Imagínate en pleno siglo XVII:
sin GPS, sin rutas asfaltadas y mucho menos aviones. Un viaje de Buenos Aires a
Lima implicaba meses de travesía cruzando selva, montañas y pampas
interminables sobre una carreta de madera o a lomo de mula.
Parece una locura, pero un día
como hoy, en 1663, empezó a gestarse la red vial más ambiciosa de la Sudamérica
colonial: el Camino Real. Todo arrancó formalmente en Santiago del Estero —la
«Madre de Ciudades»— cuando se trazaron los primeros tramos de una
infraestructura que cambiaría la geopolítica del continente.
Reyes, intrigas y un imperio
gigante: El contexto global
Para entender por qué se encaró
semejante obra hay que mirar el tablero mundial. En el siglo XVII, España
estaba bajo el mando de los Habsburgo. Tras los reinados de Carlos I y Felipe
II, la corona pasó por Felipe III («El Piadoso»), Felipe IV («El Rey Planeta»)
y Carlos II («El Hechizado»), el último antes de la llegada de los Borbones.
Bajo el gobierno de Felipe IV, el
dominio español abarcaba un territorio monumental: Portugal, los Países Bajos,
Nápoles, Sicilia y casi toda la América ibérica. Controlar semejante extensión
desde Madrid no era simple, sobre todo con la presión militar de la Francia de
Luis XIV.
Felipe IV sabía que para mantener
el control de las colonias americanas necesitaba dos cosas: orden legal y vías
de comunicación efectivas. De esa urgencia nacieron la Real Audiencia de Buenos
Aires en 1662 y la institucionalización del Camino Real al Perú en 1663.
¿Qué era exactamente el Camino
Real?
Más que un sendero de tierra, era
la red pública de carreteras del Imperio. Inspirado en la eficacia de las vías
romanas y en el trazado del Qhapaq Ñan incaico, buscaba conectar las ciudades
clave con rutas anchas y seguras para carretas, comercio, tropas y viajeros.
Partía de Buenos Aires, cruzaba Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Salta y
Jujuy, y se adentraba en el Alto Perú hasta alcanzar Lima.
El gran gestor en estas tierras
fue el gobernador de Buenos Aires, José Martínez de Salazar. El trazado oficial
salía de una modesta Buenos Aires y, a la altura de Luján, se abría en dos: el
Camino Real al Oeste (rumbo a Chile por la cordillera) y el Camino Real del
Norte, directo a Lima, la metrópolis más próspera de la región.
Las Postas: Las estaciones de
servicio del siglo XVII
Moverse durante meses exigía una
logística impecable. A lo largo de miles de kilómetros se instalaron las
postas: paradores y complejos estatales de reabastecimiento ubicados a
distancias estratégicas. Cumplían funciones fundamentales:
- Hospedaje y comida para viajeros exhaustos.
- Remuda de caballos para mantener la marcha
sin pausas.
- Estafeta postal para los chasquis del correo
real.
- Puntos de seguridad con pequeños
destacamentos militares.
Con el tiempo, alrededor de estas
postas se afincaron comerciantes, artesanos y familias, dando origen a pueblos
y ciudades que existen hasta hoy.
La ruta en números: De la pampa a
los Andes
El recorrido muestra la escala
del proyecto en territorio argentino:
- Buenos Aires: 70
leguas (~350 km) y 14 postas, con puntos clave como la Cañada de Morón,
Areco y Fontezuelas.
- Santa Fe: 40 leguas (~200 km)
y 7 postas, destacándose Arequito.
- Córdoba: El tramo más largo
de la llanura, con 130 leguas (~650 km) y 30 postas. Pasaba por sitios de
peso histórico como Cabeza de Tigre, Fraile Muerto (hoy Bell Ville) y
Sinsacate. Aquí, la actual Ruta Nacional 9 calca casi al detalle el
trazado colonial por más de 500 kilómetros.
- Santiago del Estero: 93
leguas (~465 km) y 14 postas.
- Tucumán: 60 leguas (~300 km)
y 8 postas, como Vizarra.
- Salta y Jujuy: 70
leguas (~350 km) y 72 leguas (~360 km) respectivamente, abriéndose paso
por la quebrada hacia el Alto Perú antes de encarar más de doscientas
paradas adicionales hasta Lima.
El protagonismo (y la paradoja)
de Santiago del Estero
En 1663, Santiago del Estero
ocupaba un lugar central. Como «Madre de Ciudades», era la capital de la
Gobernación del Tucumán y la sede episcopal; una parada obligada donde los
viajeros descansaban días antes de encarar el ascenso al Alto Perú. La ruta ingresaba
bordeando el río Dulce y pasaba por postas históricas como Sumampa, Loreto,
Silipica y Manogasta.
Pero las decisiones políticas del
siglo XVIII reconfiguraron el mapa: la capital administrativa se mudó a Salta y
el obispado a Córdoba. Aunque las carretas y el correo siguieron pasando, la
pérdida de rango sumió a la región en un estancamiento del que recién saldría
tras la Revolución de Mayo y su declaración de autonomía en 1820.
Redescubrir las huellas del
pasado
Hoy, las ruinas de las antiguas
postas quedan como testimonio de una época en que las distancias se medían en
días a caballo.
Mientras en Europa circuitos como
el Camino de Santiago o las Vías Romanas atraen turismo e inversión todo el
año, en Sudamérica el Camino Real sigue siendo un patrimonio desaprovechado.
Recuperar este trazado no solo pondría en valor nuestra historia, sino que
reactivaría la economía y el turismo de decenas de pueblos a lo largo de la
ruta.

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