viernes, 24 de octubre de 2025

Santiago antes de los españoles: la historia viva de sus primeros habitantes

¿Sabías que mucho antes de la llegada de los conquistadores, Santiago del Estero era un mosaico de culturas, lenguas y costumbres? Te invitamos a un viaje en el tiempo para descubrir a las personas detrás del nombre “juríes”, y cómo vivían, amaban y resistían en estas tierras.

 


Imagina caminar por lo que hoy es Santiago del Estero, pero hace más de cinco siglos. No hay ciudades ni iglesias; en su lugar, se escuchan risas, cantos en lenguas que ya no existen, y el rumor del río junto a quienes lo habitaban. Cuando los españoles llegaron, les pusieron un solo nombre —“juríes”— creyendo que todos eran iguales. Pero detrás de esa palabra había historias, rostros y comunidades únicas. Esta es la memoria de aquellos que poblaron estas tierras mucho antes de que se dibujaran los primeros mapas europeos.

Al pisar suelo santiagueño, los conquistadores se encontraron con un territorio lleno de vida. Gentes que caminaban con orgullo, que cazaban, tejían, pescaban y celebraban la lluvia y la cosecha. Sin embargo, con una mirada apurada, los llamaron a todos “juríes”, un nombre que venía de “xuri” —ñandú en quichua— por los taparrabos de plumas que algunos usaban. Pero la realidad era mucho más colorida y diversa.

Entre esos pueblos, destacaban los Lules-Vilelas. Eran gente alta, delgada, de risa fácil y corazón nómada. Recorrían el monte cazando pecaríes, pescando en los ríos y recolectando algarroba para preparar una bebida fermentada llamada chicha. En sus celebraciones, los hombres se pintaban el cuerpo como el tigre, y las mujeres teñían sus rostros de rojo y negro. Tras la llegada de los europeos, muchos fueron agrupados en “reducciones”, como la de Vilelas, fundada en 1728. Allí, su alegría se mezcló con nuevas costumbres y un destino incierto.

No muy lejos, entre los ríos Dulce y Salado, vivían los Tonocotés. A diferencia de los Lules, ellos habían echado raíces. Sembraban maíz, zapallo y porotos, criaban ñandúes y eran tan buenos tejedores como pescadores. Con el tiempo, su vida se entrelazó con la de los Diaguitas, un pueblo con una cultura muy desarrollada, que creía en la Pachamama y honraba al sol, al trueno y a la lluvia.

Más al sur, los Sanavirones levantaban sus hogares semienterrados, cultivaban maíz y moldeaban la arcilla con sus manos, creando una cerámica llena de símbolos y memoria. Se defendían con arcos y flechas, y enterraban a sus seres queridos en urnas, acompañados de sus objetos más preciados.

También estaban los Guaycurues, conocidos como “frentones” porque se rapaban la parte delantera del cabello, y los Abipones, guerreros nómades que, tras domesticar el caballo, se convirtieron en un símbolo de resistencia frente al avance español.

La historia de los pueblos originarios de Santiago no es solo un capítulo en un libro de texto. Es la vida de hombres, mujeres, niñas y niños que amaron esta tierra, que supieron leer sus ciclos y que, con sus manos, construyeron comunidad. Recordarlos por sus nombres verdaderos —Lules, Tonocotés, Sanavirones— y no bajo una etiqueta impuesta, es honrar su existencia. Es reconocer que esta tierra, antes de llamarse Santiago, ya tenía dueños, memoria y alma.

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Fuentes citadas:

Artículo base: "Los Aborígenes Santiagueños" de María Mercedes Tenti de Laitán (1997), extraído de Santiago Educativo.

Investigaciones de Salvador Canals Frau (1953).

Mapa de referencia de María C. Laitán y Canals Frau.

Estudio lingüístico del padre Antonio Machoni.


Rubia Moreno, la Pulpera Indomable: De la Batalla de Pozo de Vargas a la Inmortalidad de una Zamba

En el corazón de un Santiago del Estero convulsionado por las guerras civiles del siglo XIX, una mujer de ascendencia europea y alma gaucha desafió todas las convenciones. Su historia, marcada por la lealtad, la traición y la tragedia, fue rescatada del olvido por una de las zambas más emblemáticas del folclore argentino, convirtiendo a la "Rubia Moreno" en un mito imperecedero de la identidad norteña.




El polvo del Camino Real se levanta con cada soplo del viento norte, un sendero milenario que ha sido testigo mudo del nacimiento de una nación. En sus orillas, donde el tiempo parece discurrir a otro ritmo, se tejieron historias de coraje, de amor y de sangre. Imagine por un momento ser un viajero de mediados del siglo XIX: un comerciante, un soldado, un chasqui llevando noticias urgentes. Tras leguas de monte agreste y sol implacable, divisa un rancho junto a la barranca del Río Dulce, en la bajada del antiguo camino al Polear. Es una pulpería, un oasis en la inmensidad santiagueña. Al entrar, el murmullo de los hombres cesa de golpe. No por la llegada de un forastero, sino por la presencia que domina el lugar. No es un gaucho recio ni un patrón de estancia. Es una mujer joven, de trenzas rubias y ojos verdes como el agua profunda del río, con una falda roja como la sangre federal, un poncho tejido sobre los hombros y el brillo de un puñal en su cintura. Su nombre es Santos Moreno, aunque la historia y la leyenda la conocerían para siempre como "La Rubia Moreno", la pulpera gaucha cuya vida fue tan intensa y trágica como la tierra que la vio nacer.

