jueves, 20 de noviembre de 2025

"El bandoneón se extingue: La batalla silenciosa en el corazón de Santiago del Estero"

SANTIAGO DEL ESTERO, 1984. - Miguel Simón, leyenda del folclore argentino, revive en su relato los años dorados del bandoneón santiagueño. Desde su patio con algarrobos y coyuyos, este patriarca musical traza el mapa de un mundo sonoro que se desvanece.





El Bandoneón: Un Tesoro que Ya No Se Fabrica

Don Miguel, con la paciencia de quien ha enseñado toda una vida, comenzó por el corazón de su sonido: el bandoneón.

"En Santiago, el santiagueño es un músico intuitivo. Hace muchos años, allá por 1930, ya se escuchaba bien tocada la chacarera en bandoneón", afirma. Pero adquirir uno no era tarea fácil. "Estoy hablando del año 1935, 34... Un bandoneón nuevo valía 75, 90, 100 pesos. En esa época, un empleado bancario ganaba 50 pesos". Era una inversión de meses, un lujo que el hombre de campo solo podía permitirse tras una buena cosecha.

Hoy, el panorama es desolador para los nuevos músicos. "A raíz de la última guerra mundial, los alemanes abandonaron sus fábricas de instrumentos. Hasta la fecha no se volvió a fabricar bandoneón". Esta escasez ha convertido al instrumento en una reliquia. "Hay gente que tiene uno y no lo quiere vender porque quizás era de su padre... y a raíz de eso, los nuevos muchachos del interior ya no compran bandoneón, sino acordeón". Con una sonrisa triste, sentencia: "Eso va suplantando a nuestra música tradicional".

Los Hermanos Simón y la Chacarera Fundacional

Simón no solo interpreta la tradición; es parte fundamental de su creación. Junto a sus hermanos, escribió uno de los primeros capítulos de la chacarera moderna.

"Los hermanos Simón hemos compuesto una de las primeras chacareras del año 1933, 'Chacarera de los Ríos'", recuerda con orgullo. "La grabamos en el 53... con mi hijo tenemos tres discos, más de 250 obras grabadas".

Al hablar de su estilo, se transforma en el maestro. "El santiagueño tiene un estilo... yo he tomado a la gente del campo. Ellos, sin saber música, hacían la tercera, la mano derecha... yo toco de acuerdo a mis sentimientos en el momento, nunca toco igual". Su explicación es una cátedra viva de la riqueza rítmica del folclore.

Jujuy, los Códigos y la Música que se Llevó el Río

Su historia no solo se escribe en Santiago. Vivió siete años en Jujuy, donde forjó amistades legendarias. "Yo he vivido en la ciudad de Jujuy durante 7 u 8 años... era muy amigo del 'Cuchi' Leguizamón, de Eduardo Falú, y especialmente del 'Papi' Sosa". De esos días nació "Tacita de Plata", una zamba que hoy "tienen como himno en Jujuy".

Pero su relato siempre vuelve a las raíces, a los símbolos profundos del monte. Con la sabiduría de un naturalista, describe el coyuyo, ese insecto cuyo canto es la banda sonora del verano santiagueño. "El coyuyo nace de la tierra... tiene un cantar excelente que se siente a la legua". Ese sonido está inmortalizado en sus letras, uniendo la naturaleza con el arte de una manera que solo un verdadero hijo de la tierra puede lograr.

El Violín de San Francisco Solano y el Mecenas del Mercado

La memoria de Simón es un archivo histórico. Al ser preguntado por los orígenes, teje una conexión que se remonta a la colonia. "Cerca de Salavina... hay docenas de familias de violinistas". ¿La razón? "La enseñanza que ha dejado el famoso curita... San Francisco Solano". Según la leyenda que recoge, el santo misionero usaba su violín para evangelizar en el siglo XVI, y su semilla musical echó raíces profundas en esa tierra.

Finalmente, revela el origen de los Hermanos Simón. "Mi padre tenía una confitería en un mercado... y era el mecenas de los músicos". Los artistas que llegaban del campo dejaban sus instrumentos bajo su custodia. "Nosotros, de chicos, teníamos 8, 12 años... ahí fue nuestra inclusión por la música criolla".

El Legado de un Sabio

Miguel Simón habla no con nostalgia, sino con la autoridad de quien ha sido testigo y arquitecto de una cultura. Su entrevista es más que una conversación; es un acto de preservación. Cada anécdota, cada explicación técnica sobre la "tercera" en la chacarera, cada recuerdo de un bandoneón perdido bajo la lluvia, es un fragmento de un patrimonio vivo que, como el coyuyo, merece seguir cantando para las generaciones que vienen.

Fuente: Entrevista a Miguel Simón (1984). *Miguel Simón entrevistado por periodista De Francia 1984 - YouTube*. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=uSzVuYF-LTU

miércoles, 19 de noviembre de 2025

Una Mateada Inolvidable: Homenaje a la Palabra de Juan Carlos Carabajal

 

"Juanca" Carabajal junto a Pepinot

En el panteón del folclore argentino, hay nombres que resuenan con la fuerza de la tierra misma. Juan Carlos Carabajal, "Juanca" para los amigos, es uno de esos pilares. Compositor prolífico, hombre de radio galardonado con el Martín Fierro y, sobre todo, un guardián de la identidad santiagueña. Su partida deja un silencio, pero su obra permanece como un eco eterno en chacareras, zambas y gatos que son parte del alma popular.

Hoy, a modo de homenaje, rescatamos una de esas charlas íntimas y sinceras, una "mateada" donde desnudó su proceso creativo, sus recuerdos y su visión del arte. A través de esta entrevista, volvemos a escuchar la voz humilde y sabia de un maestro que escribió, no para el éxito inmediato, sino para la eternidad.

Don Juan Carlos, ¿cómo nace ese impulso creativo, ese momento en que un autor se descubre a sí mismo?

- Quien me descubre fue don Miguel Simón, aunque yo ya tenía composiciones mías, escritas en Quimili, por ejemplo “Entra a mi hogar”. Pero digamos que el grueso de mi actividad como letrista fue con don Miguel. Con él, comienzo a escribir las letras para temas de los Hnos. Simón. Hicimos juntos entre 10 y 15 canciones, entre gatos, zambas, escondidos y chacareras.

¿Cuánto significa don Miguel Simón en su carrera?

- Mucho. Don Miguel me alojaba en su casa, me aconsejaba, hacía todos los papeles de S.A.D.A.I.C., o sea, tenía un método más estricto y responsable de trabajo. Me abrió la puerta de entrada, la entrada grande, al ambiente del folclore.

¿Cuál fue su primera creación? ¿Y quién las grabó?

