Hay nombres que quedan ligados
para siempre a una tierra. Nombres que, aunque hayan viajado lejos, parecen
conservar el aroma del monte, el sonido de una guitarra y esa manera tan
particular que tiene Santiago del Estero de contar sus historias.
Uno de esos nombres es el de
Blanca Carabajal Espeche.
El 2 de septiembre de 1932, en
Laprida, departamento Choya, nacía esta cantante, profesora de literatura y
artista santiagueña que, con el tiempo, sería conocida por su nombre artístico:
"Suray".
Desde aquel pequeño rincón de
Santiago del Estero hasta los escenarios de Europa, Sudamérica y la Unión
Soviética, su vida estuvo atravesada por la música, la literatura y una
profunda relación con la cultura popular.
Una hija del monte y de las
palabras
Blanca era hija de José Víctor
Carabajal, de oficio arriero, e Isolina Espeche.
Su historia familiar estaba
vinculada a esa Santiago profunda de caminos de tierra, largas distancias y
hombres que conocían el monte y sus secretos. Era una tierra donde las
historias viajaban de boca en boca y donde una guitarra podía decir tanto como un
libro.
Tal vez por eso no resulte
extraño que Blanca encontrara en la música y en la literatura dos maneras de
expresar aquello que llevaba adentro.
Con los años eligió el nombre de
"Suray" para presentarse artísticamente. El seudónimo fue creado por
ella misma a partir de las sílabas iniciales de la palabra quechua
"suyay" y la sílaba final de "churay".
Pero la historia tenía todavía
una vuelta más.
Tiempo después, el escritor y
folklorista José Ramón Luna le explicó que "suray" significaba
"lirio del valle".
Y aquel nombre terminó quedándole
como anillo al dedo. Tenía algo de paisaje, de naturaleza y de poesía.
La voz santiagueña que llegó a la
radio
Durante la década de 1950, Suray
comenzó a consolidar su trayectoria artística y cultural.
En 1959 se desempeñó como asesora literaria en Radio Nacional. Allí pudo unir sus dos grandes caminos: la palabra y la música.
La radio era entonces mucho más
que un medio de comunicación. Era una ventana abierta al país. A través de
ella, las voces de los artistas podían llegar a lugares donde jamás habían
pisado.
Y Suray supo aprovechar ese
espacio.
Su formación como profesora de
literatura le daba una mirada particular. No se trataba solamente de cantar.
También estaba la palabra, la poesía, la historia y esa necesidad de preservar
las expresiones de una cultura que se transmitía de generación en generación.
Santiago en la valija
En 1962 llegó uno de los momentos
más importantes de su carrera.
Blanca viajó a Italia becada para
estudiar idioma y literatura italiana. Para una mujer nacida en Laprida,
aquella experiencia significaba cruzar un océano y encontrarse con un mundo
completamente diferente.
Pero hay algo que suele ocurrir
con quienes llevan una tierra adentro: cuando se alejan, las raíces se hacen
todavía más presentes.
De regreso en la Argentina, Suray
participó en el programa "Argentina canta y baila", continuando una
carrera que ya comenzaba a tener una dimensión nacional.
Poco después volvió a Europa.
Actuó en Francia y España y, más tarde, emprendió una gira por distintos países
de Sudamérica.
La muchacha de Laprida se había
convertido en una artista viajera.
Y aunque los mapas fueran
cambiando, había algo que permanecía con ella: la identidad de una tierra que
sabía de chacareras, de coplas, de poesía y de noches largas alrededor de una
guitarra.
Hasta la Unión Soviética llegó su
canto
En 1971, Suray protagonizó uno de
los episodios más llamativos de su trayectoria.
Viajó por distintas ciudades de
la Unión Soviética, acompañada en guitarra por Alberto Favier.
Pensar en aquella época ayuda a
dimensionar el viaje. No eran tiempos de comunicaciones instantáneas ni de
redes sociales. Llegar desde Santiago del Estero hasta escenarios tan lejanos
implicaba una verdadera aventura.
Y allí estuvo ella, llevando su
música y su manera de interpretar la cultura argentina a miles de kilómetros de
su lugar de nacimiento.
Desde Laprida hasta Europa. Desde Santiago del Estero hasta la Unión Soviética.
El camino había sido largo.
"Tres cuerdas y el
ayer"
La radio volvió a ocupar un lugar
importante en su vida.
En Radio Nacional participó del
ciclo "Tres cuerdas y el ayer", junto a Suma Paz y Alma García.
El nombre del programa parece
casi una invitación a mirar hacia atrás. Tres cuerdas, una guitarra, una voz y
toda una memoria detrás.
Porque el folklore tiene
justamente eso: la capacidad de traer el pasado al presente. Una canción puede
recuperar una historia, una costumbre, un paisaje o el recuerdo de alguien que
ya no está.
Suray también creó y dirigió su
propio espacio, "Los cantos rodados de Suray".
Desde allí continuó trabajando
con la palabra y la música, dos elementos que habían acompañado su vida desde
sus primeros años.
Una mujer que llevó su tierra
consigo
Blanca Carabajal Espeche falleció
el 20 de marzo de 2002, en Tigre, provincia de Buenos Aires.
Se fue una mujer que había nacido
en Laprida y que llegó mucho más lejos de lo que probablemente podían imaginar
aquellos primeros caminos de su infancia.
Pero su historia no puede medirse
solamente en kilómetros recorridos ni en escenarios visitados.
Hay algo más profundo.
Suray fue parte de esa generación
de artistas que entendieron que el folklore no era simplemente un repertorio de
canciones. Era una forma de conservar la memoria, de contar quiénes somos y de
mantener unido al presente con aquello que viene de lejos.
Y en su caso, esa tarea estuvo
acompañada por la literatura, la radio y la música.
Quizás por eso, cuando se
pronuncia su nombre, es inevitable volver mentalmente a Santiago del Estero. A
Laprida. Al monte. A los caminos por donde alguna vez transitó su padre
arriero. A una guitarra sonando en la distancia.
Porque hay artistas que viajan y
dejan atrás su lugar de origen.
Y hay otros que viajan llevando
su tierra consigo.
Suray fue de estos últimos.
Nació en Santiago del Estero,
recorrió el mundo y, allá donde estuvo, llevó consigo una parte de aquella
tierra donde había comenzado todo.

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