miércoles, 5 de noviembre de 2025

El Cabo Paz: la historia borrada de un fusilamiento que incendió Santiago del Estero

Cómo la muerte de un suboficial humilde en 1935 desató una rebelión popular y dejó una huella que el poder intentó borrar durante casi un siglo.

 

La Gaceta

I. El eco de un nombre olvidado

Hay historias que parecen escritas a lápiz sobre la arena: apenas el viento del tiempo sopla, desaparecen.

El cabo Paz fue una de esas. Durante décadas, en Santiago del Estero, su nombre se volvió un vacío, una palabra prohibida. Los viejos bajaban la voz al mencionarlo; los jóvenes no sabían siquiera quién había sido. Sin embargo, en enero de 1935, toda una provincia ardió en defensa de ese hombre humilde fusilado por el Ejército Argentino.

La historia pudo haber quedado sepultada si no fuera por la curiosidad obstinada de algunos periodistas y militantes que, cuarenta años más tarde, se negaron a dejarla morir del todo.

Uno de ellos —el narrador de esta crónica— recuerda la escena como si hubiera ocurrido anoche: una primavera tibia en Córdoba, 1973, una plaza céntrica y un encuentro con Francisco René “el Negro” Santucho, fundador del Frente Revolucionario Indoamericano Popular (FRIP) y futuro líder del PRTERP. Entre cigarrillos y planes editoriales, Santucho lanzó la pregunta que lo cambiaría todo:

—¿Qué sabés del cabo Paz?

Nada, respondió el joven periodista.

Y ahí empezó el viaje hacia una de las historias más silenciadas del siglo XX argentino.

II. Un fusilamiento y un pueblo

Luis Leónidas Paz había nacido en la pobreza, como tantos en el norte argentino. Hijo de un hachero del obraje, conoció desde chico la rudeza del monte y la escasez. Boxeador popular, entró al Ejército porque en los años treinta ser suboficial era, para los de abajo, una de las pocas puertas hacia una vida un poco más estable.

Su destino: el Regimiento 18 de Infantería de Santiago del Estero.

Su oficio: cocinero.

Su costumbre: repartir las sobras de las comidas entre los hambrientos que esperaban detrás de las rejas del cuartel.

Esa decisión simple —dar de comer lo que los soldados no comían— lo convirtió en héroe del pueblo. Cada día, niños, mujeres y ancianos del barrio El Triángulo llegaban con platos y tarros para recibir algo de lo que Paz distribuía con discreción y cariño.

El cabo se volvió una figura conocida, querida, casi legendaria.

Y justo esa popularidad empezó a incomodar a los oficiales y a los patrones de la provincia.

Santiago del Estero, en los años treinta, era una cápsula de feudalismo. Una oligarquía descendiente de los conquistadores españoles dominaba a una población mestiza sometida, empobrecida y analfabeta.

El miedo —al cura, al patrón, al soldado— era el cemento que sostenía el orden social.

En ese contexto, un suboficial querido por los pobres era una amenaza.

Y el detonante llegó por una historia tan vieja como el abuso de poder: el “derecho de pernada”.

III. La novia y el mayor Sabella

Zoila Ledesma, novia de Luis Leónidas Paz, era una joven hermosa. Tenían fecha de casamiento para el 5 de enero de 1935. Pero el mayor Carlos Elvidio Sabella, jefe del batallón, puso los ojos en ella.

Quiso someterla y, cuando Paz intentó defender su derecho y su dignidad, el oficial lo castigó con quince días de arresto “por indisciplina”.

El 2 de enero, el cabo primero Paz entró al casino de oficiales para pedir clemencia: sólo quería casarse. Sabella lo humilló, lo echó a los gritos.

Entonces, un gesto desesperado rompió el equilibrio: Paz sacó su revólver y disparó. Vacío tras vacío, el cuerpo del mayor cayó sobre el suelo del casino.

El suboficial se entregó minutos después.

Sabía lo que había hecho y aceptó su destino.

Pero el pueblo santiagueño reaccionó antes que la justicia militar.

IV. Se levanta el pueblo

En medio del calor de enero, la noticia se expandió como fuego sobre las calles polvorientas.

“Han detenido al cabo Paz. Lo van a fusilar.”

Las mujeres que recibían comida de sus manos corrieron a la plaza principal. Los obreros del ferrocarril dejaron el trabajo. Los estudiantes, los anarquistas y los socialistas —pocos pero activos— tomaron altavoces improvisados.

Miles de personas, por primera vez en la historia provincial, salieron a exigir algo al Ejército: ¡el indulto!

El gobernador Juan B. “Gaucho” Castro, político camaleónico que hablaba quichua para congraciarse con los pobres, olió peligro. Desde el balcón de Casa de Gobierno prometió pedir clemencia al presidente de la Nación, el general Agustín Pedro Justo.

Pero el perdón nunca llegó.

El 9 de enero de 1935, a las dos y media de la tarde, ocho disparos de fusil Mauser 1909 silenciaron al cabo Paz. El sargento Dolores Maldonado —su amigo— debió rematarlo con una pistola en la sien.

La carta que Luis Leónidas dejó antes de morir circuló en los diarios populares El Combate y La Unión: agradecía al pueblo y gritaba su último “¡Viva mi Patria!”.

El periódico El Liberal, alineado con los poderosos, fue apedreado e incendiado por la multitud en respuesta.

Esa noche, Santiago del Estero ardió.

Las piedras golpearon los muros del regimiento, del Obispado, de la Legislatura y del Jockey Club.

Por unas horas, el pueblo, siempre humillado, empuñó su propia historia.

“Era la Década Infame” —recordaría más tarde el periodista investigando el caso—, “y la infamia mayor fue silenciarnos después.”

(Fuentes: Archivo Provincial de Santiago del Estero; Diario El Liberal, ediciones del 6 y 10 de enero de 1935; El Combate, enero de 1935.)

V. La prohibición del recuerdo

Hasta acá, los hechos.

Lo que siguió fue el silencio más largo que Santiago conoció.

Ni los peronistas de los cuarenta ni los reformistas de los sesenta se animaban a mencionar el nombre.

En casas de militantes, donde se discutían huelgas y patrias justas, nadie recordaba al suboficial fusilado.

Era como si el miedo ancestral —sembrado en la colonia y regado por siglos de autoritarismo— hubiera perforado la memoria colectiva.

Fue recién en los años setenta, al calor de la militancia revolucionaria, cuando algunos jóvenes curiosos intentaron rescatarlo. El encargo de Santucho de escribir un libro sobre Paz no era un simple proyecto editorial: era un acto político.

Pero investigar sobre el cabo Paz en 1973 seguía siendo peligroso.

El periodista recuerda la advertencia:

—La gente todavía tiene miedo. No quieren hablar.

Y tenía razón. Cuando visitó Santiago, encontró puertas cerradas y miradas esquivas. Un viejo socialista no quiso decir una palabra. Un hermano del cabo se negó a reconocer el parentesco. La novia, Zoila, había desaparecido. Nadie sabía —o quería saber— dónde estaba.

El miedo, otra vez, era la ley.

VI. El investigador y el ejército

Hay escenas que condensan un país.

Una tarde de 1973, en una casa de familia santiagueña, el periodista conversaba con Mechita, una estudiante de Historia que lo ayudaba en la investigación. En el living, un teniente —novio de una de las hermanas— lo increpó con brutal franqueza:

—¿Quién carajo sos vos para andar escarbando en la historia de nuestro glorioso Ejército?

