viernes, 19 de diciembre de 2025

Indio Pachi, el alma del norte cordobés que resonó en una guitarra zurda

 


En Cerro Colorado, entre las montañas y el silencio que da forma a la memoria, nació y se despidió Patricio Barrera, conocido como el Indio Pachi: un hombre cuya vida entrelazaba el trabajo duro de la tierra con la poesía de la música. Criollo y originario, picapedrero, agricultor, peluquero ocasional, pero, sobre todo, un guitarrista autodidacta que rompió las normas: zurdo sin cambiar las cuerdas, como si su música reflejara el paisaje que lo rodeaba.

Su guitarra no solo hablaba; cantaba con el murmullo del río, el crujir de la piedra bajo el mazo, y el ordeñe al amanecer. Cada nota llevaba el peso de manos endurecidas por el trabajo y la ternura de quien escuchaba a los pájaros como sus únicos maestros. "Era sencillez y alma", dice Fernando Morales, director del documental Pachi, la leyenda, que rescata su legado. "Su obra tiene peso propio: decir mucho con poco".

Pachi no fue un músico de grandes discografías, pero sí de encuentros luminosos. Compartió caminos con Atahualpa Yupanqui, su vecino y amigo; creó canciones junto al Chango Rodríguez, su compadre, y recibió el reconocimiento del uruguayo Aníbal Sampayo, quien grabó sus obras. Su generosidad y hospitalidad lo convirtieron en un símbolo querido del pueblo, donde aún persiste el eco de su estilo único: ese que, cien años después, sigue inspirando a buscar entre las grietas de la historia al hombre que tradujo la tierra en música.

Hoy, el documental de Morales llega a Cerro Colorado, el mismo suelo donde Pachi se convirtió en leyenda. No hace falta un monumento; su verdadero homenaje está en lo anónimo que perdura: en las guitarras que imitan su zurda rebeldía, en los relatos que repiten su nombre como un secreto bien guardado. Porque, como dice Morales, "entrar en el mundo de lo anónimo" es, quizás, la forma más pura de trascender.

Bar "La amistad"


 

El bar "La Amistad" se encontraba en la esquina noroeste de la avenida Alsina y Olaechea, justo en el límite del Barrio Parque Aguirre. Sus dueños eran Don Cáceres y Pastor Romano. Cuando la sociedad se rompió, Don Romano decidió abrir un boliche gastronómico en su casa, ubicada en la calle 3 de Febrero 137/141. Allí, bajo un amplio parral en su patio, recibía a los parroquianos que se reunían día tras día. Lo llamó "La Mocha", en honor a su esposa.

El bar "La Amistad" era un lugar muy popular entre los vecinos de Barrio Cáceres, 8 de Abril y los boteros que ayudaban a cruzar a la gente por el Río Dulce, ya que no había puente. Este bodegón se llenaba de musiqueros y cantores, como "Tuno" Ledesma (hermano de Ruso Ledesma), que siempre llevaba grandes y oscuros anteojos; el talentoso guitarrista Amabrio Luna y su hijo "Chicho"; Leo Dan junto a su primo Mario Juárez, y el célebre Coquito Cáceres. Del otro lado del río estaban Albino Maza (el botero), "Ñato" Corvalán, Burgos, "Lucho Pupulo", Los Luna, "Pequeño" Vega y "Tacuna" Caro, un armonicista del Barrio Cáceres, autor de la chacarera "La víbora verde", acompañado por Cacho García. "Tacuna" es mencionado por "Morenito" Suárez en su chacarera "Para Mañu Luna": "Volviendo del Misky Mayu/ pasando por Don Tacuna/ ya van saliendo los bagres/ me voy para Mañu Luna".

Don Pastor Romano tuvo dos hijos que eran talentosos bailarines de folclore: Coco y su hermana, quienes cosecharon varios premios en concursos inter-provinciales. Este bar quedó inmortalizado en la chacarera de TITO SÁNCHEZ DÍAZ y PABLO MEMA, titulada "La Bolichera", en la estrofa que dice: "Seguro una chacarera/no alcanza para nombrarlos/ Catedral de los bohemios/ oasis quishqui de vino/ allá en 'La Amistad' o en 'Islas'/saciaba a los peregrinos. // Solar de los andariegos/ en la ciudad trasnochada/ nostalgia de los amigos/ que los recuerdos apañan/ de algunos que ya se han ido/ y los boliches extrañan". (Gentileza de la información: "Cacho" García, "Coco" Cáceres y "Benja" Ibáñez). Archivo cultural santiagueño de Omar “sapo” Estanciero.

jueves, 18 de diciembre de 2025

Cenizas del Poder: Crónica del Santiagueñazo, el día que el pueblo decidió no callar más

Por la Redacción de Leyendas del folclore santiagueño

Tres días de furia, los tres poderes del Estado reducidos a escombros y una clase política que, lejos de rendir cuentas, volvió al poder como si nada hubiera pasado. A tres décadas del 16 de diciembre de 1993, desmontamos la maquinaria de corrupción, clientelismo y abandono estatal que empujó a un pueblo entero al límite. Esta es la historia del "Santiagueñazo": no solo el relato de una pueblada, sino la radiografía de un sistema que sobrevivió a sus propias cenizas.