- El primer tema fue una chacarera llamada “Para el señor de Mailin”, que fue compuesto con motivo de la visita de la imagen a Quimili. Después, los Sin Nombre me grabaron una polca que hicimos con José Gómez llamada “Soledad y melancolía”, y los Hnos. Toledo me grabaron “Corazón de crespín”, ahí arranqué. Ya antes, con Don Miguel Simón, hice el gato “Te dejo mi adiós”.

“No escribo por escribir, la canción nace cuando tiene que nacer”

Su obra está repleta de clásicos ¿Usted cree en la temporalidad de una canción folclórica?

- La ventaja del folclore es que puedes resucitar una canción. ¿Sabes cuántos años tiene la zamba “Agitando pañuelos”? Tiene unos 50 años. Es atemporal la canción, afortunadamente eso pasa con el folclore. Y esto debería tener en cuenta los chicos que están escribiendo, que no busquen el éxito inmediato, “pasatista”, sino que apunten a componer canciones que perduren. “Entra a mi hogar” tiene más de treinta años, lo escribí en Quimili. Con Jacinto hicimos “Hermano Kakuy” a fines de los 80.

Hablando de Jacinto Piedra, la creación de "Hermano Kakuy" es casi una leyenda. ¿Cómo fue aquel contacto?

- Fue muy esporádico. La grabación de la melodía de “Hermano kakuy” me viene a través de Elpidio Herrera, a quien le dijo Jacinto: “pásale a Juan Carlos”. Y fue una historia muy larga registrar la canción, porque él estaba en contra del sistema. Jacinto era una persona muy irascible, mas creo que solo estuvo una vez en mi casa, una noche; y después fue encontrarlo por ahí en la calle y hacer planes en común que lamentablemente nunca se pudieron cumplir.

¿Es por esto que no hay más obras junto a Jacinto?

- Yo no escribo por escribir, la canción nace cuando tiene que nacer. Y hay personas con las que a pesar de haberlo intentado nunca pudimos escribir nada, y hay gente que no se dedica a esto y me tiró una idea, y en base a esa idea surge una canción. Lo que interesa es la fuerza de la idea.

¿La letra de una canción nace a partir de la melodía?

- Yo por lo general trabajo sobre las melodías que me pasan mis coautores. Aunque mi hijo me aconseja que abandone a mis coautores; he aceptado ese consejo, él es gente autorizada. Lucas es un gran músico, él armó el Rejunte. He hecho varias canciones, en los dos discos de “En pueblo en pueblo” hay varias canciones con letra y música mías.

De su vasta obra, ¿cuál es la canción que más satisfacciones le trajo?

- Sin dudas, por la repercusión, por la receptabilidad de la gente es “Entra a mi hogar”, es un himno. Cuando el pueblo canta tus canciones desapareces como autor. Hay canciones como “Las coplas de la vida” o “Para los ojos más bellos”, que afortunadamente han trascendido. Son estímulos, satisfacciones que se sienten muy íntimamente y que confirman que lo que he escrito tiene algún fundamento.

Don Juanca, cuénteme sobre “Gatito para mi mama”, una de las más bellas composiciones referidas a la madre.

- Bueno, es la mamá de todos los santiagueños, es una verdadera joya. Ese tema estuvo muchos años escondido. En 1988, salió la segunda edición del disco de Santiago Guitarra y Copla. Mi coautor es el maestro Carlos Toledo. Mario Álvarez Quiroga me hizo un elogio, dice que es lo máximo escrito en materia de temas dedicados a la madre. Son síntesis de la mamá universal. Uno busca siempre que la canción trascienda. Una canción debe tener un espíritu, una idea, una personalidad.

Don Juan Carlos, ¿cómo nace El rejunte?

- El rejunte nace en Oncativo, el dúo con Lucas debuta en Sayana, un desaparecido pub de Oncativo. Recuerdo, el “negro” Blanco, un amigo, después de una charla nos invita a tocar en este pub. A partir de allí con Lucas nos ponemos a armar una carpeta con las letras y se agregó Alejandro Urbani, que falleció ya, y luego Hugo Cano más Juan Manuel Repolles completaron el grupo.

“Que quede claro, yo no busco el reconocimiento”

¿Cómo surge la idea de “De pueblo en pueblo” y qué significa? Tengo entendido que ya va por el tercer disco.

- El origen tiene que ver con visitar a mis amigos en enero de 2006. Con mi guitarra, arranqué en Villa Quilino, así arrancó “De pueblo en pueblo”. Durante ese mes de enero recorrí 11 ciudades. Después me gustó cómo venía la cosa y arranqué. De vuelta en Santa Rosa, Río I, y de allí no paré más. Si la idea es completar una trilogía, ya estamos preparando el tercero.

Usted fue maestro rural, ¿“De pueblo en pueblo” lo llevó a revivir este su primer amor?

- Claro, para mí, el contacto con las criaturas es una maravilla. Llevo cerca de 130 lugares visitados, miles de niños y grandes también, porque después hacemos peñas. Y así voy recogiendo material de los músicos que integrarán mis discos.

Y, para terminar, ¿Don Juan Carlos cómo ve la cultura de Santiago del Estero en la actualidad?

- Santiago avanza culturalmente, por su gente, por los arrestos individuales, esa persistencia de crear, bailar, actuar, escribir. Hay una gran fuerza que nos sustenta. Somos un pueblo de pensamiento, de conceptos, de creatividad, y eso nos distingue a nivel país. El mayor tesoro que tenemos es nuestra identidad. La defensa de nuestra identidad. Hundir el pensamiento en las raíces está a la mano, todos los días.

Al final del camino, ¿se sentía reconocido en su tierra?

- Que te quede claro, yo no busco el reconocimiento. Lo que la gente no sabe es que la gira nacional ha sido declarada de interés educativo, legislativo y nacional. La verdad que no, no figuro en los festivales oficiales, más en el último festival de la chacarera actuamos gratis, no estábamos en cartelera.

Sus palabras finales en aquella charla resuenan hoy con una mezcla de dolor y verdad. Quizás el reconocimiento oficial fue esquivo, pero Juan Carlos Carabajal alcanzó algo mucho más grande: la inmortalidad. La que se gana cuando una canción deja de pertenecer a su autor para convertirse en la banda sonora de un pueblo entero. Su legado no está en las marquesinas, sino en cada guitarra que entona sus melodías y en cada corazón que se estremece con sus versos.

Basado en la entrevista original realizada por Jorge Roberto Galian.

martes, 18 de noviembre de 2025

La historia secreta de "Añoranzas": Cómo una melodía se coló en el corazón de la Constitución.

¿Cómo llegó una canción nacida del dolor del desarraigo a convertirse en “himno cultural” por decisión de una Convención Constituyente? ¿Y por qué, aun cuando cambió el signo político del gobierno, nadie se atrevió a tocar ese artículo? La historia de “Añoranzas” dice mucho más sobre el poder, la nostalgia y el folclore de Santiago del Estero de lo que parece a primera vista.