Silencio.

Después, el intercambio fue puro fuego:

—¡Claro que soy comunista! —gritó el periodista—. Y voy a seguir investigando.

La situación no llegó a los golpes porque Mechita se interpuso. Pero fue la prueba cabal de hasta dónde persistía el tabú.

Hablar del cabo Paz era tocar una fibra viva del poder militar, incluso cuarenta años después del hecho.

Esa violencia contenida en el aire fue, de algún modo, otra muerte más del cabo Paz.

VII. Documentos de un crimen

Los registros del fusilamiento son escuetos, burocráticos y crueles.

·         * El 1 de enero de 1935, Sabella sancionó a Paz.

·         * El 2, lo mató.

·         * El 3, comenzó el juicio sumario en el Regimiento 18.

·        *  El 4, el tribunal militar condenó a Paz a morir por el fusilamiento del 9 de enero.

·         * El 6, la multitud de Santiago se movilizaba en su defensa.

·         * El 9, lo acribillaron.

Todo en apenas ocho días.

Durante el juicio, su defensor, el capitán Máximo Garro, intentó justificar el crimen con un argumento infame: que Luis Leónidas sufría “taras congénitas” o “trastornos mentales”.

Paz lo interrumpió, con una dignidad que traspasó las décadas:

 “Gozo de perfecta salud mental. Tampoco sufro ninguna enfermedad. No soy tan canalla como para ofender a mis mayores sólo por salvar el pellejo.”

Esa frase —documentada en las actas del tribunal militar— resume una ética que los poderosos nunca entendieron.

Paz eligió morir con orgullo, antes que aceptar un perfil de loco o asesino degenerado.

VIII. Las otras muertes del cabo Paz

Cuando el periodista volvió a Córdoba en 1974, le confesó a Santucho que no podía escribir el libro.

No había fuentes, no había testigos.

Pero, sobre todo —dijo— había miedo.

Santucho insistió:

—Escribí igual. Lo que importa no es sólo su historia, sino la del pueblo que se levantó por él. Mostrá eso: que los oprimidos saben quiénes son sus enemigos cuando se deciden a luchar.

El libro se terminó, finalmente, en 48 páginas. Una edición mínima, artesanal, con el sello “Esta América”. Se imprimió en Córdoba, en la imprenta de la revista Posición, y luego se perdió entre la represión.

Nadie supo qué fue de esos ejemplares.

La Argentina, entretanto, se deslizaba hacia otro abismo. 1974 trajo las bandas de ultraderecha, las “Tres A”, las desapariciones y el miedo renovado. Santucho fue secuestrado en Tucumán en 1975; nunca más apareció.

El periodista también cayó preso. Cumplió siete años en la cárcel; su esposa, seis.

Durante el encierro, volvió a escribir sobre el cabo Paz —esta vez como novela— en un cuadernito Billiken. “Tal vez no para rescatar a Paz —reflexionaría después— sino para rescatarme a mí mismo de tanto silencio.”

(Fuentes: Entrevistas del autor, Córdoba, 19731974; archivo personal; testimonios recogidos en La Madre Violada, revista Posición, n.º 2, 1974.)

IX. Del archivo al olvido (y regreso)

Cuarenta años después, el nombre volvió a surgir.

A comienzos del siglo XXI, algunos historiadores santiagueños retomaron el caso en artículos y simposios. En 2012, Santiago del Video, con dirección de Víctor Pérez y guion de Enrique Landsman, estrenó un breve documental titulado El cabo Paz, con Néstor Mendoza en el papel principal.

Ese mismo año, desde la Universidad de Frostburg (Estados Unidos), un profesor contactó al periodista argentino: había oído hablar de aquel libro perdido. Quería leerlo. Paradójicamente, en la era digital, la historia que el poder quiso borrar comenzaba a resucitar gracias a la curiosidad académica.

Hoy existen dos trabajos universitarios sobre el caso:

* Estudio histórico de la rebelión santiagueña de 1935 (Universidad Nacional de Santiago del Estero, 2014);

* El fusilamiento del cabo Paz: memoria y olvido de una insurrección popular (Buenos Aires, 2018).

Ambos confirman lo esencial: hubo un fusilamiento sumario, hubo una insurrección y hubo una borradura sistemática de la memoria colectiva.

X. Las raíces del silencio

Para entender por qué Santiago calló tanto tiempo, hay que mirar hacia atrás, más allá de 1935.

Desde la colonia, el terror fue un método de gobierno. La conquista exterminó culturas indígenas desarrolladas; los siglos posteriores consolidaron una jerarquía racial y económica casi estanca.

El “hombre del monte” fue moldeado bajo el látigo, y el “señor del centro” creció convencido de que mandar era su derecho de sangre.

Esa herencia colonial —señala el historiador Tulio Pavón Pereyra en sus Anales de la provincia de Santiago del Estero (1957)— perduró intacta hasta bien entrado el siglo XX.

El régimen oligárquico local, aliado de la Iglesia y del Ejército, gestionaba no sólo la economía sino también la memoria.

El fusilamiento de Paz, más que un caso policial, fue una puesta en escena: el poder demostrando que la compasión hacia los pobres podía costar la vida. Por eso, borrar su nombre de los registros era tan importante como fusilar su cuerpo.

El silencio fue el segundo disparo.

XI. Ecos de una rebelión

En el fondo, la historia del cabo Paz no habla sólo de él, ni siquiera de Santiago.

Habla del país.

De cómo, una y otra vez, los humildes se levantan y los poderosos se esfuerzan en hacerlos olvidar.

En 1935, fueron los santiagueños; en 1956, los fusilados de José León Suárez; en 1976, los desaparecidos. La línea de fuego corre, intermitente, pero constante.

En cada ciclo, también, aparece alguien que busca reescribir lo borrado.

Primero en hojas clandestinas; después en documentales o en tesis digitalizadas.

Y entonces el nombre del cabo Paz vuelve a sonar, tenue pero terco.

XII. Coda: el hombre que no quiso mentir

En sus últimas palabras al tribunal, Luis Leónidas Paz dejó claro qué clase de hombre era. No intentó escapar, no mintió, no aceptó la coartada de la locura.

Sabía que moriría. Y eligió hacerlo honrando su propio nombre y el de su padre.

Quizás, por eso, el pueblo se volcó a la calle. No sólo por compasión, sino porque vio en él un espejo.

El cabo Paz no fue mártir ni héroe de manual. Fue un hombre con hambre, amor y dignidad.

Y en una sociedad acostumbrada a agachar la cabeza, eso era una afrenta intolerable.

XIII. Epílogo: escribir contra el olvido

“Otras muertes ha tenido el cabo Paz”, escribió el periodista décadas más tarde, viendo cómo su libro se había perdido, cómo sus testigos habían callado, cómo los archivos ardían o se cerraban.

Pero también reconocía algo: cada vez que alguien volvía a preguntarse “¿Quién fue el cabo Paz?”, nacía una nueva vida del suboficial.

Porque la verdadera resurrección de un pueblo empieza cuando se atreve a recordar lo que le prohibieron.

Así, el eco del cabo Paz—ese hombre que repartía comida a los pobres y murió por desafiar al abuso—sigue resonando, tercamente, bajo el cielo ardido del norte argentino.

Y aunque el poder intentó borrarlo durante casi cien años, su nombre se filtra una y otra vez, por entre las rendijas de la historia, reclamando la sencilla justicia de ser recordado.

Basado en:

Carrera, Julio. 4 historias santiagueñas. Santiago del Estero: El Liberal, 2015.

