Dos siglos de historia, identidad y memoria colectiva que convirtieron a la música popular en una de las expresiones culturales más representativas de la Argentina.
La
historia de un país también puede contarse a través de sus canciones
El 9 de julio de 1816
marcó el nacimiento político de la Argentina. En la histórica Casa de Tucumán,
los representantes de las Provincias Unidas declararon la independencia del
dominio español, dando inicio a una nueva etapa para el país. Sin embargo,
mientras los libros de historia suelen detenerse en los acontecimientos
políticos y militares, existe otra historia menos visible, aunque igualmente
profunda: la de la música que acompañó a generaciones enteras y terminó
convirtiéndose en uno de los pilares de la identidad nacional.
La música de raíz
folklórica no surgió de un día para otro. Es el resultado de siglos de
encuentros, mezclas culturales, migraciones, transformaciones sociales y
apropiaciones populares. Cada región fue aportando sus sonidos, sus ritmos y
sus formas de interpretar la realidad. Así, lo que comenzó como expresiones
locales terminó conformando un inmenso patrimonio cultural que aún hoy sigue
vigente.
Comprender la evolución
del folklore argentino implica recorrer más de doscientos años de historia.
Significa descubrir cómo las antiguas danzas coloniales dieron paso a géneros
profundamente argentinos; cómo la inmigración europea enriqueció el panorama
musical; cómo las migraciones internas acercaron las provincias a Buenos Aires
y cómo la radio, los festivales y los grandes intérpretes transformaron un
repertorio regional en un fenómeno nacional.
En esta nota de Leyendas
del Folclore Santiagueño proponemos un recorrido por ese largo camino,
apoyándonos principalmente en el trabajo del músico, compositor y profesor
Roberto Mercado, quien sintetizó dos siglos de evolución musical en su ensayo
Evolución de la música de raíz folklórica desde 1816 a la fecha.
Antes
de la Independencia: el origen de una identidad musical
Hablar de la música
folklórica argentina exige retroceder mucho antes de 1816. De hecho, sus raíces
se hunden en uno de los procesos históricos más complejos de América: la
conquista española.
Como explica Roberto
Mercado, la llegada de los conquistadores modificó profundamente las
manifestaciones culturales de los pueblos originarios. Gran parte de sus
expresiones musicales desaparecieron o fueron absorbidas bajo nuevas formas,
dando origen a un lento proceso de mestizaje cultural que terminaría definiendo
la identidad musical del territorio.
No
obstante, algunos géneros lograron sobrevivir al paso del tiempo.
Diversos investigadores consideran que la baguala y el huayno del Noroeste Argentino, junto con ciertos rituales musicales de comunidades mapuches y tehuelches en la Patagonia, conservan elementos anteriores a la colonización. Estas expresiones representan algunos de los vínculos más antiguos entre la música actual y las culturas originarias del continente.
Mercado propone
comprender la evolución musical argentina a partir de tres grandes procesos
históricos:
La colonización española,
entre los siglos XV y XVIII.
La inmigración europea,
aproximadamente entre 1850 y 1930.
La migración interna,
iniciada a comienzos del siglo XX y aún vigente.
Cada uno de estos
momentos dejó una huella profunda sobre el repertorio popular.
1816: cuando la patria
también empezó a cantarse
Mientras los congresales
firmaban la Independencia en Tucumán, el pueblo ya tenía sus propias canciones.
El reconocido musicólogo
Carlos Vega afirmaba que el gran canto popular de la Independencia fue el
Cielito, una composición que abandonó las pampas para acompañar a los ejércitos
patriotas y convertirse en símbolo del fervor revolucionario.
Según la célebre
descripción de Vega, el Cielito "vino de las pampas bonaerenses, ascendió
a los estrados, se incorporó a los ejércitos y difundió por Sudamérica su
enardecido grito rural".
Aquellas melodías no sólo
entretenían.
Cumplían una función
social.
Transmitían ideas.
Fortalecían el sentido de
pertenencia.
Celebraban victorias
militares.
