miércoles, 3 de diciembre de 2025

El poeta que resiste al olvido: La vida y la obra de Dalmiro Coronel Lugones

 Olvidado por las instituciones, pero sostenido por la memoria popular, Dalmiro Coronel Lugones se levanta como una de las voces más potentes de Santiago del Estero. Poeta épico, orador brillante, investigador del folclore y narrador de los dolores y bellezas del monte, su legado vuelve una y otra vez en zambas, romances y testimonios. Esta crónica recorre su vida, su obra y las huellas que dejó en quienes lo conocieron y lo leen todavía.

Por Jorge Galian



Un poeta que vuelve desde el fondo del monte

Hay poetas que viven en los libros, y hay otros que viven en la memoria de la gente. Dalmiro Coronel Lugones pertenece a esta segunda especie. Aunque su nombre no suene tan seguido en los actos oficiales ni figure en todos los manuales escolares, en Santiago del Estero su voz vuelve cada vez que alguien entona una zamba, recita un romance o nombra el monte con la misma ternura y el mismo dolor.

Su regreso más reciente se dio de una forma muy santiagueña: en una fiesta popular. El 21 de noviembre, durante la coronación pontificia de la Virgen de Sumampa, Patrona de los santiagueños, un joven cantor, Sergio Luna, subió al escenario del santuario con una responsabilidad enorme: estrenar la musicalización de un poema casi olvidado, “A la Virgen de Sumampa”, que Dalmiro había escrito en 1965.

La zamba sonó entre velas, promesas y emoción. Y algo pasó allí: no solo se homenajeó a la Virgen; también se rescató, desde la voz de un nuevo cantor, a uno de los grandes poetas de la provincia. Ese fue el punto de partida de una búsqueda que, como todo viaje a la memoria, empezó casi por casualidad y terminó abriendo puertas insospechadas.

Un viaje a La Banda: cuando el azar abre la puerta de una casa

La historia comienza con un llamado telefónico. En medio de una clase, el autor de esta investigación recibe la noticia: Sergio Luna había dejado su material discográfico en una casa de la ciudad de La Banda. El objetivo era simple: pasar a buscar esos discos. Pero, durante un tiempo, por una cosa u otra, el encuentro se postergó.

Hasta que un día, como si el destino hubiera decidido que ya era hora, el viaje se concretó. Camino a La Banda, la idea era recoger un par de discos; nada más. Sin embargo, al golpear la puerta de la dirección indicada, la sorpresa cambió el rumbo de la jornada: quien atendió fue un hombre mayor, de trato amable, que resultó ser el hermano menor de Dalmiro Coronel Lugones.

Se llamaba Cergio Coronel. Tenía 84 años, una memoria prodigiosa y un puñado de anécdotas que, de repente, transformaban esa visita en algo mucho más valioso que un simple trámite. En esa casa, sobre calle Alberdi, donde la familia Coronel había crecido, el poeta parecía seguir respirando entre fotos, papeles y recuerdos.

“Con mi hermano Dalmiro compartíamos la habitación —contó Cergio—, y era común que él se levantara a la madrugada a escribir en su maquinita algo que se le ocurriera a esa hora”. Esa imagen del poeta desvelado, golpeando teclas en plena noche, fue una de las primeras piezas de un rompecabezas que pronto se volvería fascinante.

Infancia en La Banda: un niño que ya veía poesía en el patio

Dalmiro Coronel Lugones nació en La Banda el 6 de julio de 1919. Era descendiente directo del coronel Lorenzo Lugones, héroe de la Independencia, y quinto de ocho hermanos. Creció en una casa típica bandeña, de esas con un patio grande, árboles frondosos y tierra que se levanta con cada paso. Ese paisaje doméstico, mezcla de familia numerosa y naturaleza generosa, fue su primera escuela.

A los 11 años ya escribía poesía. Sus primeros versos estuvieron dedicados a la patria y a su madre, doña Anselma de Coronel. En ellos aparecía un amor entrañable, casi reverencial, hacia esa figura materna que, con el tiempo, también se transformaría en personaje de las anécdotas familiares: sus almuerzos dominicales, congregando a la amplia familia Coronel para saborear sus famosas empanadas, son todavía recordados con nostalgia.

En esa casa, su padre, don José Pío Coronel, fue guía fundamental. Entre los valores familiares y ese contacto constante con el patio, los árboles y el cielo abierto, se fue modelando la mirada que años más tarde le permitiría describir como pocos el paisaje santiagueño. No es descabellado pensar que, en aquellas tardes de infancia, Dalmiro empezó a intuir que hombre y paisaje eran, en realidad, la misma cosa.

El hermano mayor, el amigo de todos, el orador

Más allá del poeta, quienes lo conocieron hablan primero de la persona. “Fue un muy buen hermano mayor —recuerda Cergio—, amaba la familia por sobre todas las cosas. La amistad también ocupaba un inmenso lugar en su personalidad. Su corazón estaba abierto a todo el mundo; tal vez eso lo pagó demasiado caro”.

Dalmiro fue también un notable orador. Estudió Derecho en la Universidad de Tucumán, carrera que dejó inconclusa, pero que le dio herramientas para moverse con soltura en el mundo de la palabra hablada. Sus conferencias en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires convocaban a aulas llenas de alumnos, interesados tanto en el contenido como en la manera en que lo decía.

Era, además, un lector voraz. “Se leyó gran parte de la literatura universal, en especial la europea —cuenta su hermano—. Sabía hablar francés, inglés, italiano, y estaba por terminar latín, pronto a viajar a Grecia”. Esa formación le permitió dialogar de igual a igual con tradiciones literarias lejanas, al mismo tiempo que anclaba su escritura en el paisaje y la cultura de Santiago del Estero.

En lo político, fue un militante activo del peronismo. Su compromiso con las causas populares y su participación pública le valieron persecuciones y allanamientos en su propia casa. Pero también reforzaron su convicción de que la poesía debía decir algo, incomodar, denunciar, sacudir conciencias.

El poeta épico del paisaje santiagueño

Si hay un consenso entre críticos, músicos y lectores, es éste: Dalmiro Coronel Lugones fue un poeta épico, un narrador de grandezas y dolores desde la voz de su pueblo. Su obra se centra en el paisaje santiagueño, pero lo trasciende. No se limita a describir; busca, más bien, revelar.

El poeta Adolfo “Bebe” Ponti lo define así:

 “Para Dalmiro Coronel Lugones hombre y paisaje son la misma cosa, un todo único y en ese todo está su registro poético, su tradición, su palabra hecha carne. Quizá ‘Romance de mis tardes amarillas’ sea el verdadero himno de Santiago del Estero porque está escrito, no desde la nostalgia, sino desde la presencia más enraizada y sublime.”

En sus versos aparecen el monte, el río, los salitrales, el canto de los pájaros, las supersticiones del bosque y los dolores cotidianos de los santiagueños: la pobreza, el desarraigo, la orfandad, el desencuentro. Pero nada está ahí de manera fría o paisajística; todo está cargado de una emotividad intensa, casi visceral.