Este artículo recrea libremente hechos y testimonios narrados por Julio Carrera en su obra 4 historias santiagueñas, respetando sus datos y contexto histórico.


Silípica: Un Viaje a través del Tiempo y la Historia

En las entrañas de Santiago del Estero, un antiguo poblado indígena guarda cuatro siglos de memorias: desde las huelles de San Martín hasta los sueños truncos de la modernidad



Por siglos, las polvorientas calles de Silípica fueron testigo mudo del desfile de la historia argentina. Hoy, entre ruinas de proyectos fallidos y la fe inquebrantable de sus habitantes, este rincón santiagueño busca su lugar en el presente.

La historia de Silípica comienza mucho antes de que los conquistadores españoles pusieran pie en estas tierras. Cuando el capitán Juan Núñez de Prado emprendió su entrada entre 1550 y 1552, el nombre de este poblado ya resonaba en los mapas de la época. Según las referencias del Padre Lozano, existían entonces varios pueblos indígenas: Alivigasta, Nacha, Manchigasta y Silípica, este último gobernado por el cacique Chanamba.

En esos tiempos remotos, Silípica se erigía como una verdadera provincia india, situada estratégicamente entre Tontola por el norte y Sumamao por el sur, bañada por las aguas generosas del río Dulce. Era una región próspera donde "densos enjambres humanos" habitaban tierras feraces, protegidos por bosques inmensos de árboles gigantescos cuyas maderas fueron codiciadas para las primeras construcciones de la capital provincial.

El Encuentro de Dos Mundos

La llegada de los españoles marcó el fin de una era y el comienzo de otra. En 1627, una Cédula Real documentaba los servicios militares del capitán Juan de Tejeda Miraval, quien "se halló en la pacificación de los indios de la provincia de Silípica que estaban alzados". El documento revelaba que los conquistadores habían logrado someter a los nativos "por la nueva orden que tuvieron en tomarles por la espalda", una táctica poco honorable que sugiere la fiereza con que los silípicas defendieron su libertad.

No sabemos si estos indígenas eran "temibles por su ferocidad" o simplemente "celosos custodios de sus derechos humanos", como reflexiona el cronista. Lo cierto es que su resistencia quedó grabada en los anales oficiales como testimonio de una lucha desigual entre dos concepciones del mundo.

Con la dominación española llegaron los cambios profundos. Se establecieron obrajes de paños donde los indios hilaban y tejían el algodón de sus sembrados y la lana de sus rebaños. Se erigieron atahonas para la molienda del trigo. El comercio abrió rutas que serían recorridas durante siglos por carretas y diligencias, convirtiendo a Silípica en una posta fundamental del camino entre Buenos Aires y el Perú.

Cruce de Caminos, Teatro de la Historia

Dos grandes rutas convergían en Silípica, convirtiéndola en un punto neurálgico del tránsito colonial. La primera, llamada "de las postas", enlazaba de norte a sur los pueblos de Santiago, Manogasta, Silípica, Simbolar, Ayuncha, Remanso, Portezuelo, Pozo del Tigre y Chañar. La segunda, conocida como "camino del Perú", seguía la antigua senda de los chasquis incas, pasando por Silípica, Loreto, Atamisqui, Salavina y otros poblados hasta llegar a Córdoba.

Esta posición privilegiada permitió que Silípica fuera testigo privilegiado del desfile de la historia. En el siglo XVII, un documento titulado "Derrotero del Camino de Potosí a Córdoba" mencionaba: "De Silípica se dexa la costa del Río y se coje por la travesía del Palomar, despoblado hasta Santiago, que es la ciudad que hay doce leguas".

El servicio de correos, establecido oficialmente en 1746, tocaba este pueblo en su larga travesía entre Potosí y Buenos Aires. En 1767, la caravana que llevaba al exilio a los jesuitas del norte pernoctó en Silípica, y quizás durante la hora de la plegaria, esos religiosos tuvieron fuerzas para perdonar "la grave, la injusta, la innoble prisión".

La Capilla de los Milagros

En el corazón de Silípica se alzaba una pequeña capilla de adobes, con techo de tierra sobre un envigado de madera. Humilde y recogida en medio de la inmensidad del campo, guardaba en su nicho la imagen de la Virgen de Monserrat. Cuando en 1780 pasó por el pueblo la beata Sor María Antonia de la Paz y Figueroa, en su peregrinación hacia Buenos Aires donde fundaría la Santa Casa de los Ejercicios, sin duda se detuvo a orar ante esta imagen, pidiendo ayuda para cumplir su "alta, noble y heroica misión".

Dos años después transitó por estas tierras el obispo San Alberto, y en 1789 nada menos que el virrey del Río de la Plata honró con su presencia este pequeño poblado que parecía magnetizar a las grandes figuras de la época.

Los Vientos de la Libertad

El año 1810 trajo consigo los vientos revolucionarios. Juan José Castelli, heraldo de la revolución, pasó por el antiguo camino ante los ojos expectantes de los pobladores. Tras él avanzó el Ejército Libertador, y "la única calleja del pueblo sería hollada gloriosamente por el paso de los soldados de la patria". La población, reducida por las penurias y calamidades, despertó de su letargo secular cuando los clarines y tambores rompieron el silencio acumulado durante siglos.

Por estas mismas rutas pasó el general Manuel Belgrano, cuya abuela santiagueña era oriunda de la vecina Loreto. Poco después, los chasquis llevaron las noticias de las victorias de Salta y Tucumán, posiblemente a través del ex granadero santiagueño Juan Nepomuceno Herrera.

San Martín en Silípica: El Momento Decisivo

Pero fue el paso de José de San Martín el que marcó el momento más trascendental en la historia de Silípica. A fines de 1813, el Libertador se dirigió al Norte para ayudar a Belgrano tras los reveses de Vilcapugio y Ayohuma. Viajaba en un coche de la Renta del Correo, precedido por los chasquis Cayetano Maldonado y Francisco Hilario Muñoz.

En el trayecto por el inmenso desierto de treinta leguas llamado "la travesía", San Martín fue guiado por baqueanos locales: Carlos Peralta, Bernardo Morales, Sinforoso Santillán y, finalmente, José Vicente Rojas, quien lo condujo desde Silípica hasta Manogasta.

Meses después, el 28 de mayo de 1814, San Martín regresó a Silípica en circunstancias muy diferentes. Estaba enfermo y había renunciado al mando del Ejército Libertador. Venía acompañado por Mario Guido, el doctor Paroissen y su escolta de granaderos al mando del capitán Toribio Luzuriaga.

Como observa Ricardo Rojas en sus escritos para el diario "El Liberal", este momento aparentemente insignificante fue crucial: "En ese momento de incertidumbre por su mala salud y por su renuncia militar, es cuando San Martín ha desistido de llevar la guerra a Lima por el Alto Perú y ha madurado su plan de ir a Chile para salir al mar Pacífico y atacar a los realistas en las costas del Virreinato peruano".

En la posta de Silípica, mientras reposaba de su enfermedad, San Martín meditaba sobre su destino y forjaba el plan que lo llevaría a cruzar los Andes. "Tal es el gran acontecimiento que se realiza en el ánimo del héroe mientras el convaleciente medita sobre su destino en aquel invierno santiagueño de 1814", reflexiona Rojas.

