sábado, 1 de agosto de 2026

Las cuatro leyendas: El origen del Tero, el Crespín, el Toro Yacu y el Kakuy

La leyenda del Tero



Eran dos hermanos que se daban la gran vida gracias a la fortuna que les había dejado su padre, un hombre que hizo dinero trabajando en el campo y con muy buenos negocios.

Cuando el padre enfermó y murió, los hermanos esperaron a que pasara el tiempo de luto, tomaron posesión de la herencia y se dedicaron a disfrutarla. Al poco tiempo se llenaron de amigos de ocasión y los gastos se dispararon.

Para sostener ese ritmo de vida desmedido tuvieron que empezar a vender sus bienes, hasta que perdieron la última propiedad que les quedaba. Cuando se dieron cuenta de la pobreza en la que habían caído, los invadió la desesperación. Como no le encontraban salida a la miseria, se fueron al campo a esconderse. A salvo de las miradas ajenas, se pusieron a llorar sin consuelo hasta que se quedaron dormidos.

Al despertar, ya no eran humanos: se habían transformado en aves pequeñas. Conservaban la elegancia de su época de riqueza en la corbata y la pechera de la camisa, y Dios les dejó el copete en la cabeza como marca de su antiguo rango. Sin embargo, en señal de arrepentimiento, les quedó un círculo rojo alrededor de los ojos: la marca indeleble de tanto llorar por su mal comportamiento.

La leyenda del Crespín



En los campos inmensos vivía un matrimonio joven: Chochue Crespín y su esposa Corí. Eran muy felices con la vida rural y sus tareas diarias. Ella se encargaba de la casa y él salía temprano a trabajar la tierra a caballo, acompañado por su perro fiel.

Un día pasó por ahí el diablo y, al notar que la mujer era manipulable, usó sus mañas para engañarla. Le prometió una casa enorme con todas las comodidades, donde viviría rodeada de lujos, sin obligaciones y con sirvientes a su disposición.

Impresionada por semejantes promesas, Corí sintió que su humilde rancho le quedaba chico. Abandonó su casa y siguió al hombre adinerado durante varios días. Una vez que la hubo alejado a muchísimos kilómetros de su hogar, el diablo dio por cumplido su objetivo y la dejó tirada en medio del campo.

Después de llorar amargamente, la mujer recuperó la razón y quiso volver a su rancho, donde siendo pobre había sido muy feliz junto a su marido. Pero el impacto fue enorme al llegar y descubrir que su esposo, desesperado por el abandono, se había ido dejando todo atrás.

Angustiada, quiso recuperar la felicidad perdida. Como el hombre al que tanto amaba ya no estaba, empezó a llamarlo a gritos: ¡Crespín!... ¡Crespín!.

La desesperación fue transformando su voz en un lamento desgarrador que recorría la inmensidad del campo. Siguió llamándolo sin parar hasta que se convirtió en un pajarillo. Hoy en día todavía se la escucha gritar, esperando el regreso de ese marido que trató tan injustamente.

La leyenda del Toro Yacu



En el departamento Río Hondo, sobre la margen derecha del río Dulce y en la zona de las tierras movedizas, dos terratenientes dedicados a la ganadería notaron algo raro: las vacas que le habían comprado a un forastero se multiplicaban a un ritmo insólito. Al investigar, descubrieron que el responsable era un toro de astas doradas que aparecía en las noches de luna llena en una aguada, a la que llamaron "Toro Yacu" (aguada del toro). El animal fantástico atraía a las vacas y se apareaba con ellas, pero la carne de sus crías resultaba fea al paladar.

Un día, un criollo de la zona se propuso enlazar al toro. Justo ese mismo día apareció de nuevo el misterioso forastero que había vendido las vacas y apostó a viva voz que nadie era capaz de enlazar a semejante animal. El criollo aceptó el desafío. Esperó a que hubiera luna llena y fue hasta la aguada.

Después de varios intentos, logró enlazar al toro y arrastrarlo hasta la orilla. Pero el animal cortó el lazo de un tironazo y huyó, llevándose detrás a toda la hacienda del lugar. En la corrida clavo sus astas en el tronco de un tala, de donde brotó un chorro de agua que bebió antes de seguir escapando.

Después de eso lo vieron solo un par de veces más hasta que desapareció por completo, llevándose a las vacas mestizas y a todos sus descendientes.

La gente del lugar dice que ese toro era la encarnación del mal y que el forastero que vendió las vacas y desafió al criollo era el mismísimo diablo. Al final, el bien logró ahuyentar al mal. El toro no volvió a aparecer y solo quedó la leyenda, ya que con el tiempo las aguadas de la zona se fueron secando misteriosamente.

La leyenda del Kakuy



En lo profundo del bosque vivían dos hermanos solos. Él le tenía un afecto tan grande a su hermana que jamás se vio un cariño fraterno igual. No le hacía faltar nada: le traía las mejores frutas, las flores más perfumadas, la miel más rica y la mejor carne de los animales del monte y del río. Ella, en cambio, lo trataba con una crueldad constante.

Cansado de soportar ese maltrato, un día el hermano la invitó a buscar miel, diciéndole que había encontrado una colmena llena en la copa de un árbol gigantesco. Movida por la gula, la chica lo acompañó. Se tapó la cabeza con una manta para protegerse de los insectos y empezó a trepar con la ayuda de una soga larga.

Cuando llegó a lo alto, el hermano empezó a cortar desde abajo todas las ramas del árbol y, al terminar, se fue. La muchacha quedó atrapada en la copa. Al ver que el hermano no volvía, lo llamó una y otra vez, pero solo le respondía el eco lejano.

Pronto cayó la noche. Aterrada, se agarraba con fuerza de las ramas para no caerse. El espasmo de tantas horas de agonía le fue deformando los dedos hasta convertírselos en garras curvas con uñas afiladas. Y cuando la desesperación por bajar fue máxima, abrió los brazos y, convertida en pájaro, salió volando.

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