El profesor Lucas Cosci, estudioso de su obra, propone una lectura que va más allá de la etiqueta de “poeta costumbrista”:

 “En una primera mirada es innegable, es una poesía costumbrista, paisajista. Pero se la puede ver, también, como una poesía simbolista. La mirada de Dalmiro Coronel Lugones va más allá de la intención descriptiva del paisaje. Los elementos del paisaje son utilizados por el poeta para bucear en el interior del santiagueño. Sus poesías están impregnadas de cierta emotividad muy visceral de los estados profundos de los santiagueños (la pobreza, la miseria, la orfandad, el desencuentro, la nostalgia por el desarraigo…). Por eso creo que no es solo una poesía paisajista ni descriptiva”.

En ese cruce entre paisaje y emoción se entiende mejor por qué su obra, aún con escasa difusión editorial, se mantuvo viva en el canto popular.

La poesía que nace de pisar la tierra

Dalmiro no escribía desde la comodidad de un escritorio distante. Sus poemas nacían de una experiencia directa con los lugares que nombraba. Su hermano lo recuerda con nitidez:

 “Dalmiro sabía sobre lo que escribía. Por ejemplo, para escribir ‘Romance del salitral’ se tomó un colectivo hasta las salinas y se quedó allí hasta que pasara el siguiente colectivo que lo trajera de vuelta a La Banda. Esa era su forma de componer. O la otra vez cuando se internó en el monte para escribir sobre él”.

Esa manera de trabajar, casi etnográfica, explica la potencia sensorial de sus poemas. No son postales idealizadas, sino registros vivos: el calor que sube desde el salitral, el zumbido de los coyuyos, la sombra larga del quebracho, el miedo antiguo que traen las leyendas del bosque.

Su afán de exactitud no implicaba frialdad, todo lo contrario. Dalmiro creía en una poesía comprometida con su tiempo y su realidad. Lo resumía en una frase que repetía como una especie de manifiesto:

 

“La poesía o el canto que no transmite 

un mensaje, no es canto, ni es poesía”.

 

“Romance de mis tardes amarillas”: un himno no oficial

Entre sus muchos textos, hay uno que se destaca por la recepción que tuvo entre músicos, lectores y críticos: “Romance de mis tardes amarillas”. Publicado en su libro “Romancero del canto nativo”, fue considerado por algunos como el auténtico himno de Santiago del Estero.

En ese poema se condensan varios de los temas centrales de su obra: el apego a la tierra, la nostalgia por el desarraigo, la belleza luminosa de las tardes santiagueñas, la melancolía de quien debe partir.

El profesor Lucas Cosci matiza, sin restarle valor:

 “Nunca la había pensado desde ahí. La verdad, no sé si expresa todo lo que los santiagueños podemos pensar de nosotros mismos, existe una cierta parcialidad en esa referencia a Santiago. Con respecto al apego a la tierra, muy trabajado por Orestes Di Lullo a nivel del discurso, Dalmiro tiene la capacidad de formularlo en imágenes poéticas muy bien logradas. Y como la cuestión del arraigo, el santiagueño tiene de sí mismo una mirada muy fuerte; allí sí podemos considerarla, bajo esta mirada, como un himno”.

Músicos como Raly Barrionuevo han llevado este romance a los escenarios, acercando los versos de Dalmiro a nuevas generaciones que quizás no lo hayan leído en papel, pero lo sienten vibrar en la guitarra.

Del papel al escenario: la poesía que se hace zamba

Parte del secreto de la vigencia de Dalmiro está en la música. Varios de sus poemas fueron musicalizados y entraron a formar parte del repertorio folclórico argentino. Entre ellos se cuentan:

 

* “Romance del río Dulce”
* “Romance de mis tardes amarillas”
* “Romance del bosque”
* “Romance del salitral”
* “A la Virgen de Sumampa”
 

Algunos fueron adaptados por grandes referentes del folclore santiagueño. Los Manseros Santiagueños, por ejemplo, musicalizaron una de sus coplas en la canción “Alegres enramadas”, mientras que Juan Carlos Carabajal y Horacio Banegas transformaron versos del “Romance del río Dulce” en una de las zambas más bellas del cancionero.

Carabajal cuenta cómo nació esa versión:

 “A mi audición ‘Santiago guitarra y copla’ solían llegar muchas cartas de los oyentes. Entre esas había una de una señora, que la verdad no recuerdo bien de dónde era, con versos ‘charquiaos’ del poema. Ella me los enviaba para que los leyera. Se me prendió la lamparita y empecé a juntar los versos que tenían sentido, para no perder la esencia de la poesía. Como es un poema muy largo es imposible musicalizarlo, entonces lo que hago es juntar, cortar y repetir:

La consagración popular: un libro que llenó un salón

Que Dalmiro fuera un poeta querido no es una construcción retrospectiva. Hay episodios concretos que hablan de la popularidad que tuvo en vida. Uno de ellos fue la presentación de su libro “Romancero del canto nativo” en la ciudad de La Banda, en el predio del Sirio Libanés.

Aquella noche, la convocatoria superó todas las expectativas. El público fue tan numeroso que muchos quedaron afuera del salón, escuchando desde la vereda, atentos a cada palabra del poeta. Para cualquier presentación de libro, y más aún en una provincia del interior, esa escena no era común. Decía algo del vínculo afectivo que Dalmiro había logrado construir con su comunidad.

El escritor y poeta César Cisneros de la Hoz lo recuerda como un personaje imponente:

 “La ‘afonilla’ de su voz no fue impedimento para atrapar a la platea, cuantas veces se encontraran frente al monstruo hierático de nuestra literatura. Su mirada de lince imponía respeto, refinado, fue la poesía misma, un elegido, casi un apóstol de la palabra”.

El romance como elección estética y política

En un tiempo donde muchos poetas experimentaban con formas modernas, Dalmiro eligió conscientemente un molde tradicional: el romance. Tomó ese viejo género narrativo de la tradición española e hispanoamericana —poemas en versos octosílabos, de rima asonante y carácter narrativo— y lo resignificó para hablar del Santiago del Estero contemporáneo.

Los romances, en la península ibérica, eran cantados por juglares que recorrían pueblos contando historias. Dalmiro, heredero de esas voces, encontró en ese ritmo antiguo una forma perfecta para nombrar su paisaje: el monte, el río Dulce, los salitrales, las leyendas del “sachayoj”, la “almita”, el “runa uturungo”, el “kakuy”.

Su “Romance del bosque”, por ejemplo, transforma la geografía en mito, en catedral “sin dios ni santos” donde el viento oficia una misa profana. Allí, la flora y la fauna conviven con personajes sobrenaturales del folclore santiagueño, en una atmósfera que oscila entre la belleza y el espanto.