Una Constitución que suena a chacarera

Imagine que abrís la Constitución de una provincia argentina y, entre artículos sobre la organización de los poderes del Estado, plazos, competencias y reelecciones, te encontrás con esto:

 “Adóptase como Himno Cultural de la Provincia de Santiago del Estero la obra musical ‘Añoranzas’ (chacarera), con letra y música de Julio Argentino Jerez”.

No es el programa de un festival. Es el texto constitucional reformado en 1997 en Santiago del Estero. Una chacarera –quizás la chacarera más emblemática de la provincia– transformada en símbolo oficial del Estado.

La escena abre una pregunta incómoda: ¿por qué, en medio de una reforma híper conflictiva, un gobierno acusado de “modelo autoritario” decide coronar como himno cultural una canción que habla del dolor de estar lejos del pago? ¿Un gesto romántico… o una jugada política finísima?

Este artículo reconstruye, en clave narrativa, el contexto en el que “Añoranzas” fue adoptada como himno cultural en 1997 y reafirmada en la reforma de 2005, cuando el juarismo ya había caído. Lo hace siguiendo la investigación de Ramón Esteban Chaparro (2017), quien rastreó en la prensa santiagueña –sobre todo en el diario El Liberal– las huellas de esa decisión y lo que revela sobre el uso político del folclore tradicional.

La chacarera que cantan los que se fueron

Para entender la potencia simbólica de “Añoranzas” hay que volver a su origen.

La canción fue registrada en 1942 por Julio Argentino Jerez, en una provincia atravesada por un fenómeno doloroso: la emigración masiva. A mediados del siglo XX, Santiago del Estero perdió miles de habitantes que se vieron obligados a partir hacia Buenos Aires y otras grandes ciudades, empujados por la necesidad económica. Trabajo había lejos; el pago quedaba atrás.

“Añoranzas” recoge la voz de ese sujeto que se fue. Un yo que, desde la distancia, extraña la tierra natal, su paisaje, su rancho, sus afectos. No es la nostalgia edulcorada del turista, sino el desgarro del que tuvo que irse para sobrevivir. La canción se volvió, con los años, el himno íntimo de los santiagueños dispersos por el país.

Setenta años después de su creación, seguía vigente en peñas, patios, festivales y discos. Si uno piensa en el cancionero santiagueño, “Añoranzas” aparece entre las primeras. Y, casi inevitablemente, vinculada a las voces de Los Manseros Santiagueños, uno de los conjuntos que contribuyeron a fijarla en la memoria colectiva.

Pero lo que en principio parece solo una historia musical, se vuelve política cuando la chacarera cruza de escenario y entra en la Constitución.

Una provincia que reescribe su Constitución una y otra vez

Santiago del Estero sancionó su primera Constitución en 1856. Desde entonces, según cuenta la historiadora María Tenti de Laitán (1998), la carta magna fue reformada al menos diez veces hasta 1997. Es decir: en promedio, cada texto constitucional duró apenas catorce años.

Si sumamos las reformas de 2002 y 2005, ese promedio baja incluso más. Y lo que podría leerse como vitalidad institucional, muchas veces responde a algo bastante menos épico: la necesidad de adaptar las reglas del juego a los intereses del gobernante de turno.

En 1997, quien tenía el control político de la provincia era Carlos Juárez, figura central de la política santiagueña durante décadas. Fue él quien impulsó una nueva reforma constitucional. En las elecciones para convencionales constituyentes, el justicialismo se impuso con el 52 % de los votos frente al 42 % de la Alianza Para Todos (que agrupaba distintos desprendimientos del radicalismo y otras fuerzas). Había, además, un pequeño sector peronista disidente, la Corriente Renovadora, con un magro 2 %.

La Convención sesionó apenas cincuenta días: del 10 de noviembre al 30 de diciembre de 1997. Pero ese breve período concentró una intensidad política que el diario El Liberal retrató con un léxico casi bélico.

 “Todo hace temer una guerra”: el clima de la reforma de 1997

El trabajo de Chaparro se apoya en un minucioso relevamiento de las ediciones de El Liberal durante los meses de la reforma. El resultado es un mosaico de conflictos simultáneos, dentro y fuera de la Convención, que trazan un cuadro de provincia crispada.

Adentro de la Convención

La pelea central oponía al oficialismo justicialista con la Alianza opositora. Los puntos más discutidos eran, previsiblemente, aquellos que favorían a Juárez: especialmente la posibilidad de reelección y otras enmiendas que consolidaban su poder.

La oposición denunció un “modelo autoritario” y terminó retirándose de las sesiones, cuestionando la legitimidad del proceso. La Iglesia Católica, en la voz del obispo Gerardo Sueldo, fue igual de dura: dijo que la nueva Constitución era “más fascista que democrática”.

Afuera: la conflictividad se multiplica

Mientras tanto, en distintos puntos de la provincia estallaban conflictos de todo tipo, amplificados por la prensa:

* En Campo Gallo, se enfrentaban dos líneas políticas locales –la del intendente Jhon Bosco Mendonza y la del exintendente Amado T. Chamorro– en un clima tan tenso que El Liberal abrió su edición del 1 de noviembre con un enorme titular y foto de cortes de ruta.

* En la capital, había guerra fría (y no tan fría) entre empresarios y choferes de colectivos, y los remiseros, acusados de competencia desleal por los primeros. El conflicto tenía un fondo político: estaba atravesado por la disputa entre el juarismo y el intendente radical Mario Bonacina.

* En el área de salud, el Instituto de Obra Social del Empleado Provincial chocaba con el Colegio de Médicos por el pago de prestaciones con bonos.

* Entre el Ejecutivo y la Iglesia, el obispo Sueldo criticaba lo que consideraba una “militarización” de la policía provincial, apuntando directamente a Juárez.

* Entre el gobierno y la prensa, El Liberal se cruzaba con los convencionales oficialistas tras un editorial sobre el cobro de juicios por inmuebles quemados durante el “santiagueñazo” de 1993.

No es casual que muchas de estas noticias ocuparan la tapa o la parte superior de las páginas, con grandes titulares, fotos, columnas de opinión y hasta chistes gráficos. Los verbos elegidos reforzaban el dramatismo: los conflictos no “comenzaban”, “estallaban”; no había diferencias, sino “guerra”. Un ejemplo recogido por Chaparro: “Todo hace temer una guerra”, decía el diario el 14 de noviembre en su portada.

El investigador se apoya en el análisis crítico del discurso de Teun van Dijk para leer estas elecciones como algo más que simple color periodístico: son formas de enmarcar la realidad, de presentar al lector un “nosotros” y un “ellos” en permanente tensión.

¿Quién es el verdadero “nosotros” santiagueño?

Detrás de cada uno de esos conflictos, Chaparro detecta un mismo movimiento: una disputa por apropiarse del “nosotros” santiagueño. Es decir, de la identidad legítima de la comunidad.