Acompañaban reuniones
populares.
En una época donde la
comunicación era limitada, las canciones funcionaban como verdaderos vehículos
de identidad.
Pero
el Cielito no estaba solo.
En los salones de la
élite porteña también se bailaban el Cuando, el Pericón, el Minué, el Vals y el
llamado Minué Montonero o Federal, expresiones musicales que convivían con
otras provenientes del interior del país.
Mientras tanto, en el Noroeste Argentino florecían el huayno, el yaraví y el triste, géneros profundamente ligados a las tradiciones andinas que con el tiempo comenzarían a extenderse hacia otras regiones argentinas.
La
gran transformación del siglo XIX
Hacia mediados del siglo
XIX comenzó uno de los cambios culturales más importantes de la historia
argentina.
Miles de inmigrantes
europeos llegaron al país trayendo nuevas costumbres, instrumentos musicales,
danzas y formas literarias. Lejos de reemplazar las expresiones existentes,
muchas de ellas se fusionaron con las tradiciones criollas, dando origen a
nuevos estilos musicales.
Ese fenómeno fue conocido
posteriormente como un proceso de "folklorización".
Un elemento desempeñó un
papel decisivo en esa transformación: la guitarra.
Su popularización
permitió que las canciones viajaran con facilidad de pueblo en pueblo. Era un
instrumento económico, transportable y suficientemente versátil para acompañar
bailes, reuniones familiares, serenatas y celebraciones populares.
Gracias a ello, la música
dejó de pertenecer exclusivamente a determinados espacios sociales y comenzó a
difundirse ampliamente.
Carlos Vega señala que
alrededor de 1850 ya se habían arraigado numerosos géneros musicales, algunos
con enorme aceptación popular y otros restringidos a determinadas regiones.
Fue entonces cuando
comenzaron a consolidarse muchas de las especies musicales que hoy
identificamos inmediatamente con la cultura argentina.
La chacarera, el gato, la
zamba, el escondido, la firmeza, la media caña, el carnavalito, el bailecito,
el malambo, la vidala, la vidalita, el chamamé, la chamarrita, el estilo, la
cifra, la milonga y la chaya pasaron a integrar un inmenso repertorio que
continuaría creciendo durante las décadas siguientes.
Cada
región fue desarrollando una personalidad propia.
En Mendoza se
consolidaron la tonada, la cueca, el vals, el estilo, la resbalosa y el gato.
En la Patagonia, investigaciones posteriores realizadas por Hugo Giménez Agüero
y Marcelo Berbel rescataron expresiones como el loncomeo, el kaani, la
cordillerana y la chorrillera.
Esta extraordinaria
diversidad demuestra que el folklore argentino nunca fue una expresión
uniforme.
Por
el contrario, siempre estuvo formado por múltiples voces regionales.
La investigadora María
del Carmen Aguilar resumió esta riqueza afirmando que la Argentina posee áreas
musicales claramente diferenciadas: el Litoral, el Noroeste, Cuyo, la Región
Central, la Pampa y el Sur, cada una con características propias que enriquecen
el patrimonio cultural nacional.
Cuando
el folklore salió de las provincias
Durante buena parte del
siglo XIX la música folklórica permaneció circunscripta a ámbitos muy
específicos.
Se interpretaba en
ranchos, pulperías, fiestas populares y reuniones familiares. También
encontraba espacio en algunos salones, aunque su circulación seguía siendo
limitada y difícilmente alcanzaba a los grandes centros urbanos.
Buenos
Aires vivía fascinada por las modas europeas.
La ópera italiana, los
valses vieneses y otras expresiones del Viejo Continente ocupaban un lugar privilegiado
entre las clases acomodadas, relegando las manifestaciones criollas a un
segundo plano.
Sin embargo, lentamente
comenzó a gestarse un cambio profundo.
Ese cambio tendría un
protagonista inesperado: la literatura.