El mito del santiagueño manso

Durante años, la narrativa oficial pintó la imagen de un santiagueño resignado, folclórico, casi como un cuadro en su pobreza. Un pueblo que cantaba chacareras, soportaba el calor y aceptaba sin chistar lo que sus caudillos les ofrecían —o les quitaban—. Era una historia conveniente para quienes estaban en el poder: si el pueblo era manso por naturaleza, entonces no había necesidad de rendir cuentas.

El 16 de diciembre de 1993, ese mito se hizo añicos junto con la Casa de Gobierno.

Ese jueves, grupos de manifestantes no pidieron permiso ni esperaron promesas. Incendiaron y destruyeron las sedes de los tres poderes provinciales, además de doce residencias de los principales dirigentes políticos. No fue un acto de vandalismo sin sentido. Fue, como dice la historiadora María Mercedes Tenti, una "pueblada": una acción colectiva con objetivos claros. El pueblo sabía exactamente qué quemar y qué respetar. Y eso, para el poder, resultaba mucho más amenazante que un simple motín.

El laboratorio del saqueo: Cómo se vació un Estado

Para entender el Santiagueñazo, es fundamental dejar de lado la idea de que fue una "explosión espontánea" o el resultado de "agitadores externos", como intentaron hacer creer algunos funcionarios después. En realidad, fue la consecuencia lógica —casi matemática— de un sistema diseñado para el despojo.

En 1989, Carlos Menem asumió la presidencia y lanzó un plan de privatizaciones que prometía "modernizar" el país. Sin embargo, en provincias empobrecidas como Santiago del Estero, esa modernización significó una sola cosa: desguace. El gobernador César Eusebio Iturre, presionado por el gobierno nacional, sancionó en 1990 la Ley de Emergencia Económica N° 5.808. Esta ley era una carta blanca para privatizar todo: desde la empresa de agua potable (DIPOS) hasta el matadero, el casino, el hipódromo y la terminal de ómnibus.

¿Y qué pasó con esas privatizaciones? Prácticamente nada. Un año después, los análisis coincidían en que la ley había sido "una aspiración política del gobierno provincial para congraciarse con el gobierno nacional más que un verdadero intento de realizar un cambio". En otras palabras, fue solo una fachada. El Estado seguía siendo igual de ineficiente, pero ahora tenía la excusa perfecta para ajustar cuentas con los más vulnerables.

Mientras tanto, los datos duros mostraban un panorama aterrador. Según el INDEC, en 1988 más del 53,5% de los hogares de Santiago del Estero y La Banda eran pobres. Más de 150.000 personas no podían cubrir la canasta básica. En el interior provincial, los hacheros de los departamentos Copo y Alberdi trabajaban en condiciones de semiesclavitud, cobrando en especie como en el siglo XIX, sin convenios colectivos ni relación de dependencia. El "progreso" que prometía Menem nunca llegó a los montes santiagueños.

La fiesta de los privilegios: Ñoquis, asesores fantasma y jubilaciones doradas

Mientras el pueblo se apretaba el cinturón hasta casi no poder respirar, la clase política santiagueña disfrutaba de una orgía de privilegios que hoy resulta casi increíble —si no fuera porque está bien documentada—

Durante la campaña electoral de 1991, las designaciones en el Estado "llovieron" por todos lados. El número de empleados públicos saltó de 28.000 a casi 40.000 en cuestión de meses. No era un plan de empleo genuino: era puro clientelismo, el intercambio más antiguo del manual político argentino. Un cargo a cambio de un voto, una lealtad comprada con un sueldo estatal.

A esto se sumaban los "ñoquis" —empleados que cobraban sin trabajar— y los asesores fantasmas. El Poder Ejecutivo llegó a contar con más de cincuenta asesores entre los tres ministerios y la secretaría general, con sueldos que iban de $1.000 a $5.000 mensuales. Algunos de ellos, según las denuncias de la época, no cumplían "ninguna función".

En abril de 1993, mientras la provincia se desmoronaba, la Legislatura tuvo la desfachatez de aprobar una ley que otorgaba un "plus de privilegio" de $2.100 a todos los funcionarios. Leído así, parece un chiste de mal gusto. Pero no lo era: era el retrato de una casta política que había perdido todo contacto con la realidad.

¿Y los hospitales? En quiebra virtual. Los médicos denunciaban que el hospital de niños ni siquiera tenía oxígeno. ¿Los comedores infantiles? Cerrados, a pesar de que la Nación enviaba $500.000 mensuales para su funcionamiento. ¿Dónde iba ese dinero? Nadie lo sabía. O mejor dicho: todos lo sospechaban.

