Fue una de las tantas santiagueñas que salieron de su rincón provinciano en busca de trabajo. Había nacido en medio de los mistolares o algarrobales de Tarapaya, Peruchillo o Mal Paso (nunca se ha podido establecer el lugar con exactitud).
Apenas hablaba castellano,
mezclado con quichua. Era tan campesina como un tala, fuerte y hecha a todas
las inclemencias. Trabajó en Santiago como cocinera, lavandera, acarreadora de
leña y en cuanto oficio existiera; apenas le alcanzaba para comer ella y sus
hijos. Un día, dejó a sus hijos con la abuela y partió a Buenos Aires en
carreta.
Anduvo dos meses vagabunda hasta
que encontró trabajo doméstico en la casa de los Sarratea; luego consiguió
empleo con los Encalada. Más tarde se empleó en la casa de la familia Mármol y,
por último, en la de los Carranza como sirvienta. Fue dejando una estela de
dedicación y respeto. Los Carranza tenían ancestros santiagueños, por lo que
ella se sentía cómoda y feliz.
En 1806, ocurrieron las primeras
invasiones inglesas. Como muchas madres, entregó a sus hijos a la defensa de
Buenos Aires y se preparó para dar batalla a los intrusos. Ayudó a transportar
municiones, cargar fusiles y atender heridos. En uno de esos trances, vio caer
muertos a sus dos hijos; aun teniendo que soportar semejante dolor, no se movió
de su puesto de lucha. Liniers resaltó sus actitudes sobresalientes y le dijo:
"¡Sargenta!", título que representaba honor, arrojo y valentía.
Pasó el tiempo y se olvidaron de
la Sargenta Santiagueña, por lo que Dominga volvió a sus quehaceres hogareños.
Sin embargo, no pudo con su genio y volvió a entreverarse entre los soldados,
demostrándoles que poseía una fuerza extraordinaria. Se alistó para el Combate
de San Lorenzo sin que nadie la convocara; nadie sabe cómo llegó a ese lugar...
De la misma manera, se encontró
en Mendoza preparando el Ejército de los Andes. Un día, Dominga cruzó la
cordillera desafiando el frío, la nieve y las alturas. Estuvo presente en
Chacabuco, pero esta vez no tuvo la misma suerte: cayó prisionera de los godos
y fue fusilada junto con otros patriotas.
Cuando los soldados enterraron a
los caídos, el asombro y el dolor endurecieron sus rostros al descubrir entre
ellos a Dominga.
Tomado de Relatos Santiagueños,
de Mario Alejandro Castro. Archivo Gráfico Cultural Santiagueño de Omar
"Sapo" Estanciero.

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