Carlos Vega sostuvo que
la publicación de Martín Fierro, de José Hernández, abrió un período decisivo
para el desarrollo del movimiento tradicionalista. Emilio Pedro Portorrico
destaca que, además de su extraordinaria calidad literaria, las campañas de
alfabetización y las ediciones económicas permitieron que la obra alcanzara una
difusión inédita, especialmente entre la población rural.
El personaje del gaucho
dejó de ser simplemente una figura del campo.
Se transformó en símbolo
nacional.
Y con él comenzaron a
revalorizarse también sus canciones, sus costumbres y su universo cultural.
Ese fue el terreno sobre
el que crecería, pocos años después, la gran expansión del folklore argentino.
Andrés
Chazarreta y el momento en que el folklore conquistó Buenos Aires
A comienzos del siglo XX,
la música de raíz folklórica ya había echado profundas raíces en las distintas
regiones del país. Sin embargo, todavía estaba lejos de ocupar un lugar central
dentro de la vida cultural argentina. Su presencia seguía siendo
predominantemente regional y su difusión dependía, en gran medida, de fiestas
patronales, reuniones familiares, celebraciones populares o pequeños
espectáculos organizados en cada provincia.
Todo cambiaría el 16 de
marzo de 1921.
Ese día, un maestro
santiagueño llamado Andrés Avelino Chazarreta llegó a Buenos Aires acompañado
por su Conjunto de Arte Nativo para presentar un espectáculo en el Teatro
Politeama. Lo que parecía una simple función artística terminó convirtiéndose
en un hecho histórico.
Numerosos investigadores
consideran aquella presentación como el verdadero punto de partida de la
difusión masiva del folklore argentino. Por primera vez, el público porteño
pudo conocer sobre un escenario profesional las danzas, las canciones y los
ritmos que desde hacía décadas formaban parte de la vida cotidiana del interior
del país.
No fue únicamente un
recital.
Fue un acto de
reivindicación cultural.
Chazarreta llevó a la
gran ciudad aquello que durante mucho tiempo había permanecido relegado al
ámbito rural o provincial. Su espectáculo despertó curiosidad, admiración y
también sorpresa. Para muchos espectadores porteños era la primera vez que
escuchaban una chacarera, un gato o una zamba interpretados por artistas que
respetaban las formas tradicionales de cada género.
El éxito de aquella
presentación abrió un camino que luego seguirían innumerables músicos y
bailarines provenientes de todas las regiones del país.
El
santiagueño que preservó una tradición
Hablar de la expansión
del folklore argentino implica detenerse en la figura de Andrés Chazarreta.
Nacido en Santiago del Estero, comprendió antes que muchos que las expresiones
populares necesitaban ser documentadas, enseñadas y difundidas para evitar su
desaparición.
Durante años recorrió
pueblos y parajes recopilando melodías, letras, danzas y costumbres. Ese
trabajo de investigación permitió conservar una enorme cantidad de obras que
hasta entonces sobrevivían únicamente gracias a la transmisión oral.
En una época en la que
todavía no existían grabaciones de fácil acceso ni archivos sonoros
organizados, esa tarea tuvo un valor incalculable.
Chazarreta entendía que
cada chacarera, cada escondido o cada gato encerraban mucho más que una simple
melodía. Eran testimonios vivos de la historia de un pueblo.
Su
aporte trascendió el escenario.
También impulsó la
enseñanza de las danzas tradicionales y contribuyó a que numerosas academias
comenzaran a incorporarlas dentro de sus programas de formación artística.
Con el tiempo, su nombre
quedaría asociado para siempre al nacimiento del movimiento folklórico moderno.
Para quienes siguen el
trabajo de difusión cultural que realiza Leyendas del Folclore Santiagueño,
resulta imposible no reconocer en Chazarreta a uno de los grandes guardianes de
la memoria musical argentina.
La radio cambió para siempre la historia del folklore
Mientras el espectáculo de
Chazarreta abría las puertas de Buenos Aires al folklore, otra revolución
comenzaba silenciosamente.
La tecnología.
La aparición de la radio
modificó de manera definitiva la forma en que los argentinos escuchaban música.