Esa apuesta por lo popular no fue ingenua. Al elegir el romance, Dalmiro tendió un puente entre la alta literatura y la tradición oral, entre el libro y la canción, entre la escritura y la memoria colectiva. Fue, en el mejor sentido, un juglar contemporáneo.

Un legado inmenso, una edición mínima

Paradójicamente, la obra de Dalmiro Coronel Lugones es mucho más grande que lo que los lectores pueden encontrar en las librerías. Se calcula que dejó alrededor de 500 composiciones, pero solo una pequeña parte llegó a publicarse. Cerca de 450 textos permanecen inéditos o circulan en copias privadas y archivos familiares.

Entre lo que sí vio la luz se cuentan dos libros fundamentales:

* “Romancero del canto nativo” (1965), con prólogo del Dr. Orestes Di Lullo, donde reúne buena parte de su poesía paisajística y épica.

* “Tiempo de zamba y malambo” (1970), fruto de su investigación folclórica, en el que recorre ritmos y danzas de todo el país, con textos de gran riqueza literaria. Allí se destaca, entre otros, el poema “La chacarera”.

Su pluma también se volcó a otros géneros: escribió obras teatrales, numerosas leyendas, cuentos, relatos y guiones cinematográficos. Su libreto “Serafina y el destino del pueblo” obtuvo una Mención de Honor Especial del Instituto Nacional de Cinematografía en 1965. Años más tarde, ganó el Primer Premio en el Tercer Certamen para Guiones del NOA, organizado por el Departamento de Audiovisuales del Consejo de Difusión Cultural de Tucumán, con “La leyenda del Crespín”, en colaboración con Ricardo Dell’Aringa.

En el ámbito educativo, muchas escuelas adoptaron marchas e himnos escritos por él. Un ejemplo es la “Oda a la Escuela Normal”, compuesta en 1968, que fue utilizada por autoridades de distintas provincias.

Reconocimientos y consagración más allá de Santiago

Aunque hoy su nombre no tenga la difusión masiva de otros poetas argentinos, en su momento Dalmiro recibió importantes reconocimientos. Entre ellos:

* Primer premio del diario Clarín por su poema “Romance del canto nativo” (1960).

* Primer premio de la Agrupación Argentina de Poetas, en la Ciudad de Buenos Aires.

* Distinciones de varios países de América, que llegaron a considerarlo entre los mejores poetas latinoamericanos de su tiempo.

* Condecoración del Gobierno de España con la Gran Cruz de Caballero de la Orden de Isabel la Católica.

En su ciudad natal, La Banda, una calle y una escuela llevan su nombre. Gestos concretos de una comunidad que no se olvida de quien la retrató con tanta hondura.

El escritor santiagueño José H. Figueroa Aráoz destacó, además, su capacidad para abordar episodios de la historia argentina, especialmente de la campaña emancipadora y la organización nacional, con rigor y fuerza poética:

 Poetiza episodios de la campaña emancipadora con exacta ilustración de los acontecimientos acaecidos en esas remotas épocas y consigue transmitirnos la significación del colosal esfuerzo de un puñado de hombres que desconocían el medio. Dalmiro es un prosista excelente, es un auténtico poeta argentino”.

La otra cara de su épica: el monte que ya no está

Leer hoy los poemas de Dalmiro es, al mismo tiempo, un placer estético y una experiencia agridulce. Muchos de los paisajes que describe con precisión casi táctil ya no existen tal como él los vio. El avance de la frontera agropecuaria, la tala indiscriminada y la falta de políticas de preservación transformaron radicalmente el monte santiagueño.

En este punto, su obra dialoga con otros grandes pensadores y escritores de la región, como Orestes Di Lullo o Bernardo Canal Feijóo, que también alertaron, desde temprano, sobre la destrucción del bosque nativo. En textos como “El bosque sin leyenda”, Di Lullo advertía que el desmonte no solo arrasaba con árboles, sino también con historias, mitos, modos de vida.

Dalmiro, por su parte, deja constancia de un bosque vivo, pleno de presencias humanas y sobrenaturales, de oficios y temores, de leyendas que se transmitían en voz baja alrededor del fuego. Su “Romance del bosque” no inventa un escenario; retrata uno que existió y que, en buena medida, se ha desvanecido.

Volver a sus versos, entonces, no es solo un ejercicio literario. Es también una invitación a reflexionar sobre el modelo de desarrollo que arrasó con aquel “verde país milenario” y a preguntarnos qué tipo de mundo queremos dejar a quienes vienen detrás.

Un maestro generoso y un final trágico

Más allá del reconocimiento público, quienes se acercaron a Dalmiro como aprendices o colegas recuerdan su enorme generosidad. Se confesaba siempre un servidor de la poesía y, lejos de encerrarse en su prestigio, alentaba a los jóvenes, se ofrecía a leer sus textos, corregirlos, sugerir formas y contenidos.

César Cisneros de la Hoz lo define como un “apóstol de la palabra” y resalta su influencia en nuevas generaciones. Para muchos, fue una especie de maestro silencioso, presente más en los consejos y las lecturas compartidas que en las grandes tribunas.

Su muerte tuvo ribetes trágicos, un final que, lejos de apagar su figura, reforzó la idea de que los poetas, en realidad, no mueren:

Su trágico final resulta el abono más rotundo para demostrarnos que los poetas no mueren, simplemente perduran en el fuego de sus letras”, escribe Cisneros de la Hoz.

Hoy, cada vez que un cantor entona uno de sus romances, cada vez que un lector vuelve a “Romancero del canto nativo”, esa presencia se reactualiza.

El silencio impuesto y la resistencia cultural

A pesar de los premios, las ediciones y la repercusión en vida, gran parte de la obra de Dalmiro Coronel Lugones cayó, con el tiempo, en una suerte de silencio institucional. No fue el único: otros grandes nombres de la cultura santiagueña, como Orestes Di Lullo, Bernardo Canal Feijóo, Pablo Raúl Trullenque u Horacio Germinal Rava, también padecieron una difusión desigual en el circuito nacional.

¿Las razones? Se pueden ensayar varias hipótesis. Una de ellas es la centralización cultural de la Argentina, que suele dejar en segundo plano las producciones del interior profundo. Otra, más incómoda, tiene que ver con los temas que abordaban estos autores: la pobreza, el desarraigo, la destrucción de la naturaleza, la denuncia de desigualdades históricas.

Preguntarse por qué sus obras fueron “condenadas al silencio”, como se señala en esta investigación, es también preguntarse qué voces se eligen amplificar y cuáles se prefieren calladas. Y, en ese debate, la figura de Dalmiro se vuelve emblemática.

Lo cierto es que, más allá de olvidos y omisiones, la cultura popular santiagueña se encargó de sostener su memoria. Sus versos se filtraron en canciones, sus libros circularon de mano en mano, sus anécdotas sobrevivieron en charlas de sobremesa. Ese tejido silencioso de memoria colectiva fue, y es, su verdadera trinchera de resistencia.