El Origen de la Leyenda: Una Niña Llamada Santos

Alrededor del año 1840, en esa geografía hostil y magnética de Santiago del Estero, un matrimonio de inmigrantes vascos franceses, los Moreno, buscaba forjarse un futuro. Instalaron un negocio de ramos generales, una pulpería, ese epicentro social, comercial y político de la campaña argentina. En un mundo donde la fuerza física y el trabajo rural eran ley, la pareja anhelaba un hijo varón que continuara con el negocio, cuidara la hacienda y defendiera lo suyo, si era necesario, con las armas en la mano. Pero el destino, siempre caprichoso, les entregó una niña. Una criatura pálida, de llanto penetrante y una salud de hierro. Desafiando las costumbres, la bautizaron con un nombre masculino: Santos.

La vida de Santos Moreno estuvo marcada desde el principio por la adversidad. La temprana muerte de su madre dejó su crianza exclusivamente en manos de su padre. Lejos de las enseñanzas domésticas reservadas para las señoritas de la época, el padre de Santos la educó en el único mundo que conocía: el campo y la pulpería. La niña aprendió a montar a caballo con la destreza de los mejores jinetes, a entender el lenguaje del monte y a manejar con firmeza el mostrador del negocio familiar. Creció entre el aroma a yerba, tabaco y aguardiente, escuchando las conversaciones de gauchos, soldados, carreros y comerciantes de carne. Su mundo no era el del bordado y el rezo, sino el de la palabra empeñada, el trato directo y la supervivencia diaria.

Con el paso de los años, aquella niña se transformó en una mujer de una belleza singular. Su cabello rubio y sus ojos verdes, herencia de sus ancestros europeos, contrastaban de manera llamativa con la piel cobriza curtida por el sol santiagueño. Sin embargo, su carácter se había moldeado a imagen y semejanza de su entorno. De tanto tratar con hombres, absorbió sus modales, su franqueza y su temple. Su voz, acostumbrada a dar órdenes y a hacerse oír por encima del barullo, adquirió un tono de mando que imponía un respeto inmediato. Cuando Santos Moreno entraba en su propia pulpería, se producía un silencio casi marcial. No era miedo, era la admiración por la imponente autoridad que emanaba de aquella joven.

Su atuendo era una declaración de principios, una fusión de lo femenino y lo gauchesco que rompía con todos los moldes. Abandonó las ropas tradicionales de mujer por una pollera roja, tan amplia y vibrante que parecía un poncho ceñido a su cintura. Complementaba su vestimenta con un poncho tejido, alpargatas, una vincha colorada sujetando sus trenzas y, como sello de su independencia y su capacidad para defenderse, un afilado puñal de cabo de plata que nunca la abandonaba. Era la estampa de una mujer que no pedía permiso para ser quien era.

El Grito de la Guerra: Lealtad y Sangre en Pozo de Vargas

Para entender la trayectoria de la Rubia Moreno, es imprescindible sumergirse en el turbulento contexto político de la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX. El país se desangraba en una lucha fratricida entre dos proyectos antagónicos: el Unitarismo, que propugnaba un poder centralizado en Buenos Aires, y el Federalismo, que defendía la autonomía de las provincias. En Santiago del Estero, la facción liberal, aliada del presidente Bartolomé Mitre, estaba liderada por los hermanos Taboada, Manuel y Antonino. Eran hombres de poder, caudillos que gobernaban la provincia con mano de hierro.

Santos Moreno, quizás sin una profunda formación ideológica, pero con un agudo instinto político forjado en las conversaciones de su pulpería, se convirtió en una ferviente y leal partidaria de los Taboada. Su negocio, ubicado en un punto estratégico del Camino Real, era un hervidero de información y un centro de reclutamiento informal para la causa liberal. La Rubia no era una simple simpatizante; era una activista comprometida hasta la médula.

La prueba de fuego llegó en 1867. El caudillo federal riojano Felipe Varela, conocido como "el Quijote de los Andes", lideraba el último gran levantamiento montonero contra el gobierno de Mitre. Su avance por el noroeste argentino era una amenaza directa para el poder de los Taboada. Ante la inminencia del enfrentamiento, Santos Moreno demostró su valía y su inquebrantable lealtad. No se limitó a ofrecer palabras de aliento. Abrió generosamente sus corrales y donó caballos y vacas para alimentar a las tropas. Puso a disposición su peonada, hombres que la respetaban y seguían sus órdenes. Y en un acto de convicción suprema, convenció a su propio padre y a su marido, Juan Manuel Barrionuevo, para que se alistaran en el ejército de Antonino Taboada.

El 10 de abril de 1867, las fuerzas se encontraron en Pozo de Vargas, en las afueras de la ciudad de La Rioja. La batalla fue una de las más sangrientas y decisivas de las guerras civiles. Las tropas de Varela llegaron exhaustas y sedientas, tras días de marcha bajo un sol abrasador, solo para encontrar que el ejército de Taboada controlaba el único pozo de agua de la zona. La lucha fue desesperada y brutal. Durante más de tres horas, el aire se llenó del estruendo de los pocos fusiles, el choque de las lanzas y los gritos de los combatientes.

La Rubia Moreno tuvo una participación activa en la contienda, aunque las crónicas no detallan si combatió directamente o si su rol fue de apoyo logístico y moral. Lo que sí se sabe es que ese día, la causa por la que tanto había sacrificado le asestó el golpe más cruel. Al atardecer, entre los más de mil muertos que quedaron en el campo de batalla, se encontraba su padre, degollado en el fragor del combate. La victoria de Taboada fue también la tragedia personal de Santos.

La Traición y el Ocaso: Del Poder a la Pobreza

Tras la batalla de Pozo de Vargas, la Rubia Moreno regresó a su pulpería en Santiago del Estero. La victoria unitaria había consolidado el poder de sus aliados, los Taboada, y ella, heroína de la causa, debería haber gozado de una posición de privilegio. Sin embargo, la política es un juego de lealtades frágiles y vientos cambiantes. Mientras Antonino Taboada mantuvo su influencia, Santos Moreno conservó su estatus y sus bienes. Pero el tiempo pasa y los caudillos caen.

