lunes, 19 de mayo de 2025

Crónica de una Tarde Santiagueña

En la fiesta titulada “Tarde Santiagueña” realizada el día 13 de Agosto de 1940 a las 18 hs, en el salón teatro de la Escuela Carlos Pellegrini de la Capital Federal, bajo el auspicio del Centro Cultural “Ricardo Gutierrez”, el poeta Homero Manzi, abrió el acto con las siguientes palabras:



 Señoras y señores:

 Mi comprovinciano Andrés Chazarreta ha vuelto, por fina gestión de su cordialidad a unir mi voz a la pureza su arte autóctono. Admirador de su larga tarea, fui en alguna oportunidad ladero de su esfuerzo y siempre, como hoy, intervine asociándome a su gestión con verdadero entusiasmo.

 Es que nos une el mismo amor por la tierra nativa y por las melodías que adornan el espíritu de su gente y por las danzas que conforman su euritmia.

 Andrés Chazarreta conoce por derecho de sangre el sabor de los jugos que nutren el cancionero de su tierra y desde hace muchos años, cuando su rostro de tabaco reía en juventud, mientras cumplía la tarea docente de su ejercicio profesional, solía robar horas a los descansos para enfrentarse con las expresiones populares de su pueblo.

 Era entonces el folklore argentino un tesoro desparramado por los campos despreciado por las clases cultas del litoral y apenas si acunado con amoroso acento por las gentes humildes de las campañas.

 Mientras Buenos Aires, abriendo cada día más su puerta a la entrada del alma ajena, desoía las voces de la tierra; mientras la pericia de la ciencia oficial creaba un gusto extranjero y arbitrario; mientras los puertos recogían las voces confusas que llegaban de ultramar, pocos eran los espíritus que en lo musical pegaban el oído a la tierra con reconcentrada actitud de rastreadores. Entre estos pocos hombres figura don Andrés Chazarreta.

 Santiago del Estero, separada de la vida litoral por su ubicación mediterránea, cerrada a muchas corrientes inmigratorias por la dureza de su clima, salva de la avalancha progresistas de corrientes de siglo por su carencia de industrias madres, prestó a este hombre la pureza de un pueblo que conservó sus tradiciones en la caja embarrada de sus ranchos y que guardó entre los montes, bajo la custodia de recias espinas el oro impalpable de sus danzas y de sus canciones.

 El flaco y oscuro maestro de la docencia santiagueña enhorquetado en su zaino criollo, envuelto en su poncho color tierra y con la vihuela debajo del brazo, pudo así asomarse a las fiestas populares de la campaña. Los más apartados rincones de Santiago atrajeron su curiosidad. Las fiestas de Manogasta, los bailes de Figueroa, las trincheras carnavalescas de Añatuya, los bautizos de los arrabales, los velorios de los ranchos con su maravillosa letanía urdida en quejumbre por las voces ríspidas de las rezadoras y los coros paganos de la novena. Pero no fue solamente la fiesta de los hombres la que inspiró su acervo, Fue, también, la música del paisaje y la voz de los vientos y el enorme silencio de la noche y las canciones de la selva ancha y misteriosa jaula, donde nutrió la raíz de su arte.

 Una vez afirmé que la música de la ciudad estaba trazada sobre el pentagrama oscuro de las pasiones humana y que en cambio la música de nuestro campo estaba conformada sobre la naturaleza. Con excepción de la vidala, canción cuya universalidad habrá de consumarse un día, todas las expresiones musicales del folklore norteño trasuntan la forma del paisaje y animan sus movimientos en las fuerzas de la naturaleza. La música del campo es objetiva; la de la ciudad subjetiva. En la ciudad los bandoneones lloran a cuenta de la pena del hombre; en el campo las arpas y los violines rústicos hablan con la voz del viento, trinan con los pájaros y mueven sus ritmos con el rudo compás de las bestias en galope o con la marcada auritmia de los pastos castigados en el vaivén de los vientos.

 Andrés Chazarreta afirmó su arte en amor por su naturaleza. Es que el santiagueño ama, en primera instancia, a la tierra. Tiene una patria chica para ubicar su corazón, el pago de la castilla o el “llajta” de la quichua.