El fraude institucionalizado: La "Ley de Lemas" y el robo de la voluntad popular

Si el saqueo económico no era suficiente, el sistema político santiagueño también perfeccionó el saqueo de la democracia.

En 1991, se instauró la "Ley de Lemas", un mecanismo electoral perverso que permitía que un candidato se convirtiera en gobernador, incluso si no era el más votado individualmente. Solo necesitaba que la suma de los votos de su partido superara a la de sus oponentes. Era una trampa legal diseñada para mantener a los mismos de siempre en el poder.

Las elecciones de octubre de 1991 fueron un verdadero escándalo. Cuando el escrutinio provisorio mostraba que José Luis Zavalía (UCR) había obtenido el 42% de los votos frente al 28,6% de Carlos Aldo Mujica (PJ), el sistema de lemas dio un giro inesperado. Mujica fue proclamado gobernador en una sesión legislativa que se llevó a cabo "entre gallos y medianoche", como se solía decir en esa época.

Zavalía denunció fraude, se autoproclamó "gobernador moral" y luego "gobernador de la Constitución", recibiendo bastones de mando simbólicos en actos multitudinarios. Santiago del Estero tenía dos gobernadores y ningún gobierno real. La democracia había sido despojada de su esencia.

El gobierno fantasma de Carlos Mujica

El gobierno de Mujica llegó al poder ya con un pie en la tumba y gobernó como si ya estuviera enterrado.

Entre febrero y abril de 1993, el gobernador apenas se presentó en la Casa de Gobierno, asistiendo solo diez días. El resto del tiempo lo pasó en Buenos Aires, en gestiones que nunca dieron resultados o en interminables negociaciones dentro del peronismo con el veterano caudillo Carlos Juárez.

Su ausencia no era solo física; era también política, moral y administrativa. Los sueldos se retrasaban mes tras mes. Los docentes organizaban huelgas masivas y el ciclo lectivo apenas lograba funcionar. Un medio porteño, con una crueldad que no dejaba de ser cierta, calificó a Santiago del Estero como la "capital de Burrolandia" porque solo se había dictado el 60% de las clases previstas para el año.

El colmo llegó cuando se supo que, poco antes de la crisis terminal, Mujica había viajado a Estados Unidos con $50.000 en viáticos personales. Cincuenta mil pesos —equivalentes a cincuenta mil dólares en la convertibilidad— para un viaje personal, mientras los empleados públicos no cobraban y los hospitales carecían de insumos.

El 27 de octubre de 1993, acorralado por la amenaza de un juicio político, Mujica renunció. Dejó tras de sí una deuda exigible de $160 millones de pesos y una provincia en quiebra técnica. No ofreció explicaciones al pueblo que supuestamente lo había elegido. Simplemente se marchó.

La "Ley Ómnibus": El ajuste como detonante

Fernando Lobo, quien asumió como vicegobernador tras la renuncia de Mujica, se encontró con un verdadero desastre institucional. Su mandato duró apenas 50 días. Su principal "logro" fue impulsar la aprobación de la Ley 5.986, conocida como "Ley Ómnibus", un paquete de ajustes drásticos diseñado por el equipo de Domingo Cavallo.

¿Qué proponía esta ley? El despido de todo el personal temporal que había ingresado después de 1990. La reducción de salarios hasta los niveles de febrero de 1990. Recortes en las jubilaciones. La privatización de prácticamente todo lo que quedaba: DIPOS, los casinos, el Banco Provincia, la Caja de Ahorro, y la terminal de ómnibus.

La ley fue aprobada el 13 de noviembre de 1993, en medio de enfrentamientos entre la policía y los manifestantes que rodeaban la Legislatura. Era el último clavo en el ataúd de la paciencia popular.

Los paros se multiplicaron. Los jubilados marchaban todos los días. Los comercios cerraban en solidaridad —y porque no tenían clientes, ya que nadie tenía dinero para comprar—. La provincia se destacaba en las estadísticas nacionales como la "capital del paro".

Y entonces llegó el 16 de diciembre.

Anatomía de una pueblada: El día que todo ardió

La mañana del 16 de diciembre comenzó con una movilización convocada por el Frente de Gremios en Lucha. Pero algo había cambiado. La base había desbordado a la dirigencia. Ya no eran solo los delegados sindicales: eran los empleados administrativos, los judiciales, los municipales, los docentes, los enfermeros, los jubilados. Incluso curas y monjas se sumaron a las columnas.

Cuando la policía —escasa, mal equipada y sin elementos antimotines— intentó contener la protesta y el jefe de policía resultó herido por una pedrada, el dique se rompió. Las fuerzas de seguridad se retiraron, abandonando la ciudad a su suerte. O, mejor dicho, a su justicia.

Lo que siguió no fue un saqueo indiscriminado. Fue una demolición quirúrgica del poder.

