Fue una criolla santiagueña que vivió la época del nacimiento del federalismo en zonas boscosas del Departamento Jiménez. Entregó su valor con la indiferencia de las cosas simples y fue protagonista de un hecho que la define.
Allá por 1840, Santiago y Tucumán
estaban enfrentadas por constituirse como territorios federales. Tucumán
pretendía invadir, ya que quería formar su ambiciosa "república".
Los dos estados federales estaban
dominados por Celedonio Gutiérrez y Juan Felipe Ibarra. El primero contaba con
el apoyo de las tropas salteñas del general Solá; el nuestro, solo, quizás
únicamente con la simpatía del general Paz, de Córdoba. Además, era escaso el
número de soldados y de armas. Solo poseía el valor y el conocimiento del
terreno, por lo que tenía que apelar a la sagacidad. Ibarra desconfiaba de la
existencia de delatores por el odio que algunos le tenían.
Una tarde, con táctica, entró a
los bosques del Departamento Jiménez, en los límites con Tucumán. Lo acompañaba
una pequeña patrulla de respaldo. Solo, llegó a un rancho perdido en el monte
áspero que colindaba con el camino de carretas y preguntó:
—¿Quién vive aquí?
Tuvo inmediatamente una
respuesta:
—Nadie más que yo y mi nieto —fue
la contestación de una vieja criolla, con vigor y soberbia.
—¿Y los hombres y las mujeres,
para dónde han ido?
La mujer, reconociendo el caballo
del hombre, sin temor le dijo:
—¡Han ido al monte a esconderse
para no ayudar a los federales!
—¿Vos me conocés?
—¡Sí, Tatita! ¿Cómo no voy a
conocerlo, si yo soy de usted y mis hijos también?
Ibarra, profundo conocedor de sus
paisanos, casi a los gritos volvió a preguntar:
—¿Y vos sabés quién soy yo?
—¡Sí, Tatita, Tatita Ibarra!
No dudó. La anciana lo conocía.
Entonces le dijo:
—¿Vos has visto pasar a los
tucumanos?
—No, Tatita, todavía no han
pasao. Sé por mis hijos que pronto van a pasar, por eso se han ocultao.
El caudillo le ordenó:
—Cuando pasen, vos los vas a
contar, ver qué armas llevan y cuántos caballos. ¿Has oído?... Ah... no me has
visto por aquí, aunque te maten. ¿Entendés?
—Aunque no sé contar, Tatita, yo
le avisaré cuántos son. Seré como muerta para ellos.
—¿Y cuándo me avisarás?
—Apenas pasen. Tengo el caballo
escondido en el monte. Ellos ni agua tendrán, porque no avisaré dónde queda el
albardón.
—¿Cuánto vas a cobrarme por este
servicio?
—Nada, Tatita, nada. Yo soy de
usted...
El caudillo vio la hidalguía
santiagueña en el alma de esa anciana.
—Bueno, ¿entonces dime cómo te
llamás?
—Filomena Morales, para servirle.
La adustez del gobernante, que no
había bajado del caballo, tembló de satisfacción y Filomena se encendió de
gloria.
—Desde hoy, Filomena Morales,
serás un soldado distinguido de mis tropas. También, en pago a tu hidalguía,
recibirás cada mes una bolsa de maíz.
Y así sucedió. Desde ese día,
Filomena Morales fue considerada un soldado distinguido y recibió la ración
prometida.
Y su nombre, como los hilos de
las leyendas, pasó a ser trama de los recuerdos en los bosques limítrofes con
Tucumán.
Extraído del libro relatos
santiagueños, de Mario Alejandro Castro.
Omar "Sapo" Estanciero

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