Volver al monte para no perder la memoria

Al terminar este recorrido por la vida y obra de Dalmiro Coronel Lugones, queda una sensación clara: no estamos solo frente a un poeta talentoso, sino ante una voz imprescindible para entender la identidad santiagueña y, por extensión, una parte profunda de la identidad argentina.

Su poesía devuelve al lector un país que a veces los discursos oficiales prefieren omitir: el de los montes arrasados, los ríos que resisten, las familias que parten por necesidad, los pueblos que viven entre la devoción y el desencanto. Pero también un país de belleza intensa, de tardes amarillas que se graban para siempre en la retina, de historias que siguen de boca en boca.

Rescatar su obra no es un ejercicio nostálgico, sino un acto de futuro. En tiempos donde el extractivismo y la velocidad digital amenazan con borrar paisajes físicos y simbólicos, volver a los versos de Dalmiro es una forma de preguntarnos qué queremos preservar. Como advierten sus textos, no se trata solo de salvar árboles, sino de sostener lenguajes, memorias, sensibilidades.

Tal vez la mejor manera de honrarlo sea, justamente, hacer lo que él pedía de la poesía: transmitir un mensaje. Leerlo en las escuelas, cantarlo en las peñas, estudiarlo en las universidades, citarlo en debates sobre ambiente y cultura. Dejar que su voz, esa que se levantaba de madrugada en una máquina de escribir en La Banda, siga diciendo lo que tiene para decirnos.

Porque mientras en alguna parte se siga recitando un romance suyo, mientras alguien vuelva a mirar el atardecer santiagueño y lo nombre como “tarde amarilla”, Dalmiro Coronel Lugones no será un poeta del pasado, sino un compañero de viaje en este presente que todavía busca palabras para entenderse.

 

Fuentes consultadas

* Coronel Lugones, Dalmiro. “Romancero del canto nativo”. Archivo familiar de la familia Coronel Lugones.

* Di Lullo, Orestes. Prólogo a “Romancero del canto nativo”.

* Nasif, Alfonso. “Antología Poética Santiagueña”.

* Cisneros de la Hoz, César. “El Espíritu de Dalmiro Coronel Lugones perdurará en el paraíso de las letras”.

* Testimonios de Cergio Coronel (hermano de Dalmiro Coronel Lugones).

* Entrevistas y declaraciones de Adolfo “Bebe” Ponti, Lucas Cosci, Raly Barrionuevo, Juan Carlos Carabajal, Horacio Banegas y Sergio Luna, citadas en el dossier original.

* “El poeta que resiste al olvido…” por Jorge Galián, publicado en La Columna Digital. Disponible en:

 www.lacolumnadigital.com.ar

http://www.elortiba.org/foro/viewtopic.php?f=9&t=7350

Estas fuentes, combinadas con el archivo familiar y testimonios orales, permiten reconstruir la figura múltiple de un poeta que, contra todo olvido, sigue diciendo presente.


domingo, 30 de noviembre de 2025

El Mate: Un Rito Que Teje Historias y Desafía Mitos

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Imaginá el sonido del agua caliente al mojar la yerba, el calor del mate en las manos en una mañana fría, las risas que se tejen alrededor de una ronda. En cada cebada, late una historia que nos atraviesa. Hoy, 30 de noviembre, celebramos esa compañía fiel que nos une, nos nutre y guarda secretos que van más allá de lo que creemos.

 


Hay algo mágico en ese ritual que se repite en cocinas, plazas, oficinas y patios. Ese sonido del agua al caer sobre la yerba, el perfume herbal que se esparce, las manos que se extienden para recibir la calabaza. No es solo una infusión: es un abrazo en forma de bebida, un testigo de nuestros días. Y hoy, su día, nos invita a recordar de dónde viene, por qué se quedó con nosotros y qué verdades esconde detrás de su espuma.

¿Por qué el 30 de noviembre? La fecha no cayó del cielo. Tiene rostro y nombre: Andrés Guacurarí y Artigas, “Andresito”, un hombre de pueblo, caudillo y soñador, que nació un día como hoy en 1778. Él no solo peleó por la libertad de estas tierras; también abrazó la yerba mate como bandera, impulsando su cultivo y su comercio cuando la patria se estaba gestando entre fogones y luchas.

Pero si escarbamos un poco más, la historia del mate se hunde en la tierra roja y las selvas guaraníes. Para ellos, la yerba era sagrada, un regalo de los dioses que unía a la comunidad, que se compartía en ceremonias y hasta servía como moneda. Imaginate esos primeros mates, compartidos bajo árboles inmensos, con un cielo estrellado de fondo… Esa esencia de encuentro nunca se perdió.

El historiador Miguel Ángel De Marco lo dice con emoción: el mate es el único rito que sobrevivió intacto desde la época de la Independencia. Mientras el mundo cambiaba a toda velocidad, él siguió ahí, pasando de mano en mano, escuchando confesiones, animando silencios, acompañando sueños. Es como un hilo dorado que nos une a aquellos que, hace más de 200 años, también calentaron la pava para seguir creyendo.

Pero alrededor de algo tan querido, también nacen mitos. ¿Qué es cierto y qué no? Vamos a despejar dudas, pero sin fríos datos, con la calidez de quienes lo viven día a día:

* “El mate es solo compañía, no alimenta” → Mentira. La nutricionista Valeria Cerquetti nos cuenta que es como ese amigo que, sin hacer alarde, siempre aporta: tiene vitaminas, minerales y hasta cuida el corazón.

* “Sirve para adelgazar” → Ojalá, pero no. Aunque si lo tomás amargo, puede ser un aliado en una alimentación consciente.

* “Reemplaza el agua” → ¡Cuidado! Tomar mate es rico, pero no hidrata como el agua. Hacé lugar a ambos en tu día.

* “No lo tomes de noche” → Podés, no te quita el sueño. Aunque cada cuerpo es un mundo… Si a vos te desvela, mejor dale paso al tilo.

* “Da celulitis” → No, eso viene por otros caminos: la vida sedentaria, los genes, los hábitos.

* “Se puede tomar litros y litros” → Mejor no. Como todo en la vida, el exceso no es bueno. Escuchá a tu cuerpo.

* “Ayuda a ir al baño” → Sí, es verdad. Un efecto que más de uno agradece en silencio.

* “Es mejor amargo” → Sí, y tu cuerpo te lo va a agradecer. Si no te gusta tanto, probá con stevia, que es suave y natural.

* “Puede caer pesado” → En algunas personas, sí. Si sentís acidez, date un descanso. El mate no se enoja.

Estas preguntas, estos mitos, muestran cuánto nos importa. Porque el mate no es solo una infusión: es el cómplice de las charlas hasta tarde, el que nos espera en la mesa de estudio, el que nos recibe cuando llegamos cansados. Es memoria viva en cada sorbo.

Cierre reflexivo:

En un país que a veces mira hacia adelante sin voltear a ver de dónde viene, el mate sigue ahí, quieto y firme, recordándonos quiénes somos. No hace falta que hable: con su presencia basta. En su ronda caben historias de lucha, de amistades, de pueblos originarios, de revoluciones… y de nosotros, hoy, compartiendo lo que somos.