Hasta ese momento, la
posibilidad de conocer un artista dependía casi exclusivamente de asistir a una
presentación en vivo. Con la radio, las canciones comenzaron a viajar cientos
de kilómetros en apenas unos segundos.
Según cita Emilio Pedro
Portorrico, las primeras transmisiones radiales regulares comenzaron en 1920 y,
entre 1923 y 1929, se inauguró una importante cantidad de emisoras que sentaron
las bases del nuevo medio de comunicación. Junto con el disco y, en menor
medida, el cinematógrafo, la radio sería responsable de llevar la música
nacional a millones de hogares argentinos durante las décadas siguientes.
Por primera vez un cantor
de Santiago del Estero podía ser escuchado en Rosario.
Un conjunto correntino
podía emocionar a una familia mendocina.
Una vidala del Norte encontraba
oyentes en la Patagonia.
Las distancias comenzaban
a desaparecer.
El folklore dejaba de
pertenecer exclusivamente a una región.
Pasaba a convertirse en
patrimonio de todos.
El
disco y la construcción de una memoria sonora
La expansión de la
industria discográfica produjo otro cambio trascendental.
Antes de las grabaciones
comerciales, muchas composiciones desaparecían con el paso de las generaciones.
Las letras sufrían modificaciones, las melodías variaban según quien las interpretara
y no existía una versión considerada definitiva.
El disco permitió fijar
esas obras.
Los grandes intérpretes
comenzaron a dejar registros permanentes de su arte.
Gracias a ello, numerosas
composiciones llegaron intactas hasta nuestros días.
No sólo cambió la
difusión.
También cambió la forma
de aprender música.
Muchos guitarristas comenzaron a sacar canciones escuchando discos una y otra vez. Los cantores copiaban estilos interpretativos. Los conjuntos estudiaban arreglos instrumentales que antes sólo podían apreciarse durante una actuación en vivo.
La música empezaba a
viajar acompañada de una memoria sonora.
La
migración interna: cuando las provincias llevaron su música a la capital
Existe otro fenómeno
histórico que explica buena parte del crecimiento del folklore argentino.
La migración interna.
Durante gran parte del
siglo XX miles de familias abandonaron las provincias para instalarse en Buenos
Aires y otras grandes ciudades en busca de trabajo.
Con ellas viajaron
también sus costumbres.
Sus comidas.
Sus fiestas religiosas.
Y, naturalmente, sus
canciones.
Roberto Mercado destaca
que ese desplazamiento poblacional contribuyó notablemente a la difusión del
folklore. Los cantores provincianos encontraron en la capital un escenario
mucho más amplio para desarrollar sus carreras artísticas.
La nostalgia desempeñó un
papel decisivo.
Quienes habían dejado su
tierra necesitaban reencontrarse con aquello que les recordaba el lugar donde
habían nacido.
Una chacarera podía
devolver por unos minutos el perfume del monte santiagueño.
Una tonada mendocina
evocaba las viñas cuyanas.
Un chamamé hacía
reaparecer los paisajes del litoral.
Las canciones comenzaron
a cumplir una función emocional además de artística.
Se transformaron en un
puente entre el pasado y el presente.
Las
radios buscaban voces del interior
La expansión de las
emisoras produjo un fenómeno hasta entonces desconocido.
Las radios comenzaron a
contratar artistas de manera estable.
Cantores, guitarristas y conjuntos folklóricos encontraron nuevas oportunidades laborales gracias a la programación en vivo que caracterizaba a las primeras décadas de la radiodifusión.
Las audiciones musicales
se multiplicaban.
Cada emisora intentaba ofrecer
una programación más variada que la competencia.
Eso abrió las puertas a
músicos provenientes de todas las provincias.
Según señala Mercado, la
formación de elencos estables y el crecimiento constante de los programas
musicales favorecieron la aparición de nuevos artistas y consolidaron la
presencia del folklore dentro de la programación radial argentina.
Muchos nombres que luego
serían fundamentales comenzaron precisamente detrás de un micrófono.
