Don Fortunato Juárez falleció en Santiago del Estero el 7 de septiembre de 2000, a las tres de la tarde. Tenía 75 años.
Había
nacido el 9 de enero de 1925 en Villa San Martín, hoy Loreto, aunque toda su
familia era de la histórica Villa Loreto. Allí, en aquel mundo donde el quichua
y el castellano convivían naturalmente en el habla cotidiana, creció entre las
costumbres y las voces de una "gente feliz, de paz y respeto". Era
una comunidad que, sin embargo, tuvo que atravesar un profundo cambio: en 1907,
casi toda la población debió trasladarse al actual emplazamiento.
En
ese ambiente creció Fortunato. Y allí también comenzó a nacer su vínculo con la
música.
Contaba
que su abuelo materno, Tatacu Carmen, y su padre eran carpinteros y músicos.
Sus hermanos también fueron folcloristas. No resulta difícil entender,
entonces, de dónde nació en Fortunato ese deseo de seguir los pasos de sus
mayores. La música estaba cerca, formaba parte de su entorno familiar y de su
vida cotidiana.
Cada
día aprendía algo nuevo de la guitarra. Ese aprendizaje se profundizó cuando
llegó a la ciudad de Santiago del Estero, donde ejerció distintos oficios.
Pero
la vida también le puso obstáculos.
Un
accidente de trabajo, mientras se desempeñaba en una empresa textil, le hizo
perder una falange del índice de la mano izquierda. Para un guitarrista, una
lesión así podía convertirse en una dificultad enorme. Sin embargo, aquello no
le impidió continuar tocando y cantando.
Fortunato
siguió adelante.
Con
el conjunto Los Hermanos Juárez recorrió el país llevando la música tradicional
santiagueña a distintos escenarios. Allí también encontraron lugar las
creaciones de Fortunato e Higinio Juárez, que fueron incorporándose al
repertorio que el conjunto difundía.
Y
cuando no actuaba con sus hermanos, Don Fortunato no se alejaba de la música.
Aceptaba
toda invitación para cantar. Se integraba a grupos costumbristas y, cada
domingo que estaba en Santiago del Estero, llegaba a la radio con su guitarra
para compartir con la gente del Alero Quichua Santiagueño.
Era
una presencia constante, cercana, sin necesidad de grandes escenarios para
hacer sentir su música.
En
los primeros años del Alero Quichua, Don Fortu estuvo muy unido al grupo
nativista. Con el tiempo, su participación también tomó otros caminos. Supo
asesorar al Secretario de la Comisión Directiva para el correcto manejo de
libros, documentos y trámites.
Pero
su vínculo con el Alero no se quedó en los papeles ni en la organización.
Fue
integrante del elenco que ponía en escena la obra "Casarácoj"
("El Casamiento"), de Don Carlos Maldonado. Durante aquellos viajes a
distintos lugares de nuestra provincia y también a Buenos Aires, la gente del
Alero tuvo la oportunidad de conocer aún mejor a aquel creador de personalidad
humilde y sencilla.
Porque
detrás de sus canciones había también una manera de vivir y de entender la
cultura: cercana a la gente, ligada a la tradición y profundamente arraigada en
su tierra.
Sus
creaciones comenzaron a ocupar distintos escenarios del país. Y son muchas las
obras que forman parte de ese legado.
Entre
ellas se encuentran "Bienhaiga con el Mocito", "Para mi
Pago", "De Ahicito", "Así era mi Mamá", "Loretano
Soy", "El Violín de Tatacu", "Chacarera del Chilalo",
"El Huajchito", "Sumampa Viejo", "Plaza
Libertad", "Soy Santiagueño que Vuelve", "El
Linyerita" y "Paisanita de mi Pago".
Son
muchos temas criollos. Muchas canciones que, de una u otra manera, fueron
dejando su marca en el cancionero santiagueño y argentino.
Pero
quizá la dimensión más profunda de su obra no esté solamente en las canciones
que compuso.
Don
Fortunato Juárez también formó nuevos guitarreros y cantores. Y esa tarea tuvo
una característica que dice mucho de su manera de hacer las cosas: fue una
labor sin estridencias, pero con grandes resultados.
Sembró.
Lo
hizo a lo largo de su vida, transmitiendo conocimientos y ayudando a que otros
encontraran en la guitarra y en el canto un camino para continuar con la
tradición.
Y
una siembra de esas características no termina cuando quien la realizó deja de
estar.
Sus
canciones siguen siendo cantadas. Los conocimientos que transmitió encontraron
continuidad en otros músicos. La música que recibió de sus mayores pudo pasar,
a través de él, a nuevas generaciones.
Así,
la historia de Fortunato Juárez no queda solamente en la fecha de su nacimiento
ni en aquella tarde del 7 de septiembre de 2000 en que murió.
Queda
en sus canciones.
Queda
en los escenarios que recorrió.
Queda
en el Alero Quichua Santiagueño.
Y,
sobre todo, queda en los guitarreros y cantores que ayudó a formar.
Porque
Don Fortunato Juárez no solamente creó páginas para la música argentina.
También ayudó a que esa música tuviera quién la siguiera cantando.
Esa
fue su siembra.
Y
mientras sus canciones sigan sonando, sus frutos seguirán apareciendo.

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