Olvidado
por las instituciones, pero sostenido por la memoria popular, Dalmiro Coronel
Lugones se levanta como una de las voces más potentes de Santiago del Estero.
Hay creadores que habitan los anaqueles del olvido oficial, y otros que
persisten en la respiración de su pueblo: allí germina su figura. Su voz no
demanda homenajes de mármol; le basta el latido de una zamba, el susurro de un
romance o la simple mención del monte para encender de nuevo su presencia.
Un
tributo en Sumampa devolvió su melodía al viento. Durante la consagración de la
Patrona de la provincia, la voz joven de Sergio Luna rescató "A la Virgen
de Sumampa", obra compuesta en 1965 y preservada en la penumbra de los
años. Entre la devoción popular y las luces del santuario, la palabra de
Dalmiro volvió a hacerse carne, marcando el inicio de un itinerario hacia el
corazón de su memoria.
Aquel
hallazgo condujo a La Banda, a la mítica calle Alberdi. La búsqueda de unos
discos derivó en el encuentro con Cergio Coronel, hermano menor del poeta,
quien a sus 84 años custodiaba el archivo afectivo de la familia. Entre
retratos y vivencias, emergió la estampa del escritor nocturno, aquel que
envelaba las madrugadas frente a la máquina de escribir para dejar constancia
de los fantasmas y bellezas de su tierra.
Nacido
el 6 de julio de 1919, tataranieto de héroes de la Independencia, Dalmiro mamó
la poesía en la inmensidad del patio paterno. A los once años vertía en versos
el amor a su madre, doña Anselma, y el respeto entrañable hacia don José Pío,
su guía fundamental. Ese universo doméstico, arbolado y terroso, moldeó la
mirada del orador brillante, del estudiante de Derecho que deslumbró en Buenos
Aires, del lector voraz en lenguas diversas y del militante perdedor de
sosiegos que pagó caro su compromiso con las causas del pueblo.
Consagrado
como el poeta épico de la santiagueñidad, su obra trasciende la mera acuarela
costumbrista para erigirse en un tratado simbolista. Como bien señaló Adolfo
"Bebe" Ponti, en su pluma el hombre y la geografía forman una sola
entidad insostenible sin la presencia del otro. Sus versos no describen el
monte o el salitral: los padecen, los celebran y los salvan de la nada.
"Romance de mis tardes amarillas" y "Romance del río Dulce"
se integraron al cancionero de Los Manseros Santiagueños, Raly Barrionuevo y
Juan Carlos Carabajal, transformando el papel en canto colectivo.
Esa
consagración tuvo su testimonio más fiel en el Sirio Libanés de La Banda,
cuando la multitud desbordó el recinto para escuchar su voz afónica y
magisterial. Sabía Dalmiro que la poesía sin mensaje carece de destino, y por
eso eligió el romance castellano para dar voz a los mitos del sachayoj,
la almita o el kakuy, entrelazando la tradición oral con la más
alta exigencia literaria.
A
pesar de haber recibido distinciones nacionales y la Gran Cruz de Caballero en
España, de sus quinientas composiciones solo una porción mínima vio la luz en
libros como Romancero del canto nativo y Tiempo de zamba y malambo.
El resto permanece en el arcón de lo inédito. Hoy, cuando la tala
indiscriminada desdibuja el mapa del monte que él caminó y describió con
precisión de botánico y pasión de profeta, sus textos adquieren un valor de
trinchera ecológica y cultural.
Ni
el silencio impuesto por el centralismo ni la indiferencia de los catálogos
oficiales pudieron apagar su fuego. Dalmiro Coronel Lugones no pertenece al
ayer. Vive en cada guitarra que se afina al atardecer, en cada aula que nombra
la tierra y en cada santiagueño que reconoce en su zamba la geografía intima de
su propio corazón.

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