martes, 1 de septiembre de 2026

Santiago del Estero en 1885: Cuando un agrimensor dibujó el mapa de un futuro posible

Un documento olvidado revela los sueños, las disputas y la fe inquebrantable en el progreso de una provincia que miraba al horizonte con esperanza



En 1885, mientras Buenos Aires se vestía de modernidad europea y el puerto se llenaba de vapores y mercancías, un hombre de campo con escuadra y compás se sentó a escribir la historia de su tierra. Alejandro Gancedo, agrimensor y profesor del Colegio Nacional de Santiago del Estero, no imaginó que su "Memoria Descriptiva" se convertiría más de un siglo después en un documento clave para entender las raíces profundas de la Argentina interior.

La tarea no era menor. El gobierno nacional había abierto un concurso para que cada provincia redactara un informe detallado sobre su geografía, economía y posibilidades. Gancedo, sin embargo, no se limitó a cumplir con el formulario. Con una pluma que oscilaba entre la precisión técnica y la pasión patriótica, construyó un retrato que es a la vez inventario, diagnóstico y declaración de principios.

Un territorio que aún no se definía

Cuando Gancedo empezó a trazar los límites de Santiago del Estero, se encontró con un problema incómodo: nadie sabía con certeza dónde terminaba la provincia y dónde empezaban las vecinas. Catamarca, Córdoba y Tucumán disputaban cada palmo de tierra, y los documentos coloniales —Cédulas Reales del siglo XVII, deslindes confusos, actas perdidas— ofrecían más preguntas que respuestas.

"Todo es una tragedia en la que figuran personajes de forma humana con el más desenfrenado salvajismo", escribió Gancedo al referirse a la historia política de la provincia. No exageraba. Las disputas territoriales eran apenas el síntoma de un problema más profundo: Santiago del Estero, fundada en 1553, era una de las ciudades más antiguas del territorio argentino, pero también una de las más castigadas por el aislamiento y la violencia política.

El autor no se guardó críticas. Al describir el acuerdo limítrofe con Catamarca, firmado en 1881, lamentó la pérdida de "no menos de cuarenta leguas cuadradas de terreno". Un agrimensor no podía tolerar que las fronteras se definieran por acuerdos políticos apresurados y no por la geografía y la historia.

El ombligo del mundo vegetal

Más allá de las disputas políticas, Gancedo descubrió un universo de riqueza natural que desbordaba los mapas. Las sierras de Guasayan, Sumampa y Ambargasta eran apenas las arrugas de una vasta llanura que se extendía hasta perderse en el horizonte. Pero lo que realmente fascinó al agrimensor fue la exuberancia de una naturaleza que los porteños ignoraban.

Los algarrobos y quebrachos, esos árboles de madera dura que desafiaban los siglos, poblaban los bosques con una generosidad que hoy parece increíble. Gancedo anotó con precisión científica sus alturas y diámetros, como si estuviera levantando un inventario de las riquezas del reino vegetal. El quebracho colorado, esa madera que se petrificaba en el agua y duraba más de un siglo, era el material de construcción que hacía soñar a ingenieros y arquitectos.

Pero la fauna también ocupaba un lugar central en el relato. El "tigre americano" (el jaguar), el puma, el quirquincho, la vibrar de la cruz, y una variedad asombrosa de aves y peces desfilan por las páginas con nombres científicos y descripciones minuciosas. Era una naturaleza plena, indómita, que los santiagueños conocían y respetaban.

La sal como bendición

Uno de los pasajes más apasionados de la memoria de Gancedo es su defensa del suelo santiagueño. En su época, circulaba la idea de que las tierras de Santiago del Estero eran estériles porque en algunos puntos afloraban sales. Para el agrimensor, esta creencia no era solo equivocada: era una ofensa al potencial de la provincia.

