martes, 1 de septiembre de 2026

El mito de los túneles secretos de Santiago del Estero: ¿leyenda urbana o realidad subterránea?


Si te criaste en Santiago o escuchaste hablar de la Madre de Ciudades, seguro te cruzaste con el mito. Ese que jura que debajo del asfalto hay toda una red secreta de pasadizos conectando iglesias, teatros y viejas casonas. Una especie de ciudad oculta construida para esquivar ataques o guardar tesoros.

La idea engancha, no hay duda. Suena a película. Pero cuando la historia y la arqueología se meten a revisar las pruebas, la película se cae bastante rápido.

Lo que realmente hay bajo el suelo

Los historiadores y arqueólogos que entraron a inspeccionar los edificios más viejos de la provincia dicen lo mismo: no hay un solo metro de túnel. Lo que durante décadas se vendió como un sistema de escape no es más que arquitectura práctica de la época, malinterpretada con los años.

Hay dos lugares emblemáticos que alimentaron el mito casi más que ningún otro:

  • El Teatro 25 de Mayo: Se dijo mil veces que debajo del escenario había pasajes ocultos. La realidad es mucho más ingeniosa. Como el teatro se diseñó en forma de herradura, los vacíos bajo las maderas se pensaron como cámaras de aire para amplificar el sonido. Encima, como la base del escenario quedó un metro por encima del suelo natural, la vista engaña y da la sensación de estar parado sobre un sótano profundo.
  • La Casa de los Taboada: Cuando el arquitecto Rodolfo Legname y su equipo excavaron la propiedad, las famosas "entradas a las catacumbas" resultaron ser sótanos y bodegas familiares. En el siglo XIX era de lo más normal tener esos espacios para guardar vino o mantener fresca la comida en pleno verano.

Ataques, cárceles y teorías que no cierran

La voz popular terminó armando un relato casi de ficción, adjudicándole a estas construcciones funciones de refugio militar o calabozos secretos.

Pero los papeles y la lógica histórica dicen otra cosa. Para el siglo XIX ya no había grupos indígenas hostiles operando dentro del casco urbano como para justificar semejante gasto de ingeniería militar. Tampoco se encontró jamás un solo grillete, una compuerta colonial o una conexión física real que uniera el Teatro con la iglesia de San Francisco Solano o la antigua Casa de Gobierno. Nada.

¿Cómo nació semejante historia?

Las leyendas nunca salen de la nada. Entre 1672 y 1702, las crecidas del río obligaron a mudar la ciudad en más de una oportunidad. Con los años, sobre los escombros y cimientos de la vieja infraestructura se construyeron casas nuevas. Cuando en décadas posteriores alguien remodelaba y se chocaba con una pared antigua o un sótano olvidado, el boca a boca hacía la magia pesada y la imaginación colectiva ponía el resto.

Santiago no necesita pasadizos de película para ser interesante. Lo que quedó a la vista y en la superficie alcanza para entender su verdadera historia.

 

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