Simplificando mucho, podríamos dividir las voces en dos grandes bloques:

* La oposición, entendida como la Alianza, el obispo Sueldo y el propio diario El Liberal.

* El oficialismo, encabezado por Juárez y sus dirigentes, incluidos varios convencionales.

Ambos hablan en nombre del mismo destinatario: el pueblo de Santiago del Estero. Ese pueblo aparece siempre como víctima, pero el victimario varía según quién hable.

* Para la oposición, el pueblo sufre las prácticas clientelares y autoritarias del juarismo.

* Para el oficialismo, el peligro viene del accionar “disolvente” de la oposición, que no respeta la voluntad de la mayoría.

Cada sector se autopercibe como defensor de una dimensión clave de ese pueblo:

* La oposición dice defender su libertad.

* El oficialismo dice resguardar su unidad.

El juego consiste en presentarse como el “yo” legítimo que habla con un “tú” (el pueblo) al que hay que proteger… del otro. Esa lógica de amigos/enemigos es un clásico de la política, pero en Santiago del Estero, a fines de los noventa, se cargó de un ingrediente particular: el folclore.

Cuando el folclore entra a la sala de sesiones

En ese clima enrarecido, el oficialismo necesitaba gestos que construyeran consenso, aunque fuera por fuera de los debates más conflictivos. Y ahí aparece el folclore.

Durante buena parte del proceso, el gobierno mantuvo en reserva su proyecto de reforma. Ni siquiera sus propios convencionales conocían con precisión todos los artículos a modificar. Esa opacidad aumentaba las sospechas de la oposición, que denunciaba una maniobra para “blindar” a Juárez y a su entorno.

En ese contexto, la decisión de incorporar símbolos identitarios –bandera, escudo, escarapela– funcionó como un movimiento más amable, casi patriótico. Pero hubo un detalle significativo: mientras la Convención le dio rango constitucional a la ley que había creado la bandera provincial en 1985, no hizo lo mismo con el viejo “Himno a Santiago del Estero” (de 1953), que casi nadie conocía.

En cambio, optó por algo radicalmente distinto: elevar a rango de “Himno Cultural” una canción del cancionero popular, masiva, entrañable, omnipresente: “Añoranzas”.

El jurista Peter Häberle sostiene que las constituciones suelen incluir himnos y símbolos porque funcionan como “fuentes emocionales de consenso” para la comunidad política. Si eso es cierto, la elección tenía una lógica contundente: un himno escolar que pocos podían tararear difícilmente generaría consenso; una chacarera que todo el mundo se sabe de memoria, sí.

La jugada no se quedó en el papel. Para el acto de jura del nuevo texto, la mayoría justicialista convocó a figuras del folclore tradicional: Los Manseros Santiagueños, Los Tobas, La Chacarerata Santiagueña, entre otros. Muchos de ellos, justamente, eran celebrados casi a diario en las páginas de El Liberal como la encarnación del folclore “auténtico” de la provincia.

Era la foto perfecta: el gobierno juarista, cuestionado por “autoritarismo”, rodeado en la ceremonia de las mismas voces que la oposición consagraba como símbolo de la verdadera santiagueñidad. Una escena de legitimación recíproca.

Y lo más llamativo: nadie en la oposición cuestionó la adopción de “Añoranzas”. Se discutieron la reelección, las garantías, la relación con la Iglesia… pero no el nuevo himno cultural. El Liberal, que dedicaba páginas enteras al folclore tradicional, se limitó a informar el hecho en párrafos finales, sin críticas explícitas.

Para Chaparro, ese “silencio prudente” dice tanto como mil editoriales: el folclore tradicional era un terreno común, un lenguaje compartido por las élites enfrentadas.

Más allá de la política: la batalla por la “santiagueñidad” también se daba en las góndolas

Revisando día por día El Liberal, la investigación detecta algo más: el folclore y la identidad no solo eran armas en la arena política, sino también en el mundo empresarial.

Disco vs. Sinchi: cuando los supermercados se vuelven gauchos

A fines de los noventa llegaron a la provincia los hipermercados Disco y Libertad. La reacción de los supermercados locales fue rápida: se agruparon en una asociación llamada Sinchi, palabra que en quichua significa “fuerte”.

Su lema publicitario era, literalmente, una antinomia: “Compre súper cerca y no gaste su dinero híper lejos”. El mensaje era claro: defendamos lo nuestro frente a la “invasión extranjera” de las grandes cadenas.

En el fondo, Sinchi se apropiaba de una vieja oposición muy arraigada en el imaginario santiagueño: lo local vs. lo de afuera, lo campero vs. lo importado. Una lógica que “Añoranzas” misma refuerza cuando contrapone el pago a la gran ciudad.

Disco respondió con otra jugada simbólica: organizó un certamen de música folclórica para celebrar su primer aniversario, con el padrinazgo de Sixto Palavecino –violinista, cantor, referente de la lengua quichua– y el auspicio tanto del gobierno provincial como de El Liberal.

El isotipo del concurso era toda una declaración de intenciones: un mapa de Santiago del Estero sobre el que se superponían un bombo, una guitarra y un sol. El hipermercado, en clave de “patio criollo”.

Así, en el terreno comercial, las estrategias eran similares a las políticas: apropiarse de símbolos identitarios para integrarse al “nosotros” santiagueño y seducir a un mismo “tú”: el consumidor-ciudadano.

¿Qué se entendía por “folclore auténtico” a fines del siglo XX?

Para entender por qué “Añoranzas” se convirtió en la candidata perfecta a himno cultural, hay que mirar cómo se construía la idea de “folclore tradicional” en el discurso público de la época.

En El Liberal –y en buena parte de las élites culturales y políticas– el folclore “auténtico” tenía una serie de rasgos bastante definidos:

1. Temas: el pago perdido y el pasado feliz

Se valoraban especialmente las canciones que hablaban del pago lejano y del pasado idealizado. La nostalgia era la emoción central: el personaje que se fue, que sufrió la distancia y que sueña con volver.

Los repertorios reseñados en el diario lo muestran con claridad: chacareras dedicadas a pueblos del interior, al monte, a la vida de rancho. Incluso, cuando el intendente Bonacina quiso ilustrar la hospitalidad santiagueña en un acto por el Día de la Tradición, citó otra chacarera famosa cuyo personaje reconoce, después de vagar lejos, que lo que buscaba siempre había estado en el lugar donde nació.

En ese mismo evento se anunció la futura construcción de un anfiteatro llamado Plaza Añoranzas, homenaje directo a la chacarera de Jerez. El topónimo, otra vez, hacía del recuerdo del pago una marca urbana y política.

2. Continuidad con el pasado y desconfianza hacia la innovación

El folclore valioso era el que mantenía continuidad con una tradición heredada de generación en generación. Se celebraba a quienes “nunca se apartaron del estilo” con el que empezaron en los años 50 o 60, y se miraba con recelo cualquier intento de renovación.