Con el fallecimiento de Antonino Taboada y el inevitable reacomodamiento del poder político en la provincia, aquellos que habían sido sus más fieles seguidores se encontraron de repente en una posición de vulnerabilidad. El nuevo orden, surgido de las cenizas del taboadismo, no tuvo piedad con sus antiguos adversarios ni con sus aliados caídos en desgracia. En un acto de cruel revanchismo político, Santos Moreno fue sistemáticamente despojada de todas sus posesiones. La pulpería, los campos, la hacienda, todo aquello por lo que había luchado y por lo que su padre había muerto, le fue arrebatado.

La caída fue vertiginosa y total. Aquella mujer dominante y respetada, dueña de su destino, se vio sumida en la más absoluta pobreza. Hacia 1880, la Rubia Moreno ya no era la imponente pulpera del Camino Real. Era una mujer anciana, debilitada por las penurias y los golpes de la vida. Para sobrevivir, tuvo que aceptar un destino que jamás habría imaginado en sus años de esplendor: trabajar como empleada doméstica. Su patrona fue su propia tía, María Rojas, en una casa ubicada en lo que hoy serían las calles San Carlos y Las Heras de la ciudad de La Banda. La mujer que una vez comandó hombres y contribuyó a decidir el destino de una provincia, terminó sus días en el anonimato del servicio, un fantasma de su propio pasado glorioso.

Su final fue tan humilde como trágico. Murió en la pobreza, y sus restos fueron a descansar al Cementerio de la Misericordia, en una tumba sin nombre ni epitafio que recordara su increíble historia. Parecía que el polvo del olvido, tan implacable como el del camino que la vio reinar, la cubriría para siempre.

El Rescate de la Memoria: La Zamba que la Hizo Inmortal

La historia de Santos Moreno podría haber terminado allí, como la de tantas otras mujeres anónimas cuyo papel en la construcción de la patria fue borrado por las crónicas oficiales, escritas por y para hombres. Pero el arte, y en especial la música popular, tiene una capacidad única para rescatar del olvido a sus héroes y heroínas. La salvación de la Rubia Moreno llegó en forma de zamba.

Fue Cristóforo Juárez, un maestro rural, poeta, escritor e investigador de la cultura santiagueña, quien quedó cautivado por la figura de esta mujer bandeña. Nacido en 1900, Juárez dedicó su vida a documentar y celebrar las raíces de su tierra. Investigó la vida de Santos Moreno, reconoció su importancia histórica y le dedicó un poema y una obra de teatro en tres actos, "La Rubia Moreno", estrenada con gran éxito en 1956. Pero fue su poesía la que trascendería todas las fronteras.

En colaboración con uno de los patriarcas del folclore argentino, Agustín Carabajal, Juárez transformó su poema en la letra de una zamba. El 18 de mayo de 1966, la obra "Rubia Moreno" fue registrada en SADAIC. La música de Carabajal, con su melodía nostálgica y su ritmo profundo, fue el vehículo perfecto para la lírica descriptiva y poderosa de Juárez. La zamba pintaba un retrato inolvidable:

 

Rubia Moreno, pulpera gaucha,

de falda roja, vincha y puñal.

No había viajero que no te nombre,

por el antiguo camino real.

 

En apenas unos versos, la canción encapsulaba toda su esencia. La describía como una fuerza de la naturaleza, "hecha entre el bronco bramar del dulce", y destacaba la intensidad de su mirada con una metáfora inolvidable: "Eran tus ojos dos nazarenas, clavas espuelas en el mirar". La letra también exploraba su carácter indomable, comparándola con las leonas de los juncales y dejando un halo de misterio sobre su vida sentimental: "Tuviste amores, tuviste celos, bella pulpera sin corazón".

La zamba se convirtió rápidamente en un clásico del cancionero popular. Fue interpretada por los más grandes nombres del folclore: Los Manseros Santiagueños, Los Chalchaleros, el Dúo Coplanacu, Horacio Banegas y, por supuesto, la familia Carabajal. Sin embargo, fue la voz grave y profunda de Jorge Cafrune la que, según muchos, la "catapultó a la inmortalidad". En su interpretación, la figura de la Rubia Moreno adquiría una dimensión épica, casi mítica.

Gracias a esta zamba, la historia de Santos Moreno trascendió los archivos polvorientos y las memorias locales. Se instaló en el corazón del pueblo argentino, en las peñas, en los fogones, en las radios de todo el país. La música logró lo que la historia le había negado: justicia poética y memoria eterna.

La Huella Imborrable de la Pulpera Gaucha

La vida de Santos Moreno es un microcosmos de las contradicciones, la violencia y la pasión que forjaron la Argentina. Es la historia de una mujer que se negó a ocupar el lugar que la sociedad le asignaba, construyendo su propia identidad en la frontera entre dos mundos: el de sus raíces europeas y el de la cultura gaucha que adoptó como propio. Fue una figura transgresora que desafió las normas de género, empuñando el poder y la autoridad en un ámbito exclusivamente masculino.

Su biografía es también una amarga lección sobre la lealtad política y la ingratitud del poder. Lo dio todo por una causa en la que creía, solo para ser abandonada y despojada por los mismos que se beneficiaron de su sacrificio. Su trágico final en la pobreza y el anonimato es un recordatorio de los innumerables protagonistas olvidados de nuestra historia, cuyas contribuciones fueron barridas bajo la alfombra de los grandes relatos.

Pero hoy, la Rubia Moreno no es solo un personaje histórico; es un símbolo. Es la encarnación de la fortaleza femenina, de la resistencia ante la adversidad y del espíritu indomable del norte argentino. Su figura, rescatada y engrandecida por el folclore, nos interpela desde el pasado y nos obliga a preguntarnos cuántas "Rubias Moreno" han quedado en el camino, esperando que un poeta o un músico les devuelva la voz.

