«La Telesita» es una chacarera recopilada por don Andrés Chazarreta a principios del siglo XX, con letra de Agustín Carabajal. Con esa misma música se conoce otra versión con letra de Abel Mónico Saravia - de una poesía muy sugestiva - grabada por Jorge Cafrune.
Uno de los primeros registros de
la tragedia que sufrió Telésfora (o como se haya llamado) fue publicado el 8 de
enero de 1907 en El Liberal. Las antropólogas María de Hoyo y Laura
Migale han recogido versiones orales; ellas afirman que se trató de Teresita
del Barco o Telésfora Santillán, una mujer de muy buena posición económica que
vivió en la estancia «La Aurora», en las sierras de Guasayán.
Otras fuentes afirman que se
llamaba Telésfora Castillo, «Telesita» (la versión más popular). Ninguna
asevera con pruebas fehacientes cuál era su verdadero nombre, cómo murió ni a
qué zona perteneció. Félix Coluccio, folclorólogo, publicó que nació en Tolojona,
departamento Moreno.
La leyenda popular sostiene que
era una niña linda que usaba un vestido rasgado; atrapada por la música, se
hacía presente en los fogones y bailaba descalza sin parar. Otros afirman que
era rubia, de ojos azules, y actuaba como una loca desmedida por el baile.
También existen versiones de que una noche, por el frío, se arrimó a una fogata
para calentarse y un jirón de su vestido se prendió fuego; luego las llamas
tomaron toda su ropa y el cuerpo de la niña ardió hasta morir calcinada.
Así nació la leyenda de La
Telesita, a quien el pueblo venera y que inspiró a muchísimos artistas
musicales, escritores, poetas, artistas plásticos, dramaturgos, etc.
El pueblo santiagueño la venera
en «las telesiadas», una ceremonia en la cual se juntan los vecinos para pedir
el hallazgo de un animal u objeto extraviado, o para clamar por lluvias en
tiempos de sequía.
El ritual practicado en el
Santiago profundo consiste en verdaderos «rezabailes» en los cuales se consume
abundante alcohol (vino, aloja, caña), se bailan siete chacareras, se beben
siete vasos de alcohol y se prenden siete velas. Cuando estas se consumen
(«...hasta que las velas no ardan...», dice una chacarera), comienza la
algarabía: comidas, bebidas, bombo, guitarra y violín invaden el lugar con
chacareras, gatos y escondidos, todo acompañado por el humo y la detonación de
gruesas de cohetes. Se baila y se bebe desenfrenadamente, cambiando de pareja,
hasta quedar exhaustos. Al final, se quema un muñeco que representa a La
Telesita.
LA TELESITA (A. Chazarreta / A.
Carabajal)
Telesita la manga mota,
tus ropitas están rotas;
por la costa del Salado
tus pasos van extraviados.
No preguntes por tu amor
porque nunca lo hallarás;
un consuelo a tu dolor
en el baile buscarás.
Por esos campos de Dios
se lleva tu corazón,
sin saber que tu danzar
es tan solo una ilusión.
Con un bombo soñador,
un violín sentimental
y un cieguito al encordao,
el baile va a comenzar.
Así te verán bailando,
loca en cada amanecer,
como metida la danza
muy adentro de tu ser.
¡Ay, Telésfora Castillo!
Tus ojos no tienen brillo:
lo han perdido por el monte
o buscando el horizonte.
Rezabaile del querer,
con su música llamó;
pies desnudos bajo el sol,
la Telesita llegó.
Tu esperanza se perdió,
dele bailar y bailar;
llevas en tu pecho un dolor,
pero no sabes llorar.
Pobre niña que un fogón
tu cuerpito calcinó,
y en la noche de los tiempos
todo el pueblo te lloró.
Y así te verán bailando,
loca en cada amanecer,
como metida la danza
muy adentro de tu ser.
LA TELESITA (A. M. Saravia / A.
Chazarreta)
He venido, Telesita,
como aquel que no hace nada,
a dejarte el corazón
y llevarme tu mirada.
Aquí me tienes, viditay,
deshecho por tus amores;
mi corazón padeciendo
pena de todos colores.
Aunque encerrada te tengo,
mezcla de canto y arena,
si el amor es como el mío
sabrás borrar las barreras.
Yo te he de querer, viditay,
aunque todos se me opongan;
soy un gavilán constante
cuando silba una paloma.
De vicio te estoy mirando,
cara a cara y frente a frente,
y no te puedo decir
lo que mi corazón siente.
Telesita, Telesita,
la dueña de mis amores,
no permitas que me acabe
sin gozar de tus favores.
Yo sé que andas queriendo
aunque no me digas nada:
lo que no dicen tus labios
me lo dicen tus miradas.
Si me quieres, no me apagues;
déjame seguir quemando,
siempre que sean tus amores
los que me estén encendiendo.
Ahí tienes mi corazón,
dale muerte si tú quieres;
pero como estás adentro,
si lo matas también mueres.
Mucho me temo, viditay,
no complacer tus deseos:
si mi corazón se calla,
los dos juntos moriremos.
Al cajón en que me entierren
que no lo claven con clavos;
clávalo vos, Telesita,
con los besos de tus labios.
(Del libro inédito: HISTORIA DEL
CANCIONERO FOLCLÓRICO SANTIAGUEÑO, de Omar «Sapo» Estanciero)

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