Citando a agrónomos europeos y estudios sobre la sal como fertilizante, Gancedo se lanzó a una defensa encendida del terruño. El cloruro de sodio, argumentaba, no solo no dañaba el suelo, sino que actuaba como un estimulante natural para los cultivos. Hablaba de experimentos en los que la sal había aumentado el rendimiento de la cebada y el trigo, y recordaba que en Suiza e Inglaterra la sal era considerada un alimento indispensable para el ganado.

"Los economistas Turgot, Neker y otros consideraron siempre la restricción de la sal como contraria al desarrollo de la riqueza pública", escribió Gancedo, citando a las autoridades europeas para refutar a los ignorantes locales. No era solo una cuestión técnica, sino una batalla por el orgullo provincial.

El agua como obsesión

Si hay un capítulo que condensa el espíritu visionario de Gancedo, es el dedicado a los ríos Dulce y Salado. El agua, para él, era el verdadero motor del progreso. Y su gran obsesión —compartida con el gobernador Manuel Taboada veinte años antes— era desviar el Río Dulce por su antiguo cauce para que volviera a regar las poblaciones de Loreto, Atamisqui y Salavina.

"El Dulce es nuestro Nilo", escribió, parafraseando a Taboada. La obra, que beneficiaría más de 150 leguas cuadradas, era para él "el secreto de nuestro porvenir". No es difícil imaginar a Gancedo recorriendo los cauces secos, midiendo pendientes y calculando caudales, convencido de que la solución a todos los males de la provincia estaba en el manejo inteligente del agua.

Pero también era un lamento. El río se había desviado de su curso histórico, y las poblaciones que una vez prosperaron a su orilla habían quedado abandonadas. "Es preciso que no tomemos con tanto ardor la política y nos dediquemos un momento a considerar lo que pasa en cada punto de nuestro querido suelo", reclamaba con un tono que mezclaba la frustración y la esperanza.

El ferrocarril que no llegaba

Gancedo dedicó varias páginas a describir el sistema de comunicaciones de la provincia, y el diagnóstico era implacable: Santiago del Estero estaba aislada. Los caminos carreteros formaban una "red", pero eran deficientes. Los ríos eran "susceptibles de ser navegados", pero nadie lo había intentado seriamente. El Ferrocarril Central Norte apenas rozaba el territorio provincial, sirviendo más como límite con Catamarca que como vía de integración.

La construcción de un ramal desde la estación Frías hasta la ciudad capital era su gran anhelo. El tren, pensaba Gancedo, traería no solo mercancías, sino "progreso material e intelectual". Era la fe de su generación: creer que el ferrocarril era la llave que abriría todas las puertas.

Y en gran medida, no se equivocaba. La llegada del tren transformó la Argentina del siglo XIX, y Santiago del Estero no fue la excepción. Pero Gancedo también señalaba lo que faltaba: correos regulares, telégrafos, caminos en buen estado. Su diagnóstico era el de un hombre que veía el potencial y las limitaciones con la misma claridad.

El despertar agrícola

El capítulo sobre agricultura es quizás el más vibrante de toda la memoria. Gancedo describe un fenómeno que estaba transformando la provincia: el auge del cultivo de la caña de azúcar. "Quién conoció la Provincia seis años antes de esta fecha, la desconocería completamente en la presente", escribió.

Los datos son contundentes. En 1876, Santiago del Estero tenía apenas 80 surcos de caña. En 1881, la cifra había saltado a 580 cuadras. La tierra, que antes se vendía por mil patacones la legua, se cotizaba a "veinte y cinco y treinta pesos la cuadra". El valor se había centuplicado en pocos años.

Detrás de este despegue estaban hombres como Pedro San Germes y Jaime Vieyra, a quienes Gancedo retrata con admiración. Sus ingenios azucareros, con maquinaria moderna traída de Europa y una organización casi industrial, eran la prueba viviente de que la agricultura podía ser el motor del desarrollo provincial.

Gancedo calculó con precisión los costos y rendimientos: los suelos arcillosos, los sistemas de riego con acequias, los arados norteamericanos, las trilladoras a vapor. Era un manual práctico de cómo construir una provincia agrícola moderna.