Cada vez que suenan los acordes de su zamba, en algún rincón del país, la pulpera gaucha de falda roja vuelve a la vida. Su nombre resuena en el viento, cabalgando junto al Río Dulce, inmortal y legendaria, como una figura de cuño real que el tiempo no ha podido, ni podrá, borrar.

 

Fuentes:

* Omar Sapo Estanciero, "Zambas con Historias"

* Cristóforo Juárez, investigación histórica sobre Santos Moreno

* Registro SADAIC del 18/05/1966 - "La Rubia Moreno"

* Archivo histórico de Santiago del Estero

* Testimonios orales de la tradición santiagueña

* Eldiariodecarlospaz.com.ar


Hugo Díaz: La leyenda entre las leyendas

Víctor Hugo Díaz, Armonicista y compositor. (10 agosto 1927 - 23 octubre 1977)



Se crió escuchando la música folklórica de su pueblo. Era todavía un niño, cuando confesó que su mayor placer era ver tocar a toda una orquesta junta, con el sonido de todos los instrumentos. Así, los fue conociendo uno a uno, a tal punto que se atrevía con varios de ellos. Pero su inclinación fue con la armónica. A los nueve años de edad debutó como solista en una radio de su provincia, Santiago del Estero.

Con el paso del tiempo, se convirtió en un artista extraordinario que revalorizó, con talento mayúsculo, el instrumento elegido. Fue el creador de un modo argentino de tocar la armónica, realizando notables trabajos tanto como ejecutante como compositor Fue un músico con rasgos de genialidad justamente, con un instrumento considerado menor como era la armónica, un pequeño aparato musical que el público no comprendía o que le resultaba difícil de aceptar. Estaba visto como un juguete para niños colado en música para mayores. Y fue más rara avis aún, cuando se metió con el tango.

Fue tal la dimensión de su conocimiento musical, que transitó cómodamente, desde Vivaldi a Jimi Hendrix, desde Ángel Villoldo a Horacio Salgán. Alguien dijo que si un músico proyectaba convertirse en armonicista, debía escuchar a Toots Thielemans y a Hugo Díaz.

Partió hacia Buenos Aires en el año 1944, junto a su amigo Domingo Cura (1929-2004) considerado el más importante percusionista (bombisto) de la historia del folklore nacional, luego cuñado suyo, pues se casó con su hermana Victoria Cura, una cantora de bella voz. En la Capital, lo contrató un músico de jazz y director de orquestas características, Juan Carlos Barbará, que lo presentó como solista durante una temporada en la Confitería Hurlingham.

En 1946, se destaca su presencia en el conjunto folklórico Chacay Manta, que tuvo buena recepción, aunque este género aún no había tenido más que un regular acceso en la Capital, hasta explotar una década más tarde.

El notable arpista paraguayo Félix Pérez Cardozo, con quien trabó amistad, le abrió varias puertas que le permitieron llegar a los estudios de grabación, tras el trajín en numerosas peñas.

A comienzos de los años cincuenta formó un trío junto a su colega de instrumento Luis Saltos, y el guitarrista Norberto Pereyra, a los que se sumó en el canto a su esposa Victoria. Hacen la rutina habitual presentándose en radios, locales nocturnos y haciendo giras por ciudades cercanas, hasta proyectarse a países de Latinoamérica y llegar a los Estados Unidos, donde hacen varias presentaciones que lo llevaran a compartir escenario con Louis Armstrong y Oscar Peterson.

No se detuvieron allí, viajaron a Europa y, en Alemania, arribaron a la ciudad de Leverkusen, donde se encuentra la sede central de la fábrica de instrumentos Hohner, la marca de armónicas utilizadas por Hugo.

En ese lugar fue tan grande el entusiasmo que causó con su talento, que pusieron su fotografía en la sala donde ya estaban las de los consagrados, Thielemans y Larry Adler, máximos exponentes, hasta aquel momento, del instrumento. A raíz de este reconocimiento surgieron muchas oportunidades, la más importante, un contrato para grabar con la orquesta de Waldo de los Ríos en España.

A continuación, se sucedieron sus actuaciones en Japón, en países de Medio Oriente, en las ciudades de Roma y de Milán, en esta última ciudad nada menos que en el Teatro de La Scala, junto a personalidades de la lírica.

Su mayor dedicación fue el folklore, género en el que registró alrededor de setenta títulos repartidos en cinco discos de larga duración. También, grabó jazz e incursionó en temas clásicos.

Cuando regresó al país, ya no fue lo mismo. Los ecos de su éxito no habían llegado a nuestras tierras. Salvo para sus seguidores, lo suyo resultaba una curiosidad. Evidentemente el público no estaba preparado para reconocer los valores de su música, en parte, por el prejuicio que despertaba la armónica. No obstante, Hugo continuó su trabajo como el más humilde de los intérpretes. Durante ese período, grabó para los sellos Odeon, TK y Disc Jockey.

El tango tuvo un lugar en su trayectoria y sus discos, con más de 80 versiones, entre éstos se destaca su producción con temas de Carlos Gardel y, en especial, sus recreaciones de “Soledad”, “Volver”, “Cuesta abajo” y “Amores de estudiante”, realmente soberbias. En esa oportunidad contó con la colaboración de los maestros, Roberto Grela, José Colángelo y Omar Murtagh.

En el año 2007, con la dirección de Alberto Larrán, se realizó en su homenaje, un film documental titulado A los cuatro vientos. La película tiene, como no podía ser de otro modo, el fondo musical de su repertorio —entre la que se destaca su siempre requerida “Zamba del ángel”—, muestra fotografías inéditas y brinda los testimonios de amigos y familiares, en especial, el de su hija, Mavi Díaz, quien es la depositaria de su obra y su memoria. La misma que fuera integrante del grupo, Viudas e Hijas de Roque Enroll.

Murió muy joven, con apenas cincuenta años, a raíz de una cirrosis, pero su indiscutible talento todavía nos hace vibrar de emoción cuando lo escuchamos en sus discos.