La Casa de Gobierno fue la primera en arder. Los manifestantes ingresaron, arrojaron muebles por las ventanas, quemaron archivos. Un empleado público se sentó en el sillón del gobernador en el balcón, en una imagen que recorrió el país: la ocupación simbólica del poder por parte de quienes lo habían padecido.

La Legislatura, donde se habían sancionado las leyes del ajuste y los privilegios, fue consumida por las llamas. Las bancas de los diputados fueron arrojadas desde el piso superior mientras se nombraba en voz alta a quienes las habían ocupado horas antes. Era una performance de la indignación.

El Palacio de Tribunales, símbolo de una justicia lenta, cómplice y subordinada al poder político, también ardió. Los jueces que acumulaban causas sin resolver y que miraban para otro lado ante la corrupción vieron su templo reducido a cenizas.

Pero la ira no se detuvo en los edificios públicos. La multitud se dirigió a las residencias privadas de los políticos más cuestionados. Doce viviendas de dirigentes peronistas —Juárez, Mujica, Iturre, Crámaro— fueron incendiadas y saqueadas. La casa de Zavalía también fue atacada, pero el caudillo radical se atrincheró con un grupo de seguidores.

Lo que el fuego respetó: La inteligencia de la bronca

Uno de los aspectos más impactantes —y menos discutidos— del Santiagueñazo es lo que la gente decidió no destruir.

El Teatro 25 de Mayo y el Museo de Ciencias Antropológicas, que se encuentran justo debajo de la Legislatura, fueron resguardados por los propios manifestantes. Las propiedades cercanas a las de los políticos también fueron respetadas. No hubo saqueos en supermercados, almacenes ni tiendas de ropa.

Los únicos "saqueos" que ocurrieron fueron en depósitos de mercaderías del Ministerio de Bienestar Social que estaban en las casas de los funcionarios. En otras palabras: la gente recuperó lo que les habían quitado.

El pueblo sabía exactamente qué quemar y qué proteger. No era una "turba irracional", como algunos medios intentaron retratar. Era un colectivo con metas claras: destruir los símbolos del poder y la corrupción. Todo lo demás fue respetado.

La intervención federal: El ajuste con gendarmes

El 17 de diciembre, mientras los disturbios se propagaban por La Banda, el gobierno nacional de Carlos Menem decidió intervenir. Juan Schiaretti, parte del equipo de Cavallo, fue nombrado interventor. Ese mismo día, tropas de Gendarmería Nacional llegaron para "restablecer el orden".

Schiaretti tomó posesión el 18 de diciembre frente a la Casa de Gobierno, que había quedado en ruinas, mientras la multitud lo recibía con silbidos y abucheos. El ex gobernador Fernando Lobo fue escoltado por gendarmes, enfrentándose a la hostilidad de la gente que se había reunido en la plaza.

El interventor culpó del estallido a las "administraciones anteriores, sumidas en una crisis moral y ética", y prometió investigar la corrupción. Sin embargo, esas palabras se las llevó rápidamente el viento santiagueño.

¿Qué hizo Schiaretti en realidad? Pagó adelantos salariales de $500 a los empleados y $300 a los jubilados. Estableció sueldos máximos de $3.500 para los funcionarios. Y, lo más importante, implementó la misma reforma del Estado que había desencadenado el estallido, pero esta vez respaldado por la fuerza de las bayonetas de Gendarmería.

La intervención federal, compuesta en su mayoría por miembros del equipo de Cavallo, llegó con dinero fresco y un objetivo político adicional: asegurar el apoyo de Santiago del Estero a la reforma constitucional que Menem estaba negociando con Alfonsín en el Pacto de Olivos.

El Santiagueñazo logró mitigar el hambre inmediata. Pero no pudo —ni podía— desmantelar la estructura política que lo había originado.

El retorno de los mismos: La pregunta incómoda

Aquí es donde llegamos al punto más inquietante de esta historia. Y es una pregunta que la historiadora María Mercedes Tenti plantea con valentía: ¿Cómo es posible que, a pocos años del Santiagueñazo, los mismos políticos cuestionados —aquellos cuyas casas fueron incendiadas— regresaran al poder?

Carlos Juárez, el veterano caudillo cuya casa se incendió el 16 de diciembre, fue elegido gobernador nuevamente en 1995. José Luis Zavalía, el radical que se defendió a balazos, volvió a ser intendente de la Capital en 1999. César Iturre, Mujica, Crámaro y muchos otros continuaron transitando los pasillos del poder provincial.

¿Y cómo se explica esto? La respuesta radica en la esencia misma del clientelismo político. Las relaciones clientelares no se extinguen con el fuego. Se construyen a lo largo de años, incluso décadas, a través de favores personales, prebendas y lealtades que se forjan una a una. Un colchón entregado en el momento preciso, una chapa para el techo, un puesto para el hijo, una bolsa de alimentos antes de las elecciones. El clientelismo no opera en el ámbito de las ideas ni de los programas políticos: se mueve en el terreno de las relaciones personales, cara a cara, patrón a cliente.