 Conoce su cielo, abierto y celeste durante el día cuando apenas lo transitan el sol y las majaditas de nubes blancas; oscuro y profundo en la noche cuando lo tachonan los tucu-tucus inmóviles de las estrellas; conoce sus ríos, madres que traen el pan en las entrañas. Conoce sus montes, intrincados, misteriosos, aguerridos. Conoce la tremenda ansiedad de sus sequías, ejemplos bíblicos que le afirman la sobriedad y conoce el temor de sus tormentas calientes, cuando braman los huracanes del sur y del norte cargando, sobre los lomos enfurecidos nubes negras que desparraman la bendición del agua. Por eso la voz del folklore santiagueño tiene la sinceridad del testimonio cultivado en largo trance de amor.

 Buenos Aires vivía sorda a la belleza que destilaba este pueblo mediterráneo en la silenciosa colmena de su vida espiritual. La gran ciudad del Plata, enceguecida de orgullo por las caricias de la gloria material, no sabía que lejos de ella, había argentinos que apacentaban las majadas de la leyenda. Y un día, hace muchos años, inesperadamente llegó hasta ella don Andrés Chazarreta “capataceando” un grupo de artistas primitivos y desparramando un puñado generoso de danzas y canciones.

 La ciudad grande detuvo su marcha enloquecida, escuchó el milagro de esas voces, comprendió su sentido argentino y se sintió animar por una corriente telúrica que despertaba en su dormida entraña la olvidada raíz nacional.

 Esa tarea de Chazarreta alcanza para cubrir una existencia, para glorificar un nombre, para justificar una vida. Porque él, mas que nadie supo convertirse en el intermediario entre el paisaje lejano de tierra adentro y el alma confusa de la ciudad.

 Desde entonces hasta hoy, muchos son los que han seguido sus huellas y por suerte para el cancionero de la tierra nativa. Cada vez surgen nuevas voces que la interpretan y universalizan. Y él mismo, dura su fisonomía de quebracho, algodonados los cabellos en la pasa serena de los años, endurecidos los dedos en el amoroso ejercicio de la guitarra, peleando a lo indio mataco con los años que le ofrecen inútilmente una jubilación espiritual. prosigue infatigable en la santidad de su ministerio. Y cada año, más viejo en la carne y más joven en el alma, baja como los ríos del norte hasta la gran ciudad y siembra en la ciudad el grano de sus danzas y canciones. Arador del norte, sabe pelear contra la tierra dura y clava hondo su reja para que los pájaros dañinos no le roben semillas y para encontrar en el fondo de la tierra porteña la humedad escondida que lo ayude a germinar la chacra.

 Así es como el viejo sembrador vuelve hoy y reanima su tarea entre ustedes. Y en esta oportunidad, como si ya temiera de su propia fuerza, se asoma con su hija al lado Anita Chazarreta, alma nueva que formó con su sangre y que preparó en su mismo arte con la esperanza de que lo lograra en el tiempo, cuando sus manos se hagan duras y pesadas sobre los hilos de la guirarra.

 Hoy volvemos a escuchar al maestro y escucharemos además a su hija y a sus discípulos que preparó con despaciosa serenidad. Y nuevamente las canciones de la tierra pobre y nuestra y las danzas del norte revivirán bajo su conducción. Y ante ellas volverán a nutrirse de savia auténtica, los hijos de esta ciudad que están presentes mientras los santiagueños que aquí estamos cerraremos los ojos para volver en musical transporte al pago lejano que no podemos olvidar y donde lucha un pueblo duro, olvidado y lleno de valores espirituales, en medio de un paisaje severo y hermoso. Y en la voz de las vidalas reconoceremos el arrullo de la urpila, despenadora impenitente de las tardes, cuando se abren en colores pálidos las flores del cardón y reconoceremos en cada danza, en cada ritmo, un pedacito del paisaje agreste, donde ponen adorno los algarrobos y donde adelantan cuchillos de espinas los vinales, donde corren y revientan los ríos, para secarse luego, donde cantan las hachas mordiendo la carne dura del quebracho, donde pastan las majadas, donde se clavan las puntas del arado donde galopan los caballos criollos, donde ladran perros inverosímiles, donde se sufre, se trabaja, se ama, se baila y se canta.

GENTILEZA DE JUAN DE DIOS NAVARRETE.