El Declive y las Esperanzas Truncas

Los años siguientes vieron pasar por Silípica a soldados que iban y venían del fortín Abipones, incluido el futuro caudillo Juan Felipe Ibarra. En 1818, el doctor Juan Lasso de Puelles fundó la Capellanía de Nuestra Señora de Monserrat basándose en la valiosa estancia de Silípica.

Sin embargo, el progreso del país tomó otros rumbos. El ferrocarril llegó finalmente a la región con el ramal del General Belgrano, que estableció estaciones en Ezcurra, Arraga, Simbol y Nueva Francia. En 1885 se dividió el departamento Silípica, y en 1890 se erigió una nueva capilla, "imponente" según las crónicas, "con pretensión" aunque "sin arquitectura".

Los Sueños de la Modernidad

A fines del siglo XIX, la modernidad tocó las puertas de Silípica con un proyecto ambicioso. Se constituyó en Buenos Aires la Compañía Territorial del Norte de la Argentina, presidida por Luis Urdaniz, para colonizar 28.000 hectáreas de estas tierras. Se abrió un gran canal desde el río bajo la dirección de Vignaux, se iniciaron desmontes y llegaron los primeros colonos.

El ingeniero agrónomo Juan Ramón Chávez publicó un manual con el estudio de las tierras y los métodos para su explotación, terminando su prólogo con palabras generosas: "Hacemos esta publicación en beneficio general de las tierras de la provincia de Santiago del Estero".

Pero el río desvió su curso, dejando la bocatoma muy lejos y el canal inútil. La compañía fracasó, se liquidó, y Urdaniz adquirió todas las acciones para fundar una nueva empresa. Los trabajos se reanudaron con empecinamiento, se excavaron los canales casi cegados, se desmontaron nuevas extensiones, pero todo volvió a fracasar.

La Tercera Oportunidad

No conocían la derrota estos hombres visionarios. Se fundó una nueva empresa, "Administración Urdániz", bajo la presidencia del ingeniero Emilio Benito Urdániz. Esta vez parecían haber encontrado la solución: poderosas bombas centrífugas Sulzer extraían agua del río, los canales funcionaban, se sembraba y se cosechaba.

Pero las tierras habían sido hipotecadas para adquirir las bombas. El Banco Hipotecario Nacional exigió la amortización de 330.000 pesos. La Administración Urdániz pidió prórroga hasta la cosecha definitiva, pero el banco, "celoso custodio del interés nacional", ejecutó la hipoteca sin conmiseración.

Se remataron todos los bienes. El inmenso algodonal se perdió, la desmotadora se desechó como hierro viejo, las máquinas desaparecieron. "De aquel esfuerzo gigantesco que debió servir para la redención de nuestras tierras y de nuestros hombres, sólo quedó triunfante el Banco Hipotecario sobre un montón de escombros", lamenta el cronista.

La Paradoja del Saqueo

La ironía llegaría después. Ese mismo Banco Hipotecario arrendó a una firma particular 27.000 hectáreas de bosque de la ex-colonia Urdaniz por tres años y medio, a la ínfima suma de un peso con treinta y cinco centavos la hectárea. Una verdadera legión de hacheros (unos 2.000) se embarcó en el desmantelamiento del campo. Solo en postes se cargaron 80.000 piezas en la estación Simbol, además de miles de toneladas de leña y carbón.

"El Banco Hipotecario había cumplido con el deber de ayudar a particulares en este feroz desmantelamiento del campo y en esta despiadada explotación del hombre. No supo hacerlo cuando se quiso dignificar y redimir", reflexiona amargamente el observador de la época.

Entre la Fe y la Leyenda

Hoy, Silípica es la capital del departamento homónimo, centro de una zona de labranza donde la tierra se divide en minifundios que alternan con extensiones desérticas y abandonadas. La nueva capilla, construida en 1890, domina la soledad del campo "donde apenas se ven algunos ranchos semiocultos, terrosos, adustos, agobiados".

Dentro del templo, la antigua imagen de la Virgen de Monserrat, "tallada en un roquedal deforme", está adornada de ex-votos que reproducen sables, piernas, bustos, manos, corazones. Las monedas, dijes, cabellos, coronas de ofrendas, flores de trapo y papel testimonian la fe inquebrantable del pueblo.

Cada 2 de febrero, la comarca se vuelca al santuario milagroso en "férvidas multitudes" que cantan coros de alabanza, se prosternan, elevan plegarias tradicionales, acompañan en procesión a su virgencita y se "hacen pisar" por ella. Después ríen y bailan entre el crepitar de los cohetes, sin pensar que "cuando los otros pueblos de Tucumán, de Córdoba, de Santa Fe, convocan a la leva, todos esos pobladores jóvenes se enrolan en las filas del éxodo".

La Salamanca del Pozokómer

Paralelamente a la fe cristiana, corre en Silípica la leyenda de la Salamanca. En un pozanco llamado Pozokómer, cerca del río, se dice que durante la noche se escucha una música delicada de violines con que el diablo ameniza el aquelarre. Allí se convocan "magiqueros" y "brujas" para recibir inspiración satánica, y penetran los neófitos para vender su alma al diablo a cambio del arte para el amor, la fortuna en el juego y el trabajo.

El Presente Melancólico

Del esfuerzo colonizador solo quedó en pie una escuela monumental "en pleno desierto de tristeza y desolación", unas huertitas en el Pueblo Nuevo, pocas tierras de cultivo agobiadas por la sequía y un cementerio cercado de alambre, "tristemente rodeado de arbolillos raquíticos" que ostenta en su portal dos ángeles deformes sobre una placa que dice: "1932, patrocinado por la Asociación Pro-Fomento y Cultura de Villa Silípica".

Las bombas yacen muertas en su torre ruinosa. Los canales se borraron, el viento cubrió de arena la vasta extensión del campo. Sobre las colinas de Simbol y Silípica crecieron los abrojos, los arbustos y los árboles. "Sobre la esperanza creció la decepción."

El Interrogante del Futuro

La pregunta que planteaba el cronista hace décadas sigue vigente: "¿Dónde está el milagro que haga de Silípica el emporio de nuestra riqueza agrícola?" Los testimonios de tantos milagros están ahí, en las cruces de oro y plata, los ex-votos, los collares que adornan a la Virgen de Monserrat. Está la fe del pueblo, inquebrantable a través de los siglos.

Pero también está la realidad de un poblado que se despuebla lentamente, donde los jóvenes emigran hacia centros urbanos más prósperos. ¿Será necesario, como se preguntaba irónicamente el cronista, "ir a la Salamanca del Pozokómer para mitigar el hondo, el tremendo, el trágico problema de la despoblación de Silípica"?

La historia de este pueblo santiagueño es la historia de Argentina en miniatura: pueblos originarios sometidos, rutas coloniales, gestas independentistas, proyectos modernizadores frustrados, fe popular y tradiciones que resisten el paso del tiempo. Silípica sigue ahí, entre el río Dulce y el desierto, entre la memoria y la esperanza, esperando quizás que la historia vuelva a tocar sus puertas, esta vez con mejores noticias.

Dilullo, Orestes. La agonía de los pueblos. Viejos pueblos. Buenos Aires: Editorial, 2017. (…se citan diversas páginas del libro, los apuntes de los archivos del siglo XVI y las notas de los carretas de 1746‑1780).

Fuentes consultadas:

* Archivo de referencias del Padre Lozano (1550-1552)

* Cédula Real del 17 de mayo de 1627

* "Derrotero del Camino de Potosí a Córdoba" (Siglo XVII)

* Croquis de 1755 citado por el Ing. Manuel Ordóñez

* Artículos de Ricardo Rojas y Domingo Maidana en el diario "El Liberal"

* "El Lazarillo de ciegos Caminantes" de Concolorcorvo (Calixto Bustamante)

* Manual del Ing. Agrónomo Juan Ramón Chávez sobre las tierras de Silípica

* Actas Capitulares de 1816

* Documentos de la Compañía Territorial del Norte de la Argentina y sucesivas empresas Urdaniz

lunes, 3 de noviembre de 2025

La Alumbrada: Cuando las velas vencen al olvido en el corazón de Santiago del Estero

Cuando el sol se despinta en el horizonte santiagueño cada primero de noviembre, algo mágico despierta. Miles de personas cargan canastos rebosantes de comida, sillones plegables y velas, emprendiendo un viaje que, la verdad es que, nada tiene de ordinario. No se dirigen a una fiesta cualquiera, sino a los cementerios rurales de la provincia, donde la "alumbrada" transforma estos espacios en lugares vibrantes, acunados por un suave murmullo de llamas que parecen susurrarles a las estrellas.



 

¿Cuándo ocurre la verdadera muerte? ¿Hasta cuándo se quedan con nosotros aquellos que se fueron? Esas preguntas, tan viejas como la humanidad, resurgen con fuerza durante el Día de Muertos. Y es que en muchas culturas se cree que en estas fechas el velo que separa los mundos se vuelve más delgado, casi transparente. En Santiago del Estero, esta creencia no es una idea abstracta; late, respira y se enciende en una de sus tradiciones más conmovedoras: la alumbrada.

Detrás de la documentación de esta práctica están Silvia Starcich y Ariel Roldán, dos docentes santiagueños que llevan la pasión por su tierra en la sangre. Desde su página de Facebook IMASTI, han dedicado años a capturar el alma de estas costumbres. "Imasti es una palabra de origen quichua que significa aquello que no podemos nombrar", nos cuenta Ariel, y en sus palabras se siente el respeto por ese misterio sagrado que impregna todo lo que investigan. Juntos han recorrido la provincia, escuchando y guardando historias, convencidos de que preservar la memoria colectiva es, en el fondo, un acto de resistencia.

Mucho más que velas: el ritual de la memoria

La alumbrada, claro, recibe su nombre del acto de encender velas. Pero quedarse solo con eso sería como ver el mar y fijarse solo en una ola. La esencia es mucho más profunda. "Es una tradición muy antigua, lamentablemente se va perdiendo por cuestiones urbanísticas. Se hace en cementerios rurales el primero de noviembre a la noche", comenta Ariel con un dejo de nostalgia, consciente de cómo la modernidad va desdibujando lentamente estas costumbres.

La dinámica es profundamente comunitaria. Las familias empiezan a llegar al caer la tarde, trayendo no solo flores, sino también la comida favorita de quien partió, para compartirla allí mismo, al lado de la tumba. "La gente llega con sus canastos, con sus bolsas de comida para comer ahí, abren los monumentos o se sientan con sus sillones a la par de las tumbas, la niñez anda jugando entre las tumbas", describe Silvia con una naturalidad que conmueve, como si hablara de una reunión familiar en la plaza del pueblo.

Y es que la alumbrada no es solo un acto íntimo de recuerdo. Los cementerios se convierten en una especie de plaza pública. Gente que no se veía desde hace meses, o incluso años, se reencuentra entre cruces y lápidas. Los saludos y las risas se mezclan con el crepitar de las velas, creando una celebración donde la pena por la ausencia y la alegría del reencuentro se entrelazan sin conflicto.

La luz que guía el regreso a casa

Cada vela encendida es un faro en la penumbra, una pequeña luz cargada de significado. Existe una creencia, transmitida de boca en boca por generaciones, que dice que los muertos permanecen entre nosotros mientras haya alguien que los lleve en el corazón. Esta idea, tan poderosa, se materializa en el simple y a la vez profundo acto de prender una mecha, incluso en tumbas de aquellos cuyas familias directas ya no están.

"Existe una creencia que se transmitió de forma oral a través del tiempo que afirma que los muertos siguen estando si se los recuerda", explican los docentes. Por eso no es raro ver en estos camposantos tumbas antiguas, de personas que partieron hace décadas, aún iluminadas por la llama que alguien, desde el cariño, mantiene viva.

Pero la función de las velas va más allá. "Le han dicho que el acto de alumbrar es iluminar el camino porque los muertos si se guían bajan a la Tierra", relata Silvia. Aunque aclara con complicidad: "Pero no todos te dicen eso —matiza—, tenés que entrar en confianza para que la gente te diga lo que es en sí la creencia". Es una sabiduría que se comparte en la intimidad, no a los gritos.

Esta idea de un reencuentro anual no es única de Santiago. De hecho, nos conecta con celebraciones en toda Latinoamérica, como el vibrante Día de Muertos mexicano. "Nosotros cuando le comentamos a amistades inmediatamente lo relacionan con la película 'Coco'", comenta Ariel entre risas. Pero luego se pone pensativo: "Si tenemos de base toda esa creencia que se repite en otras partes del continente, ¿por qué no puede ser algo anterior a la conquista?".

La pregunta flota en el aire, fascinante. Aunque el origen exacto se pierde en el tiempo, muchos investigadores intuyen que la alumbrada es muy antigua, una fusión sutil entre las creencias de los pueblos originarios y el catolicismo traído por los españoles. Luis Garay, Director del Instituto de Lingüística, Folklore y Arqueología, lo reafirma: "para muchos santiagueños, este rito no marca un fin definitivo, sino un paso entre dos mundos que permanecen en comunicación".

Una relación más serena con la partida

Uno de los hallazgos que más ha impactado a Silvia y Ariel es la diferencia abismal en cómo se vive la muerte en el campo y en la ciudad. "Cuando alguien muere en el campo hay dolor, hay sufrimiento, pero hay una especie de aceptación que no la tiene la gente en la ciudad", reflexiona Silvia con agudeza. "Ellos ven la muerte como parte de la vida, han avanzado un poquito más que nosotros", añade, y uno no puede evitar preguntarse qué hemos perdido al alejarnos de los ciclos naturales.

Esta aceptación se refleja en los rituales que rodean la partida. Ariel nos cuenta que "cuando alguien muere, las familias sufren dolor con la muerte, pero los vecinos se encargan del resto, de preparar todo, incluso comida". El duelo se vive en comunidad, y se manifiesta en los "reza-bailes", encuentros donde, como el nombre indica, se ora y se baila, celebrando una vida que se fue.

El ciclo de conmemoración es largo y lleno de significado. "El día que se mueren, las nueve noches y después al año. Le llaman el cabo de año", detalla Silvia. Es una manera de mantener viva la presencia del difunto, de que el olvido no gane la partida.

Sin embargo, incluso en Santiago, la tradición pisa terreno incierto. "Aquí muchos santiagueños que viven en la ciudad se sorprenden porque no conocen la alumbrada", señala Ariel con preocupación. La urbanización ha abierto una brecha; mientras en el campo la costumbre late con fuerza, en la ciudad muchas familias han perdido por completo el hilo de esta hebra ancestral.

Una noche en el cementerio: crónica de lo vivido

El año pasado, Silvia y Ariel tuvieron la oportunidad de sumergirse de lleno en la alumbrada, recorriendo varios cementerios de la región. Lo que vivieron fue un torrente de color, fe y humanidad que desarma cualquier prejuicio sobre los cementerios como lugares sombríos.