La ganadería silenciosa

Menos espectacular que la caña de azúcar, pero igualmente fundamental, era la ganadería. Gancedo describió con detalle las razas de ganado vacuno, yeguarizo, mular y ovino. Destacó la superioridad de la mula santiagueña, un animal sufrido y resistente que era la base de los transportes en toda la región.

Pero también señaló un problema que persistiría durante décadas: el sistema de cría era "primitivo". El campo era comunal, los animales pastaban sin control, y los propietarios a menudo ni siquiera sabían cuántas cabezas tenían. La solución, para Gancedo, era un Código Rural que ordenara el uso de la tierra y el manejo del ganado.

Su crítica a los catastros es particularmente mordaz. Los empadronadores, escribió, "no saben valorar una propiedad" y favorecen a amigos y parientes. El resultado son estadísticas falsas que impiden una administración justa de los impuestos. Es una denuncia que todavía resuena en la política argentina actual.

Un hombre de su tiempo

Lo más fascinante de la "Memoria Descriptiva" es que Gancedo no se limitó a describir. También juzgó, criticó y soñó. Su dedicación a la juventud de la provincia, con la que abre el libro, es un manifiesto completo de sus convicciones:

"Juventud santiagueña – escribió- No desmayéis ante los pasajeros obstáculos que en vuestro difícil camino se os presenten; pensando siempre en vuestro deber, recordad que vuestra provincia posee miles de leguas de terreno de exuberante vegetación".

Su optimismo era una elección personal, una decisión de mirar hacia adelante a pesar de todo. Y en esa mirada, Gancedo fue un hijo de la generación del ochenta, esa elite intelectual y política que creía en el progreso, la ciencia y la inmigración como los instrumentos de la redención nacional.

El mapa de un futuro posible

Hoy, al leer la memoria de Gancedo, encontramos un documento que es muchas cosas a la vez. Es un inventario de recursos naturales que ya no existen con la misma abundancia. Es un diagnóstico económico que adelantó los dilemas del desarrollo regional. Es una crítica política a un sistema que castigaba el trabajo y premiaba la especulación.

Pero es también un sueño. Gancedo creyó que Santiago del Estero podía ser una provincia próspera, con industrias pujantes, caminos bien trazados, escuelas para todos. Creyó que el trabajo y la educación podían vencer al caudillismo y la pobreza.

La historia, con su ironía implacable, le dio la razón a medias. La provincia se transformó, pero también enfrentó nuevos desafíos. El ferrocarril llegó, pero la concentración de la tierra y el éxodo rural persistieron.

Aun así, la memoria de Gancedo sigue siendo un recordatorio de que el futuro se construye con diagnósticos precisos y esperanzas bien fundadas. Y también, como él mismo escribió, con la certeza de que "marcharemos siempre adelante, a pesar de todo, buscando el bien de la patria".

Tres claves para entender el legado de Gancedo:

1. Diagnóstico del aislamiento – El autor identificó la falta de comunicaciones como el principal freno al desarrollo de Santiago del Estero, señalando un problema estructural que marcaría a la provincia durante décadas.

2. Fe en el progreso agroindustrial – Su defensa de la agricultura, especialmente la caña de azúcar y la vid, refleja la confianza en el potencial productivo de la tierra, un optimismo que se tradujo en inversiones reales.

3. Crítica a la administración – La denuncia de catastros fraudulentos y la falta de estadísticas confiables revela una conciencia temprana de la necesidad de modernizar el Estado y combatir la corrupción.

Reflexiones finales:

1. La "Memoria Descriptiva" captura un momento de transición en la historia argentina, cuando el país dejaba atrás el caudillismo y se asomaba a la modernidad.

2. La obra de Gancedo es un testimonio del optimismo de una generación que creía en el progreso como una fuerza inexorable, capaz de transformar las realidades más adversas.

3. Más allá de su valor histórico, el documento sigue siendo relevante como ejemplo de cómo se puede construir una narrativa esperanzadora sin perder de vista los problemas estructurales.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario