jueves, 13 de noviembre de 2025

El secreto de la chacarera trunca: la noche en que los ángeles encontraron su canción.

 


En la memoria viva de la música santiagueña, algunas obras llegan al mundo de manera imperfecta, como promesas a la espera de su destino. Así nació “La de los angelitos”, una chacarera simple y trunca que, en su primera versión, había sido grabada por el propio Atahualpa Yupanqui y Luis Alberto Peralta Luna, sin lograr aún resonancia en el alma popular.

Pero toda creación tiene su jornada de revelación.

Fue durante una de las visitas de Adolfo Ábalos a Santiago del Estero, cuando un grupo de músicos —Hugo “Cachilo” Díaz, “Morenito” Suárez, Alberto “Gringo” Bravo de Zamora y otros— se congregó en una casa de la calle La Plata 680, en lo que sería más que un simple asado: un verdadero capítulo de la historia folclórica argentina.

Entre los presentes, además de los dueños de casa —“Cachilo”, María Luisa Terribile y su hijo “Tusca”—, se sumaron figuras como el Dr. Mariano Roberto Paz, Miguel, Juan Simón y Sofanor Díaz. Un encuentro de almas en el que la música era el lenguaje común.

En un momento íntimo y espontáneo, Miguel Simón entonó aquella versión inicial de “La de los angelitos”. Tras los aplausos, surgió la voz crítica y certera de “Morenito”, quien, “alegre por demás”, insistió con que la sentía “doble y trunca”. Nadie agregó nada en ese instante, pero la observación quedó flotando, como un verso a medio escribir.

Hasta que Adolfo Ábalos, con la intuición del maestro, tomó la guitarra y tradujo en acordes lo que las palabras apenas sugerían. —¿Esto es lo que estás queriendo decir? —preguntó. —¡Absolutamente! —afirmó “Morenito”, con énfasis redentor.

Tiempo después, en otro viaje a Santiago, Ábalos volvió a sorprenderlos. En una nueva reunión, ya en casa de Cachilo, tomó la guitarra y les hizo escuchar la chacarera transformada: ahora era doble, trunca y, como regalo final, tenía letra.

La canción, que antes era solo un esbozo, se había convertido en un relato poético y simbólico, tejido con imágenes de sueños angelicales, quebrachales y una Salavina que amanece entre alabanzas. Y en uno de sus versos finales, como un homenaje y una confesión, quedó grabada la esencia de su origen:

 “La de los angelitos fue un regalo de Julián”.

Una línea que no solo nombra, sino que consagra. Un tributo a lo colectivo, a lo anónimo, a esos gestos que, en el silencio de los encuentros, dan forma a lo eterno.

Artículo escrito a partir del relato de Alberto “Gringo” Bravo de Zamora, compartido por Antonio Olívar Molina, y los versos de “La de los angelitos”, incluidos en el libro inédito “Historia del cancionero folclórico santiagueño” de Omar Sapo Estanciero.

Los Manseros Santiagueños: 65 años de canto, raíz y emoción popular

El legendario conjunto santiagueño recibió el Premio Konex de Platino 2025 como Mejor Grupo de Folklore. Con más de seis décadas de trayectoria, Los Manseros siguen siendo una voz viva de la identidad argentina, llevando el mensaje de su tierra a los escenarios del país y del mundo.

 


Un legado nacido en Santiago del Estero

En 1959, en el corazón cálido de Santiago del Estero, Leocadio del Carmen Torres y Onofre Paz dieron forma a un sueño que con el tiempo se convertiría en símbolo nacional. A ellos se sumaron Carlos Carabajal y Carlos Leguizamón, completando la primera formación de un grupo que, sin saberlo, marcaría el pulso del folklore argentino.

Desde su primer LP en 1963 hasta su debut en el Festival de Cosquín en 1967, Los Manseros Santiagueños tejieron una obra de más de 30 discos, donde la chacarera, el gato y el escondido se mezclan con la nostalgia y la memoria. Cada canción suya es una postal sonora de la tierra que los vio nacer.

Una historia de caminos y voces

Por sus filas pasaron nombres queridos como Cuti Carabajal, Valentín Campos y Martín Paz, pero la esencia del grupo permaneció inmutable: cantar al pueblo, a los paisajes y a la vida cotidiana con autenticidad y emoción.

Hoy, con Onofre Paz, Alfredo “Alito” Toledo y Hugo Reynoso al frente, el conjunto sigue recorriendo escenarios, llevando el alma santiagueña a cada presentación. Su permanencia no es casual: detrás de cada acorde hay una historia de resistencia cultural y amor por las raíces.

Un reconocimiento al alma del folklore

En 2025, ese recorrido fue distinguido con el Premio Konex de Platino en la categoría Conjunto de Folklore. En sus redes sociales, los músicos compartieron la alegría y gratitud de una noche inolvidable:

 “Hola amigos, compartimos con ustedes algunos momentos de la hermosa y emocionante noche que hemos vivido ayer. Gracias por premiar la cultura popular argentina, en una noche hermosa… compartiendo con nuestros colegas de la música.”

Durante la ceremonia, Alfredo “Alito” Toledo expresó palabras que resumen el sentido de toda una vida dedicada al canto:

 “Los Manseros llevan el mensaje de una tierra que se llama Santiago del Estero, junto a su fundador Onofre Paz, que es parte de la historia del folklore argentino.”

El canto que no se apaga

El Premio Konex de Platino, uno de los máximos reconocimientos culturales del país, distingue a los artistas que dejan huella. Para Los Manseros Santiagueños, recibirlo es más que una consagración: es la confirmación de que su música sigue siendo un lazo vivo entre el pasado y el presente.

 “Muchas gracias a los Premios Konex y a ustedes, nuestro querido público. Gracias a ustedes podemos seguir recorriendo estos hermosos caminos de la música”, escribieron los artistas.

En cada copla, en cada rasquido, Los Manseros renuevan su promesa: seguir cantando por Santiago, por la patria y por la gente. Su historia —tejida con chacareras, guitarras y emoción— es también la historia de un país que se reconoce en sus canciones.

 

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Soco Díaz, el eco de una vidala que aún resuena

 


El 12 de noviembre de 1948, el silencio se posó sobre Santiago del Estero. Aquel día partía Francisco Benicio “Soco” Díaz, músico, autor y compositor, mitad de un dúo que marcó un rumbo en el canto popular junto a su hermano Julián “Cachilo” Díaz: los inolvidables Hermanos Díaz.

Su nombre quedó prendido en la memoria de los patios y en la voz de quienes lo oyeron tocar. Un año después de su partida, la señorita María Botargues le rindió homenaje recitando una vidala escrita por el Dr. Rodolfo Arnedo, titulada “Sentido estoy”, un poema que parece brotar del mismo corazón de la tierra:


Hermano fue tu partida,
tristeza, llanto y dolor,
toda mi ilusión perdida,
sentido estoy.
 
Nada ha quedado en la casa,
solito está mi corazón,
ni el tum tum de tu caja,
sentido estoy.
 
Qué hora más triste aquella
en que se apagó tu voz,
y perdí mi única estrella,
sentido estoy.
 
Silencioso se halla el huerto
y tu fuelle sin clamor,
como si estuviera muerto,
sentido estoy.
 
Cuando despiertan las alas
con ansias de oír tu voz,
hay un gemir de vidalas,
sentido estoy.
 
Haz que suenen tus vidalas
y de nuevo tu canción,
con el fulgor de sus galas,
sentido estoy.

Aquel homenaje, pronunciado en noviembre de 1949, fue más que un recuerdo: fue un modo de mantener vivo su legado en el aire del monte y en la voz de su pueblo.

La investigación forma parte del libro inédito “Biografías de folcloristas santiagueños (Primera parte)” del escritor Omar “Sapo” Estanciero, quien resguarda en sus páginas la memoria de quienes dieron forma al alma musical de Santiago.

 

Chiquilín de Bachín y Hugo Díaz

 



El 16 de noviembre de 1969 salió a la venta el disco simple de Astor Piazzolla con los temas; Lado A: "Balada para un loco " y Lado B: "Chiquilín de Bachín", ambos con letra de Horacio Ferrer y música de Astor Piazzolla, cantados por Amelita Baltar.

Pablo Alberto González, nació en Burzaco en 1959, su madre se llamaba María Elena y su padre Serafín. Tenía 2 hermanos: Elisa y Luis; vivían en un hotel pensión en Retiro que se denominaba "Pedrito" en calle Leandro Alem entre Paraguay y Charcas (hoy Marcelo T. de Alvear). Muy pobres.

Comenzó a trabajar desde muy chico: abriendo puertas de taxis y luego a vender flores en los restaurantes: "Dorá", "Tronío", "El Imperial".

Su madre hacía la limpieza de algunos bares. Después, frecuentaban la zona de Corrientes hasta Callao, la noche por excelencia de Buenos Aires por los teatros y restaurantes: "La Tablita", "Los Inmortales", "Arturito", "Edelweis" y otros.

En "El Boliche de Bachín”, (parrillada que quedaba en calle Sarmiento en el predio de lo que era el Nuevo Mercado de Buenos Aires, que hoy es "Paseo la Plaza ") se quedaba más tiempo y se sentaba a escuchar a Astor Piazzolla y Horacio Ferrer, que escribía en los manteles de papel de las mesas.

Los conoció en 1968, cuando tenía 9 años.

Ferrer fue como su padre (que no tuvo).

Al salir el disco, Horacio Ferrer, cayó a su pensión con tortas y bebidas para toda la familia y, cuando se estrenó en el Teatro Regina, invitó a toda la familia y el público su presencia al interpretarse el vals.

Trabajaba de noche y se acostaba a la 6 de la mañana y, de día, jugaba a la pelota con otros chicos en un baldío o en las playas de estacionamiento.

Cuando cumplió 28 años, ya casado (contrajo matrimonio en 1984 y Horacio fue el padrino de bodas), terminó la primaria y 5 años más tarde, con 2 hijos, la secundaria.

Horacio Ferrer, le consiguió laburo como tira cables en Canal 7 para poder vivir y pagar el alquiler de una casita vieja en Palermo.

También trabajó como "plomo" de Orquestas de tangos gracias a Horacio, como Pugliese, Troilo y Hugo Díaz, el santiagueño que dimensionó la armónica, lo llevó a Cosquín por varios años para ayudar a grandes como Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa, entre otros.

Después de hacer el servicio militar, trabajó como "plomo" en el rock en aquellos recitales de Obras Sanitarias, como: Pappo, Charly García, Moris, etc.

Puso una Pyme en la cual fabricaba bolsas de plástico y las vendía hasta que la crisis del 2001, la fundió.

Después de la crisis, se animó al rubro gastronómico, se encargó de los espectáculos del centro cultural "Padre Mujica" en Banfield y después siguió como fletero con una furgoneta que compró y se terminó con la Pandemia.

CHIQUILÍN DE BACHÍN, quedó inmortalizado en el vals de FERRER y PIAZZOLLA.

Fuente: Omar “sapo” Estanciero

Ricardo Rojas: el intelectual que encontró a la Argentina en el fin del mundo

Su historia es fascinante, la verdad. Entre el destierro en Tierra del Fuego y esa búsqueda incansable de un alma nacional mestiza, Ricardo Rojas terminó escribiendo algunas de las páginas más contradictorias y profundas del pensamiento argentino. Su viaje, de Eurindia a Archipiélago, fue mucho más que un trayecto geográfico; fue como sumergirse en las aguas oscuras del inconsciente de América.

 



Imaginen esto: era 1934, y el gobierno militar lo confinó en lo que parecía el fin del mundo. Desde Ushuaia, con el viento azotando los techos de chapa y el mar rugiendo como una bestia, Ricardo Rojas escribió un libro que lo era todo a la vez: diario íntimo, reflexión metafísica y un grito político. Ahí, en medio de aquella soledad impuesta, el antiguo rector de la Universidad de Buenos Aires hizo de su aislamiento una chispa. Y esa chispa le reveló algo tremendo: que el alma indígena era la raíz olvidada, pero viva, de la nación.

El creador de un mito nacional

Ricardo Rojas (1882–1957) no era, para nada, un hombre destinado a encerrarse entre libros polvorientos. Sin embargo, cuando lo hizo, las bibliotecas se convirtieron en sus templos. Hijo de una familia santiagueña—su padre, Absalón Rojas, había sido gobernador y senador—, llegó a Buenos Aires en 1899, tras la muerte de su progenitor. Era un provinciano con ambición, sí, que aprendió rápido los códigos de la capital. Pero, y es que aquí está el detalle, nunca quiso soltar del todo sus raíces; hizo de su origen norteño una bandera de distinción.

A principios del siglo XX, la Argentina aún se estaba contando su propia historia. El Estado, liberal y oligárquico, necesitaba una narrativa que uniera un país partido entre la modernidad europeizante y las tradiciones del interior. Los intelectuales fueron convocados a construir ese relato, a cambio de prestigio y cargos. Y Rojas, hay que decirlo, respondió con el alma.

Como pedagogo, periodista y funcionario, se convirtió en el prototipo del “intelectual del Estado”: aquel que debía educar el gusto, fundar cátedras, crear símbolos. Llegó a ser decano y rector de la UBA. Pero su proyecto más querido, y ambicioso, era otro: inventar una estética nacional que uniera a indios, gauchos y criollos bajo un mismo espíritu.

Desde Eurindia: mestizaje y trascendencia

En 1922, Rojas publicó Eurindia, su obra más célebre y, también, la más polémica. Ahí imaginaba que América Latina debía hallar su centro, no en Europa, sino en la síntesis del mestizaje. Soñaba con una “fusión de la sangre y del espíritu” entre lo europeo y lo indígena.

Inspirado en Herder, Hegel y los románticos, Rojas veía en el arte y la espiritualidad una salida al materialismo y la racionalidad económica. Creía, con una fe casi religiosa, que el futuro debía fundirse con el pasado prehispánico. Visualizaba una civilización “euríndica”, mestiza y armoniosa, donde las diferencias se disolvieran en un ideal de belleza.

Claro, su visión tenía sombras. Invisibilizaba el conflicto social y, de algún modo, romantizaba el genocidio indígena, presentando esa fusión como una arcadia sin dolor.

Aun así, Eurindia logró capturar el espíritu de una generación. Mientras José Vasconcelos publicaba La raza cósmica en México, Rojas proponía su versión criolla: un mestizaje espiritual que debía regenerar a la Argentina. En ambos, el viaje—físico o interior—se convertía en una forma de iluminación.

El radicalismo y la caída

Durante los años veinte, Rojas se acercó al yrigoyenismo. Admiraba a ese líder popular como a un “caudillo taumaturgo”, alguien que encarnaba el alma del pueblo. Pero en 1930, el golpe militar que derrocó a Hipólito Yrigoyen le arrebató también sus sueños: la universidad fue intervenida y el país volvió a manos conservadoras.

En defensa del radicalismo, escribió El radicalismo de mañana (1932), un texto clandestino que mezclaba política, espiritualismo y utopía: descentralización de la capital, desarrollo patagónico, justicia obrera.

No sorprende que, al año siguiente, el nuevo gobierno decidiera castigarlo. En 1934 fue condenado al confinamiento en Tierra del Fuego, el extremo sur del mapa nacional. Y allí, en una casita precaria de Ushuaia, vigilado por la policía, el autor de Eurindia comenzó una travesía intelectual que lo cambiaría para siempre.

El viaje hacia el fin del mundo

El barco que lo llevó al sur, el Chaco, era una paradoja flotante: un presidio navegante lleno de presos políticos y delincuentes comunes. El escritor anotó en su diario, con una mezcla de asombro y amargura: “me trasladaron entre la suciedad y el frío, en el país más hermoso y más doloroso del mundo”.

Al llegar a Ushuaia, Rojas se encontró con un paisaje que era una metáfora viva: una cárcel rodeada de belleza salvaje. A su alrededor se extendían las montañas del fin del mundo, los glaciares, el mar helado, y—en los márgenes—los últimos sobrevivientes de los pueblos onas y yaganes.

Tenía prohibido salir del pueblo, pero eso no impidió que emprendiera un viaje distinto, uno que era interior, espiritual y etnográfico, en busca del alma encubierta de América. De esa experiencia nació Archipiélago. Tierra del Fuego, publicado años más tarde, entre 1941 y 1942, en el suplemento dominical de La Nación.

El ensayo como isla

El libro está estructurado como un archipiélago de fragmentos: pequeñas islas de historia, mitología y denuncia social. En ellas, Rojas combina las voces del historiador, del poeta, del etnógrafo improvisado y del político exiliado.

El texto comienza con una frase que lo dice todo: “Escribo para distraerme del incierto cautiverio”. Pero en realidad—como advierte Dalmaroni (2006)— Archipiélago es mucho más: es una reafirmación del oficio del intelectual como resistencia. Desde los márgenes, Rojas defiende la escritura como instrumento de lucha y reflexión.

Ahí denuncia el abandono del sur: el exterminio indígena, el régimen del presidio, la explotación de la tierra por latifundistas extranjeros. Para él, Tierra del Fuego es “una cárcel natural”, un espejo extremo de la desigualdad argentina.

El confinamiento como revelación

Rojas transforma su destierro en una suerte de iniciación mística. En la soledad del sur, escucha los ecos de los mitos onas, conversa con los últimos indígenas y busca una continuidad espiritual entre su pensamiento arielista y las tradiciones anuladas por la conquista.

El mito de Kuanip, el héroe que robó el fuego para los hombres, se convierte en el símbolo central del libro. Como Prometeo o Quetzalcóatl, Kuanip enseña a su pueblo los secretos de la naturaleza, y Rojas lo eleva a figura libertaria, un “héroe del pueblo fueguino” comparable a los próceres nacionales.

En ese juego de espejos, la mitología indígena y la política moderna se funden. El escritor alterna entre el tono del folclorista y el del profeta. Estudia los mitos que sobreviven apenas en las palabras de ancianos como Darskapalans, un yagán que se ofrece a contarle historias “a cambio de unas monedas”.

Rojas escucha, apunta, traduce—y, de algún modo, inventa. Su escritura devuelve vida a una cultura que se desmorona. Como todo intelectual moderno que habla por otro, oscila entre el respeto y el paternalismo: admira al “otro” y al mismo tiempo lo convierte en emblema literario.

La iniciación de Rojas

El momento culminante de Archipiélago llega cuando el autor es “iniciado” por un indígena ficticio, el ona Karniel, último sacerdote del antiguo rito del Jaín. En un pasaje onírico, Rojas imagina una ceremonia espiritual donde los espíritus de los muertos—indios y héroes nacionales—dialogan en un mismo espacio sagrado. San Martín, Piedra Buena y Kuanip comparten el mismo templo simbólico.

Esta escena, mezcla de visión mística y alegoría política, es el espejo invertido de Eurindia: si antes Rojas conducía al lector como un guía, aquí es él quien aprende de los fueguinos, aceptando que las jerarquías se invierten.

En ese trance espiritual, el confinamiento se convierte en revelación: el fin del mundo deja de ser un castigo y deviene centro cósmico, puerta hacia el alma de América.

De la utopía a la denuncia

Pero Archipiélago no vive solo de visiones. Rojas alterna la meditación metafísica con la crítica política más feroz. Denuncia el exterminio indígena como “el crimen más grande que se ha cometido bajo el nombre de civilización”.

Retrata el presidio de Ushuaia como un infierno gélido: presos hambrientos, obligados a cortar leña bajo la nieve; una banda de penados que toca los domingos por las calles; guardias armados con fusiles máuser custodiando sombras humanas.

“Todo el pueblo es una prolongación de la cárcel”, escribe. Y añade con ironía: “He rebautizado la isla de los Estados… del sitio, para darle sentido actual y nacional”.

A través del horror, Rojas denuncia la indiferencia del centro. Para él, la verdadera Argentina se encuentra entre los excluidos: los indios, los obreros, los confinados. En uno de sus pasajes más intensos escribe: “El indio ha muerto, el criollo agoniza, pero llegará el nuevo tiempo de América y todos los muertos resucitarán”.

Una geografía simbólica

En su reclusión, Rojas redibuja el mapa nacional. Antes había exaltado el Norte—su Santiago del Estero natal—como corazón del alma argentina. Ahora traslada ese centro al Sur: Tierra del Fuego como Aleph del continente, un punto donde se concentra toda la historia americana.

Guillermo Giucci (2014) señala que esa “geografía simbólica” se inscribe en una larga tradición de imaginar el sur como “fin del mundo”: un lugar donde Europa proyectó sus fantasías de barbarie y exotismo. Rojas invierte esa mirada: transforma lo marginal en núcleo espiritual, el presidio en santuario.

Su propuesta es doble: política y mítica. Reclama al Estado un “plan de reparación nacional”—repoblar el sur, educar a los sobrevivientes, devolverles ciudadanía—y, al mismo tiempo, propone una utopía de mestizaje, donde la cultura indígena sea fuente de belleza y de verdad.

Entre el mito y la contradicción

El problema es que, al hacerlo, Rojas cae en una paradoja. Por un lado, idealiza a los indígenas como depositarios de una sabiduría ancestral; por otro, quiere integrarlos como mano de obra disciplinada dentro de una república moderna.

En su utopía final, imagina una Tierra del Fuego regenerada: “Una prole robusta, con médicos y maestros, educada para trabajar”. Como observa Dalmaroni (2006), esa visión combina espiritualismo y paternalismo, redención y domesticación.

Sin embargo, en comparación con la antropología oficial de su tiempo—representada por José Imbelloni, que veía a los indígenas como vestigios biológicos—, la propuesta de Rojas suena casi revolucionaria. Donde el cientificismo veía residuos, él veía posibilidad. Donde los arqueólogos registraban ruinas, él buscaba presencias.

 

El contraste de las miradas

Los años cuarenta marcaron la institucionalización de la antropología y el auge del peronismo. Mientras Imbelloni dirigía el Museo Etnográfico de Buenos Aires, Rojas seguía escribiendo, ya casi en los márgenes.

El primero afirmaba que los pueblos originarios “agonizan” y que su estudio debía ser tarea científica, libre de romanticismos. Rojas, en cambio, seguía buscando sentido simbólico y ético en esos mundos que morían.

Para él, rescatar una palabra ona o yagán, registrar un mito o un canto, era una forma de conjurar la pérdida. Más que científico, su gesto fue poético: quiso dar voz a los dioses ausentes.

No casualmente, en el tramo final de Archipiélago imagina que, pese a la destrucción, los espíritus antiguos “aún viven, presentes en el paisaje del confín del mundo”.

Entre Europa y América

A lo largo de sus viajes imaginarios, Rojas debatió con la herencia europea. Admiraba a los románticos, pero desconfiaba del racionalismo burgués. Reivindicó el mestizaje, pero desde una visión espiritual, no política.

Sus lecturas eran tan diversas como su pensamiento: Herder y Hegel convivían con Jung y los teósofos orientales; el modernismo estético se cruzaba con el reformismo radical.

En ese cruce, Eurindia y Archipiélago funcionan como dos estaciones de un mismo viaje: del idealismo platónico al realismo de la denuncia; del templo místico al presidio concreto.

La cárcel como espejo

El paisaje fueguino condensa las fracturas de la nación. El penal de Ushuaia, fundado en 1902, fue construido como símbolo del castigo extremo y se convirtió, para Rojas, en la metáfora última del país, un territorio donde todos, incluso el gobernador y los guardias, son confinados del centro.

Entre el hielo y la miseria, el escritor ve dos historias paralelas: la represión de los presos políticos y el exterminio de los pueblos originarios. Ambas, escribe, son fruto del mismo desprecio civilizatorio. “El Onaisín —el país de los onas— está sombreado por el maleficio”, sentencia. “Enorme es el crimen que aquí se juzga dentro del presidio, pero mayor aún es el que ha reinado fuera de él.”

Ese diagnóstico, mezcla de moral y profecía, cierra el círculo de su pensamiento: desde los márgenes del mapa, Rojas descubre la verdad del todo.

El regreso y la herencia

A su regreso del destierro, Rojas nunca volvió a ser el mismo. Su escritura se volvió más simbólica y más amarga. En Archipiélago encontró su tema definitivo: el fin del mundo como espejo del alma americana.

Murió en 1957, habiendo sido profesor, rector, embajador en Perú y, sobre todo, un narrador incansable de los orígenes. Su “viaje al sur” quedó como una de las meditaciones más singulares del pensamiento argentino, en la línea de Rodolfo Kusch o Bernardo Canal Feijóo, quienes retomaron su legado desde el pensamiento antropológico.

Cierre: el confín como revelación

En su encierro en Ushuaia, Rojas hizo lo que mejor sabía: leer el mundo como un texto. Entre el frío y el silencio, descubrió que la periferia concentra el sentido del centro: que el alma de América no está en los salones porteños ni en los manuales de historia, sino en los bordes, donde la nación se deshace y se reconstruye.

El viaje que comenzó como castigo terminó como iluminación. Allí, en el punto más austral, el intelectual encontró su espejo y su límite: comprendió que escribir sobre los otros es también escribirse a sí mismo, y que el destino de América—como el suyo—se juega entre la memoria y el olvido, entre el fuego y el frío, entre el mito y la historia.

Articulo periodístico basado en: Rojas, R. (1942). Archipiélago. Tierra del Fuego. Publicaciónen Scielo, 15(2), 45-60. 

Fuentes históricas citadas en el texto original::

* Rojas, Ricardo. Eurindia (1922); Archipiélago. Tierra del Fuego (1942); El radicalismo de mañana (1932).

* Dalmaroni, Miguel (2006). Una república de las letras. Rosario: Beatriz Viterbo.

* Mailhe, Alejandra (2017). “Ricardo Rojas: viaje al interior, la cultura popular y el inconsciente”, Anclajes, UNLP.

* Giucci, Guillermo (2014). Tierra del Fuego: la creación del fin del mundo. Buenos Aires: FCE.

* Castillo, Horacio (1999). Ricardo Rojas. Buenos Aires: Academia Argentina de Letras.

* Chapman, Anne (2008). Fin de un mundo. Buenos Aires: Zagier.

* Vasconcelos, José (1966 [1925]). La raza cósmica. México: Espasa-Calpe.

* Imbelloni, José (1947). “La formación racial argentina”. En Argentina en marcha.

* Svampa, Maristella (2016). Debates latinoamericanos. Buenos Aires: Edhasa.

viernes, 7 de noviembre de 2025

Costumbres de antes relativas a la muerte

 Adaptado de El folclore de Santiago del Estero de Orestes Di Lullo (1943).

 

 


 

Muerta la persona, se la viste con una mortaja de lienzo blanco o negro, cubriéndole la cabeza con una caperuza. Si no había mortaja y el muerto era un hombre rico, se lo vestía con el mejor traje, pero se le sacaban los botones. En el caso de ser mujeres, se les colocaba un vestido al que se le quitaba el ruedo y los adornos del mismo. También, si al muerto se le ponían zapatos, se le quitaban los tacos para que no hiciera ruido en el momento en que "Tata Yaya" lo recibiera.

Al caer la tarde se sacaba el cadaver al patio para velarlo, y se lo colocaba en un catre de tiento voleado, es decir, con las patas del catre para arriba.

Durante toda la noche lo velaban: rezos, cantos después de rezar el rosario y llantos de deudos y concurrentes en recuerdo de sus parientes "perdidos". Aquí estaban las "lloronas," profesionales que con sus gritos de dolor evitaban posibles comentarios acerca del nivel de dolor real que la muerte de una persona había provocado. Era común escuchar entre los llantos palabras estremecedoras como "Queridituy," "Ay señoritay". Entre tanto, se preparaba en la misma casa el cajón y la escalera en que se transportaría al muerto. Los entierros debían hacerse por la mañana.

Luego de la despedida en casa y el cierre del cajón, seis hombres cargaban al hombro la escalera sobre la que se ataba el féretro para llevarlo al cementerio. Otros tantos iban de relevo. Antes de salir se hacía dar al ataud una o dos vueltas casi al trote alrededor de la casa, para que el "finao se desprenda y se despida". En el camino se producía el relevo de los que llevaban el cajón sin detenerse, para evitar que en ese lugar el muerto espantara en el futuro. En caso de llevarse el cajón en un vehículo, se lo debía cargar con el mismo en movimiento y no parar hasta llegar al cementerio por la misma razón.

En la procesión hacia el cementerio, los deudos iban adelante y los de relevo detrás, en ese orden, pues de lo contrario la gente creía que el cadaver aumentaba de peso y querría volverse para la casa. El cadaver debía ser llevado con la cabeza para atrás, para evitar que quiera volver y espante. Poco antes de llegar, se tocaba un redoble de tambor. Ante la fosa se destapaba el ataud para dar un último adios, lo que se hacía tocando la cara al muerto. Para bajarlo se le cubría la cara con la caperuza. Una vez en la fosa, el enterrador le descubría la cara nuevamente, pero desde atrás, para que el difunto no lo viera. Luego, cada uno de los presentes arrojaba un puñado de tierra sobre el cajón. Una vez concluido el acto, los acompañantes volvían a la casa, donde se servía un almuerzo.

El día del entierro se barría la habitación del difunto, pero la basura se acumulaba en un rincón hasta que pasara la novena. Al día siguiente del entierro empezaba ésta. Durante esos nueve días había que dejar en el cuarto del muerto una cruz, una vela encendida, un vaso de agua y un rosario. La silla de la rezadora no podía tocarse durante esos nueve días. Tampoco había que barrer la habitación en ese periodo y los dolientes no debían peinarse ni trabajar durante esos días.

En caso de muerte "repentina," se acostumbraba invitar al difunto por tres veces diciendo "vamos a casa," para evitar que espantara en el futuro. Además, había que dejarle una cruz en el sitio en que murió y durante un año. Pasado el año, había que clavar la cruz a orillas del camino, para que le rezaran los caminantes.

Fuente: desdelolvido.blogspot.com.ar

jueves, 6 de noviembre de 2025

Leyendas santiagueñas que se van perdiendo

 


Hace muchos años, cuando recién se adjudicaban las viviendas del barrio Los Flores, en el sur de la ciudad, una compañera del diario resultó beneficiada. Un día, la nueva propietaria nos comentó que "sentía" ruidos extraños en su casa nueva. Tenía miedo porque el sonido (ella decía que era parecido a un "tun tun") se repetía tanto en horas de la siesta como a la noche. 

En el taller gráfico, otro compañero, Lalo Carabajal, de feliz memoria, le dijo: "No te asustes. Esos son los ocultos que andan cerca, por el cementerio. Andan buscando la tumba del hermano". Fue así como me enteré de esa leyenda. 

Yo tengo parientes que viven en ese barrio y ahora nadie se acuerda de ese "top top" misterioso. Imagino que por el profesionalismo de las empresas que ofrecen cementerios privados, ya erradicaron a todos los bichitos que escarban la tierra día y noche, produciendo ese eco particular que anuncia su presencia cerca.  

Mundo moderno y globalización

En el mundo moderno y globalizado que nos toca transitar, las tradiciones orales se van diluyendo. En esta sociedad individualista, las leyendas locales ya no se transmiten oralmente como antaño, de abuelos a nietos, de padres a hijos o en rueda de amigos.  

Por otra parte, es inquietante que el entretenimiento actual, con la televisión e internet, está reemplazando la tradición oral. Los asiáticos y europeos nos llevan la delantera. Esa invasión virtual de culturas foráneas, con sus historias de zorros de 9 colas, o de los héroes marciales del Wuxia y el Xianxia chino, no hacen más que eclipsar las nuestras, a las que deberíamos sentir más cercanas por su escenario geográfico.