Las tumbas, adornadas con flores frescas y artificiales, estallaban en color contra la tierra ocre. La gente llegaba de todas las formas imaginables: a caballo, en moto, caminando por el monte o en autos modernos. Era un mosaico de la vida misma, reuniéndose sin distinciones.

Lo que más les conmovió fue la naturalidad con la que todo ocurría. Las familias no se limitaban a visitar una sola tumba; recorrían varios cementerios en la misma noche, honrando a diferentes parientes. En cada parada, los encuentros se repetían: abrazos, risas, preguntas por los que faltaban. El cementerio, por una noche, se convertía en el corazón del pueblo.

"A lo lejos se podía sentir algún llanto, a veces pasa si la muerte es reciente", recuerda Silvia con delicadeza. El dolor personal no se esconde, pero no opaca el carácter comunitario y hasta festivo de la celebración. La alumbrada crea un espacio único donde el duelo íntimo y la alegría colectiva se dan la mano.

El cementerio de Ojo de Agua les mostró cómo la tradición se adapta sin perder su alma. "La gente transitaba los pasillos como una peatonal de un cementerio enorme porque no es zona rural, afuera se hacían grandes ferias", describen. "Esa es otra forma de alumbrar, un lugar de encuentro en una zona urbana donde no se ha perdido esa costumbre de ir de noche al cementerio".

La festividad se extiende hasta el 2 de noviembre, con matices según el lugar. En algunos sitios, las familias más tradicionales pasan toda la noche al raso, aguantando el frío de la madrugada, asegurándose de que las velas no se apaguen hasta que el amanecer las releve. En otros, con más movimiento, la gente va y viene, pasando unas horas en el cementerio, descansando en casa y volviendo al día siguiente.

Entre la resistencia y la incertidumbre

La alumbrada santiagueña hoy vive una encrucijada. Por un lado, en las zonas rurales sigue siendo un latido fuerte, un pilar de la identidad cultural. Por el otro, enfrenta amenazas muy reales: la urbanización, la migración de los jóvenes y la lenta erosión de la transmisión oral.

El contraste duele. Mientras en el campo las nueve noches de rezos y el cabo de año son una práctica común, en la ciudad muchos santiagueños las desconocen por completo. La brecha no es solo de distancia, sino de memoria.

Esas "cuestiones urbanísticas" que menciona Ariel tienen un peso concreto. Los cementerios de las ciudades tienen horarios, normas de seguridad que prohíben las velas, y una concepción del espacio muy distinta. La modernidad, con todas sus comodidades, a veces nos arrebata, sin querer, pedazos de alma.

Aun así, hay esperanza. El hecho de que miles de personas sigan llegando cada año a cementerios como los de Vuelta de Barranca o Santo Domingo habla de una vitalidad que se resiste a morir. Las ferias alrededor no son solo comercio; son síntoma de que la tradición sigue viva y necesitada.

El trabajo de documentación de Silvia, Ariel y otros como ellos es, en este contexto, un acto de amor. Al guardar testimonios, fotos y relatos en plataformas como IMASTI, están construyendo un arcón de memoria para las generaciones que vienen. La memoria digital se convierte en un aliado inesperado de la tradición oral.

La luz que nunca se apaga

Cuando las familias recogen sus cosas al amanecer del 2 de noviembre, apagando con cuidado las últimas velas, se llevan algo más que los restos de la cena. Se llevan la certeza tranquila de que volverán el año próximo, de que el lazo no se rompe, de que, mientras alguien pronuncie su nombre y encienda una luz, la muerte no tendrá la última palabra.

La alumbrada santiagueña nos interpela, nos hace mirar de frente nuestras propias preguntas sobre la pérdida, la memoria y la comunidad. En una época donde la muerte se esconde en hospitales y se gestiona con protocolos, esta tradición nos propone algo radical: integrarla a la vida, convertir el duelo en un acto compartido, transformar el cementerio en un lugar de reencuentro.

Esa diferencia que Silvia notaba entre la serena aceptación en el campo y nuestra negación urbana de la finitud, es un eco que merece escucharse. ¿Realmente ganamos algo alejando la muerte? ¿O acaso perdimos algo precioso en el camino?

La alumbrada no es una negación del dolor. Es, más bien, una manera de enmarcarlo dentro de un ciclo más grande, donde la muerte es un paso, no un final. Donde los que se fueron siguen siendo parte de nosotros mientras los recordemos. Donde la memoria no es un peso, sino un acto de amor que se comparte alrededor de una tumba, con una vela en la mano y el corazón abierto.

Mientras esas miles de velas sigan encendiéndose cada primero de noviembre, mientras las familias carguen sus canastos y sus recuerdos, la tradición resistirá. Y con ella, una forma de entender la muerte que, quizás, nos enseña justo lo que necesitamos para vivir mejor.

Fuentes citadas:

* Zeballos, Charo. "La alumbrada: una tradición en los cementerios de Santiago del Estero". Revista Colibrí. Entrevista con Silvia Starcich y Ariel Roldan de IMASTI.

* "La alumbrada, una costumbre que perdura en nuestra provincia". Info del Estero. Cita a Luis Garay.

* "La alumbrada en La Vuelta de la Barranca: una noche de luz, memoria y tradiciones santiagueñas". EL LIBERAL. Testimonio de Ramón.

sábado, 1 de noviembre de 2025

"Pedro Navarrete: el alma musical de Santiago del Estero que nunca dejó de crear"


Nacido en Villa Silípica en 1956 y criado por sus abuelos en Santiago del Estero, Navarrete atravesó concursos escolares, el primer festival de rock de la provincia, agrupaciones emblemáticas y colaboraciones con artistas que admiraba desde chico. Su obra, tan diversa como arraigada a su tierra, dejó discos, canciones y memorias que todavía caminan por el Camino Real. Falleció el 2 de noviembre de 2021, tras una larga dolencia.

Hay historias que parecen tocarse con la yema de los dedos: una guitarra que vibra, un patio que se llena de voces, un río que murmura detrás de cada copla. La verdad es que la de Pedro Pablo Navarrete —músico, autor, compositor, arreglador y armonizador— es una de esas vidas donde los géneros se cruzan y la provincia canta sin pedir permiso: del rock progresivo al Shunko, de los festivales estudiantiles a los escenarios mayores. Y es que, para él, Santiago del Estero fue siempre brújula y horizonte.

Pedro Pablo Navarrete nació el 16 de marzo de 1956 en Villa Silípica. Creció en la capital santiagueña, al cuidado de sus abuelos, en un ambiente donde la música y la comunidad se aprenden por oído tanto como por cariño. Desde muy joven se animó a los concursos entre escuelas y colegios secundarios, afinando la voz y el oído en la cancha más sincera: la de los públicos cercanos, esos que te aplauden de frente y te corrigen con una mirada.

En 1971 dio su primer golpe de escena al ganar el Primer Premio como Dúo Vocal, representando a la ENET “Santiago Maradona”. Ese triunfo le abrió la puerta para integrar la Delegación Santiagueña en el Concurso del NOA realizado en Salta, donde volvió a alzarse con el Primer Premio en el mismo rubro. No era casualidad: había una búsqueda definida, una intuición de oficio que lo guiaba y un pulso interno que le pedía más.

Como buen adolescente de aquellos años, también se dejó tentar por los riffs y las libertades del rock progresivo. Participó en el Primer Festival de Rock que se hizo en Santiago del Estero, en la Biblioteca Francisco de Aguirre, cantando como solista. Y en 1974 repitió la apuesta, esta vez en el histórico Teatro 25 de Mayo. Ese cruce temprano entre el rock y las raíces sería una marca en su trayectoria: curiosidad, apertura y pertenencia. Además, un modo muy suyo de decir “esto también es parte de nuestra música”.