Néstor Pinsón

jueves, 23 de octubre de 2025

Mistol: El Árbol del Sustento Eterno

 


En los confines de la tierra americana, antes de que el conquistador hollara sus suelos, se alzaba un guardián de la vida: el Mistol. No era un árbol cualquiera, sino un coloso de cuatro a nueve metros, ataviado con una armadura de tronco gris plateado y miembros retorcidos de donde brotaban lanzas de espinas implacables. Su follaje, una bruma cenicenta, ocultaba en su envés el terciopelo de una nervadura pilosa. De sus ramas emergían estandartes de pequeñas flores verde-amarillentas, que cedían su lugar a drupas bermejas, joyas comestibles que colgaban como tributo a la tierra. Y en sus raíces, la fortaleza misma para erguir las moradas de los hombres.

Este ser magnánimo, cuyo cuerpo era un arsenal de bondades, también destilaba la esencia de la curación en la farmacopea de los pueblos.

En una era olvidada, bajo su mirada, prosperaban las tribus Tonocotés, maestros en el arte de recolectar los frutos silvestres, la dulce miel y la caza del pecarí. Entre ellos, las mujeres tejían destinos con sus huesos, mientras en el corazón de la comunidad danzaba un alma libre: Mistol.

Mistol, cuyo nombre resonaba con el ritmo del knobiké, era el bailarín del monte, un espíritu que movía la tierra con sus pies. Amaba el verde de la vida, tintura con la que adornaba su pollerín de plumas y con la que se fundía con la esencia del bosque. Su cuerpo, un lienzo de círculos rojizos extraídos de la misma arcilla de la tierra, era un mapa de su pasión.

Era un padre generoso, cuyo amor se repartía en una legión de hijos que vivían en dichosa comunión con la naturaleza, gozando de un edén que creían eterno.

Más la desgracia, como un huésped nefasto, llegó sin anunciarse. Una tormenta de furia titánica se desató, derribando gigantes y sembrando el caos. El desastre fue absoluto. De las ruinas del paraíso solo brotó el hambre, una sombra venenosa que enfermó a los suyos, incluyendo a los amados hijos de Mistol.

El corazón del gran bailarín se quebró de angustia. Era un suplicio eterno oír el llanto de sus hijos pidiendo alimento, sin poder saciarlo. Desesperado, con el alma en llamas, Mistol elevó una plegaria al gran espíritu, Cacanchac. "¡Devuélveles lo que el viento y la lluvia les han arrebatado!", imploró de rodillas.

Mientras, su pueblo, desolado, recorría el monte clamando su nombre a los cuatro vientos. La búsqueda era infinita, la esperanza, un rescoldo. Pero de pronto, el firmamento rugió con un trueno ensordecedor. Un rayo carmesí, una cicatriz de fuego en el cielo, se abalanzó sobre la figura suplicante y arrodillada de su héroe.

Y entonces, ocurrió el prodigio.

Por arte de un poder ancestral, el cuerpo de Mistol se transmutó. Donde hubo un hombre, se erguía ahora un árbol robusto y majestuoso. De sus ramas, dobladas por un peso sagrado, colgaban racimos de pequeños frutos rojizos, una ofrenda divina que invitaba a un banquete copioso y redentor.

Los niños, por fin, comieron hasta quedar saciados.

Cacanchac había escuchado el ruego. No solo había concedido el deseo del padre, sino que lo había trascendido. Mistol, el bailarín, se había convertido en el árbol del sustento eterno, un legado viviente cuyo follaje era tan verde como las plumas que amó y cuyos frutos brillaban con el mismo rojo de los círculos que adornaron su cuerpo.

Y como sello final de su divina misericordia, Cacanchac infundió en el nuevo ser un don aún mayor: el poder de sanar, de curar con sus esencias. Así, Mistol, el hombre que se inmoló por los suyos, se convirtió en el Guardián Eterno, el árbol que alimenta, cura y protege a las generaciones por venir.

 

miércoles, 22 de octubre de 2025

La López Pereyra

 


...O quizás un cuchillo o vaya uno a saber de qué desgraciada manera fatal, este compositor bohemio y músico empedernido despenó a la causante de sus descontrolados celos. Lo indudable es que don Artidorio Cresseri estuvo enamorado hasta los huesos de la víctima de la demencial actitud. Y si no ha sido así, cómo pudo recordarla en su forzado encierro de una manera tal que no recuerdo salteño y muchísimos más que no la cante o la sepa (mal, regular o bien) y la entone como algo propio y por su cualidad de innegable himno salteño.

El contexto metafórico no conlleva ni un dejo de despecho, rabia, indignación o algo muy oculto o “entre líneas” que deje entrever “algo” de pequeñez o chatura. Todo el texto es una tristísima elegía de enamoradísimo ser que, ante la adversidad irreversible, derrama su alma en cada verso y como remate ruega “al Dios piadoso resignación...”

El título de tamaña zamba no tiene nada que ver con la historia, la leyenda, del cómo, del cuándo y los porqués del contenido sentimental del poema. El doctor Carlos López Pereyra, abogado, recibe el agradecido homenaje de Don Artidorio por haberlo “salvado” quizás de una cadena perpetua por su demencial delito, al conseguir la absolución del imputado (Don Artidorio) por “emoción violenta”.

“La López Pereyra”, himno de los salteños y apropiada por innúmeros conocidos e ignotos intépretes, sigue viva y con muy buena salud en la memoria del pueblo. Ojalá todos los dramas pasionales dejaran canciones de este calibre.

La zamba creció sola, no necesitó de promoción alguna. Se “fue” de Salta como el viento, sin rumbos. Hasta que ocurrió todo lo conocido como “juicio por paternidad autoral” cuando un tal Don Andrés la halló sin que Don Artidorio la perdiera. Pero, el argumento de más peso fue el título y las constancias legales desbarrancaron cualquier fundamento que soñó fundamentar el “hallador”.

