Inspirado en el poema "El dolor de las represas", de Cristóforo Juárez.
Nadie sabía desde cuándo estaba allí. La represa se encontraba detrás del monte, cerca de un pequeño camino de tierra que los hombres usaban para llegar hasta sus casas. Durante el día, su agua parecía tranquila y silenciosa. Los animales se acercaban a beber, las mujeres llenaban sus cántaros y los muchachos buscaban en sus orillas un poco de sombra durante las tardes de verano.
Pero cuando caía la noche, la
represa parecía convertirse en otra cosa.
Una tarde, poco antes de que
desapareciera el sol, una muchacha llamada Rosa llegó hasta la orilla. Había
ido a buscar agua, pero se quedó un rato mirando la superficie. El cielo
comenzaba a llenarse de colores y las primeras estrellas aparecían detrás de
los árboles.
Rosa conocía bien aquella
represa. Desde niña había escuchado decir que, cuando había luna llena, el agua
guardaba las estrellas durante toda la noche. A ella le gustaba creerlo.
Se sentó bajo un algarrobo y se
quedó mirando. La represa estaba hermosa. La luna parecía descansar sobre el
agua y las estrellas se movían cada vez que una pequeña brisa pasaba sobre la
superficie. Por un momento, Rosa tuvo la sensación de que aquella agua estaba
viva.
Entonces recordó algo que su
abuelo le había dicho muchos años atrás: el agua también tiene sus penas. Nunca
había entendido aquellas palabras. Esa noche comenzó a hacerlo.
Mientras miraba la represa,
imaginó que aquel lugar debía sentirse prisionero. Tenía agua, pero no podía
correr. Tenía cielo, pero no podía alcanzarlo. Tenía estrellas, pero solo podía
verlas cuando se reflejaban sobre su superficie. Al amanecer, todo desaparecía
y la represa quedaba otra vez sola.
Los días pasaron y la sequía
comenzó a hacerse sentir. El calor endureció la tierra y los animales llegaban
cada vez más sedientos. Los hombres comenzaron a sacar agua con mayor
frecuencia. Cada cántaro que se llenaba dejaba la represa un poco más vacía.
Rosa empezó a preocuparse.
Una tarde llegó hasta la orilla y
vio que el nivel del agua había bajado mucho. Las marcas de humedad en la
tierra mostraban hasta dónde había llegado semanas atrás. Por primera vez
sintió que la represa podía morir.
Esa noche se quedó junto al agua
hasta después de la medianoche. Las estrellas volvieron a aparecer. La represa
las recibió en silencio, como lo había hecho tantas veces. Pero Rosa sintió que
había algo diferente. El agua parecía estar esperando.
De pronto, una tormenta se desató
sobre el monte. El viento agitó los árboles y la lluvia cayó con fuerza. El
agua comenzó a correr desde las lomas y entró en la represa. El nivel subió
rápidamente.
Rosa, que había buscado refugio
bajo el algarrobo, observó cómo el agua avanzaba. Entonces ocurrió algo que
nunca había visto. Por uno de los bordes, la represa comenzó a desbordarse. Una
pequeña corriente se abrió paso entre la tierra y empezó a avanzar hacia el
campo.
Rosa corrió detrás de ella.
El agua siguió bajando por una
pendiente, atravesó los pastos y desapareció entre los árboles. Por primera
vez, la represa estaba dejando escapar una parte de sí misma.
Rosa comprendió entonces lo que
su abuelo había querido decir. La pena de aquella agua no era solamente estar
quieta. Era tener dentro de sí el deseo de avanzar y no encontrar un camino.
A la mañana siguiente, la
tormenta había pasado. La represa volvía a estar tranquila. El cielo estaba
limpio y las primeras luces del día comenzaban a borrar las estrellas. Pero
algo había cambiado.
La pequeña corriente seguía allí.
Era apenas un hilo de agua, pero avanzaba lentamente hacia el monte.
Rosa la miró durante largo rato
antes de regresar a su casa.
Desde entonces, cada vez que
llegaba la noche, volvía a la represa. Se sentaba bajo el algarrobo y miraba
las estrellas reflejadas en el agua.
La represa seguía siendo una
represa. Seguía quieta, seguía entregando su agua y seguía viendo desaparecer
las estrellas cada mañana. Pero ya no parecía tan triste.
Había descubierto que, incluso
dentro de sus límites, podía encontrar una salida.
Y mientras aquella pequeña
corriente siguiera avanzando entre los pastos, una parte de ella también
estaría viajando.
Tal vez esa era su forma de ser
libre.