La radio se convirtió en
una verdadera escuela.
Peñas
y centros tradicionalistas: el folklore encontró su casa
Mientras la radio
difundía las canciones, otro fenómeno fortalecía el movimiento folklórico.
El nacimiento de las
peñas.
Estos espacios reunían a
músicos profesionales, aficionados, bailarines y familias enteras alrededor de
la música popular.
No existía una separación
estricta entre artista y público.
Después de un recital era
habitual que cualquiera tomara una guitarra y continuara cantando hasta la
madrugada.
Las peñas se
transformaron en lugares de encuentro para quienes extrañaban su provincia.
También fueron espacios
donde nacieron amistades, conjuntos musicales e incluso composiciones que hoy
forman parte del repertorio tradicional.
Mercado destaca igualmente
la creación de centros tradicionalistas, instituciones que ayudaron a preservar
costumbres criollas, danzas, vestimentas y celebraciones populares, reforzando
el sentido de pertenencia de miles de argentinos radicados lejos de su lugar de
origen.
Gracias a esos espacios,
el folklore dejó de ser solamente un espectáculo.
Pasó a convertirse en una
experiencia compartida.
En un modo de mantener
vivas las raíces.
El
escenario estaba preparado para una revolución cultural
Al finalizar la década de
1950, todos los elementos necesarios para la gran explosión del folklore ya
estaban presentes.
Existía un público cada
vez más numeroso.
Las radios difundían
música nacional.
Las compañías
discográficas grababan nuevos artistas.
Las peñas reunían miles
de personas.
Los centros
tradicionalistas crecían en distintas ciudades.
Y una nueva generación de
jóvenes comenzaba a descubrir aquellas canciones que hablaban del paisaje
argentino, del trabajo rural, de los amores sencillos y de la vida cotidiana de
las provincias.
Lo que todavía nadie
imaginaba era que la década siguiente transformaría para siempre el lugar que
ocupaba el folklore dentro de la cultura nacional.
Los años sesenta estaban
a punto de convertir a la música de raíz folklórica en un fenómeno sin
precedentes, capaz de llenar festivales, vender miles de discos y conquistar a
una juventud que encontraría en esas canciones una nueva forma de expresar su
identidad.
La
década de 1960: cuando el folklore conquistó definitivamente a la Argentina
Si la llegada de Andrés
Chazarreta a Buenos Aires abrió las puertas para que la música de raíz
folklórica alcanzara una mayor difusión, la década de 1960 terminó de
convertirla en un verdadero fenómeno social. Fue un período irrepetible en la
historia cultural del país, una etapa en la que el folklore dejó de ser visto
como una expresión reservada al ámbito rural o a determinadas provincias para
transformarse en la banda sonora de millones de argentinos.
Las circunstancias
acompañaban ese crecimiento. La radio ya formaba parte de la vida cotidiana de
los hogares, la televisión comenzaba a consolidarse como medio de comunicación
masivo y la industria discográfica atravesaba un período de gran expansión. Los
artistas podían llegar a públicos cada vez más numerosos, mientras que los
festivales populares se multiplicaban a lo largo y ancho del país.
Fue en ese contexto
cuando nació lo que los investigadores denominan el "boom del
folklore", un fenómeno que modificó para siempre el panorama musical
argentino.
El escritor e
investigador Emilio Pedro Portorrico describe aquel momento con una imagen muy
elocuente. Según señala en su Diccionario Biográfico de la Música Argentina de
Raíz Folklórica, durante los años sesenta "la fiebre folklórica se apoderó
de la juventud", que colmaba los programas televisivos dedicados al género
y agotaba las existencias de guitarras en las casas de música.
Aquellas palabras
reflejan mucho más que un simple éxito comercial.
Hablan de una generación
que encontró en el folklore una forma de expresar su identidad.
Mientras en otras partes
del mundo surgían nuevos movimientos musicales asociados al rock o al pop, en
Argentina miles de jóvenes descubrían en la chacarera, la zamba, la cueca, la
tonada o el chamamé una manera diferente de conectarse con sus raíces.