Porque el mate, al final, es eso: un puente. Un gesto que nos hermana. Una excusa para encontrarnos, para preguntar “¿hacemos unos mates?”, y saber que, en esa pregunta, ya estamos diciendo mucho más.

viernes, 28 de noviembre de 2025

Perito Moreno, mapas y cráneos: las sombras detrás del Día del Geógrafo en Argentina

Cada 22 de noviembre Argentina celebra el Día del Geógrafo/a en homenaje a Francisco Pascasio Moreno, el célebre “Perito Moreno”. Pero detrás del explorador que ayudó a trazar los mapas de la Patagonia, hay otra historia: la del coleccionista de cráneos, el director de un “museo del horror” y el científico que puso su saber al servicio de un proyecto colonial, racista y violento.

 


El 22 de noviembre se celebra en Argentina el Día del Geógrafo/a, fecha establecida en 1999 en recuerdo de la muerte de Francisco Pascasio Moreno, el famoso Perito Moreno. Según las efemérides educativas y asociaciones profesionales, la jornada busca homenajear a quienes estudian y piensan el territorio. Pero, ¿qué ocurre cuando el personaje elegido para encarnar ese símbolo está atravesado por una historia de violencia, racismo y deshumanización?

En tiempos de revisión crítica de los relatos nacionales, el nombre de Moreno aparece como un nudo incómodo. Fue explorador, geógrafo, fundador del Museo de Ciencias Naturales de La Plata y figura clave en la delimitación de la Patagonia argentina. También fue coleccionista de restos humanos, partícipe de la lógica de ocupación violenta sobre los pueblos originarios y protagonista de un capítulo oscuro en la historia de la ciencia.

El geógrafo que ayudó a dibujar la Patagonia

Francisco Pascasio Moreno es, para buena parte de la memoria escolar, el hombre que “puso la Patagonia en el mapa”. A fines del siglo XIX, cuando el Estado argentino buscaba consolidar su soberanía sobre el sur, sus expediciones aportaron datos, mapas y descripciones que resultaron fundamentales en los litigios fronterizos con Chile.

Según relatan las crónicas de la época y la propia tradición geográfica argentina, sus informes y relevamientos fueron decisivos para que el Estado reclamara esos territorios como propios. En este sentido, su legado científico forma parte de la identidad nacional: sin esos mapas, la Patagonia argentina tal como hoy la entendemos quizá sería distinta.

Pero ese impulso explorador no se reducía al trabajo de campo y a la aventura. Moreno fue también uno de los grandes impulsores de las instituciones científicas de su tiempo. Fundó y dirigió el Museo de Ciencias Naturales de La Plata con una idea clara: construir en la joven nación un centro de conocimiento moderno, con colecciones naturales, geológicas y antropológicas que la colocaran en el mapa científico mundial.

Quería un museo abierto al público, no reservado solo a especialistas. Apostaba a la educación científica como motor del progreso nacional. En sintonía con el optimismo positivista de la época, creía que la ciencia era la clave para “civilizar” el territorio y ordenar la sociedad.

Ciencia, Estado y “desierto”: un proyecto político

Nada de esto ocurrió en el vacío. A fines del siglo XIX, Argentina atravesaba un proceso de consolidación estatal y territorial. En los discursos de las élites, la Patagonia y los espacios habitados por pueblos originarios eran presentados como “desierto”, “vacío” o “no civilizados”. La ciencia, y especialmente la geografía, funcionaban como herramientas de legitimación: nombrar, medir y cartografiar eran actos de poder.

En ese contexto, la figura de Moreno encarna la alianza perfecta entre exploración científica y proyecto político. Sus expediciones no solo producían conocimiento: proporcionaban al Estado argentino mapas estratégicos, inventarios de recursos, descripciones de rutas y una mirada “técnica” que justificaba la ocupación de esos territorios.

Al mismo tiempo, su interés por la antropología se inscribía en la lógica dominante del momento: una antropología racialista, eurocéntrica, que clasificaba a los pueblos originarios como “razas inferiores” y los convertía en objeto de colección y estudio, más que en sujetos de derechos. La ciencia, lejos de ser neutral, se usó como justificación “moderna” para prácticas coloniales.

Detrás del prestigioso “Perito” se perfila así otro Moreno, menos exaltado en los manuales: el hombre que colaboró con una lógica de ocupación violenta, racista y colonial sobre los pueblos originarios de la región.

El coleccionista de cráneos

El costado más siniestro de este proyecto científico se ve en la obsesión de Moreno por coleccionar restos humanos. Su museo llegó a albergar cientos de cráneos y huesos de poblaciones originarias, cuidadosamente clasificados para sustentar teorías raciales que buscaban “probar” la superioridad del blanco civilizado.

La imagen, repetida en testimonios y reconstrucciones históricas, es brutal: una carretilla cargada de cráneos y huesos, transportados como si fueran objetos cualquiera. La participación de Moreno en la llamada Campaña al Desierto —operación militar de ocupación y sometimiento del territorio patagónico— estuvo, en parte, condicionada por ese objetivo: recolectar “piezas” humanas para el Museo de La Plata.

Lejos de ver a esas personas como sujetos plenos, las consideraba “representantes vivos de razas inferiores”, según el lenguaje evolucionista de la época. Bajo esa lógica, justificó el traslado forzoso de un grupo de doce indígenas al Museo de La Plata, entre ellos los caciques Foyel e Inacayal junto con su familia.

Allí, en lugar de encontrar refugio o respeto, fueron tratados como “piezas vivientes” de la colección. Vivían en un subsuelo, en condiciones infrahumanas, dormían en el piso y eran obligados a trabajar o exhibirse ante comisiones científicas y autoridades. Cuando llegaban visitantes distinguidos, los forzaban a posar desnudos y someterse a exámenes y mediciones.

En poco tiempo, varios integrantes del grupo murieron. Las causas quedaron envueltas en la opacidad: enfermedad, violencia, suicidio. No hubo una investigación seria. Por eso, muchos autores hablan de “muertes invisibilizadas”, producto de un sistema que nunca los reconoció como personas plenas.

Sam Slick, Inacayal y el “museo del horror”

El trato de Moreno hacia quienes decía estudiar no mejoraba ni siquiera después de la muerte. Su intérprete tehuelche, Sam Slick, falleció en circunstancias dudosas y fue enterrado en Rawson. Moreno viajó personalmente al cementerio, exhumó sus restos y los trasladó al Museo de La Plata, donde fueron exhibidos casi un siglo hasta su restitución a la comunidad.

Era una práctica habitual: los cuerpos no recibían un entierro digno, sino que eran fragmentados, desarticulados, convertidos en piezas de laboratorio para alimentar un relato científico que buscaba demostrar la supuesta “supremacía del blanco civilizado”.