Desde los círculos de poder, Tenti señala que se busca que el santiagueño sea "un pueblo sin memoria". Que olvide el 16 de diciembre. Que vuelva a ser dócil, folclórico, resignado.

Conclusión: Las cenizas que no se apagan

El Santiagueñazo fue muchas cosas a la vez. Fue un estallido de bronca acumulada. Fue una pueblada con objetivos claros. Fue una demostración de que incluso el sistema más opresivo tiene un límite. Y fue, también, una derrota: porque el sistema que lo provocó sobrevivió a sus propias cenizas.

Treinta años después, Santiago del Estero sigue siendo una de las provincias más pobres del país. El clientelismo sigue operando. Las formas de hacer política apenas han cambiado. Y desde el poder, se sigue intentando tapar el 16 de diciembre con un "manto de olvido".

Pero la memoria colectiva es más terca que los relatos oficiales. Los santiagueños que vivieron aquel día —los que marcharon, los que miraron desde las veredas, los que escucharon las radios FM narrando los hechos como si fuera un partido de fútbol— no han olvidado.

Recordar el Santiagueñazo no es romantizar la violencia. Es reconocer que cuando un pueblo es empujado al límite por el hambre, la corrupción y el desprecio de sus gobernantes, encuentra en su indignación el combustible para cambiar la historia. O al menos para intentarlo.

Las cenizas de la Casa de Gobierno, la Legislatura y el Palacio de Tribunales se limpiaron hace mucho. Pero el fuego que ardió aquel 16 de diciembre sigue encendido en algún lugar de la memoria santiagueña. Y eso, para el poder, siempre será una advertencia.

Fuentes consultadas:

Articulo periodístico basado en el trabajo "A 30 años, aportes para un análisis explicativo de la pueblada del 16 de diciembre de 1993 en Santiago del Estero", escrito por María Mercedes Tenti.

* Boletín Oficial de Santiago del Estero (1990-1993).

* Archivos periodísticos de El Liberal y Nuevo Diario (1993).

* Auyero, Javier; "Etnografía de la protesta: El Santiagueñazo".

* Dargoltz, Raúl; "El Santiagueñazo: El Despertador" (1994).

lunes, 15 de diciembre de 2025

Zambas históricas y tradicionales "La Rojista" y "La Gorostiaguista"

 


Dice Agustín Chazarreta en su libro “Tradiciones Santiagueñas" (Buenos Aires. 1953), refiriéndose a estas dos históricas zambas: "Absalón Rojas y Manuel Gorostiaga allá en la penúltima década del siglo XIX, eran dos grandes caudillos, el primero en el Gobierno y el segundo en la oposición.

Rojas sostenido por el General Roca, en tanto que Gorostiaga, mitrista, era el Jefe de los antiguos partidarios de los Taboada. Ambos políticos tenían por divisa partidaria a sendas zambas, que eran como himno de combate".

Absalón Rojas, padre del ilustre escritor Ricardo Rojas, dominó la política santiagueña desde la caída de los Taboada en 1875 hasta 1892, año en que falleciera siendo Senador Nacional, dos veces Gobernador, fue sobre todo un Gobernador progresista.

Manuel Gorostiaga, su acérrimo contrincante, fue Diputado Nacional y Embajador en Brasil. El 19 de octubre de 1892, encabeza una revolución que depone a Rojas, luego de varias intentonas anteriores.

Don Andrés Chazarreta publicó ambas obras en su Primer Álbum en 1916.

En el noroeste, se la conoce también a "La Rojista" como "Zamba del cocherito" u "Oiga, cocherito", parodia que cantaban los gorostiaguistas como mofa a Rojas, conocido por su afición a viajar en calesa.

"La Gorostiaguista" no tuvo letra, hasta que Oscar Valles, compuso una alusiva.

"LA GOROSTIAGUISTA"(Oscar Valles/ Andrés Chazarreta)

En la cruz de un puñal
Don Manuel Gorostiaga
ha jurado peleando
vencer o morir
y se juega la vida
para triunfar.


Tiembla el sol al besar
la orillita del bañao
porque el viento silbando
y pechando al pasar
esta zamba, la muerte
viene a bailar.


Estribillo


En la voz del cantar
del alma santiagueña
y la gorostiaguista
se va a entreverar
hecha canto en las coplas
y el guitarrear.


El pelear sin cuartel
se hace un llanto el salitral
el rumor del coyuyo
en el algarrobal
el rasguido y los bombos
al repicar.


Y en la luz siempre está
detrás del anochecer
esta zambita pintando
recuerdos que van silbando
collares de atardecer.