En los ochenta había surgido una movida que mezclaba folclore con rock, incorporaba baterías, guitarras eléctricas y nuevos temas urbanos. Para buena parte del mundo tradicionalista, esa apertura era una amenaza.

Un epígrafe de El Liberal sobre el grupo Los Sacha lo dice todo: los presenta como “rockeros arrepentidos” que abandonaron el rock para dedicarse al folclore… y a quienes “les va mucho mejor” desde ese giro. El mensaje es transparente: lo nuevo es desviación; lo tradicional, el camino correcto.

3. Ruralidad, gauchos y “cosas de la tierra”

El universo imaginario del folclore auténtico era rural. El personaje emblemático: el gaucho. En las fotos del diario, músicos y bailarines aparecían con sombrero, pañuelo al cuello, bombachas, botas, poncho.

Se repetían imágenes y referencias a:

* El rancho como símbolo de la felicidad perdida.

* Destrezas criollas como la jineteada.

* Costumbres como el mate y el asado.

* Personajes campesinos como la popular “Doña Shalu”, creación teatral/musical de Graciela Alicia López.

El folclore urbano, la vida de barrio en las ciudades, la experiencia de las periferias contemporáneas casi no aparecían en ese paisaje.

4. Guardianes mayores y jóvenes discípulos

El protagonismo lo tenían artistas que ya eran parte del panteón: Los Manseros Santiagueños, Los Tobas, Sixto Palavecino, Alberto Leguizamón, La Chacarerata Santiagueña, entre otros. Muchos de ellos eran ya adultos mayores en los años noventa.

Los jóvenes eran bienvenidos en la medida en que se situaran como continuadores respetuosos de esos “maestros”. Se los valoraba cuando interpretaban “las cosas nuestras”, cuando se declaraban herederos, no innovadores.

En una entrevista, Alfredo Toledo, de Los Manseros, agradecía que las nuevas generaciones cantaran composiciones de su grupo. Otro ejemplo: el pianista Marcelo Perea tituló uno de sus discos Piano santiagueño. Homenaje a los maestros, y fue celebrado por su “exquisita forma de ejecutar las cosas nuestras”.

El mensaje implícito: el lugar del joven es el de aprendiz devoto, no el de creador de algo distinto.

5. Géneros preferidos: la supremacía de la chacarera

Aunque se mencionaban zambas, gatos y escondidos, la chacarera ocupaba el trono indiscutido. No solo porque se canta, sino porque se baila: es música de fiesta, de celebración colectiva.

En el concurso folclórico organizado por Disco, por ejemplo, una de las categorías específicas era “chacarera inédita”, y la sección de danza también giraba en torno a ese ritmo.

Frente a géneros más contemplativos, como la vidala –que aparece asociada a espectáculos “artísticos y didácticos”–, la chacarera se presenta como el latido festivo del pueblo.

6. Instrumentos emblemáticos: bombo, guitarra y, si se puede, violín

Otro rasgo definitorio: la insistencia en ciertos instrumentos como marca de autenticidad. El combo casi fijo en las fotos era guitarra y bombo, a veces sumando el violín, sobre todo si el protagonista era Sixto Palavecino.

El logo del concurso de Disco –mapa de la provincia con bombo y guitarra– condensaba ese imaginario.

7. La marca del quichua

El quichua santiagueño aparecía como otro sello de identidad tradicional, visible en:

* Letras de canciones (con términos quichuas para nombrar personas, paisajes, características físicas).

* Nombres de conjuntos: Dúo Shunko, Los Sacheros.

* Nombres de personajes (Doña Shalu) y de organizaciones (la misma Sinchi).

Era un modo de enlazar lenguaje, música y territorio.

8. “Mantener vivo el sentir nacional”

Finalmente, el folclore tradicional era presentado como algo más que entretenimiento: una misión. Un editorial y notas del Día de la Tradición hablaban de “mantener vivo el sentir nacional”, de “reivindicar el canto que nos identifica”.

En esa clave, el folclore no es solo una práctica cultural: es la forma en que “el pueblo” preserva su esencia. Una esencia que, curiosamente, se definía siempre por elementos del pasado, rurales, homogeneizadores, dejando en la sombra otras experiencias santiagueñas más contemporáneas y conflictivas.

Las reglas silenciosas de lo que se puede decir

En este punto entra en juego la noción de hegemonía discursiva propuesta por el teórico Marc Angenot. Según él, en cada época hay un “sistema regulador” que define qué se puede decir, cómo, y desde dónde resulta verosímil hablar.

Chaparro aplica esa idea al Santiago del Estero de fines del siglo XX: más allá de sus peleas públicas, las élites políticas, mediáticas y culturales compartían un marco común sobre lo que era “natural” decir cuando se hablaba del pueblo santiagueño.

En ese marco, el folclore tradicional –con todas las características que vimos– funcionaba como un terreno de acuerdo. El oficialismo podía mostrar que defendía “la identidad del santiagueño” incorporando a la Constitución un símbolo de ese universo; la oposición no podía criticar esa movida sin traicionarse a sí misma, porque venía celebrando ese mismo universo día tras día.

Por eso, la adopción de “Añoranzas” como himno cultural resultó, en términos de Angenot, casi inevitable: se ajustaba perfectamente a los “principios reguladores de lo decible” en la provincia. Era la canción correcta, en el momento justo, para ganar un plus de legitimidad en medio de un mar de sospechas.

2003–2005: cae el juarismo, pero la chacarera queda

La historia, sin embargo, no termina en 1997. Y aquí aparece un dato revelador.

En 2003, el doble crimen de La Dársena –el asesinato de dos jóvenes mujeres, con implicancias que rozaban al entorno del poder– detonó una ola de indignación social que terminó con la intervención federal de la provincia y la caída estrepitosa del juarismo. Nina Aragonés de Juárez, entonces gobernadora, dejó el cargo en medio del escándalo.

En 2005 se convocó a una nueva reforma constitucional con un claro objetivo “antijuarista”: revisar y desarmar las enmiendas que habían favorecido la perpetuación en el poder. La Convención estuvo dominada por la Unión Cívica Radical y sectores peronistas disidentes, con el radical Gerardo Zamora –intendente de la capital en 2003– ya camino a la gobernación.

El clima político había cambiado por completo. Pero al revisar la nueva Constitución, hay un artículo que permanece prácticamente intacto: el que declara a “Añoranzas” como himno cultural de la provincia. Ni siquiera se modifica el verbo “Adóptase”, lo que genera confusión sobre en qué año exacto se tomó la decisión.

El historiador Antonio Castiglione, por ejemplo, adjudica erróneamente la adopción del himno a la reforma de 2005, cuando en realidad el artículo viene de 1997 y fue ratificado.