Tanto el cine como las series televisivas que se producen en el extranjero revelan su folklore, sus costumbres, sus creencias. Las leyendas chinas difunden grandes hazañas sobrenaturales de sus dioses, pero las nuestras no se quedan atrás. 

Dioses que castigan o ayudan

Cierta vez, durante la transmisión televisiva de un partido de fútbol muy importante desde el Estadio Único Madre de Ciudades, escuché que un arrogante comentarista se burlaba del Dulce: "ese hilito de agua al que pomposamente llaman río", decía. 

Según la leyenda, Mayu, un anciano guerrero indio, glorioso vencedor de miles de batallas, lloraba tristemente por la sequía constante que asolaba la región, quemaba los sembrados, mataba a las plantas y hacía sufrir a la gente y los animales. El dios de la guerra, enojado por esta señal de debilidad del prestigioso luchador, hizo que sus lágrimas se convirtieran en el cauce de un río. Lo llamó Mishqui Mayu, burlándose del sentimiento de angustia que hizo llorar al viejo guerrero. 

En cambio, en la leyenda del mistol, la Pachamama, la diosa madre, es más piadosa. Mistol era un padre voluntarioso y trabajador. Le gustaba bailar, divertirse y siempre andaba con alguna ropa de color rojo oscuro. Todos los días iba al monte a buscar el sustento para sus hijos. Sucedió que el calor y la sequía arrasaban. La comida escaseaba. Mistol le rogó a la diosa que lo ayudara para calmar el hambre de su familia, y la Pachamama lo transformó en un árbol que da dulces frutos rojos, parecidos al color que él prefería.

Leyendas de transformación

Las mágicas transformaciones en animales se producen por diversos motivos en nuestras leyendas, la mayoría es por sentimientos de culpa.

Cuentan que dos hermanos vivían felizmente en el campo. Un día, uno de ellos, Topo, decidió ir en busca de aventuras a otros lugares. Pasó mucho tiempo hasta que se enteró de que su hermano estaba enfermo. Regresó justo para cuidarlo, pero la muerte igual se lo llevó. Topo lo enterró y se alejó del pueblo nuevamente. Ya viejo, volvió al pago y quiso homenajear a su hermano, prender velas y poner flores en su tumba. Pero no la encontró. Se había olvidado del lugar donde lo sepultó. La locura lo alcanzó en su frenética búsqueda, cavando el suelo para hallar la tumba de su hermano. Los dioses convirtieron a Topo en un animalito al que no se lo puede ver fácilmente, por eso la gente lo llama "el oculto", pues en forma incesante excava túneles bajo la tierra haciendo un sonido particular.

Otro que hace un ruido infernal es el coyuyo. En su leyenda también hay dos hermanos, a quienes les gustaba juntar algarroba en los calurosos días de verano. Una vez, después de beber copiosamente "se desconocieron" y comenzaron a pelear, con tal mala suerte que uno de ellos resultó herido de muerte. El otro, al darse cuenta de lo que había hecho, huyó despavorido. Su sentimiento de culpa lo hizo acurrucarse en el suelo, escondiendo la cabeza. Posteriormente se transformó en el coyuyo, que canta estruendosamente en verano, para recordar los buenos tiempos en que solía recolectar la algarroba junto con su hermano.

Pero no todas estas transformaciones resultan por algo negativo. También lo hacen por amor. Como es el caso de la leyenda del hornero. El alfarero y la alfarera querían casarse. Era costumbre de esa tribu indígena preguntar a las deidades sobre la pareja, para conocer sus augurios. Desgraciadamente, al efectuarse la ceremonia, luego de que el chamán encendiera el fuego de la adivinación, un fuerte viento lo apagó y cayó un rayo, presagiando una tormenta. Ante tremenda perspectiva, el jefe de la tribu denegó el permiso para que se casaran y vivieran juntos. Al poco tiempo, la pareja de alfareros desapareció. Los dioses se apiadaron de ellos y les dieron la posibilidad de vivir juntos convertidos en pájaros. Como buenos alfareros que eran construyeron su nido con la habilidad y conocimientos previos que habían cosechado en su vida humana.

Todas estas enseñanzas de errores cometidos, culpas expiadas en bendiciones encubiertas que se traducen en transformaciones sobrenaturales, nos hablan de una vasta riqueza espiritual con la que se explica el mundo que nos rodea. Ojalá que nuestros artistas, nuestros jóvenes escritores, los noveles realizadores audiovisuales indaguen distintas posibilidades para valorar estas leyendas, así nunca se pierdan y queden para las futuras generaciones de santiagueños. 

Fuente: El Liberal