Un joven indio, dotado
con bondad por la naturaleza en su escultural cuerpo, vivía por los valles,
usando de su habilidad como cazador para matar por gusto los animales de la
zona.
Cuando se disponía
distraerse de ese modo, subía a las cumbres y hacía sonar su cuerno de cazador,
cuyo interminable eco se multiplicaba por los lejanos desfiladeros.
Se unían a él otros
compañeros feroces que le seguían en sus correrías y entre los que tenía gran
prestigio por su destreza, a tal punto, que le habían conferido la autoridad de
cacique.
Las alpacas, vicuñas y
llamas, como así las aves y animales, temibles huían en cuanto lo divisaban.
Su conducta empezó a
disgustar a Llastay, protector de los seres irracionales.
Un día, después de
exterminar una familia completa de guanacos, se acostó debajo de un algarrobo a
dormir una siesta, entonces fue despertado por los reproches del dios.
Le anunció que
Pacha-Mama, la madre tierra que todo lo creó, habría de castigarlo.
Al principio el indio,
atemorizado se contuvo, pero al tiempo, volvió con más crueldad a la caza
innecesaria de animales, sólo lo hacía por placer.
Fue entonces que
Pacha-Mama desencadenó su castigo sobre el soberbio aborigen. Se levantaron
nubarrones en polvo arenoso y cálido. Sus seguidores dominados por el espanto
se dispersaron. Luego inútilmente lo llamaron, ya no podían verlo, sólo oían su
voz, entre la polvareda arenosa. El silbido del viento reemplazó a su cuerno de
caza.
Y en eso consistió el
castigo, en que quedó arrebatado por el viento, clamando y pidiendo perdón por
sus maldades.
Su música y su lamento se
pierden hoy por las quebradas y llegan hasta las pircas, que rodean los
ranchos, pero su recuerdo es tan ingrato, que la gente se encierra, para no
sufrir la sofocante atmósfera que trae su proximidad.

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