viernes, 24 de julio de 2026

La voz de la tierra y la memoria: Gabino Ezeiza y el arte inmortal de la payada

Cada 23 de julio, la Argentina rinde tributo a los poetas del instante. Un viaje en el tiempo hasta aquel duelo épico en Montevideo que transformó la improvisación en leyenda y dio a luz al ritmo madre de la milonga.

 


Por Leyendas del Folclore Santiagueño

Hay algo místico y prodigioso en el arte de payar. Imaginar la escena: dos guitarras, un auditorio en silencio absoluto y dos hombres frente a frente que no llevan un libreto, sino la agilidad mental como única arma. La payada no se escribe, no se ensaya; brota en el momento, repentina y certera. Es la poesía rural y urbana dialogando en tiempo real, donde la palabra empeñada en el verso busca conmover, filosofar o simplemente vencer en un elegante duelo de ingenio.

Para entender por qué el 23 de julio se celebra en toda la Argentina el Día del Payador, es preciso viajar hacia atrás en las páginas de nuestra historia, hasta desembarcar en el Montevideo de fines del siglo XIX.

El duelo histórico en el Teatro Artigas

Era la noche del 23 de julio de 1884. El célebre Teatro Artigas de la capital uruguaya se encontraba colmado de público. De un lado del escenario estaba el aclamado cantor oriental Juan de Nava; del otro, un joven afro-porteño nacido el 19 de febrero de 1858 en San Telmo, antiguo barrio porteño marcado por la impronta de la comunidad negra: Gabino Ezeiza.

Ezeiza, que había aprendido los secretos de la encordada y del contrapunto bajo la guía de su maestro —el también afrodescendiente Pancho Luna—, llegó a Montevideo a demostrar el calibre de su inspiración. Aquella noche, ante un auditorio expectante, Gabino no solo improvisó con maestría, sino que inmortalizó allí mismo los versos del célebre tema Heroico Paysandú. Con esa interpretación deslumbrante derrotó a Nava en un contrapunto inolvidable, sellando una gesta que décadas después, en 1992, llevaría al Estado argentino a declarar la fecha como hito oficial (festejado por primera vez masivamente en 1996).

La milonga: de las raíces africanas al corazón del pueblo

El legado de Gabino Ezeiza va mucho más allá de sus victorias en el escenario. Él fue un verdadero revolucionario del folklore rioplatense. Hasta su aparición, las payadas se ejecutaban habitualmente bajo el ritmo de "cifra". Fue Ezeiza quien introdujo la milonga campera en el tono de Do Mayor dentro del contrapunto, expandiendo su ritmo hacia cada rincón de Argentina, Uruguay y el sur de Brasil.

Gabino no dudaba en defender el origen de su música: aseguraba que la milonga era descendiente directa del candombe afro-rioplatense, fruto de los ancestrales ritmos africanos conservados por su comunidad. En una célebre entrevista de 1916, el dramaturgo Nemesio Trejo recordaba aquel impacto inicial:

«En 1884 fue mi primera topada con Gabino Ezeiza, el más célebre de los bardos argentinos... Por aquella época se cantaba por cifra, pero Gabino introdujo la milonga. Es pueblera, ya que es hija del Candombe africano».

Y marcando el compás con sus dedos sobre la mesa, tarareaba el latido original:

«tunga... tatunga... tunga...»

Amistades de leyenda y misterios del camino

La vida de Ezeiza estuvo atravesada por momentos icónicos. En 1894 sostuvo otro duelo antológico en Pergamino contra Pablo J. Vázquez. Su fervor popular también lo llevó a militar activamente en la Unión Cívica Radical de Hipólito Yrigoyen. Fue en esos comités políticos y en las mesas bohemias del mítico Café de los Angelitos donde entabló amistad con unos jóvenes Carlos Gardel y José Razzano. El impacto fue tal que, tras la muerte de Gabino, el célebre dúo cantó en su homenaje Heroico Paysandú, pieza que el propio Gardel llevaría más tarde al disco (historia retratada en la célebre película El último payador, guionada por Homero Manzi).

Los últimos meses de su vida guardan postales cargadas de mística. En julio de 1916, durante el Centenario de la Independencia, Ezeiza se tomó su última fotografía conocida en Justiniano Posse, un pequeño poblado cordobés de tan solo cinco años de vida. Allí posó junto a doña Juana Paredes de Quinteros y su hijo Salvador, primer agricultor criollo de la zona. Las razones exactas de su paso por aquel rincón lejano permanecen en el enigma.

Poco después, el 12 de octubre de 1916, Gabino Ezeiza falleció. Curiosamente, ese mismo día asumía la Presidencia de la Nación el líder radical Hipólito Yrigoyen, marcando una dolorosa e histórica coincidencia.

¿Sabías qué? Origen del término y homenajes

La palabra payador remite a los antiguos campesinos de España (payo en Castilla o payés en Cataluña). Hoy, la tradición sigue viva: en la ciudad bonaerense de Tres Arroyos se erige un monumento al payador, donde cada año decenas de bardos contemporáneos se reúnen con sus guitarras para celebrar la magia de la improvisación.

Un arte que desafía al tiempo

El payador posee un don innato: la capacidad de traducir en un chasquido de dedos reflexiones profundas, casi filosóficas, sobre la vida, el amor, la patria y la justicia. No hay libreto, no hay borrador. Toda brota de la mente al verso y del verso a las cuerdas en un instante fugaz.

Desde las raíces del campo rioplatense hasta expandirse por Chile, Uruguay y Brasil, la payada nos recuerda que la poesía antes de ser escrita fue oral, popular y colectiva. En un mundo acelerado y digital, detenerse a escuchar a un payador es conectar con la identidad pura de nuestro pueblo: la certeza de que mientras haya una guitarra y una causa, habrá siempre una voz dispuesta a improvisar su verdad.

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