DEL ARCHIVO DE OMAR SAPO ESTANCIERO

viernes, 12 de diciembre de 2025

El "Chivo" Carlos Leguizamón: La Voz Bandeña que Cabalgó en Acordes de Zamba

A 15 años de la partida del mítico ex-integrante de Los Manseros Santiagueños

 


UN DÍA COMO HOY, 11 de diciembre de 2010, la música folklórica argentina se vistió de luto con el fallecimiento de Carlos Leguizamón, el cantor, músico, autor y compositor santiagueño conocido cariñosamente como "El Chivo". Leguizamón, que integró la formación clásica de Los Manseros Santiagueños, dejó este mundo en Vicuña Mackenna, provincia de Córdoba, a los 65 años, víctima de una enfermedad terminal, pero su voz y su legado permanecen inmortales en el cancionero popular.

Nacido en La Banda, el 4 de enero de 1945, en el seno del barrio Villa Juana, la música fue una vocación temprana y casi innata. La leyenda popular cuenta que, desde niño, una guitarra rudimentaria, fabricada por él mismo con un palo de escoba, era su compañera inseparable. Debajo de un frondoso algarrobo en el patio de su casa, soñaba con las melodías que más tarde lo llevarían a recorrer el país.

Ya en su adolescencia, con la ansiada guitarra que sus padres le compraron, comenzó a trazar su destino artístico. En su barrio natal, fundó su primer conjunto folklórico: "Los Cantores de Villa Juana", un emotivo tributo a su terruño.

La Gloria de Los Manseros

La etapa que catapultó su figura al reconocimiento nacional fue su ingreso a Los Manseros Santiagueños. Durante aproximadamente cuatro años, Leguizamón compartió escenario con pilares del folklore como Onofre Paz, Leocadio Torres y Carlos Carabajal. Este periodo fue crucial, llevándolo a recorrer el circuito festivalero y a participar en los escenarios más importantes del país. Sin embargo, en 1968, Leguizamón decidió emprender un nuevo camino y se alejó del grupo para iniciar su carrera como solista, una trayectoria que se extendió a lo largo de unas cuatro décadas.

El Eco de una Amistad Sincera

El legado de Carlos Leguizamón no se limitó a sus dotes artísticas, sino que también residió en su calidad humana. Su amigo, Oscar B. Castillo, lo recordó como "un compañero, una persona muy pacífica, con la que se podía conversar sin ningún tipo de dificultad, y eso lo hacía muy querible”. Castillo inmortalizó esa amistad dedicándole la sentida chacarera "Santiagueño y Buen Cantor", donde traza la estampa del "Chivo" como un enamorado de las coplas, un "changuito lustrador" de las siestas de Santiago.

El día de su partida, Leguizamón se fue acompañado por su familia. Su ausencia física fue inmediatamente mitigada por la palabra de sus colegas, como la del poeta Miguel Coria, que le dedicó las "Coplas pal 'Chivo' Leguizamón", versos que capturan la permanencia de su arte:

"Cantor que nunca es olvido / tampoco nunca es adiós, / de tiempos lejanos regresa / El 'Chivo' Carlos Leguizamón / y en el galope de una zamba / florece perenne tu voz."

El recuerdo del "Chivo", figura que también anduvo por las peñas y guitarreadas, según consigna el libro inédito Biografías de Folcloristas Santiagueños Segunda Parte de Omar "Sapo" Estanciero, permanece como un faro para las nuevas generaciones, recordándoles que la voz bandeña, nacida bajo un algarrobo, sigue cabalgando en los tiempos idos a través de los acordes de una zamba. QEPD querido amigo.

jueves, 11 de diciembre de 2025

Don Justo Marambio Serrano, conocido guitarrista, cantor y autor

 


 “Aquí estoy en Buenos Aires/ y a pesar de tantos años,/ sueño y pienso en el regreso/ como muchos provincianos.” (Sueño Provinciano). Una poesía así, con música de zamba, solamente podía ser creada por alguien que ha llegado desde muy lejos a la ciudad de Buenos Aires, como es el caso de santiagueños, tucumanos, correntinos y, en definitiva, gente de todas las provincias que emigran de su tierra natal a la ciudad puerto y Capital Federal, donde se concentra gran parte de los recursos nacionales como una práctica bicentenaria.

La ciudad de Buenos Aires está en la provincia de Buenos Aires, la más extensa entre las 23 que conforman la República Argentina. A diferencia de la mayoría de las provincias argentinas, en vez de estar dividida en departamentos, lo está en partidos. Entre los 135 partidos bonaerenses, uno de los más antiguos es Bragado, que está ubicado en el Centro Noroeste de la provincia.

Se llama braga la prenda íntima femenina que en Argentina hemos pasado a llamar bombacha. A los animales vacunos o equinos que, en la zona de la ingle, tienen un color distinto al resto del cuerpo, nuestros paisanos los llaman bragados.

Una tradición bonaerense dice que en la zona donde ahora está Bragado, un potro salvaje de excelente porte, que lucía una bragadura de color blanco, era codiciado por criollos y antiguos habitantes de la tierra, pero no se dejaba atrapar. El día en que el caballo bragado fue acorralado en la cima de un barranco, antes de ser capturado prefirió lanzarse desde la altura y perder la vida. El potro de Bragado es un símbolo de libertad y en su homenaje hay una estatua a la entrada de la ciudad cabecera del partido homónimo.

