Si te criaste en Santiago o escuchaste hablar de la Madre de Ciudades, seguro te cruzaste con el mito. Ese que jura que debajo del asfalto hay toda una red secreta de pasadizos conectando iglesias, teatros y viejas casonas. Una especie de ciudad oculta construida para esquivar ataques o guardar tesoros.
La
idea engancha, no hay duda. Suena a película. Pero cuando la historia y la
arqueología se meten a revisar las pruebas, la película se cae bastante rápido.
Lo que realmente hay bajo
el suelo
Los
historiadores y arqueólogos que entraron a inspeccionar los edificios más
viejos de la provincia dicen lo mismo: no hay un solo metro de túnel. Lo que
durante décadas se vendió como un sistema de escape no es más que arquitectura
práctica de la época, malinterpretada con los años.
Hay
dos lugares emblemáticos que alimentaron el mito casi más que ningún otro:
- El Teatro
25 de Mayo: Se dijo mil veces que debajo del escenario había pasajes
ocultos. La realidad es mucho más ingeniosa. Como el teatro se diseñó en
forma de herradura, los vacíos bajo las maderas se pensaron como cámaras
de aire para amplificar el sonido. Encima, como la base del escenario
quedó un metro por encima del suelo natural, la vista engaña y da la
sensación de estar parado sobre un sótano profundo.
- La Casa de
los Taboada: Cuando el arquitecto Rodolfo Legname y su equipo excavaron la
propiedad, las famosas "entradas a las catacumbas" resultaron
ser sótanos y bodegas familiares. En el siglo XIX era de lo más normal
tener esos espacios para guardar vino o mantener fresca la comida en pleno
verano.
Ataques,
cárceles y teorías que no cierran
La
voz popular terminó armando un relato casi de ficción, adjudicándole a estas
construcciones funciones de refugio militar o calabozos secretos.
Pero
los papeles y la lógica histórica dicen otra cosa. Para el siglo XIX ya no
había grupos indígenas hostiles operando dentro del casco urbano como para
justificar semejante gasto de ingeniería militar. Tampoco se encontró jamás un
solo grillete, una compuerta colonial o una conexión física real que uniera el
Teatro con la iglesia de San Francisco Solano o la antigua Casa de Gobierno.
Nada.
¿Cómo nació semejante
historia?
Las
leyendas nunca salen de la nada. Entre 1672 y 1702, las crecidas del río
obligaron a mudar la ciudad en más de una oportunidad. Con los años, sobre los
escombros y cimientos de la vieja infraestructura se construyeron casas nuevas.
Cuando en décadas posteriores alguien remodelaba y se chocaba con una pared
antigua o un sótano olvidado, el boca a boca hacía la magia pesada y la
imaginación colectiva ponía el resto.
Santiago
no necesita pasadizos de película para ser interesante. Lo que quedó a la vista
y en la superficie alcanza para entender su verdadera historia.

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