El Dr. López Pereyra vivó en la ciudad de Salta en la calle “La Florida” al 484 aproximadamente y se comprobó su actividad y las circunstancias en las que se constató su activa participación en el triste hecho que le tocó vivir al pobre Don Artidorio.

Todo lo aquí expresado tiene más de recopilación versionada generacionalmente y no tiene ninguna otra intencionalidad que la de hallarle al magnífico texto poético ese “por qué” fue escrito y cantado.

Sin ningún tipo de “dardo encubierto” invito a que repasemos su inigual carácter y, porque no, esa estructura literaria que, asociada a la fantástica melodía, hacen una obra, diría, insuperable hasta el presente. Vamos pues a su letra conociendo ya, al menos, una versión más de su historia ¿o leyenda? Fuente: www.portaldesalta.gov.ar

martes, 21 de octubre de 2025

La extraordinaria historia de Carlos Saavedra, el bailarín que combinó danza y humor.

Hace más de dos décadas se fue Carlos Orlando Saavedra, pero su legado de danza, humor y amor por lo santiagueño sigue vivo en la memoria del pueblo. Bombista, zapateador y contador de historias, fue una figura emblemática del folclore argentino que llevó la tradición de los montes a los escenarios más importantes del país y el mundo.

 


El 21 de octubre de 2002, Santiago del Estero perdía a uno de sus hijos más queridos. Carlos Orlando Saavedra, conocido también como "Quaker" por su parecido con el personaje de la marca de avena, dejaba un vacío que sus amigos, colegas y el pueblo en general aún sienten. Pero quizás lo más importante es que dejaba un legado vivo: sus historias, su risa, sus frases que quedaron grabadas en el habla popular santiagueña como sellos de identidad.

Desarrollo Narrativo

Nacido el 7 de diciembre de 1929 en el barrio Las Cejas de Santiago del Estero, Carlos fue mucho más que un bailarín virtuoso. Era un percusionista de excepcional talento, un zapateador incomparable y, sobre todo, un contador de anécdotas que transformaba cada presentación en una experiencia de humor costumbrista y autenticidad.

Su trayectoria fue una aventura constante. Ganador de numerosos concursos de zapateo y danza, compartió escenarios con grandes como Santiago Ayala "El Chúcaro". De la mano del genial Hugo Díaz, debutó en Buenos Aires, llevando el arte santiagueño a los más importantes escenarios y canales de televisión del país.

Pero ¿cómo conoció a Hugo Díaz? La historia parece sacada de una película. Era 1962 cuando Hugo lo vio bailar en un bar llamado "El Turista" en la calle Santa Fe. Carlos vivía en Ceres, donde tenía su propia academia de danza. Ese encuentro casual cambió todo. "Desde ese día que me vio actuar, me invitó a salir de gira con él", contaba Saavedra años después. Juntos desembocaron en Paraguay justo para el Día de la Independencia.

Llegaron a un teatro donde había una velada de gala, pero les dijeron que no había cupo para actuar. Parecía el final del viaje, pero la suerte —o el destino, como decía Carlos— les presentó al actor paraguayo Jacinto Herrera, quien vivía en Argentina. Herrera hizo la gestión para que tocaran un solo tema. Subieron al escenario, Hugo interpretó "Pájaro campana" y la gente se volvió loca. Hasta el Presidente Stroessner aplaudió de pie. Terminaron tocando un largo rato y, cuando bajaron, los contrataron por un mes. Así nació la leyenda de dos santiagueños que conquistaron Asunción con su arte.

Fue su dupla con Carlos Carabajal la que lo inmortalizó en la memoria colectiva. Juntos formaban algo más que un dúo artístico: eran una manera de entender la vida. Mientras Carabajal componía y cantaba, Saavedra lo acompañaba con su bombo, sus historias y su gracia. Nunca ensayaban ni tenían un repertorio fijo. Simplemente subían al escenario y dejaban que la magia sucediera: canciones, cuentos, bromas que se devolvían de un lado al otro, siempre con la complicidad del público.

En París, junto a su hermano Juan, fundó la Compañía Nuevo Arte Nativo, difundiendo la cultura santiagueña por el mundo. Fue en una peña de Buenos Aires, La Querencia, donde conoció a Reina Adela Vignais Morris, una bailarina entrerriana que se convertiría en su compañera de danzas y de vida.

Las historias sobre Carlos son innumerables y revelan el tipo de persona que era: ingenioso, desenfadado, siempre encontrando humor en las dificultades. Cuando él y Carabajal pasaban necesidades en Buenos Aires, vivían en un hotel de baja categoría sin poder pagarlo. Su solución fue ingeniosa: durante días, ingresaban piedras de la calle mientras sacaban sigilosamente sus ropas, como hormigas. Cuando se fueron, dejaron piedras en el ropero. La comedia se completó cuando, meses después en una peña, apareció el dueño del hotel en el público. Carabajal le susurró: "¡Cagamos! ¡Mirá quién está ahí!" Pero el hotelero, lejos de estar furioso, se acercó con una sonrisa y les preguntó: "¿Eh, muchachos... cuándo van a retirar las piedras?"

Otra noche, exhausto tras una larga velada en casa de los hermanos Mattar, Saavedra regresó a su barrio Tarapaya sin encontrar las llaves de su casa. Golpeaba la puerta desesperado mientras su perrito "Dao" ladraba desde adentro, pero su compañera Adela no respondía. Una vecina asomó la cabeza: "¿Don Carlos?" "¡Sí! ¡Me han dejao encerrao afuera!", respondió con su tono burlón habitual. "Ya viene Adela, fue a comprar pan", le tranquilizó la vecina.