Bragado está en plena pampa fértil bonaerense, zona de grandes extensiones de campos cultivados. Esos grandes campos necesitan mano de obra, gente campesina en lo posible. La gente de nuestra provincia no es ajena a estas actividades agrícolas. Grupos numerosos de trabajadores rurales van a los campos bonaerenses, llevando su laboriosidad y sus costumbres. Pasada la temporada anual de laboreos manuales, vuelven a sus pagos con algo de dinero, compras novedosas y nuevos temas musicales.

La gente del Alero Quichua Santiagueño solía actuar en peñas folclóricas casi todos los fines de semana. Generalmente, se trataba de actuaciones a beneficio de escuelas en la ciudad de Santiago o en cualquier otro lugar de la provincia. En los años ’80, el grupo cancionero ha tenido oportunidad de presentarse en uno de los locales de gran prestigio de aquellos tiempos. En aquella ocasión hemos ido a la esquina de Islas Malvinas y Pasaje América, en el Barrio Rivadavia, donde funcionaba El Rancho de Marambio, un comedor con peña folclórica.

Entre la gente que actuó esa noche estaban: Alicia Pereyra, el Payo Oroná, Julio Balconti, Alejandro Iñíguez, Carlos González, Orlando Gómez, Reynaldo Rodríguez, Julio Nieva y… “otros”. El grupo del Alero Quichua era numeroso.

El dueño de casa era Don Justo Marambio Serrano, conocido guitarrista, cantor y autor de temas musicales folclóricos. Es una figura que ha dejado su marca en el folclore de nuestra provincia, al punto de ser mencionado en el escondido Fiesta Grande en Santiago, en el que Pablo Raúl Trullenque nombra a los pioneros de nuestro canto popular.

El apellido Marambio nos recuerda a una isla de la Antártida, donde el 29 de Octubre de 1.969 aterrizó por primera vez un avión militar argentino, dando nacimiento a la Base Aérea Vicecomodoro Marambio, nombre impuesto en homenaje al piloto Vicecomodoro Gustavo Argentino Marambio, que cumpliera numerosas misiones antárticas y falleciera en un accidente aéreo en la provincia de Santa Fe.

El folclorista de Santiago del Estero Don Justo Germán Marambio Serrano era nacido el 23 de octubre de 1.914 en Bragado, provincia de Buenos Aires. Según nos cuentan sus descendientes, Don Justo era primo del Vicecomodoro Marambio.

Justo Germán Marambio Serrano, guitarrista y cantor, a los dieciocho años de edad vino a Santiago del Estero acompañando a un amigo músico… y se quedó. Aquí compartía guitarreadas con amigos, formó su hogar e integró diversos dúos de voces y guitarras. Con Héctor Carabajal formó el Dúo Marambio Carabajal; con Roberto Trullenque formó el Dúo Marambio Trullenque; también cantó a dúo con Leónidas de Jesús Corvalán.

El cantor de tangos Argentino Ledesma, solía ensayar con Don Justo Marambio. El experimentado cantor y guitarrista bonaerense enseñaba secretos de vocalización y actuación al joven tanguero, que luego sería figura nacional e internacional y motivo de orgullo para los santiagueños. Ya consagrado, Argentino Ledesma volvía a la casa de los Marambio, por entonces en Yrigoyen Segundo Pasaje, para ensayar nuevas presentaciones.

Antes, las emisoras de radio no eran muchas. En la provincia de Santiago del Estero, la única emisora era LV 11 Radio del Norte, con alcance para todo el territorio y un poco más. Las emisoras acostumbraban tener sus músicos estables, los que debían acompañar a los artistas que fuesen a actuar en vivo.

En LV 11, los guitarristas estables eran “Chori” Paz, Aparicio “Apalo” Villalba y Justo Marambio Serrano. Cuando a fines de los años ’60, la radio pasó a ser LW 5, Don Marambio continuó trabajando como músico en la nueva radio, para jubilarse cuando en 1.971 la emisora pasó a ser LRA 21 Radio Nacional Santiago del Estero.

De la producción autoral de Don Justo Marambio Serrano, podemos recordar la zamba Abuelita, que fuera grabada por el conjunto Los Cosecheros, liderado por El Mandinga del Bandoneón, con la voz de El Chango Ledesma. También fue grabada la Zamba del Recuerdo, por el conjunto Los Tobas.

Hace pocos años, el Dúo Suárez Palomo grabó la zamba Sueño Provinciano, en la que Don Justo Marambio Serrano expresa el sentimiento de quienes han emigrado hacia Buenos Aires y sueñan con volver. Esta hermosa zamba ha sido grabada hace poco por el cantor santiagueño, amigo de nuestro Alero, Amílcar Díaz Bravo.