Cosquín:
el escenario que cambió la historia
Si existe un
acontecimiento capaz de simbolizar aquella explosión cultural, ese fue el
nacimiento del Festival Nacional de Folklore de Cosquín.
En 1961 se realizó su
primera edición en la provincia de Córdoba. Lo que inicialmente parecía una
propuesta local superó todas las expectativas. La convocatoria fue tan
importante que al año siguiente el festival quedó institucionalizado, iniciando
una tradición que continúa vigente más de seis décadas después.
Cosquín no fue solamente
un festival.
Se convirtió en un
escenario consagratorio.
Cada verano, artistas de
todas las provincias llegaban con la esperanza de mostrar su talento frente a
un público cada vez más numeroso y exigente.
Muchos de los nombres más
importantes del folklore argentino encontraron allí el impulso definitivo para
sus carreras.
Las noches de la Plaza
Próspero Molina comenzaron a formar parte del calendario cultural del país.
Familias enteras viajaban cientos de kilómetros para asistir a las
presentaciones, mientras que las transmisiones radiales y televisivas permitían
que millones de personas siguieran el festival desde sus hogares.
La experiencia de Cosquín
también sirvió de inspiración para otras localidades argentinas.
Como señala Portorrico,
el modelo fue imitado "a lo largo y ancho del país", dando origen a
numerosos festivales que todavía hoy forman parte del patrimonio cultural de
cada región.
El
nacimiento de una industria cultural
Hasta mediados del siglo
XX, la actividad folklórica dependía principalmente del esfuerzo de músicos,
investigadores y centros tradicionalistas.
Con el boom de los años
sesenta apareció un fenómeno completamente nuevo: la consolidación de una
verdadera industria de la música de raíz folklórica.
Las compañías
discográficas comenzaron a invertir en nuevos artistas.
Los festivales generaban
empleo para técnicos, productores y organizadores.
Las editoriales
publicaban cancioneros y libros especializados.
Las academias de danza
tradicional aumentaban cada año la cantidad de alumnos.
Las peñas se multiplicaban.
Los programas de radio y
televisión dedicaban cada vez más espacio al género.
Portorrico resume ese
proceso afirmando que durante aquellos años comenzó a gestarse una auténtica
industria vinculada a la música folklórica.
Ese crecimiento permitió
profesionalizar la actividad de numerosos artistas que hasta entonces
desarrollaban sus carreras con enormes dificultades.
También favoreció la
conservación de un patrimonio musical que de otro modo probablemente se habría
perdido.
El
folklore como símbolo de identidad nacional
Una de las consecuencias
más importantes de aquella expansión fue el fortalecimiento del sentido de
pertenencia cultural.
La música de raíz
folklórica dejó de representar únicamente a determinadas provincias.
Comenzó a ser reconocida
como una expresión de toda la Argentina.
Cada región conservó sus
características propias.
El chamamé siguió
identificando al Litoral.
La chacarera continuó
siendo el emblema de Santiago del Estero.
La cueca permaneció
profundamente ligada a Cuyo.
La baguala mantuvo su
fuerza ancestral en el Noroeste.
Sin embargo, todas esas
expresiones empezaron a ser valoradas como partes de un mismo patrimonio
nacional.
En otras palabras, el
folklore logró algo extraordinario.
Unió la diversidad sin
borrar las diferencias.
Cada género conservó su
identidad regional mientras contribuía a construir una identidad colectiva
mucho más amplia.
Una
tradición que continúa viva
Más de dos siglos después
de la Declaración de la Independencia, la música de raíz folklórica continúa formando
parte de la vida cotidiana de millones de argentinos.
Es cierto que, como toda
manifestación cultural, ha atravesado distintas etapas.
Hubo momentos de enorme
popularidad y otros de menor presencia en los medios de comunicación.
También aparecieron nuevas formas de interpretar los ritmos tradicionales, incorporando influencias del rock, el jazz, la música latinoamericana e incluso de sonidos electrónicos.