ARCHIVO GRÁFICO CULTURAL SANTIAGUEÑO DE OMAR SAPO ESTANCIERO 

domingo, 11 de mayo de 2025

La Acequia Real

 Por Sara Diaz de Raed | Santiago del Estero, 1983

 


Cuando el sol quemante, seguramente engreído de su daño creciente a la capa de ozono, amenaza reventar la gris dureza del cemento, el otrora fresco y arbolado paseo, sacude la memoria de los que peinan canas. Y también amaga una lágrima furtiva escaparse ante el inevitable cotejo entre pasado y presente. Aquella avenida Belgrano, nacida de una premonitoria sabiduría con sus dos manos angostas de circulación, la línea central de agua y a sus lados las filas protectoras de árboles o esta turbulenta vía ensanchada producto del ¿progreso?

Este artículo rescata los datos históricos de la que originariamente se denominó “acequia real". Pero aspira a la vez, en servir de cuña para el análisis sobre los modelos de urbanización ungidos para una ciudad herida por la destrucción de su patrimonio.

Estamos frente al primer "acueducto santiagueño", una de las principales construcciones primitivas, que datan del siglo XVI. La acequia de la avenida Belgrano fue una sorprendente obra de ingeniería que dio origen a la agricultura de riego. Nuestra "acequia principal", como se la llamó primitivamente, por ser única y la de mayor caudal, al servicio de "chacras y sementeras", fue centro de interés económico, político, social y religioso de la ciudad, desde los albores de su existencia.

ORÍGENES DE SU FUNDACIÓN

Existen diversas opiniones sobre quién la mandó a construir. Unos atribuyen la obra a los jesuitas y otros al gobernador Abreu y Figueroa. De la primera teoría no hemos encontrado documentos que lo atestiguan; de la segunda, sí. El gobernador Abreu y Figueroa escribe al virrey del Perú el 20 de marzo de 1557 (transcurridos apenas, cuatro años de la fundación de la ciudad) y dice haber "sacado una acequia principal para riego de sementeras tardías y hecho repartimiento dellas ques ymportante cosa".

Otro testimonio valioso es del Pedro Sotelo Narváez, vecino de Santiago del Estero, que envió al presidente de la Real Audiencia de la Plata, en 1.582, la Relación de las Provincias del Tucumán, expresando: "Cógense trigo, mays, cebadas, garbanzos, habas, ajos, cebollas y otras legumbres y hortalizas de España, así en lo que este río baña como en una acequia que sacaron los cristianos, donde hay recreaciones, pasa junto a la ciudad, y corre más de una legua..." Según estos datos, la acequia es contemporánea a la fundación de la ciudad. Ambos documentos demuestran, que este ensayo hidráulico existió ya a fines del siglo XVI.

En tomo a la acequia giró la vida íntegra del pueblo desde sus comienzos y en sus diferentes etapas, colonial, de la libertad, de la independencia, autonomía y organización nacional. Ella hizo posible la productividad de la tierra, y en más de cuatrocientos años satisfizo las necesidades de sus habitantes. Así lo atestigua la Relación de Narváez cuando dice que los indios juríes se alimentaban de "maíz, frisoles de muchas maneras, y raíces como la yuca, aunque silvestres. No tenían frutas más que de cardones diferentes, tunas, algarroba y chañar; los españoles y ellos tienen agora frutas de España que se han plantado, viñas de que se cogen muchas uvas y vino, duraznos, higos, melones, membrillos, manzanas, granadas; perales y ciruelos no han dado fruto aún; hay limas y naranjas".

Los cultivos hortícolas y frutícolas que se realizaron con el agua de la acequia atendieron el consumo local desde la época colonial hasta avanzado el siglo XX. "Primera colonia agrícola bajo riego artificial", la califica con acierto el estudioso de la historia Alberto Figueroa Cueto. El rey, concedía como un privilegio, y por Cédula Real, rentas especiales para su sostenimiento. Además de satisfacer necesidades de orden agrícola-ganadero, el agua sirvió también para la edificación. Así lo atestiguan la Actas Capitulares en 1.747, cuando esta arteria se secó " a cinco años que no corre la sequía y Esta la Ciudad. En mucho inopia sin tener una mata de berdura para los mantenimientos, y ni poderse hacer adoves para las fábricas de casas y reparo de los edificios que se van arruinando...... A fines del siglo XIX una promisoria industria nació en las riberas de la acequia, la plantación de caña de azúcar, lo que dió origen a una fábrica que funcionó en Contreras.

Indudablemente que la "ribera" ayudó al desenvolvimiento económico de la ciudad, por el surgimiento de quintas, huertas, chacras, que aseguraron las cosechas.