Ese “detalle” es, en realidad, una pista crucial: cambian los gobiernos, se reconfiguran las alianzas, cae una figura que parecía indestructible… pero el consenso en torno a ciertos símbolos permanece.

El “nosotros” de las élites se reacomoda, pero no se rompe. El folclore tradicional –y “Añoranzas” en particular– sigue siendo un capital simbólico que ningún sector político quiere perder.

Nostalgia: cuando el amor al pago inmoviliza

Llegamos entonces al corazón de la hipótesis de Chaparro: ¿qué rol juega la nostalgia que atraviesa “Añoranzas” en este entramado?

En principio, podríamos decir: ¿qué problema hay con extrañar el pago? ¿No es lógico que quienes se fueron sientan ese tirón del origen? Claro que sí. La nostalgia, como recuerda la crítica Linda Hutcheon, es una emoción ambivalente: puede ser crítica, consciente de la distancia entre pasado y presente… o puede volverse idealizante, conservadora, ciega a los conflictos.

Lo que el análisis de Chaparro sugiere es que, en el discurso de las élites políticas y mediáticas santiagueñas de fin de siglo, se privilegió una nostalgia acrítica, que hizo del recuerdo del pasado una forma de conjurar el malestar del presente.

En esa lectura “oficial” de “Añoranzas”:

* Amar el pago es recordarlo en su esplendor idealizado, no preguntarse por qué tanta gente tuvo que irse.

* Cantar sobre la belleza del rancho y del monte es olvidar las desigualdades que empujan a la emigración.

* Volver simbólicamente, en la canción, reemplaza la discusión sobre si es posible, hoy, vivir dignamente en la provincia.

La exaltación de las raíces, de las “tradiciones”, de la “historia” se presenta como la forma más alta de amor a Santiago del Estero. Y se promueve, al mismo tiempo, un cierto desdén por el presente, percibido como degradado en comparación con ese pasado glorioso que se canta.

La nostalgia se vuelve así –en palabras de Chaparro, apoyado en Angenot– un instrumento de control: orienta los afectos del pueblo hacia el pasado, lo que reduce la energía disponible para cuestionar el orden actual. Es más fácil emocionarse con una chacarera que discutir la estructura de poder que hace que, generación tras generación, emigrar parezca la única salida.

¿qué hacemos hoy con nuestras “añoranzas”?

Nada de esto significa que haya que dejar de cantar “Añoranzas”, ni desterrar el folclore tradicional, ni mucho menos. La música que emociona a un pueblo, la lengua quichua, los relatos del monte y del rancho, forman parte de una memoria valiosa que merece seguir viva.

El punto es otro: reconocer que esos símbolos no son neutros, que han sido y son usados por distintos sectores para construir legitimidad, para definir quiénes entran y quiénes quedan afuera del “nosotros”.

Saber que una chacarera puede terminar escrita en la Constitución debería llevarnos a mirar con otros ojos lo que cantamos en las peñas, en las escuelas, en los actos oficiales. A preguntarnos:

* ¿Qué pasado estamos idealizando cuando entonamos estas canciones?

* ¿Qué presente estamos dejando afuera del cuadro?

* ¿Quiénes se benefician cuando el amor al pago se formula solo en términos de recuerdo y no de derecho a un presente más justo?

Quizás el desafío sea practicar una nostalgia crítica: una que nos permita reconocer las heridas del desarraigo, la belleza de las tradiciones y, al mismo tiempo, discutir las condiciones que siguen empujando a tantos a irse.

“Añoranzas” seguirá siendo, probablemente, una de las bandas sonoras de Santiago del Estero. Lo que podemos elegir es cómo la escuchamos: si como un arrullo que adormece la incomodidad del presente, o como un espejo que nos devuelve una pregunta incómoda sobre las deudas todavía abiertas con quienes, desde lejos o desde adentro, siguen soñando con un pago más habitable.

Este artículo se basa principalmente en:

* Chaparro, Ramón Esteban (2017). “El folclore que nos une. La adopción de ‘Añoranzas’ como himno cultural de Santiago del Estero”. Dossier – Revista de Culturas y Literaturas Comparadas, Vol. 7.

* Tenti de Laitán, María (1998). “Cien años de historia”, en Retrato de un siglo. Una visión integral de Santiago del Estero desde 1898. Santiago del Estero: El Liberal.

* Castiglione, Antonio (2010). Historia de Santiago del Estero (Bicentenario 1810–2010). Santiago del Estero: Latingráfica.

* Constitución de la Provincia de Santiago del Estero (1997 y 2005).

* Angenot, Marc (2010). El discurso social. Los límites históricos de lo pensable y lo decible. Buenos Aires: Siglo XXI.

* van Dijk, Teun (2004). “Discurso y dominación”.

* Häberle, Peter (2010). “El significado de las constituciones en la perspectiva de las ciencias culturales”. Pensamiento jurídico, n.º 28.

* Otras referencias a cancioneros santiagueños, trabajos de Cristina Elgue-Martini y Linda Hutcheon sobre nostalgia y melancolía, y el diccionario quichua-castellano de Domingo Bravo, citados en el trabajo original de Chaparro.

lunes, 17 de noviembre de 2025

Del 55": Donde el vino se hizo poesía

 



En el corazón nocturno de Tucumán, allá por los años cincuenta, donde el tiempo parecía detenerse entre coplas y dados, existió un lugar que no entró en los libros de historia, pero sí en la sangre del folklore argentino: "El 55".

Gerardo Núñez lo recuerda como una mezcla de fonda humilde y refugio de almas inquietas, un rincón de dos por dos donde el vino corría más rápido que las horas y las cartas se mezclaban con acordes. No era un cabaret ni un salón de lujo, sino un boliche de hacha y tiza, como le gustaba decir a Hugo Díaz —rústico, auténtico, peligrosamente vivo. Un sitio donde se cantaba fuerte, se amaba en secreto, se peleaba a puñetazos y, a veces, se moría.

Allí, en ese reservado que no guardaba amores, sino sueños de juego y guitarra, nació una de las chacareras más sentidas del cancionero nacional: "Del 55", compuesta en 1958. Un tema que no solo evoca un lugar, sino un tiempo, un olor, una atmósfera cargada de tabaco, triunfos, sangre y poesía.

"En ese boliche corría la droga, hubo peleas, muertes...", confiesa Núñez. Y recuerda con sombra en la voz la historia de Milonguita, la prostituta famosa cuya vida se apagó entre las paredes de aquel antro. Pero también florecía el arte: en ese cuartito cabían apenas una mesa, unas sillas y una estrella —Hugo Díaz, con su violín que partía el alma— acompañado por Adolfo Ábalos, Hugo Carmona, Alfredo Grillo, y las hermanitas Carmona, que entonaban con voces dulces y profundos callos en el canto.