Pero tal vez una de sus anécdotas más célebres fue protagonizada en la casa de los Carabajal. Un día, Luis Landriscina —el reconocido humorista, cuentista y recitador nacido en Colonia Baranda, Chaco— llegó de visita al barrio de Los Lagos para relacionarse con sus colegas. A media mañana, mientras disfrutaba de una charla amena con Saavedra y Carabajal, la familia comenzó a desplegar mesas y sillas como para una fiesta. Cerca del centenario patio bullía una gigantesca olla de 50 litros: estaban cocinando una sopa de gallina para los Carabajales.

Lo que sorprendió a Landriscina fue que, a medida que se invitaba a pasar a la mesa, comenzaban a salir de distintas dependencias de la casa: uno, tres, cinco Carabajales que se acomodaban alrededor de la mesa. A pesar de la monumental olla, los comensales iban aumentando sin cesar. Fue entonces cuando Saavedra, con su humor sarcástico y característico, levantó la voz y soltó: "¡Cheee... coman pan también!" Una carcajada estalló entre los presentes, y Landriscina quedó tan impactado por el ingenio de Carlos que años después relató esta anécdota en un programa de televisión, manteniéndola viva en la memoria de todos.

Sus frases quedaron para la historia. "De antes", "Tengo orden de no morir", "Ojo al charqui": expresiones que la gente repetía y sigue repitiendo, manteniendo viva su presencia cada vez que se pronuncian. No eran simplemente dichos; eran la voz de Carlos atravesando el tiempo.

Peteco Carabajal, hijo del inseparable amigo, lo recordaba así: "Carlos Saavedra fue un fiel compañero de mi padre. Una huella indeleble. Cuando uno lo evoca, se ríe. Porque al verlo ya te generaba risa y humor. No contaba chistes, sino que compartía relatos de una manera de vivir". Y le dedicó una zamba que lo dice todo: "Un alejador de tristezas / y el ánimo fuerte del gran bailarín".

Cierre Reflexivo

Carlos Orlando Saavedra falleció el 21 de octubre de 2002, víctima de un problema cerebrovascular. Pero cualquiera que conozca Santiago del Estero sabe que su muerte fue solo física. En los bombos que siguen resonando en las fiestas patronales, en cada zapateo que desafía el polvo de la tradición, en cada historia contada con picardía y orgullo santiagueño, Carlos sigue bailando.

Fue padre de Carlos Orlando "Pajarín" Saavedra y Jorge Juan "Koki" Saavedra, a quienes legó ese don de mantener viva la llama del folclore. Pero su verdadero legado trasciende la familia: es patrimonio de todos los que creen que la danza es un rezo, que el humor es resistencia, y que la identidad de un pueblo vive en las historias que sus hijos cuentan.

Mientras exista alguien que repita "de antes" con la sonrisa cómplice de quien reconoce a Carlos en esa frase, mientras siga habiendo gente que baile una zamba recordándolo, Carlos Saavedra seguirá siendo lo que siempre fue: un alejador de tristezas, un guardián de la tradición, un hombre que entendió que bailar y vivir eran exactamente lo mismo.

Fuentes

* Libro inédito "Anécdotas de Folcloristas Santiagueños" de Omar Sapo Estanciero

* El Liberal, 15 de abril de 2001 (Testimonio de Carlos Saavedra sobre su encuentro con Hugo Díaz)

* El Liberal, 7 de enero de 2017 (Testimonio de Peteco Carabajal)

* Zamba "Bailar y Vivir" de Peteco Carabajal, dedicada a Adela y Carlos Saavedra

* Zamba "La del Olvido" (anécdota registrada públicamente por Carlos Saavedra)

* Registros biográficos de la tradición folclórica santiagueña


sábado, 18 de octubre de 2025

¿Quién Creó La López Pereyra? La Historia de Artidorio Cresseri

Hace 74 años desaparecía en silencio el creador de "La López Pereyra", la zamba que se convirtió en el himno folklórico de Salta. Su vida fue un viaje entre melodías andinas y aulas escolares, pero terminó en la indigencia. La historia de cómo un compositor genial tuvo que luchar legalmente por reconocer su propia obra.



El 18 de octubre de 1950, en una habitación del Asilo Santa Ana de Salta, falleció Artidorio Cresseri a los 86 años. Pocos periódicos lo mencionaron. Pocos asistieron a su funeral. Sin embargo, la melodía que este hombre de origen italiano había creado décadas atrás seguía viva, vibrando en las voces de miles de argentinos que la cantaban sin conocer el nombre de su compositor. Era como si Cresseri hubiera dejado su alma en las notas de una zamba y se fuera del mundo habiendo entregado todo lo que tenía: su música, su enseñanza, su vida entera.

Un niño salteño criado entre mulas y melodías

Artidorio Cresseri nació en Salta el 5 de marzo de 1862, en el seno de una familia italiana de artistas y poetas. Su padre era uno de esos comerciantes arriesgados que recorría los caminos andinos: llevaba mulas engordadas en los valles salteños hacia Bolivia, Perú y otras tierras fronterizas, retornando con monedas de plata y artículos traídos de España. Era el negocio de la época, el comercio que unía regiones y generaba fortunas modestas.

A los once años, el joven Artidorio acompañó a su padre en esos viajes que lo transformarían. Mientras cruzaban serranías y valles, el niño escuchaba las músicas del altiplano, las danzas que pulsaban en pueblos bolivianos, los ritmos que emanaban de una cultura milenaria. Aquellos viajes no fueron turismo: fueron una escuela viva de folklore.

De Tarija a Sucre: El músico que emergió

Tanto le gustó aquella experiencia que Artidorio decidió quedarse. Se instaló en Tarija, desde donde comenzó a viajar con regularidad a Sucre, las dos ciudades más importantes del sur boliviano. Allí continuó sumergiéndose en la música y los bailes andinos, puliendo las lecciones que su madre le había enseñado en Salta.