APOYO A EXPEDICIONES

La producción agrícola de las chacras, juntamente con la ganadería, que tuvieron rápido desarrollo facilitaron los recursos necesarios para costear expediciones que partieron de su seno a fundar ciudades. Esa ayuda consistió en proporcionar alimentos para la caballería. Cuando Jerónimo Luis de Cabrera marchó hacia la región de los comechingones a fundar la ciudad de Córdoba, llevó "cuarenta carretas cargadas de basamentos".

Ya en el siglo XVIII con la inscripción de las Actas Capitulares, la acequia se convirtió en el centro de la atención municipal y comenzó a vivir una existencia legal. Allá por 1.738 el Cabildo resolvió se dispongan por este Cabildo todo el fomento necesario para las obras de la Azequia ". En años posteriores el riego de las chacras se vió interrumpido por intereses particulares, algunos de orden político, según se lee: "fue de la primera atención de su Señoría el reparar los daños que se siguen de que el agua de la hasequia principal, jeneralmente son dueños toda clase de personas de llebar el agua por donde a cada uno le parece gozando uno de las conbeniencias del agua con daño general de las chacras”. La existencia legal de la acequia no fue “muy limpia a causa de los artificios y cabildeos de los Alcaldes de aquel entonces, que para aprovecharse de los recursos propios de la Acequia, la "enlamaban y desenlamaban" con más frecuencia de lo necesario", expresa el historiador dr. Orestes Di Lullo.

RIBERA

Con el impulso dado a la agricultura comenzaron a nuclearse en sus riberas numerosas familias. De ahí proviene el nombre de la "ribera" con que fue conocida por mucho tiempo.

Sucesivas inundaciones del río Dulce, en 1.627 y 1.663, hicieron que sus habitantes se desplazaran hacía el poniente. Entonces la acequia se convirtió en el centro de la ciudad. En su vecindad comenzaron a construirse los principales edificios, entre ellos la Catedral (la cuarta) y tiempo después el Cabildo, solar donde funcionó durante mucho tiempo la Casa de Gobierno, hoy asiento de la Policía Central. Algunos vecinos se trasladaron cerca de la nueva plaza, centro de la ciudad actual.

Primitivamente los adjudicatarios de chacras y solares registraban sus nombres en el plano de fundación de la ciudad. Más adelante, en 1.756, figuran en el padrón de la Acequia, los descendientes de los primeros conquistadores, entre ellos de los González de Abreu y Figueroa, Hernán Mexía de Miraval, Gerónimo Luis de Cabrera, Juan Ramírez de Velazco, don Francisco de Argañarás y Murguía, Alonso de Vera y Aragón, Juan Juárez Baviano. Podemos afirmar que esta "madre de ciudades" no sólo transmitió su vitalidad al fundar núcleos de población, sino también les dió sustento. Junto a esos descendientes, los clérigos y conventuales poseyeron sus chacras o recreaciones, mercedarios, franciscanos, dominicos y jesuitas. Todos ellos tenían chacras de su propiedad que cultivaban por medio de sus "yanaconas”.

Cierta vez, el gobernador Hernando de Lerma pretendió despojar de sus yanaconas a los mercedarios. El comendador manifestó que su condición de integrante de los primeros pobladores y conquistadores les daba derecho, y que sin el cultivo de las chacras no podían subsistir sus conventos, ni cumplir acción evangelizadora. Según consta en el "padrón de la Acequia” de 1.756, "la fracción de la Merced es de dos cuadras por dos. Por una parte, se asoma a la acequia y por otra al camino del Palomar que lleva a Manogasta. "La manzana nº 52 perteneció al convento de Santo Domingo". La cuadra que sigue al Sud, n* 52, fue de Alonso de Alfaro y la fracción n* 70 perteneció a sus herederos.

En la revisión de documentos no hemos encontrado la fecha que señale el cambio de denominación de “principal" por "Belgrano”. Sólo anotamos que durante el gobierno de Absalón Rojas, se dictaron leyes de carácter edilicio, las del 4 y 22 de agosto de 1.887, disponen la creación de una plaza y escuela denominadas Belgrano, ambas situadas en la zona sud, a poca distancia de la acequia, las que conservan su ubicación actual.