Con el tiempo, las comunidades indígenas y sectores de la sociedad civil comenzaron a reclamar justicia y reparación. Las restituciones de restos humanos —entre ellas las de Sam Slick y del propio cacique Inacayal— se convirtieron en gestos simbólicos potentes. Son actos que no deshacen el daño, pero marcan un cambio de época: el reconocimiento de que ese museo, alguna vez emblema del progreso, funcionó también como un auténtico “museo del horror”.

La muerte de Inacayal, relatada por el explorador Clemente Onelli, condensa la dimensión trágica de toda esta historia. Onelli cuenta que, una tarde, el cacique apareció en lo alto de la escalinata del museo, se arrancó la ropa del “invasor de su patria”, levantó los brazos hacia el sol poniente y hacia el sur, pronunció palabras en su lengua y, pocas horas después, murió. Para Onelli, tal vez lo hizo “contento” de poder despedirse del sol de su tierra. El contraste es brutal: un último gesto de dignidad en un edificio que lo había reducido a objeto.

Cierre reflexivo

Desde 1999, el 22 de noviembre es el Día del Geógrafo/a en Argentina en memoria de Francisco Pascasio Moreno. Pero cada año, junto con los homenajes, reaparece la misma pregunta incómoda: ¿podemos celebrar su legado científico sin mirar de frente su rostro colonial?

La geografía como disciplina hace tiempo viene revisando sus propios fundamentos. Ya no es solo el arte de hacer mapas, sino también una herramienta crítica para entender quién tiene poder para nombrar el territorio, quién queda fuera de los mapas y qué historias se silencian en nombre del progreso.

Tal vez, el problema no sea recordar a Moreno, sino cómo lo hacemos. Convertirlo en figura intocable, solo como héroe de la Patagonia y padre de la geografía argentina, implica borrar a quienes fueron convertidos en cráneos, números de inventario o “piezas vivientes” en un museo. Reconocerlo, en cambio, como un personaje complejo —brillante y terrible a la vez— abre la puerta a una memoria más honesta.

El Día del Geógrafo/a podría ser, entonces, una oportunidad para algo más que una efeméride corporativa: un momento para revisar críticamente el vínculo entre ciencia, Estado y violencia; para escuchar las voces de los pueblos originarios; para cuestionar los relatos que llaman “desierto” a territorios habitados.

Honrar la geografía hoy tal vez implique, precisamente, no mirar para otro lado. Nombrar las sombras de Moreno no borra sus mapas, pero sí nos obliga a preguntarnos qué territorios, qué cuerpos y qué vidas quedaron fuera del encuadre.

En esa pregunta incómoda —más que en la repetición acrítica de una efeméride— se juega, quizá, la posibilidad de construir una geografía distinta: una que no mida su grandeza por la cantidad de cráneos en sus vitrinas, sino por la capacidad de reconocer, con justicia y respeto, a todos los que habitan el mapa.

Fuentes mencionadas:

* Efemérides argentinas y calendarios educativos sobre el Día del Geógrafo/a (22 de noviembre).

* Relato de Clemente Onelli sobre la muerte del cacique Inacayal.

* Investigaciones históricas y críticas sobre el Museo de La Plata y las prácticas científicas de fines del siglo XIX en Argentina.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

La Estación Los Naranjos: El Silencio en las Vías del Recuerdo

Estación Los Naranjos, hoy desaparecida.



La estación Los Naranjos: donde el tren unía vidas

Hubo un tiempo en que, en el barrio bandeño de Los Naranjos, el corazón del día no lo marcaba un reloj, sino el silbato de un tren. Allí estaba la estación Los Naranjos, hoy desaparecida, pero viva todavía en la memoria de quienes crecieron con el paisaje de los rieles y el humo de la leña.

Esta pequeña estación fue, durante décadas, un punto de paso obligado para quienes viajaban desde Clodomira hacia Santiago del Estero capital. Más que un andén y un galpón, fue un portal: por allí se iba al trabajo, al estudio, a las fiestas familiares, a los reencuentros largamente esperados.

Un nombre nacido de la tierra y las familias

El nombre “Los Naranjos” no salió de una oficina, sino del propio suelo. En las fincas de la zona abundaban los naranjos, pertenecientes a familias conocidas como los Ovejero y los Espeche. Esos árboles, cargados de frutos y de sombra, perfumaban el aire y terminaron dando nombre al lugar.

Años después, el Estado simplemente tomó nota de lo que el barrio ya sabía. El 2 de diciembre de 1931, el presidente de facto José F. Uriburu firmó un decreto que cambiaba la denominación de varias estaciones del Ferrocarril Central Norte (más tarde Ferrocarril General Belgrano). En ese papel frío, la “estación kilómetro 658” pasó a llamarse oficialmente Los Naranjos. Pero para la gente, ya lo era desde antes.

Puentes, cambios de vía y un barrio que se transformaba

La historia de Los Naranjos está ligada a otro símbolo de la región: el Puente Carretero. Cuando fue inaugurado, en febrero de 1927, comenzó a funcionar una nueva línea del Belgrano que unía la capital con Clodomira. Eso implicó un cambio silencioso pero profundo:

La vieja estación del barrio Villa Juana, inaugurada en 1906 y perteneciente al ramal C7 del antiguo Ferrocarril Belgrano, fue quedando atrás. El protagonismo pasó a la estación Los Naranjos, que se convirtió en el nuevo punto de encuentro ferroviario para los vecinos de la zona.

En torno a ella no solo había andenes y apeaderos. Muy cerca se estableció un intercambio con la trocha ancha, un punto clave donde se articulaban distintos anchos de vía, y más tarde se levantó allí un gran taller de Vías y Obras de Ferrocarriles Argentinos. Ese taller fue, durante años, un espacio de trabajo cotidiano: herramientas, cascos, cuadrillas, reparaciones a la intemperie; un mundo de oficios que sostenía, desde el esfuerzo anónimo, la circulación de los trenes.

Todo eso —el intercambio, los talleres, los rieles— hoy ha desaparecido. Quedan, a lo sumo, rastros en la memoria y en algún relieve del suelo que todavía parece recordar dónde pasaba la vía.

A la vera del riel de trocha angosta que cruzaba La Banda hacia Santiago, se levantaban la estación y pequeños apeaderos, paradas humildes, parecidas a las de colectivo. Eran lugares sencillos, pero cargados de gestos: un abrazo rápido antes de partir, una bolsa de pan entregada a las apuradas, una mano que saluda desde la ventanilla.

Infancias sobre rieles: el “tren a leña”

Para entender lo que significó Los Naranjos, alcanza con escuchar a quienes fueron niños en esos años.

Jorge Emir Llugdar recuerda así aquellos días:

“Hermoso recuerdo de cuando niño viajábamos desde La Banda a Huyamampa con mi hermano y mi madre. Nos sabía llevar don Bravo en su ‘Mateo’ desde casa hasta la estación Los Naranjos por la calle Laprida, que por aquellos tiempos era un salitral lleno de plantas de sunchos para viajar en el ‘tren a leña’ como le decíamos, era en la década del 60.”