Su nombre empezó a sonar fuerte en el ámbito del folclore y las agrupaciones vocales e instrumentales. Integró el Cuarteto Shunko, con el que se grabó un LP integral: “Santiago del Estero desde sus coplas al país”, Vol. II. Habilidoso guitarrista, supo acompañar a figuras como Alfredo Ábalos, Carlos Leguizamón y “Toño” Rearte, entre otros, aportando esa mezcla de precisión y buen gusto que los grandes valoran. Y es que Pedro tenía esa delicadeza de acompañar sin tapar, empujar sin empujar de más.

En 1974 rearmó “Las Sombras Azules”, conjunto que venía de un largo silencio y con el que se registró un LP. Disuelto el grupo, llegó el tiempo de “El Dúo Shunko”, junto a Carlos Amílcar Navarro, con la grabación de un cassette y la posterior incorporación de “Rody” Montenegro al proyecto. La pluma siguió encendida: en 1986 compuso la música de la canción “El niño y el amor”, con poesía de Eduardo Manzur, que obtuvo el pase a la final del NOA en el Festival OTI de la Canción. Un guiño a la industria y, al mismo tiempo, un abrazo al canto propio.

La década de 1990 lo encontró armando “El Trío Shunko”, en 1995, junto a Carlos Amílcar Navarro y Aristóbulo “Chino” Rodríguez. Tras la disolución, continuó su camino como solista y bautizó esa etapa como “Pedro Navarrete y la Banda del Río Dulce”, con Marcelo Fernández en percusión, Miguel Simón (h) en guitarra líder y arreglos, Pablo Maraglia en aerófonos y Daniel Sorroche en bajo. Con esa formación se registró “Por la grieta”, en conjunto con el Dúo Orígenes. Más tarde formó el “Grupo Shunko” y, fiel a su andar, volvió otra vez al formato solista. Lo suyo, además de la música, era el movimiento: armar, desarmar, volver a armar.

En los últimos años, mientras lo aquejaba una larga dolencia, se asoció con el poeta y letrista bonaerense Dr. Gonzalo Jaacks. De esa sociedad nacieron nuevas canciones y el registro en CD de “Por el Camino Real”. Pedro Pablo Navarrete falleció el 2 de noviembre de 2021, dejando un mapa de obra que regresa, una y otra vez, a su provincia y a sus afectos. Hay artistas que eligen despedirse trabajando; él fue uno de ellos.

Su catálogo autoral y de coautorías es abundante y diverso. Entre sus obras figuran: “Campo fértil”, “La del barrio”, “Hermano quenero”, “Pañuelo para los ojos de Shunko” (con Pablo Trullenque), “El Patio del Indio Froilán”, “Río Dulce de Santiago”, “Romance para Juan Saavedra”, “Sí, soy santiagueño”, “Santiago estoy volviendo”, “La Vichi Salto” (con Eduardo Manzur), “El niño y el amor” (con Eduardo Manzur), “Canción de un sueño de amor” (con Carlos Navarro), “Canción del chipaquero”, “Chacarera pa Carlos”, “Chango ne dicen” (con Pilly Herrera), “Conflictos” (con Eduardo Manzur), “La cruz que llevo”, “Gato de antes” (con Gonzalo Jaacks y Antonio Loto), “Esperanza de algún canto” (con Eduardo Manzur), “El tizón de tus besos” (con Carlos Navarro), “Esta pena espereranzada” (con Antonio Loto), “Julio en Atamisqui” (con Gonzalo Jaacks), “La chinkala” (con Gonzalo Jaacks), “Luna de Totoral” (con Gonzalo Jaacks), y muchos más. Un repertorio que, además, se canta como se cuenta una historia en la sobremesa.

La trayectoria de Pedro Pablo Navarrete parece contarse a través de las geografías que la inspiran: Villa Silípica, la capital santiagueña, el Río Dulce, los teatros y las bibliotecas donde la música se vuelve comunidad. Fue puente entre generaciones y géneros, entre la rebeldía del rock y la hondura del folclore, entre la guitarra acompañante y la canción propia. Su legado está en los discos, en las obras y en la memoria afectiva de quienes lo escucharon y compartieron escenario. Y cada vez que una chacarera vuelve al ruedo o una voz se anima a cruzar fronteras, su nombre —como una afinación justa— se hace presente. Porque hay músicos que, aun cuando se van, dejan su provincia cantando. Navarrete fue, con toda la ternura y la firmeza de su oficio, uno de ellos.

Fervor y autenticidad: Mario Arnedo Gallo

 


Con los dedos de una mano -y quizás sobren cuatro dedos pueden contarse entre nosotros los "bombistos" que ejecutan con la autenticidad, ritmo, gracia y personalidad de Mario Arnedo Gallo, el clásico bombo santiagueño. Es que el típico instrumento es el que más requiere un hondo sentir nativo, y no se entrega sino a quien desde la antigüedad de la sangre sabe extraer todo lo que de ritmo de la tierra es capaz de entregar. Excepcional "bombisto", pianista de iguales méritos, cantor de no mucha pero si de expresiva voz cuando se trata de lo nuestro, Mario Arnedo Gallo es de los que "empujaron" la actual difusión de la canción folklórica y, con dignidad y buen gusto. . . , abrió los caminos por los que hoy muchos otros encontraron fácil el éxito.

Desde antes

Desde antes, desde hace muchos años, se enciende en Mario Arnedo Gallo su encariñado sentir por la música nuestra, su apasionada "santiagueñidad". Añares hace, también, que su sangre tiene en Santiago del Estero raíces honda. Su señora madre, doña Herminia Gallo Lavalle, está emparentada con el doctor Pedro León Gallo, presbítero que suscribió el acta de la Declaración de la Independencia el 9 de julio de 1816, y fue vicepresidente del Congreso de Tucumán, y luego presidente, cuando aquel Congreso se trasladó a Buenos Aires. Su padre, don Rodolfo Arnedo, es un distinguido jurisconsulto, nacido en Tucumán, aunque toda su actividad se ha desarrollado en Santiago del Estero, provincia a la que representó como diputado nacional (1920-1924). Ministro de su provincia, intendente de la ciudad, asesor del Banco Hipotecario Nacional, los folkloristas dicen que su mayor mérito es haber dado al país un "bombisto" y pianista de la calidad de Mario, lirico insobornable, alma de pájaro libre, poeta y músico desde que vio la luz...

Itinerario 

- ¿Podríamos trazarnos brevemente su itinerario artístico? -Preguntamos a Mario Arnedo Gallo.

