Cuando ha llegado el momento de partir, Ismael ha comprendido que no podía elegir. La creciente ha comenzado a avanzar sobre los campos y el camino que tantas veces ha recorrido ha empezado a desaparecer bajo el agua. Quedarse significaba esperar a que los senderos quedasen cubiertos, por lo que ha tenido que partir, aunque no sabía hacia dónde dirigirse.
Ha nacido entre los caminos polvorientos que llevaban hacia Atamisqui y ha aprendido a querer Salavina como se quiere aquello que parece lejano, pero que siempre permanece cerca. En un pueblo estaba la casa de su infancia y en el otro habitaban los recuerdos de las noches junto al monte, las guitarras y aquellas voces que parecían llegar desde mucho antes que sus propios abuelos.
Durante años ha pensado que algún día resolvería aquella incertidumbre y que bastaría con elegir un rumbo, pero ahora, mientras el cielo ha comenzado a oscurecerse sobre los campos, la duda ha seguido allí, ya que una parte de él tiraba hacia Atamisqui y la otra hacia Salavina. ¿Por qué tenía que elegir?
Ismael ha guardado pocas cosas en un viejo bolso y ha emprendido la marcha. El verano ha dejado los bañados cargados y el río ha seguido creciendo. El agua avanzaba lentamente por los campos, borrando huellas y cubriendo senderos conocidos, de modo que lo que unas horas antes era camino, poco a poco ha dejado de serlo.
Ismael ha llegado hasta la orilla y se ha detenido. Frente a él, el paisaje parecía contener una tormenta que todavía no llegaba.
Entonces ha recordado al viejo guitarrero, un hombre silencioso, de manos ásperas y mirada perdida, que alguna vez ha recorrido aquellos montes siguiendo sonidos que nadie más podía escuchar. Ismael lo ha visto de niño, sentado bajo un algarrobo, con una guitarra gastada sobre las rodillas. Decían que el monte lo había embrujado, aunque él nunca ha sabido si aquello era cierto.
Ha seguido aquella misma senda y la noche lo ha encontrado bajo un cielo lleno de estrellas. El silencio era tan profundo que cualquier ruido parecía venir de otro tiempo.
Ismael se ha sentado sobre la tierra blanca y ha sacado del bolso una guitarra vieja a la que le faltaban algunas cuerdas. Ha intentado tocarla, pero no ha podido, y entonces el silencio ha pesado más.
Durante unos segundos ha sentido que todo aquello que ha querido conservar se le escapaba de las manos, como las canciones, las voces, los carnavales lejanos y las reuniones que ya no volverían. La guitarra estaba allí, pero ya no podía devolverle los sonidos que guardaba en la memoria.
¿Qué quedaba entonces? El recuerdo era lo que todavía permanecía, pues no necesitaba que la guitarra sonara para recordar.
A la mañana siguiente, la creciente ha dejado el camino cubierto de barro. Ismael ha mirado hacia Atamisqui y después hacia Salavina, y esta vez no ha intentado elegir. Ha comprendido que ninguno de los dos nombres podía quedar atrás porque eran dos orillas de una misma vida. Ha tomado la guitarra rota y ha emprendido el regreso.
Desde entonces, algunos dicen que en las noches claras puede verse un rastro solitario atravesando los salitrales, mientras que otros aseguran que, cuando sopla el viento, todavía se escucha una melodía perdida entre los montes.
Ismael nunca ha vuelto a preguntarse a dónde pertenecía, porque finalmente ha comprendido algo que durante años no ha podido aceptar: hay lugares que no se abandonan aunque uno se marche, hay recuerdos que no necesitan una canción para seguir sonando y hay patrias que no se eligen, sino que se llevan dentro.

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