CHACRAS Y RELIGIÓN

La Chacra de las Beatas fue un solar que perteneció al Capitán Juan de la Cerda y Aragón y a su esposa doña Juana de Bravo de Zamora, allá por 1.675. Una hija de este matrimonio, doña Josefa de la Cerca y Aragón, juntamente con otras damas, se reunieron allí para llevar vida monacal, bajo las reglas de la Compañía de Jesús. Cuando falleció la última de las religiosas en 1.717, doña María Ibáñez del Castillo y Días Caballero, la Chacra de las Beatas pasó a posesión de los sobrinos de doña Josefa, es decir a los Juárez de Cantillana y Cerda y Aragón, antiguos poseedores ' desde la época del Empadronamiento.

Otras religiosas, sor María Antonia de Paz y Figueroa (fundadora de la Casa de Ejercicios en Buenos Aires), y sor Ana María Taboada, que fundó el Beaterío de Belén en 1. 82 1, recibieron como donación del presbítero Juan José Lami (Capellán y Consejero de la Casa de Belén), una chacra que heredó de su abuelo el general Joséph López de Velazco. Tiempo después se constituyó allí, el templo y asilo de Belén.

Cuando en 1.897, llegaban a Santiago las  cuatro primeras hermanas dominicas, se instalaron en una chacra sobre la margen derecha de la acequia, donada por Ramón Iramaín. En 1.909, Elisa Gorostiaga de Iramaín instaló en esa quinta a las Hermanas Terciarias Franciscanas de la Caridad Enfermeras, en recuerdo de su hija Elisa, última heredera de la familia.  El cuidado de la acequia fue la principal preocupación del gobierno de la ciudad. Así lo refieren las Actas Capitulares en numerosas oportunidades. Frecuentes inundaciones, el desborde " corriendo el agua por las calles públicas y en particular en la calle de la Merced en donde ha hecho madre”.

No obstante estos inconvenientes, en las riberas de la acequia se congrego la población. Después se convirtió en una avenida importante. Adornada primitivamente por hileras de sauces, luego se la embelleció con álamos. Las viejas quintas, paulatinamente, fueron reemplazadas por modernas construcciones que la convirtieron en una arteria residencial.

Por fin, con cuestionables criterios de modernización, esta primera obra de irrigación que amparó la vida de la ciudad por más de cuatrocientos años fue remodelada.

miércoles, 7 de mayo de 2025

Relictos de paisajes ancestrales en Santiago del Estero. Sus posibles causas

  “He querido ver el lugar donde ha nacido y muerto tanta historia,…las viejas poblaciones santiagueñas,…, cuatrocientos años sepultados en la nada…, hoy son un vasto cementerio donde ni siquiera se escucha una plegaria”. Di Lullo, O. (1954). Viejos pueblos, Santiago del Estero, páginas 75 y 76.



En las décadas de 1930, 1960 y 1990 tuvieron lugar fuertes modificaciones en la estructura productiva argentina, de modernización forzada, de la incorporación de nuevas tecnologías y esquemas productivos, y de no pocas consecuencias políticas y sociales en el futuro inmediato.

La destrucción de las tierras agrícolas, ganaderas y forestales explotadas tradicionalmente-extractivamente, fue una constante en los últimos 100 años, como ya vimos en otras entradas. Esto fue posible debido a inadecuadas prácticas de producción y conservación de recursos. El deterioro de estos espacios se ha traducido en crecientes procesos de erosión, agotamiento de los nutrientes de las plantas, problemas de salinización, alcalinización, desertificación y/o anegamiento, con gradual empobrecimiento de la fertilidad del suelo.

Raúl Scalabrini Ortiz, en su libro Historia de los ferrocarriles argentinos, citando al diputado Alejandro Gancedo, señala que “todos los ferrocarriles en cierta medida y cada uno a su tiempo han sido despobladores. En Santiago del Estero los ferrocarriles hicieron desaparecer centros florecientes de actividad comercial como Villa Loreto, Atamisqui, Mailín, Salavina, etc., núcleos de cultura importantes que hoy muestran las ruinas de sus viejas casas junto a las plazas donde las bestias pastan”. Y posterior a ello, la sustracción del servicio del tren, muchos pueblos quedaron en vía de extinción, otros ya son fantasmas, como consecuencia del cierre de ramales ferroviarios y de la clausura de las estaciones de trenes. El paisaje es y fue de desolación, muchas de las localidades existían gracias al tren. Al cerrarse las estaciones, las localidades quedaron aisladas y la población emigró. Esto llevó a la conformación de relictos de paisajes, diríamos, ancestrales. Volviendo a la cita inicial, ese era el legado que veía Di Lullo cuando recorría los viejos pueblos del interior santiagueño, ruina, devastación, la nada. Era la herencia que dejó, el acoplamiento al modelo agro-exportador, para las poblaciones nativas la fantasía del progreso.