En ese breve recuerdo hay todo un mundo:

* La calle Laprida como salitral, con plantas de sunchos, áspera y luminosa.

* Don Bravo y su “Mateo”, algo más que un vehículo: era el primer tramo del viaje, casi un ritual.

* El “tren a leña”, nombrado con cariño, mezclando humo, chispas, ruido y una emoción que ningún niño olvida.

El tren no era solo un medio de transporte; era, para muchas familias, la primera experiencia de distancia, de horizonte.

El maquinista que vivía entre dos ciudades

Otra voz ayuda a completar este cuadro de época. Jorge Pérez suma su recuerdo:

“Luego el tren que era a vapor alimentado por leña seguía hacia Santiago, pasando por el Puente Carretero hasta lo que hoy es Parque Oeste. El conductor de la locomotora se llamaba Juan Medina y tenía 2 casas: una en Villa Grimanesa en Santiago y otra en calle Europa de Clodomira. Se fueron los tiempos, se fueron los años!!!!”

En la figura de Juan Medina, el maquinista, se encarna el espíritu del ferrocarril: un hombre con la vida dividida entre dos ciudades, con un pie en Santiago y otro en Clodomira, como si él mismo fuera una extensión de las vías.

Su locomotora, alimentada con leña, cruzaba el Puente Carretero y avanzaba hasta lo que hoy conocemos como Parque Oeste. Lo que ahora es un espacio verde y urbano, alguna vez fue territorio de bocinas, humo y despedidas.

El lamento final de Jorge Pérez —“se fueron los tiempos, se fueron los años”— no es solo nostalgia. Es una forma sencilla y profunda de decir: eso que se fue, también nos hizo quienes somos.

Lo que queda cuando ya no queda nada

La estación Los Naranjos ya no existe en el mapa físico. No hay boletería, ni andén, ni talleres, ni cambio de vía. Tampoco se oye el martilleo de los obreros de Vías y Obras, ni el chirrido de las locomotoras cambiando de trocha. Pero sobrevive en otra geografía: la de la memoria afectiva de La Banda y sus barrios.

En los relatos de Jorge, de Jorge Emir, en los nombres de las familias Ovejero y Espeche, en la imagen de don Bravo y su Mateo, en las dos casas de Juan Medina, hay algo más que datos históricos. Hay una forma de estar en el mundo que giraba en torno a un tren que unía pueblos, familias y destinos.

Los Naranjos fue estación, sí. Pero también fue:

* excusa para el primer viaje de un niño,

* escenario de reencuentros,

* lugar de trabajo para ferroviarios y obreros de talleres,

* punto de partida para ir a “la Capital” como quien se asoma a otro universo,

* límite y puente a la vez.

Los rieles se levantaron, los talleres se desmantelaron, el trazado se borró, las máquinas se apagaron. Sin embargo, cada vez que alguien nombra “Los Naranjos” y dice “yo viajé desde ahí” o “yo trabajé ahí”, la estación vuelve a encenderse, aunque sea por un instante, en el territorio más resistente de todos: el recuerdo compartido.

Y en ese pequeño milagro cotidiano, el tren sigue pasando.Fuente: Publicación de Miguel Coria

Basado en una publicación de Miguel Coria


domingo, 23 de noviembre de 2025

La Memoria Viva del Folclore: Una Tarde con Don Miguel Simón

En una charla que fue como abrir un baúl de recuerdos, el legendario músico santiagueño nos regaló pedazos de historia viva. Entre anécdotas de Yupanqui y el eco de sus hermanos, su voz pintó el retrato de un Argentina que late en cada chacarera.




Su voz llega con ese temblor dulce que tienen los que han cantado toda la vida, como si las cuerdas vocales guardaran el eco de todas las zambas que alguna vez interpretó. Don Miguel Simón habla despacio, eligiendo cada palabra con el cuidado de quien sabe que está contando algo importante. No es una entrevista, es como escuchar a tu abuelo más querido remover los recuerdos. Y entre esos recuerdos, late la historia entera de nuestro folclore.

Los primeros acordes: cuando todo era patio criollo y radio recién nacida

"Ah, usted me pregunta por Buenos Aires...", dice con una sonrisa que se adivina incluso por teléfono. "La última vez fue el año pasado, no. Pero para trabajar... eso fue en el 50". Hace una pausa, como buscando en su memoria. "Aunque ya habíamos venido antes, con mis hermanos, a actuar en el 43, 45... hasta que al fin pudimos grabar".

Al mencionar a sus hermanos, su voz cambia. Se vuelve más íntima. "Éramos cinco hermanos, ¿sabe? Cuatro varones y Juanita, que tenía una voz... una voz que cortaba el aire". Se le quiebra levemente el tono. "El conjunto cambió con los años. La vida nos fue llevando a algunos... José, el mayor, Juan... los fundadores". Y entonces, con orgullo de padre, añade: "Después entró mi hijo Miguelito, con su guitarra. Él fue de los primeros en llevar nuestro sonido a Buenos Aires con La Tropilla".

Y es que Don Miguel tiene muy claro su lugar en la historia. "A veces la gente no lo sabe, pero nosotros venimos antes que muchos de los que después se hicieron famosos. Tengo los papeles que lo prueban: ya en 1935 estábamos actuando en el cine 'El Progreso'. Además, fuimos los que inauguramos la LV11, ¿se imagina? Esa emisora que pertenecía a los doctores Castillón... Épocas inolvidables".

La esencia de lo auténtico: sin magia, sin trucos

Cuando habla de música, Don Miguel se apasiona. "Nosotros siempre fuimos... ¿cómo le digo? Auténticos. Nada de magia, nada de inventar lo que no existe". Su voz se firme, convencida. "No nos especializamos en técnicas complicadas, pero éramos de los que mantenían lo verdadero. No inventamos nada, no pusimos adornos de esos que ahora se usan".

Y entonces se entusiasma, como si tuviera que transmitir algo urgente: "Lo importante, lo que nunca descuidamos, era cómo los instrumentos acompañaban la voz. La mano izquierda en la voz... esa es la verdadera melodía del canto". De repente, con sus palabras, te transporta a esos paisajes que describe: "Cuando uno está en el campo, escuchando una vidala... es que le juro que dan ganas de llorar. Pero cuando se juntan dos voces, y la segunda armoniza... es algo que te pone la piel de gallina".

Te describe escenas que parecen cuadros: "Allá, en la zona del río Dulce, o por el Salado... todavía se mantiene esa costumbre de que la familia canta junta. La hermana, la señora, el padre... todos. En carnaval, las mujeres con los hombres cantando vidalas... Es maravilloso. Y es una pena que mucha gente no lo conozca, pero es que hay que buscar, como decía Yupanqui, 'el rastro del camino verdadero'".

