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jueves, 17 de septiembre de 2026

La pena del agua quieta

 Inspirado en el poema "El dolor de las represas", de Cristóforo Juárez.


Nadie sabía desde cuándo estaba allí. La represa se encontraba detrás del monte, cerca de un pequeño camino de tierra que los hombres usaban para llegar hasta sus casas. Durante el día, su agua parecía tranquila y silenciosa. Los animales se acercaban a beber, las mujeres llenaban sus cántaros y los muchachos buscaban en sus orillas un poco de sombra durante las tardes de verano.

Pero cuando caía la noche, la represa parecía convertirse en otra cosa.

Una tarde, poco antes de que desapareciera el sol, una muchacha llamada Rosa llegó hasta la orilla. Había ido a buscar agua, pero se quedó un rato mirando la superficie. El cielo comenzaba a llenarse de colores y las primeras estrellas aparecían detrás de los árboles.

Rosa conocía bien aquella represa. Desde niña había escuchado decir que, cuando había luna llena, el agua guardaba las estrellas durante toda la noche. A ella le gustaba creerlo.

Se sentó bajo un algarrobo y se quedó mirando. La represa estaba hermosa. La luna parecía descansar sobre el agua y las estrellas se movían cada vez que una pequeña brisa pasaba sobre la superficie. Por un momento, Rosa tuvo la sensación de que aquella agua estaba viva.

Entonces recordó algo que su abuelo le había dicho muchos años atrás: el agua también tiene sus penas. Nunca había entendido aquellas palabras. Esa noche comenzó a hacerlo.

Mientras miraba la represa, imaginó que aquel lugar debía sentirse prisionero. Tenía agua, pero no podía correr. Tenía cielo, pero no podía alcanzarlo. Tenía estrellas, pero solo podía verlas cuando se reflejaban sobre su superficie. Al amanecer, todo desaparecía y la represa quedaba otra vez sola.

Los días pasaron y la sequía comenzó a hacerse sentir. El calor endureció la tierra y los animales llegaban cada vez más sedientos. Los hombres comenzaron a sacar agua con mayor frecuencia. Cada cántaro que se llenaba dejaba la represa un poco más vacía.

Rosa empezó a preocuparse.

Una tarde llegó hasta la orilla y vio que el nivel del agua había bajado mucho. Las marcas de humedad en la tierra mostraban hasta dónde había llegado semanas atrás. Por primera vez sintió que la represa podía morir.

Esa noche se quedó junto al agua hasta después de la medianoche. Las estrellas volvieron a aparecer. La represa las recibió en silencio, como lo había hecho tantas veces. Pero Rosa sintió que había algo diferente. El agua parecía estar esperando.

De pronto, una tormenta se desató sobre el monte. El viento agitó los árboles y la lluvia cayó con fuerza. El agua comenzó a correr desde las lomas y entró en la represa. El nivel subió rápidamente.

Rosa, que había buscado refugio bajo el algarrobo, observó cómo el agua avanzaba. Entonces ocurrió algo que nunca había visto. Por uno de los bordes, la represa comenzó a desbordarse. Una pequeña corriente se abrió paso entre la tierra y empezó a avanzar hacia el campo.

Rosa corrió detrás de ella.

El agua siguió bajando por una pendiente, atravesó los pastos y desapareció entre los árboles. Por primera vez, la represa estaba dejando escapar una parte de sí misma.

Rosa comprendió entonces lo que su abuelo había querido decir. La pena de aquella agua no era solamente estar quieta. Era tener dentro de sí el deseo de avanzar y no encontrar un camino.

A la mañana siguiente, la tormenta había pasado. La represa volvía a estar tranquila. El cielo estaba limpio y las primeras luces del día comenzaban a borrar las estrellas. Pero algo había cambiado.

La pequeña corriente seguía allí. Era apenas un hilo de agua, pero avanzaba lentamente hacia el monte.

Rosa la miró durante largo rato antes de regresar a su casa.

Desde entonces, cada vez que llegaba la noche, volvía a la represa. Se sentaba bajo el algarrobo y miraba las estrellas reflejadas en el agua.

La represa seguía siendo una represa. Seguía quieta, seguía entregando su agua y seguía viendo desaparecer las estrellas cada mañana. Pero ya no parecía tan triste.

Había descubierto que, incluso dentro de sus límites, podía encontrar una salida.

Y mientras aquella pequeña corriente siguiera avanzando entre los pastos, una parte de ella también estaría viajando.

Tal vez esa era su forma de ser libre.