En este sentido y otros, leemos a Jóse Luis Grosso, “…Las planicies del sur fueron escenarios de lucha con el indio, pero ofrecieron menos resistencia geográfica que el desierto chaqueño, selva alta e impenetrable bajo el control territorial de varios grupos aborígenes. La Conquista del Chaco comenzó en 1881 y terminó en 1917. Poco a poco, en los terrenos tomados eran instalados obrajes forestales ya a ellos se extendían los ramales ferroviarios, necesario para su extracción de la selva y traslado hasta las puntas de riel. Luego, una vez deforestado el terreno circundante, se establecían allí colonias destinadas a la agricultura,(…) pero no siempre la explotación forestal concluyó en la agricultura. Los obrajes de madera y carbón eran la principal inversión de los inmigrantes por su rédito inmediato. El ferrocarril redujo la cantidad de molinos harineros que existían en la zona mesopotámica: Villa Atamisqui y Salavina, por ejemplo, al traer harinas ya elaboradas industrialmente y a bajo precio. Pero, por otro lado, posibilitó el ingreso a la región de nuevas maquinarias. Las ventajas del transporte a menor precio promovió la inversión en canales de riego en el curso medio del Río Dulce, (…) los conchabadores (contratistas de trabajadores) ahora cargaban a los jornaleros santiagueños (muchas veces con sus familias) en los vagones de carga para llevarlos a la zafra de los ingenios tucumanos de caña de azúcar y a los obrajes forestales que venían teniendo gran desarrollo en toda la Mesopotamia santiagueña mientras abrían nuevas entradas en la selva chaqueña, al este del Salado. La expansión ferroviaria y la explotación de los bosques se reclamaban mutuamente: madera para los durmientes de quebracho en que se asentaban los rieles, para postes de alumbrado y de telégrafo, y carbón para combustible eran requeridos en todo el país de manera creciente. Varias poblaciones mesopotámicas se mudaron a orillas del ferrocarril, como ya lo hubieran hecho tantas veces en la historia siguiendo el curso azaroso de los ríos. Estos traslados de pueblos enteros se inscriben en una larga tradición de desplazamientos periódicos…”

En su momento al referirnos a la “Agonía del campo santiagueño”, vimos cómo se conformaron como consecuencia de lo descripto espacios de pobreza extrema, de vulnerabilidad social que desataron, a diversos ritmos, procesos de éxodo de población hacia las ciudades y sus periferias. Así, en las últimas décadas miles de campesinos pobres dejaron los campos para irse a zonas urbanas, dentro y fuera de la provincia. Esta situación geohistórica es sumamente grave debido a que el poblamiento de vastas zonas disminuyó a un ritmo acelerado a partir de la década de los cincuenta y sesenta, cuando la población rural emigró a las ciudades, cuando era necesaria una mayor productividad de estas explotaciones tradicionales para originar más alimentos, fibras y materias primas para la agroindustria, cuando las formas de producción y sus formas adquieren otros criterios medioambientales.

A la falta de agua, la explotación extensiva, el inadecuado laboreo agrario y  la deforestación irracional acarrearon dilapidaciones territoriales e inclusos desgastes genéticos en ciertos cultivos, y otras plantas tradicionalmente útiles para cultivos alimentarios.

En los espacios rurales tradicionales de extrema pobreza, las plagas, pestes ganaderas y épocas de escasa fertilidad no han podido ser detenidas debido a que los magros ingresos del campesinado impiden el acceso a la modernidad por el alto precio de los productos químicos, a lo que se añaden métodos rutinarios en el uso del suelo. De esta manera, la vetustez e inmovilismo geosocial, y las agudas situaciones de extrema pobreza sólo han ocasionado graves pérdidas socioeconómicas y ambientales, y han impedido el desenvolvimiento agrícola, ganadero y forestal sustentable.