-Mi primer deslumbramiento, en cuanto a música folklórica, lo tuve en mi infancia, en Santiago del Estero, el día en que don Pedro Contreras, un músico santiagueño que luchó, a la par de Chazarreta y Gómez Basualdo, por la difusión de la canción folklórica, se acercó al estudio de mi padre para ofrecerle en venta unas discotecas que había grabado en Buenos Aires. Nunca me podré olvidar de la impresión que me hicieron aquellas composiciones, grabadas en los discos que mi padre le adquirió y que tocábamos en las enormes ortofónicas de entonces: "La cara i puca" (Cara colorado) y una extraordinaria chacarera: "La tía Vicha”. Maestros de entonces a quienes admiran, son los hermanos Díaz, auténticos hombres de la tierra, que reconocieron en los ranchos lo puro y legítimo de la música vernácula. A ellos les debo mucha amistad, que me considera "el sexto hermano. Abalos". En cuanto a mi actuación, comencé con el gran Buenaventura Luna, por Radio Belgrano, en el conjunto "Los Manseros de Tulum", en la provincia de Buenos Aires, en una. gran "Fiesta del Color y del Perfume", participó en el ballet de Ricardo Seriti, en el que colaboró ​​​​el talentoso coreógrafo colombiano Jacinto Jaramillo, titulado "El sueño de la pastora Bailé y toqué el bombo la compañía de Ariel Ramírez, me desempeñé en televisión, en el ciclo de ". bailes y canciones que inició Magdalena Lavalle Cobo y acompañé, en piano, a Alma García, por Canal 9, en La Pulpería de Mandinga.

En Morón, donde encontró extraordinarios elementos en música y bailes folklóricos, ganó por concurso una cátedra en la Escuela de Arte Nativo, donde enseñé ritmo en la ejecución pianística de las danzas y cantos tradicionales. Hay en Morón un fervor admirable y un deseo enorme de hacer. Traté mucho a don Andrés Chazarreta, que vivía en Santiago del Estero, en la calle Mitre, entre Independencia y 24 de septiembre, y que era muy amigo de mi padre. En la casa de Chazarreta se hacían reuniones muy criollas y cordiales. Pero, como le digo, considero a los hermanos Díaz como mis verdaderos maestros. Hice gran amistad con el doctor Rodolfo Borzone, eminente leprólogo, profesor universitario, en cuya casa, en Santa Fe, vivió no poco tiempo. El doctor Borzone, casado con una prima segunda mía, es un verdadero mecenas. Allí conviví durante más de siete meses con gente valiosa: Atahualpa Yupanqui; un filósofo español, Carretero Granados, uno de los hombres más buenos que he conocido, y tantos otros, en fin, que me han dejado recuerdos gratisimos de entonces. En la casa del doctor Borzone custodié una hermosa cabeza del poeta Bufano, modelada por Riganelli. En Santiago del Estero, los hermanos Ábalos, de quienes soy como lo dije hermano más que amigo. Me liga también una gran amistad con los Gómez Carrillo, que tienen a quien salir... y han formado un maravilloso cuarteto.

En Buenos Aires, además de la actuación que le mencionó, integró el conjunto Los Mandingas, con Osvaldo Andino Álvarez, Abel Figueroa y el "negrito" Andrade, Con Polo Giménez, Atuto Mercau Soria y Álvarez Viera, formé parte del conjunto de Edmundo Zaldívar. . . . Soy autor de la letra de "Andando por ahí", chacarera, con música de Polo Giménez. Con Delia, Marta, Cristina y Susana Cazenave Moyano, maravillosas niñas, de notable talento musical, andamos en  intentando constituir un conjunto. Hemos accionado ya en diversas oportunidades, pero todavía no profesionalmente. Hace poco, hice un ciclo de audiciones por Radio Municipal.

Un bombo de cien años

- ¿Es verdad que el bombo en que usted ejecuta tiene, por lo menos, cien años?

-No muchos menos. De muchacho, hace algún tiempo-yo nací en la ciudad de Santiago del Estero, el 15 de mayo de 1915, con Luis Villaud, nos internamos en lugares apartados, entramos a ranchos santiagueños, anduvimos por Sumamao. En un rancho encontré un viejito que me embelesó por su modo de tocar el bombo, utilizando el aro, con un repique especial. Aprendí su ritmo, lo que me dio mucho trabajo. Villaud me regaló un bombo muy antiguo, de parches ya amarillentos, que primero fue barrica de yerba, de madera muy seca y estacionada, que suena magníficamente, y lo conserva conmigo desde hace 25 años.

Creo, con fundamento, que tiene cerca de cien... Le cambié uno de los parches, que se me rompió. El otro, de piel de cabrito, es de un color pergamino antiguo,

Composiciones

¿Cuántas piezas musicales lleva compuestas?

-La primera fue "Milonga de la tristeza". La más popular, la zamba "La amanecida", con letra de Hamlet Romero Lima Quintana, que ha "empujado" mucho a la música, por su calidad literaria. La han grabado ya Las voces del Teuco, y Molina Cabral. La grabamos hace poco en sello Philips, acompañando en el bombo a Ariel Ramírez, con el que he hecho recientemente otras grabaciones. Yo no hago, estrictamente, folklore. Me interesa profundamente lo tradicional, pero no soy recalcitrante. Sobre esa base hay que crear. Debemos entrar en el concierto de la música universal, utilizando ciertos procedimientos, ciertas técnicas. Hay que trascender... Me emocionó mucho saber qué hace poco, el coro infantil que dirige la señora Bonomi de Bourse Herrera cantó "La amanecida" en plena calle Florida, para allegar fondos para construir una capilla en San Isidro. En total sigue diciéndonos Mario Arnedo Gallo, tengo aún unas sesenta composiciones que no he dado a conocer. Los Huanca-Hua me han pedido, para hacerla, una "Chacarera del cantor". Mi zamba "La vuelta del santiagueño" tiene ya 17 años. Después vinieron "El loretano" (gato, en colaboración con el gran pianista que fue Miguel Ángel Trejo); "El pobre negro" (gato, en colaboración con Julio Navarro); "La yuya" (chacarera") "Tonada de la rosa" (con letra de Buenaventura Luna); "Corazón de quebracho", zamba que ahora tocan Los Chalchaleros; "Triunfo de los varones", con letra recopilada en San Antonio de Areco por Fernández Podestá, y otros, como "Tonada de la flor azul", en colaboración con Antonio Rodríguez Villar.

Cuando Louis Armstrong le tendió la mano...

Sabemos -le decimos a Mario Arnedo Gallo- que el gran Louis Armstrong se interesó muchísimo por la forma cómo usted toca el bombo, y le ofreció participar en el espectáculo que dio en el teatro Opera. ¿Cómo fue eso?

-Efectivamente: conocí al gran "Satchmo" en una comida que se le daba en el diario "La Prensa", ехclusivamente para periodistas. Es un gran músico y un señor, en toda la extensión de la palabra. Rodríguez Villar me facilitó el acceso a aquel acto. Con él tocamos, En un momento determinado, alcé el bombo y canté una vidala. Armstrong se impresionó profundamente, y con noble generosidad nos invitó a Rodríguez Villar y a mí a que cerrásemos el gran espectáculo que "Satchmo" ofrecía en la Ópera. Al día siguiente, llamé al representante y cambié un poco los papeles. Me recomendó que acompañaramos a "Satchmo" con el "tamborcito" en la ejecución de "Some of this days". Mi bombo no era para eso, por mejor voluntad que hubiera. En el mejor de los casos, hubiera sido tapado por la orquesta de "Satchmo". El representante no interpretó la nobleza y generosidad de Armstrong. Así, todo quedó en proyecto...

-Un proyecto le decimos a Mario Arnedo Gallo- que, bien realizado, lo hubiera puesto a usted en primerísima fila en la cotización, junto a un nombre del calibre de Armstrong.

-Seguramente acota a Mario Arnedo Gallo con una sonrisa. A lo mejor, estuve un poco descortés con el representante. Le corté la comunicación con un "si... cómo no… claro. El asunto es seguir adelante, fiel a uno mismo. Lo demás, lo dirá el tiempo...

Publicada originalmente en Revista Folklore