Pero la esencia
permanece.
Las peñas continúan
reuniendo generaciones enteras.
Los festivales convocan
cada verano a miles de personas.
Las academias siguen
enseñando danzas tradicionales.
Los jóvenes descubren
compositores históricos mientras nuevos artistas aportan miradas
contemporáneas.
Lejos de convertirse en
una pieza de museo, el folklore continúa evolucionando.
Y esa capacidad de
transformarse explica buena parte de su permanencia.
Santiago
del Estero y su aporte indispensable
Hablar del desarrollo del
folklore argentino implica reconocer el papel fundamental desempeñado por
Santiago del Estero.
No solamente por haber
dado origen a uno de los géneros más representativos del país, la chacarera,
sino también por la enorme cantidad de músicos, compositores e investigadores
que dedicaron su vida a preservar ese legado.
La obra de Andrés
Chazarreta marcó un antes y un después.
Décadas más tarde,
numerosos artistas santiagueños continuarían proyectando esa herencia hacia
todo el país y el mundo.
Ese patrimonio cultural
sigue inspirando investigaciones, publicaciones y espacios de divulgación como
Leyendas del Folclore Santiagueño, cuyo objetivo consiste precisamente en
recuperar las historias, personajes y tradiciones que dieron forma a la
identidad musical del norte argentino.
Conocer ese pasado no
significa mirar únicamente hacia atrás.
También implica
comprender de dónde provienen muchas de las expresiones culturales que siguen
emocionando a las nuevas generaciones.
Doscientos
años de música que cuentan la historia de un país
La evolución de la música
de raíz folklórica demuestra que la historia de una nación puede narrarse
también a través de sus canciones.
Cada etapa dejó una
huella.
La conquista introdujo
nuevas influencias que terminaron mezclándose con las tradiciones indígenas.
La Independencia encontró en el Cielito una voz para acompañar el nacimiento de la patria.
La inmigración europea
enriqueció el panorama musical con nuevos aportes.
Las migraciones internas
acercaron las provincias a las grandes ciudades.
La radio y el disco
permitieron que las canciones atravesaran fronteras.
Los festivales
consolidaron una identidad compartida.
Y el boom de los años
sesenta terminó de instalar al folklore como uno de los símbolos más
representativos de la cultura argentina.
Como concluye Roberto
Mercado, durante estos doscientos años el folklore "se gestó, desarrolló,
arraigó y se instaló definitivamente en el ser nacional". No se trata
únicamente de un conjunto de géneros musicales. Es la memoria sonora de un
pueblo, el eco de sus paisajes, la voz de sus comunidades y una parte
inseparable de la identidad cultural argentina.
Hoy, cuando una chacarera
comienza a sonar en una peña, cuando una zamba reúne a una pareja en una pista
de baile o cuando un chamamé emociona a quienes viven lejos de su tierra, esa
larga historia vuelve a cobrar vida. Es la prueba de que el folklore no
pertenece solamente al pasado: sigue siendo un lenguaje vivo, capaz de unir
generaciones y de recordar que, antes que cualquier frontera o diferencia,
existe una cultura compartida que continúa escribiendo su propia historia.
Fuentes
Mercado, Roberto.
Evolución de la música de raíz folklórica desde 1816 a la fecha. Julio de 2016.
Vega, Carlos. Bailes
Tradicionales Argentinos. Editorial Julio Korn, 1959. Citado en el trabajo de
Roberto Mercado.
Berengan, Augusto. La
Canción Criolla Argentina. Editorial Ross, 2011. Citado en el trabajo de
Roberto Mercado.
Aguilar, María del
Carmen. Folklore para armar. Ediciones Culturales Argentinas, 1991. Citada en
el trabajo de Roberto Mercado.
Portorrico, Emilio Pedro.
Eso que llamamos Folklore. 2015. Citado en el trabajo de Roberto Mercado.
Portorrico, Emilio Pedro.
Diccionario Biográfico de la Música Argentina de Raíz Folklórica. Citado en el
trabajo de Roberto Mercado.

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