La leyenda del Tero
Eran dos hermanos que se
daban la gran vida gracias a la fortuna que les había dejado su padre, un
hombre que hizo dinero trabajando en el campo y con muy buenos negocios.
Cuando el padre enfermó y
murió, los hermanos esperaron a que pasara el tiempo de luto, tomaron posesión
de la herencia y se dedicaron a disfrutarla. Al poco tiempo se llenaron de
amigos de ocasión y los gastos se dispararon.
Para sostener ese ritmo
de vida desmedido tuvieron que empezar a vender sus bienes, hasta que perdieron
la última propiedad que les quedaba. Cuando se dieron cuenta de la pobreza en
la que habían caído, los invadió la desesperación. Como no le encontraban
salida a la miseria, se fueron al campo a esconderse. A salvo de las miradas
ajenas, se pusieron a llorar sin consuelo hasta que se quedaron dormidos.
Al despertar, ya no eran
humanos: se habían transformado en aves pequeñas. Conservaban la elegancia de
su época de riqueza en la corbata y la pechera de la camisa, y Dios les dejó el
copete en la cabeza como marca de su antiguo rango. Sin embargo, en señal de
arrepentimiento, les quedó un círculo rojo alrededor de los ojos: la marca
indeleble de tanto llorar por su mal comportamiento.
La
leyenda del Crespín
En los campos inmensos
vivía un matrimonio joven: Chochue Crespín y su esposa Corí. Eran muy felices
con la vida rural y sus tareas diarias. Ella se encargaba de la casa y él salía
temprano a trabajar la tierra a caballo, acompañado por su perro fiel.
Un día pasó por ahí el
diablo y, al notar que la mujer era manipulable, usó sus mañas para engañarla.
Le prometió una casa enorme con todas las comodidades, donde viviría rodeada de
lujos, sin obligaciones y con sirvientes a su disposición.
Impresionada por
semejantes promesas, Corí sintió que su humilde rancho le quedaba chico.
Abandonó su casa y siguió al hombre adinerado durante varios días. Una vez que
la hubo alejado a muchísimos kilómetros de su hogar, el diablo dio por cumplido
su objetivo y la dejó tirada en medio del campo.
Después de llorar
amargamente, la mujer recuperó la razón y quiso volver a su rancho, donde
siendo pobre había sido muy feliz junto a su marido. Pero el impacto fue enorme
al llegar y descubrir que su esposo, desesperado por el abandono, se había ido
dejando todo atrás.
Angustiada, quiso
recuperar la felicidad perdida. Como el hombre al que tanto amaba ya no estaba,
empezó a llamarlo a gritos: ¡Crespín!... ¡Crespín!.
La desesperación fue
transformando su voz en un lamento desgarrador que recorría la inmensidad del campo.
Siguió llamándolo sin parar hasta que se convirtió en un pajarillo. Hoy en día
todavía se la escucha gritar, esperando el regreso de ese marido que trató tan
injustamente.
La leyenda del Toro Yacu
En el departamento Río
Hondo, sobre la margen derecha del río Dulce y en la zona de las tierras
movedizas, dos terratenientes dedicados a la ganadería notaron algo raro: las
vacas que le habían comprado a un forastero se multiplicaban a un ritmo
insólito. Al investigar, descubrieron que el responsable era un toro de astas
doradas que aparecía en las noches de luna llena en una aguada, a la que
llamaron "Toro Yacu" (aguada del toro). El animal fantástico atraía a
las vacas y se apareaba con ellas, pero la carne de sus crías resultaba fea al
paladar.
Un día, un criollo de la
zona se propuso enlazar al toro. Justo ese mismo día apareció de nuevo el
misterioso forastero que había vendido las vacas y apostó a viva voz que nadie
era capaz de enlazar a semejante animal. El criollo aceptó el desafío. Esperó a
que hubiera luna llena y fue hasta la aguada.
Después de varios
intentos, logró enlazar al toro y arrastrarlo hasta la orilla. Pero el animal
cortó el lazo de un tironazo y huyó, llevándose detrás a toda la hacienda del
lugar. En la corrida clavo sus astas en el tronco de un tala, de donde brotó un
chorro de agua que bebió antes de seguir escapando.
Después de eso lo vieron
solo un par de veces más hasta que desapareció por completo, llevándose a las
vacas mestizas y a todos sus descendientes.
La gente del lugar dice
que ese toro era la encarnación del mal y que el forastero que vendió las vacas
y desafió al criollo era el mismísimo diablo. Al final, el bien logró ahuyentar
al mal. El toro no volvió a aparecer y solo quedó la leyenda, ya que con el tiempo
las aguadas de la zona se fueron secando misteriosamente.
La
leyenda del Kakuy
En lo profundo del bosque
vivían dos hermanos solos. Él le tenía un afecto tan grande a su hermana que
jamás se vio un cariño fraterno igual. No le hacía faltar nada: le traía las
mejores frutas, las flores más perfumadas, la miel más rica y la mejor carne de
los animales del monte y del río. Ella, en cambio, lo trataba con una crueldad
constante.
Cansado de soportar ese
maltrato, un día el hermano la invitó a buscar miel, diciéndole que había
encontrado una colmena llena en la copa de un árbol gigantesco. Movida por la
gula, la chica lo acompañó. Se tapó la cabeza con una manta para protegerse de
los insectos y empezó a trepar con la ayuda de una soga larga.
Cuando llegó a lo alto,
el hermano empezó a cortar desde abajo todas las ramas del árbol y, al
terminar, se fue. La muchacha quedó atrapada en la copa. Al ver que el hermano
no volvía, lo llamó una y otra vez, pero solo le respondía el eco lejano.
Pronto cayó la noche. Aterrada,
se agarraba con fuerza de las ramas para no caerse. El espasmo de tantas horas
de agonía le fue deformando los dedos hasta convertírselos en garras curvas con
uñas afiladas. Y cuando la desesperación por bajar fue máxima, abrió los brazos
y, convertida en pájaro, salió volando.




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