 

Al consolidarse el empobrecimiento de esos espacios se han reducido, digamos la supervivencia del campesinado tradicional con sus producciones para el autoconsumo. Ello se puede constatar en aquellas zonas donde aún domina la explotación tradicional de los suelos. Aunque los espacios destinados a la agricultura de subsistencia han disminuido en importancia por la expansión de nuevos tipos de agricultura comercial, sobre todo a partir de la rápida etapa de modernización de los años setenta y ochenta, aún hay grandes superficies en donde habitan numerosas familias campesinas que conservan modos de vidas del pasado, en evidente desincronización con la vida contemporánea. El deterioro de estos espacios, que profundiza la pobreza y la desnutrición o mal nutrición de las familias campesinas se han acentuado década tras décadas en los paisajes agrarios tradicionales, tal como lo reflejan los informes de numerosas fundaciones y/o organizaciones que están interviniendo en el interior provincial.

La sobreexpolotación de maderas preciosas se ha llevado a cabo, en varios grados, en regiones selváticas y boscosas, lo que empobrece la cobertura vegetacional y degrada espacios. La velocidad con que se dañan. Cualitativa y cuantitativamente, diversas especies maderables silvestres se puede apreciar en especial en el quebracho colorado (Chaco y Santiago del Estero), donde se traía el tanino, que a comienzo de los años treinta del siglo pasado aportaba alrededor del 65% del consumo mundial (hizo que su importancia declinara notoriamente a partir del quinquenio 1956-1960. Así se constataba en 1977, cuando se exportaban solo 84.000 toneladas del extracto curtiente. Los obrajes donde se convertían en viruta los robustos rollizos de que quebracho se transformaron en espacios yermos o abiertos al cultivo del algodón, pues estas modalidades de explotación impedía su reposición natural o artificial.

En las décadas del ’60 y del ’90 se generaron profundos cambios que disminuyeron la utilización de mano de obra en las tareas agrícolas contemporáneamente a la drástica reducción de la actividad ferroviaria. “…ante la nueva sequía ferroviaria de la década de 1980, cuando se desmontan los servicios de miles de kilómetros en el país entero y quedaron los rieles desiertos como lechos muertos, muchos pobladores volvieron a sus antiguos asentamientos, dejando nuevos pueblos fantasmas en torno de las estaciones de arquitectura inglesa”. Groso, José L. (p. 73 y 74)”.

Para ir concluyendo. La población flotante de trabajadores sin tierras o los que viven de ocasionales trabajos rurales. Los campesinos que pertenecen tipos de agricultura menor deben su situación a la involución productiva de sus territorios de subsistencia, donde la escasísima producción se obtiene a expensas de una irreparable destrucción de suelos, bosques y biodiversidad. Las negativas transformaciones de estos espacios antiguos han incidido, en las últimas décadas, en la conformación de paisajes empobrecidos que no pueden asegurar la alimentación de los conglomerados rurales. Así, este tipo de agricultura deja de tener solvencia no sólo porque se han destruido sus bases geográficas sino también porque las tecnologías disponibles son antiguas.

A esto último, debemos sostener que el declive ferroviario no es la única causal del despoblamiento rural y de pequeños pueblos, o del vaciamiento del interior provincial, o de la agonía del campo o como quieran denominarlo, no sabemos si fue el tren o fue un conjunto de distintas variables las que afectaron de distintas maneras a los pueblos. En muchos casos, el tren perdió su razón de ser. Su matrimonio con la industria liviana nunca funcionó, ni aquí ni en el resto del mundo. El camión captó las cargas generales y aquellas que atravesaban distancias menores.

Hay que sumar también los cambios tecnológico, de propiedad y organizacional en el agro y los nuevos esquemas productivos. Santiago del Estero siempre fue expulsora de población, desde la época colonial. Las pequeñas localidades son las más vulnerables en las migraciones. La ida de 15 personas puede representar el 10-15% de su población. Además, estas suelen ser monoproductoras. De manera que, si esa actividad afrontara algún tipo de problema, probablemente estos serían transmitidos al pueblo todo.

La pregunta que nos hacemos, y que en algún momento trataremos de responder dejando de lado la nostalgia y el “amor al ferrocarril” de algunos, y que, no es necesariamente amor a todo el ferrocarril, sino al más bien al de pasajeros, porque es el que conectaba las localidades y permitía que las personas pudieran movilizarse: ¿La vuelta del tren traerá progreso a las localidades que la perdieron? Decimos esto, porque la nostalgia por el tren expresa una postura política muy fuerte, en tanto es aquel que dio vida a la Argentina, a la sexta economía mundial en términos de producción por habitante. Ese ferrocarril, que expresa un estadio en el desarrollo de la sociedad, no existe más. Y la última, ¿Qué respuestas nos podría dar el pasado para ser reutilizada en el siglo XXI?