Gerardo, junto a sus hermanos Pepe y Canuto, había llegado desde Salta para estudiar Arquitectura. Vivían a cuatro cuadras del mito. "Quizás por destino", dice, "o por una inspiración que ya nos rondaba". Eran estudiantes, muchachos bravos de voz fuerte, que llamaban la atención no por alborotar, sino por cantar como si el mundo se fuera con cada verso.

Y el mundo los escuchaba. El Ciego Pancho, figura mítica de la noche, se acercaba a su mesa. Los mozos, Chacho Díaz y Maldonado, los querían. Cerca de las tres de la mañana, hacían la vaquita para que el vino siguiera fluyendo, y les servían una "pavesa" —una sopa de ajo y huevo que entraba como ungüento para el alma—, antes de cerrar.

Allí entraban crupieres del casino con bolsillos pesados, políticos de camisa desabrochada, profesionales cansados de su fachada. Y estudiantes buscando una bohemia que, más que desorden, era rebeldía del espíritu. Mujeres que eran luz y sombra. Borrachos. Pendencieros. Pero también respeto. Porque en "El 55" no se podía cruzar la línea: el desorden tenía su propio orden.

Y fue en ese vaivén de luces tenues, naipes, cuerdas y amaneceres sin cama, donde nació la inspiración. Donde el mito se convirtió en melodía.

"Del 55" no es solo una chacarera. Es un grito contenido, una copla que sangra. Una suerte de retrato sonoro de una época donde el vino era poesía, los mozos, testigos, y el folklore, una manera de sobrevivir.

 

"Que me moje el vino que viene lento /
Que me nombre el hombre que está contento...
Soñador sin penas /
Arriador de olvidos /
Mi '55' emborrachador antiguo."

 

Cuarenta años después, el edificio sigue en pie. Pero el alma no. Ahora es solo ladrillo. La verdadera existencia de "El 55" no está en una dirección, sino en cada verso que aún resuena en las guitarras del interior. En cada voz que, sin saberlo, canta no por costumbre, sino por herencia.

Por Omar Sapo Estanciero (fragmento del libro inédito "Anécdotas y curiosidades de folcloristas santiagueños")

sábado, 15 de noviembre de 2025

Pamperito Paz: El Latido de un Corazón Santiagueño

 


En el universo del folclore argentino, algunos nombres no se escriben, se sienten en el eco de los parches. Uno de ellos es el de Pedro Alberto Paz, “Pamperito”, el bombisto que convirtió un instrumento en un lenguaje del alma. Nacido un día como hoy en 1939 y partido físicamente un 18 de junio de 2002, su legado es ese ritmo inconfundible que aún late en la memoria colectiva.

Pamperito no solo tocaba el bombo; lo habitaba. Forjó un estilo único, una sincopa que se hizo voz propia. Su viaje musical comenzó con Los Hermanos Juárez, para luego sumar su pulso a la música de Bailón Peralta Luna. Su talento era tan requerido como indispensable; su repique acompañó a gigantes como Mercedes Sosa, Daniel Toro y Martha y Waldo de los Ríos, dejando una huella sutil pero imborrable en cada grabación.

Había una época dorada, en la que Red Star organizaba peñas que eran el termómetro de la escena. A la entrada, con su proverbial aire señorial, estaba el animador Hugo Ocaranza. Y había una frase que resumía una verdad absoluta: "Esta noche no hay peña, Pamperito no pude venir...". Medio en serio, medio en broma, esa sentencia consagraba lo que todos sabían: sin él, la fiesta estaba incompleta.

Con su rostro juvenil y su bombo como extensión natural del cuerpo, Pamperito era la figura infaltable. Era la garantía de que la noche tendría el compás correcto. Una anécdota lo pinta de cuerpo entero: en el escenario de la Peña Salteña de Mar del Plata, el gran “Ñato” Gramajo, otro titán del bombo, hizo una declaración que era a la vez un elogio y un reconocimiento: "Yo toco hasta un tango con el bombo, pero en Santiago está Pamperito, un joven bombisto que interpreta música clásica". No había mayor honor.

Hoy, lo evocamos con los versos que Miguel Brevetta Rodríguez le dedicó, un retrato en coplas que captura su esencia juguetona y su corazón de niño:

Inflable en las peñas/ la noche lo busca...

Traiganlo a Pamperito/ con su bombo juguetón/ que se le sientan los parches/ de su niño corazón.

No le aflojes pega fuerte/ los parches van a aguantar...

Retumbo musiquero/ se escucha palpitar/ tu bombo camorrero/ no cansa de sonar.

 Manos diablas se te mezclan/ con la copla y el cantar...

Santiago no tendrá/ bombisto mejor.

Pamperito era más que un músico; era el narrador de las alegrías, el picaflor soñador que derramaba picardías con sus palillos. Su bombo no era solo de madera y cuero; era el corazón juguetón de una tradición que late, con fuerza y con fiesta, para siempre.

Filosofía de vida en la zamba de pedro Evaristo Díaz: Yo les pregunto por qué

 


Por Luis Ernesto Melano

Profundizar en la vida y obra de Pedro Evaristo Díaz, es conocer y aprender sobre el polifacético entorno humano y cultural que fue atesorando en su dilatada existencia con los que constituyó su gran acervo nativo tradicionalista, del que se sintió muy orgulloso de pertenecer, acrecentar y defender.

Yo mismo me sorprendí escribiendo estos comentarios porque el tema tratado por este enorme santiagueño, autor de la zamba “Yo les pregunto ¿por qué?”, es muy hondo. Como todo lo que escribió, nos convoca a reflexionar en un tiempo en que el hombre cada vez es más individual y muchas veces, considerando el contexto en que habita, esa individualidad hace que se equivoque llevándolo a perder la visión de conjunto, de comunidad y por ello… duda.

Como hombre que nació y vivió en el campo, Pedro Evaristo aprendió muy bien que pensar es crecer en preguntas, incógnitas que van enriqueciendo la vida de una persona con una mirada hacia todos los rumbos de la existencia porque somos de adentro para afuera. Nuestro espacio interior busca permanentemente interpretar, conocer el afuera que nos circunda, interpretarlo. Porque cuando pensamos, estamos yendo tras una verdad como apartándonos de la vida, mirándola desde lejos y este acto, es lo que nos permite dimensionar el aquí y ahora.

La pregunta detiene, es como un semáforo interior. Como generalmente uno se indaga, Díaz se indagó planteándose preguntas de orden existencial en esta letra: ¿Por qué a mí? ¿Por qué la vida es tan injusta? ¿Por qué me limita y provoca este dolor? Indudablemente, se realizó otras preguntas, pero la determinante es: ¿Por qué a mí?

La letra de esta zamba plantea una auténtica filosofía sobre la existencia dejando algo muy en claro: la circunstancia que le tocó vivir. A veces, simplemente, no hay nada que comprender. Parece fácil, pero no lo es. Por lo tanto, nos deja una enseñanza: aprender a reparar en lo frágil y efímero que somos los seres humanos en este universo donde lo único y seguro es el cambio permanente. Por eso las personas no somos sino un “ir siendo”, un “vamos siendo”. Es en ese camino que debemos ir cambiando, adaptándonos al nuevo momento que incesantemente se repite.