A los dieciséis años, ya no era un aprendiz: Artidorio Cresseri era "un experto pianista". En 1880, presentó su primera obra significativa: "Bailecito de Bolivia", una pieza que fue "festejada y bailada por los bolivianos" con entusiasmo inmediato. La composición viajó más rápido que el propio Artidorio: pronto llegó a Salta y Jujuy, sembrando su nombre entre los músicos del norte argentino.

El maestro que enseñaba mientras componía

De regreso en su tierra natal, Cresseri no fue solo un compositor romántico dedicado exclusivamente al arte. Fue un hombre práctico que entendía que la música necesitaba difusores. Se dedicó simultáneamente a tres oficios que se retroalimentaban: la composición, la enseñanza y la interpretación musical.

Fue maestro de primeras letras, oficio respetado en aquella época. Luego ascendió a Director de la Escuela Elemental Número 1, posición que lo mantuvo ocupado durante años. Tras su retiro de la educación formal, se entregó de lleno a la enseñanza musical. Pero Cresseri hizo algo más: se convirtió en afinador de pianos, ese oficio manual que lo obligaba a recorrer constantemente las provincias del norte argentino. Cada casa donde afinaba un instrumento era una oportunidad para enseñar, para divulgar el folklore, para sembrar semillas musicales.

Nace "La López Pereyra": La obra maestra

A comienzos del siglo XX, alrededor de 1910, Artidorio Cresseri compuso lo que sería su obra inmortal: "La López Pereyra".

El título original era tan poco glamoroso como revelador: "Chilena dedicada al doctor Carlos López Pereyra". Circula una historia popular sobre sus orígenes: Cresseri habría estado enfrentando una condena judicial, y el doctor López Pereyra lo habría salvado. La zamba sería, en esta versión, un acto de gratitud infinita. Es una historia hermosa, romántica, típica del folklore. Pero como muchas leyendas que rodean a los grandes artistas, probablemente sea solo eso: una leyenda.

Los documentos posteriores sugieren que Cresseri vivió en paz, que se casó y que su esposa murió de causas naturales. Sin embargo, existe otra versión más documentada: el propio doctor López Pereyra colaboró en la versión final de la letra, ajustándola meticulosamente a la melodía que Cresseri había creado. Fue una colaboración que resultó perfecta.

El fantasma de la autoría

Lo que sucedió después cambiaría el curso de la vida de Artidorio Cresseri. La zamba fue registrada por Andrés Chazarreta, un reconocido recopilador santiagueño de música popular. Chazarreta era respetado, era un colector de tradiciones, un hombre que viajaba recogiendo el acervo folklórico del norte.

Pero aquí comienza el conflicto: la zamba comenzó a circular como anónima, o con atribuciones vagas. Mientras Cresseri seguía con su vida, enseñando y afinando pianos en pueblos del norte, su obra adquiría una vida propia, una existencia que no le pertenecía del todo. Otros compositores y artistas la popularizaban. A mediados del siglo XX, artistas de envergadura como Los Chalchaleros y Los Fronterizos convertían "La López Pereyra" en un himno folklórico de dimensiones nacionales.

La zamba se había convertido en "la zamba por excelencia de la provincia de Salta", pero su creador permanecía en la sombra.

La batalla legal por la verdad

Fue necesaria una batalla legal para restaurar la justicia. Los conflictos sobre la autoría derivaron en un largo y tortuoso proceso judicial. No fue rápido ni fácil. Recién a finales de los años veinte del siglo XX se resolvieron las primeras discusiones sobre quién era el verdadero autor. Pero el caso no terminó allí.

Fue necesario esperar hasta 1978 —28 años después de la muerte de Cresseri— para que la justicia argentina reconociera definitivamente a Artidorio Cresseri como coautor legítimo de la obra. Le otorgaron el 50% de los derechos de autor. Era tardío, pero era algo. Era al menos una validación legal de lo que siempre había sido cierto.

Los últimos años: Pobreza y olvido

Mientras su zamba se convertía en un clásico del folklore argentino, mientras generaciones de salteños la cantaban y la bailaban, Artidorio Cresseri vivía sus últimos años luchando contra la pobreza. Ese hombre que había educado a generaciones de estudiantes, que había viajado por todo el norte sembrando música, que había regalado al país una de sus obras maestras, terminó sus días sin fortuna, sin reconocimiento material, sin la recompensa que cualquier creador merece en vida.

El 18 de octubre de 1950, murió en el Asilo Santa Ana, perteneciente a la Iglesia del Valle —conocida popularmente como León XIII—, en la ciudad de Salta. Tenía 86 años. Su partida pasó casi desapercibida.

Cierre reflexivo

La ironía es cruel y perfecta: Artidorio Cresseri se hizo inmortal precisamente porque murió en la pobreza y fue olvidado. Su melodía sobrevivió cuando él no. "La López Pereyra" permanece viva, vibrante, resonando en cada provincia del norte argentino como la voz más pura del alma salteña. Pero su nombre, durante décadas, fue apenas un susurro.

Quiz los grandes artistas tienen dos muertes: la del cuerpo y la del olvido. Cresseri experimentó ambas. Lo que nos queda es la lección amarga de que la inmortalidad artística no siempre viene acompañada de justicia temporal. Su obra lo trascendió, pero él tuvo que irse sin ver ese triunfo consolidado, sin disfrutar del reconocimiento material que sus creaciones merecían.

Hoy, 74 años después de su muerte, al recordar a Artidorio Cresseri no solo recordamos al compositor de una zamba. Recordamos al maestro que enseñó en aulas olvidadas, al afinador de pianos que llevó música a pueblos remotos, al viajero que aprendió de las serranías andinas y supo transformar lo que vio en arte inmortal.

Su música nos pertenece ahora. Pero le pertenecía primero a él.

Fuente: Por José de Guardia de Ponté. Según documentos oficiales del Registro Nacional de la Propiedad Intelectual (1978).