Amistades que marcaron época

"Con Atahualpa...", dice, y su voz se carga de nostalgia. "Éramos muy amigos. Recuerdo que cuando viví en Jujuy, veníamos por los Valles Calchaquíes... Yupanqui siempre nos tuvo cariño. Incluso en un recital, hace no mucho, mencionó a 'mis amigos los Hermanos Simón'. Nos consideraba como hermanos". Hace una pausa significativa. "Era un hombre... especial. No muy dado a estas cosas, pero con nosotros se abría. Hasta desde París me escribía".

Renacer después de la tormenta

La conversación toma un giro más serio cuando habla de los momentos difíciles. "Después que murieron mis hermanos... y yo tuve el accidente...". Respira hondo. "Un vehículo sin frenos me llevó por delante. Me quebró la cadera. Por eso ahora ando con este bastón". Pero inmediatamente se repone, con esa resiliencia que caracteriza a los grandes. "Pero mire, gracias a Dios estoy bien. Y lo más importante: he vuelto a grabar, a actuar... Estoy recuperando el tiempo perdido".

Y es que, a sus años, Don Miguel tiene proyectos que lo ilusionan como a un joven. "Estamos cerrando algo hermoso: un long play con 12 obras de Julio Argentino Jerez. Junto a Sixto Palavecino, Carlos Carabajal... Gente de primera. Ya está todo casi listo, en cualquier momento empezamos a grabar". Se le nota la emoción al contarlo.

Al despedirnos, queda flotando en el aire la sensación de haber conversado con una parte viva de nuestra historia. Don Miguel, con su bastón y sus recuerdos, con sus proyectos nuevos y sus anécdotas viejas, nos deja una lección sin pretenderlo: la autenticidad no pasa de moda. En un mundo de fuegos artificiales musicales, su testimonio nos recuerda que lo verdadero perdura, aunque no grite. Como esas vidalas que cantan las familias en el campo, su legado sigue latiendo, esperando que nuevas generaciones se acerquen a escuchar, a aprender, a sentir. Porque el folclore, al final, no son solo canciones: es la memoria musical de un pueblo. Y Don Miguel es, sin duda, uno de sus guardianes más preciados.

Fuente: Entrevista a Miguel Simón realizada por Héctor Larrea en Radio Rivadavia, fragmentos musicales y declaraciones en el programa cultural (año 1980 aproximadamente, por contexto histórico mencionado).

 

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sábado, 22 de noviembre de 2025

“En el adiós de Cachilo Díaz”

 Por Atahualpa Yupanqui



"¿Por qué sembré la semilla

tan cerca del salitral...?

Si allí no crece una mata

que no tenga gusto a sal."

Así fue siempre el pago de Salavina, vibrante y soledosa comarca santiagueña. Tierra de poca sombra y siesta larga. Tierra de Vichis y Luchos, y Zacarías, Carreños, Díaz, Carrizos.

Fue posta de carretas cuando el verdor detenía el avance del desierto, antes de la sequía grande, antes que el Salado cambiara su cauce. Después, el ferrocarril llamó con largas pitadas al blanco caserío que se estiró junto a los chañares y cerca del Río Dulce. Y allá, sobre el sur-poniente quedó Salavina, olvidada, como una guitarra tumbada sobre los jumiales.

Quedaron, con su sola calle larga, Los Telares, Troncal, Chilca Ju- liana, Barrancas, Brea Corral, Paso Chico y Salavina. Dicen los viejos, tan amigos de las leyendas, que el salitral se formó con el llanto de todas las vidalas que allí fueron cantadas, sollozadas, gozadas.

"Miro mi tierra en la tarde.

Sin nada para sembrar.

¡Cuánta lágrima ha caído

pa que esto se vuelva sal!"

En ese paisaje nacieron y crecieron los dos iniciados del miste- rio musical quichuista: Benicio y Julián Díaz. El "Soco", y el "Cachilo". Nacieron, sí, en la Villa de Salavina. Pero travesearon y crecieron en la vieja finca de Brea Corral, hablando un mal castellano y un buen quíchua. Luego, ya camino del bachillerato, habían de marchar a la ciudad, "la ciudar" como ellos decían. Y la "ciudar" les pulió la forma, ya que su esencia era de por sí culta y ejemplarizadora.

Y muy al revés de los campesinos que se aquerencian en las ciudades, Soco y Cachilo vivieron años en la capital santiagueña sin perder su íntima estructura indiana. Seguían siendo “shalacos", hombres de la tierra salada, áspera, fuerte, sin más sombra que la noche, casi siempre breve y plena en sonoridades.

Los dos tocaban guitarra; pero un día el Soco se prendió a un bandoneón. Fue un saludable diálogo, hasta que el "fuelle" aprendió la intención de las chacareras de Salavina.

"Amague el aire sin apretar la nota..." Sabía decir del Soco, cuan- do la oficiaba de entrenador de changos vidaleros o cantores de "truncas".

Treinta años caminó el Soco por entre pencales y arenosas rutas, tocando su "música" para las gentes del pueblo. A su lado, sonora sombra, el Cachilo, con su rasguido apretadito, como "raspa'i fósforo", dejando siempre para su hermano Benicio todas las suertes del lucimiento y el aplauso. Sólo competían en los brindis.

Hace unos cuantos años, Benicio, "El Soco", se fue yendo al amparo de la sombra grande. Y sin dónde repararse, sin el alero mayor, Cachilo colgó su guitarra.

Casi diez años estuvo sin tocar una nota Julián Díaz. Los amigos, le ayudaban a superar esa soledad de cantor: sin aparcero. Y alguna vez, su esposa, la María Luisa, comentó: "Ahí anda el Cachilo como buscando de afinar la guitarra..."

Y al tiempo, los cantores criollos tuvimos un nuevo asunto para la emoción y el gusto, para la danza y el recuerdo: Una chacarera de Cachilo, compuesta con tanto ritmo como timidez. Quizá por eso la bautizó: LA HUMILDE. Sí. Humilde como él; sencilla y salavinera, como él.

Y ya después, superado el conflicto espiritual, tuvo alumnos y anduvo algunas leguas, aunque sin alejarse mucho de Santiago.

Se le arrimaron artistas y sacha-cantores, para copiarle "el modito", tal vez ignorando que cuando Tata Dios hace un artista puro, luego rompe el molde. Cachilo, a todos atendía con su enorme voluntad y una amistosa ternura de chango grande.

Hace unos años, enfermó. Anduvo caidito, triste, visitado solo por los amigos pobres, como siempre ocurre. Y ayer partió su alma, buscando la ruta de la sombra grande.

Estas líneas quizá no ayuden a medir la exacta dimensión del artista nativo, del hombre-paisaje que fue Julián Díaz. Están escritas sobre el campanazo de la noticia de su muerte. Algún día diremos de otra manera, narraremos desde adentro las travesuras en La Menor del Cachilo. Por ahora, solo unas coplas del salitral, como un rezo para el hermano ausente.

Pobre mi tierra, tan seca!

Mis manos quietas están.

El día que siembre adioses,

Ni un adiós germinará...!