Felizmente, son varios los casos de folcloristas venidos de otros pagos que se aquerenciaron en nuestra tierra, al punto de pasar a ser más santiagueños que muchos de nosotros. Don Justo Germán Marambio Serrano es uno de ellos, para bien de la cultura folclórica.

Sintiéndose santiagueño y tomando la dolorosa distancia que duele al emigrado, Don Marambio cantaba: “Cuando escucho chacareras, / pobre mi alma se emociona, / y aunque el corazón se alegra/ las lágrimas me traicionan.”

El sentimiento de quienes están lejos del pago puede resumirse en el estribillo de Sueño Provinciano: “Quisiera estar en Santiago, / pisar la arena del río,/ respirar aire del monte/ del pago donde he nacido./ Y cantar toda la vida/ a mi Santiago querido.”

Fuente: FBK

miércoles, 10 de diciembre de 2025

El Hambre Lento y los Aristócratas del Trabajo: Cómo el Informe Bialet Massé desenterró la epopeya trágica del obrero santiagueño, el pilar olvidado de la Argentina próspera.

A principios del siglo XX, un documento oficial ofreció un retrato crudo de la Argentina profunda. Seguimos el rastro de esos hombres y mujeres de Santiago del Estero, "aristócratas del trabajo" que, con su esfuerzo, ayudaron a construir el país, mientras una "degeneración" silenciosa los iba consumiendo.


“El ingenio tucumano nació con todos los vicios de la servidumbre colonial, exagerados y sin faltar uno solo” – Bialet Massé

En 1904, el ministro del Interior, Joaquín V. González, le encargó al médico y abogado Juan Bialet Massé una tarea enorme: recorrer el país para diagnosticar de primera mano la situación de la clase trabajadora. El resultado fue un informe monumental que retrató los costos humanos del progreso argentino. En esas páginas, entre el polvo del camino y los obrajes, la figura del obrero santiagueño aparece con una presencia central.

El santiagueño no era un actor estático; era un nómada por necesidad. Su presencia se repetía en los algodonales del Chaco, en las cosechas de cereales de la Pampa húmeda, en la zafra tucumana y en los campamentos madereros. Bialet lo midió, conversó con él y dejó asentado un registro minucioso de sus condiciones de vida.

Para el investigador, Santiago del Estero era sinónimo de movilidad laboral estacional. Los itinerarios se hacían a pie o en vagones de tercera clase cargados como hacienda. La migración no respondía a la búsqueda de aventuras, sino a la falta de trabajo en su propia tierra. En su informe, Bialet cita incluso al dueño de un aserradero que aconsejaba buscar peones en Santiago porque allí "todavía abundaban".

En los quebrachales del Chaco, Bialet observó la destreza de estos trabajadores y los llamó, con admiración, "aristócratas del trabajo". Eran los más hábiles con el hacha en un entorno hostil. En el campamento militar de Fortín Tostado, donde los conscriptos aprendían oficios, llegó a medir a un peón santiagueño, Santiago Coria, y lo ubicó entre los catorce hombres más fuertes de la República.

Pero el informe no se queda en la exaltación física. Bialet detectó un deterioro constante en la salud de esos mismos trabajadores, al que denominó "hambre lento". No se trataba de una inanición repentina, sino de una dieta pobre, monótona e insuficiente que desgastaba el cuerpo con el tiempo. El informe utiliza términos de la época como "degeneración de la raza", aunque el propio análisis de Bialet deja claro que el problema no era biológico, sino el resultado directo de la malnutrición y la explotación.

Ese desgaste se repetía en cada destino. En el norte de Santa Fe, los peones caían enfermos a los pocos días de llegar debido a la mala calidad de la comida. En Tucumán, durante la zafra invernal en ingenios como La Mercedes, el trabajo en las cañeras era nocturno y helado. Para mantener a los hombres en pie, las empresas les proveían churrasco, café y aguardiente. El alcohol funcionaba como un combustible barato para estirar el rendimiento del cuerpo. Al tomar mediciones antropométricas en ese lugar, Bialet notó que los obreros analfabetos mostraban un embotamiento general que atribuyó, con lucidez, a la miseria y al alcoholismo, no a una limitación natural.

El escenario cambiaba en los obrajes de quebracho de la propia Santiago del Estero. A diferencia del Chaco, donde la explotación era salvaje y los campamentos precarios, el obraje santiagueño presentaba una dinámica distinta. Aunque el trabajo con la hacha seguía siendo duro, el clima seco y la proximidad de la familia permitían asentamientos más estables. El rancho reemplazaba a la carpa improvisada. Para Bialet, esta organización representaba una "América humana" dentro de la dureza del trabajo rural.

Más de un siglo después, el informe sobre las clases trabajadoras sigue funcionando como un registro histórico clave. Muestra el reverso del desarrollo económico de la época y el origen de los circuitos de migración interna que moldearon el mapa laboral del norte argentino. La mirada de Bialet Massé documentó con datos y nombres propios el costo real de las cosechas, el azúcar y la madera que hicieron funcionar al país.