“Yo les pegunto ¿por qué?”, profunda reflexión sobre la ceguera, expone una conversación consigo mismo dolorosamente reflexiva. Por momentos es desesperada; el protagonista, Pedro Evaristo Díaz, está enojado con el destino. Y aquí es bueno detenerse un momento para dejar aclarado que muchas personas asocian el destino con la suerte y esto no es correcto porque se trata de una confusión, no se ajusta a la realidad de lo que estamos tratando. Refiero a este punto porque lo que plantea este gran hombre es muy importante.

Veamos entonces qué es la suerte. Tiene varias acepciones:

▪︎ La suerte que nos sonríe hoy nos vuelve la espalda mañana. Por lo tanto, es voluble. Es decir, cambia frecuentemente.

▪︎ La suerte está en relación con sucesos contingentes del mundo, con algo que puede o no suceder.

▪︎ La suerte tiene algo de superstición, como las brujas.

Veamos qué es el destino. Tiene estos significados:

▪︎ El hombre viene al mundo con un destino y ese destino es inmutable.

▪︎ El destino se relaciona con los designios necesarios de la providencia.

▪︎ Cuando ya no podemos con ciertas desdichas incomprensibles, ocultas en el espíritu universal, como la “palma de los mártires” (significado que se le dio en la época pre-cristiana, es decir cuando era una religión perseguida por el Imperio romano, fue considerada como un símbolo de victoria del espíritu sobre lo terrenal y la carne, así como un símbolo del renacimiento y de la inmortalidad.), invocamos el favor del destino, esperanza de nuestros dolores.

▪︎ El destino remite, refiere a algo de sistema, como la razón; algo de dogma, como la fe.

Si perder la visión es un cambio profundo en la vida de una persona, debemos preguntarnos ¿cuál sería el camino que conduce a enfrentar la nueva realidad? El camino es el cambio porque ante esa pérdida total de la visión, una persona debe cambiar, prepararse para enfrentar “el yo y mi circunstancia”.

Amargo destino de andar sin llegar

Pero el asunto es también, y lo más importante, “situarse, ponerse en el lugar de Evaristo”. De hecho, lo mío es un intento de ponerme en su lugar escribiendo este artículo para el que fui convocado, conociendo un poquito su personalidad a través de sus letras y de los comentarios que me hiciera su nieto. Imagino su lucha, el dolor que lo habrá ido carcomiendo porque, parafraseando a mi padre, Pedro Evaristo Díaz “se vio como el ciego que sufre su amargo destino de andar sin llegar”.

Para redactar el presente y otros artículos sobre la vida de este gran autor y compositor, su nieto Emilio Chuni Cardozo, me comentó muchos aspectos de la vida de su abuelo. Por ejemplo, el diabetólogo que lo atendió le anticipaba sobre su enfermedad. Contra ella, don Pedro tuvo que aprender a lidiar con las limitaciones de no poder ver y aprender a ser paciente, entender que ante el desconocimiento a lo que vendrá hay temor y porque cuando se deja de ver, se deja de ser una persona con los mismos anhelos que cualquiera otra porque pasa a ser parte de un grupo social que lucha contra cierta marginalidad, lucha contra muchos obstáculos y sobre todo, debe desaprender lo aprendido aprendiendo a generar nuevos aprendizajes.

Algo para lo que don Pedro no tuvo tiempo: “…Lamentablemente a la semana falleció de un cuadro depresivo total”. Él fue un hombre que toda su vida luchó, dada en el contexto físico (campo) y humano de su tiempo. Durísimo para una persona que siempre estuvo en actividad verse de pronto completamente limitado, emocionalmente sin fuerzas para afrontar su circunstancia. Por eso la contundencia de los versos:

…y se ha metido en mi ojos/que cruel ha sido el destino.

…y condenado a que viva/esta inmensa oscuridad.

…la luz que necesitaba/me ha traicionado el destino (expresada con tanta vehemencia y crudeza, personificando al destino por “haberlo tratado tan mal”).

…llega la noche y me cubre/con su oscuro manto negro.

…hasta el lucero perdido/ninguno se compadece.

…yo les pregunto por qué/le niegan la luz a un ciego.

Los versos finales de cada estrofa son construcciones metafóricas maravillosas que, una vez más, muestran su sensibilidad dentro de la circunstancia “extrema que atravesaba” pero que simultáneamente y vaya uno a saber de dónde (¿acaso en Dios?), en medio de su agonía (lucha), sacó fuerzas para transformar volcando su dolor en bellas metáforas. Y aquí es donde advierto cómo se agiganta la figura, el ser de Pedro Evaristo Díaz.

La música y sentida interpretación en la voz de "Chuni" Cardozo, van de la mano con lo que propone la letra, haciendo de ambas una hermosa conjunción de sentimientos.

En “lo más ancho del cielo”, seguramente don Pedro mirará desde su alma cómo la vida terrenal continúa su marcha. Somos nosotros quienes tenemos el deber de prestar atención al mensaje que nos dejó: luchar siempre, aprovechar la luz que nos permite discernir y aprovechar los momentos que vivimos, pero fundamentalmente, salir a “ganarnos la luz que nos fue prestada”, honrar la vida como lo hiciera Pedro Evaristo Díaz. 

¿No es acaso filosofía de vida lo que nos propone Pedro Evaristo Díaz en su letra? Nos levantamos y vemos la luz de un nuevo amanecer: podemos tocar, oír, saborear, damos por hecho que nuestros sentidos funcionarán a pleno como cada día. Normalmente no nos detenemos a pensar en ello. Lo hacemos generalmente cuando atravesamos un problema de salud. En el caso que nos ocupa, me pregunto ¿cómo será vivir, relacionarse con todo lo cotidiano sin la vista de ayer?

Yoles pregunto ¿por qué?

Autor: Pedro Evaristo Díaz / Música: Emilio "Chuni" Cardozo

 

Por las grietas de mi rostro
la noche encontró el camino
y se ha metido en mis ojos
que cruel ha sido el destino.
 
Dejó enlutada mi vida
me quitó la claridad
y condenado a que viva
esta inmensa oscuridad.
 
Inútilmente buscaba
desesperado y sin tino
la luz que necesitaba
me ha traicionado el destino.
 
El sol se fue despacito
se alejó de mi sendero
llega la noche y me cubre
con su oscuro manto negro.
 
La luna se había escondido
las estrellas no aparecen
hasta el lucero perdido
ninguno se compadece.
 
Luna, sol, lucero, estrellas
y a lo más ancho del cielo
yo les pregunto por qué
le niegan la luz a un ciego.