido público. Gracias a ustedes podemos seguir recorriendo estos hermosos caminos de la música”, escribieron los artistas.

En cada copla, en cada rasquido, Los Manseros renuevan su promesa: seguir cantando por Santiago, por la patria y por la gente. Su historia —tejida con chacareras, guitarras y emoción— es también la historia de un país que se reconoce en sus canciones.

 

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Soco Díaz, el eco de una vidala que aún resuena

 


El 12 de noviembre de 1948, el silencio se posó sobre Santiago del Estero. Aquel día partía Francisco Benicio “Soco” Díaz, músico, autor y compositor, mitad de un dúo que marcó un rumbo en el canto popular junto a su hermano Julián “Cachilo” Díaz: los inolvidables Hermanos Díaz.

Su nombre quedó prendido en la memoria de los patios y en la voz de quienes lo oyeron tocar. Un año después de su partida, la señorita María Botargues le rindió homenaje recitando una vidala escrita por el Dr. Rodolfo Arnedo, titulada “Sentido estoy”, un poema que parece brotar del mismo corazón de la tierra:


Hermano fue tu partida,
tristeza, llanto y dolor,
toda mi ilusión perdida,
sentido estoy.
 
Nada ha quedado en la casa,
solito está mi corazón,
ni el tum tum de tu caja,
sentido estoy.
 
Qué hora más triste aquella
en que se apagó tu voz,
y perdí mi única estrella,
sentido estoy.
 
Silencioso se halla el huerto
y tu fuelle sin clamor,
como si estuviera muerto,
sentido estoy.
 
Cuando despiertan las alas
con ansias de oír tu voz,
hay un gemir de vidalas,
sentido estoy.
 
Haz que suenen tus vidalas
y de nuevo tu canción,
con el fulgor de sus galas,
sentido estoy.

Aquel homenaje, pronunciado en noviembre de 1949, fue más que un recuerdo: fue un modo de mantener vivo su legado en el aire del monte y en la voz de su pueblo.

La investigación forma parte del libro inédito “Biografías de folcloristas santiagueños (Primera parte)” del escritor Omar “Sapo” Estanciero, quien resguarda en sus páginas la memoria de quienes dieron forma al alma musical de Santiago.

 

Chiquilín de Bachín y Hugo Díaz

 



El 16 de noviembre de 1969 salió a la venta el disco simple de Astor Piazzolla con los temas; Lado A: "Balada para un loco " y Lado B: "Chiquilín de Bachín", ambos con letra de Horacio Ferrer y música de Astor Piazzolla, cantados por Amelita Baltar.

Pablo Alberto González, nació en Burzaco en 1959, su madre se llamaba María Elena y su padre Serafín. Tenía 2 hermanos: Elisa y Luis; vivían en un hotel pensión en Retiro que se denominaba "Pedrito" en calle Leandro Alem entre Paraguay y Charcas (hoy Marcelo T. de Alvear). Muy pobres.

Comenzó a trabajar desde muy chico: abriendo puertas de taxis y luego a vender flores en los restaurantes: "Dorá", "Tronío", "El Imperial".

Su madre hacía la limpieza de algunos bares. Después, frecuentaban la zona de Corrientes hasta Callao, la noche por excelencia de Buenos Aires por los teatros y restaurantes: "La Tablita", "Los Inmortales", "Arturito", "Edelweis" y otros.

En "El Boliche de Bachín”, (parrillada que quedaba en calle Sarmiento en el predio de lo que era el Nuevo Mercado de Buenos Aires, que hoy es "Paseo la Plaza ") se quedaba más tiempo y se sentaba a escuchar a Astor Piazzolla y Horacio Ferrer, que escribía en los manteles de papel de las mesas.

Los conoció en 1968, cuando tenía 9 años.

Ferrer fue como su padre (que no tuvo).

Al salir el disco, Horacio Ferrer, cayó a su pensión con tortas y bebidas para toda la familia y, cuando se estrenó en el Teatro Regina, invitó a toda la familia y el público su presencia al interpretarse el vals.

Trabajaba de noche y se acostaba a la 6 de la mañana y, de día, jugaba a la pelota con otros chicos en un baldío o en las playas de estacionamiento.

Cuando cumplió 28 años, ya casado (contrajo matrimonio en 1984 y Horacio fue el padrino de bodas), terminó la primaria y 5 años más tarde, con 2 hijos, la secundaria.

Horacio Ferrer, le consiguió laburo como tira cables en Canal 7 para poder vivir y pagar el alquiler de una casita vieja en Palermo.

También trabajó como "plomo" de Orquestas de tangos gracias a Horacio, como Pugliese, Troilo y Hugo Díaz, el santiagueño que dimensionó la armónica, lo llevó a Cosquín por varios años para ayudar a grandes como Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa, entre otros.

Después de hacer el servicio militar, trabajó como "plomo" en el rock en aquellos recitales de Obras Sanitarias, como: Pappo, Charly García, Moris, etc.

Puso una Pyme en la cual fabricaba bolsas de plástico y las vendía hasta que la crisis del 2001, la fundió.

Después de la crisis, se animó al rubro gastronómico, se encargó de los espectáculos del centro cultural "Padre Mujica" en Banfield y después siguió como fletero con una furgoneta que compró y se terminó con la Pandemia.

CHIQUILÍN DE BACHÍN, quedó inmortalizado en el vals de FERRER y PIAZZOLLA.

Fuente: Omar “sapo” Estanciero

El Algarrobo en la medicina Popular