Fuente: nuestrasmiradassobresantiago.wordpress.com


domingo, 4 de mayo de 2025

"La barra de los amigos santiagueños que conocía don Ata en 1982".


Embelesado por ese sabor que le transmitió la chacarera rasgueada y entonada por LOS HERMANOS DÍAZ, ATAHUALPA YUPANQUI, supo entablar un entrañable lazo de amistad con varios amantes de la música criolla en estas tierras a quienes denominaba como "La Barra de los Santiagueños".

Alberto Bravo de Zamora, recordó cuando en los '60 fue nombrado Delegado Ad Honorem de las Embajadas Culturales de Santiago del Estero. Le tocó viajar a Arequito, Santa Fe. Fue con Víctor Achával, que se acercaron a dialogar con don Ata.

El respeto y la admiración que el trovador despertaba, colmaron a los dos y cruzaron unas palabras con él afamado: "Cuando nos escucha la tonada, rápido se percata y nos cuenta que conocía muchos Santiagueños y nos pregunta el apellido. Cuando escucha el mío, me pregunta que parentesco tenía con Teodomiro Bravo de Zamora y le contesto que era mi abuelo". "Él era el grande de la barra de los santiagueños..." dijo en relación a que Teodomiro era una generación mayor a la suya.

Eran tiempos en que don Ata frecuentaba Santiago, casi de ignoto, para reunirse en la finca de los Arzuaga, entre otros amigos como el militar tucumano juan Carlos franco Páez, quien se convirtió en figura de leyendas tras ser designado de oficio como abogado defensor en el Consejo de Guerra contra el tipógrafo y militante anarquista Severino di Giovanni, fusilado el 1 de noviembre de 1931 en Buenos Aires. Una historia inmortalizada por Osvaldo Bayer en el libro de investigación: " Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia".

Este juan Carlos Franco Páez, era un gran cantor y le dedicó "Vidala del imposible" a su abuelo.

De aquel primer contacto, surgieron otros ocasionales encuentros, sobre todo en Casquín. "Me acerqué muy cordialmente, se acordó de mi apellido y de la charla anterior".

Con el correr de los años y, en las distancias de las edades y el respeto que a mí me inspiraba, nos tratábamos con mucho afecto".

En 1982, se encontraron nuevamente, pero en la casa del "Gringo". "Había venido a actuar a Santiago con el poeta tucumano José Augusto Moreno, que a su vez oficiaba de Secretario en el Teatro 25 de Mayo.

"Después de aquella velada, don Ata, aceptó la invitación con la condición de que estuvieran invitados los sobrevivientes de aquella 'Barra de Santiagueños".

Estuvieron: DR. Armando Archetti, Nabor Barrionuevo, Cirilo de Arzuaga y flia., Sixto Palavecino, "tushca" Díaz, Santiago Carrillo, entre otros ".

Entre risas y anécdotas, los amigos compartieron una amena charla y de despedida fue una chacarera como corolario del ágape nocturno.

"Yo quisiera tocar, pero no tengo guitarra, además soy zurdo..." -dijo don Ata-

Precavido de esa situación, El Gringo, le había pedido con anterioridad a Santiago Carrillo, que llevara la guitarra de su madre que era zurda. Así fue como antes de retirarse de la reunión, Yupanqui, aceptó gustoso y dijo: "Chacarera trunca santiagueña..." que, con el correr del tiempo se conoció como "La Mocha", con música de los Hermanos Díaz y letra de José Antonio Faro.

"Yo tengo la sensación que quiso decir que la debió conocer como chacarera popular, pero en ese momento, al parecer, la chacarera no tenía nombre aún".

(Viceversa, El Liberal, 2 de mayo de 2017) Publicado en fbk por Omar Estanciero


El padre de la chacarera. Don Andrés Chazarreta.

 


Se abre el telón. Aparece un hombre de tez morena y alpargatas de yute. Era 17 de marzo de 1921, y fuera del teatro Politeama (Corrientes y Paraná) el clima cálido hizo amena la concurrencia. Se recibía por primera vez en Buenos Aires la música nativa. Algunas crónicas de la noche cuentan que parte del público abandonó el teatro espantado y hasta una mujer de tapado de piel dijo “arte bárbaro”. El que comandaba esa delegación estaba acostumbrado, que no es lo mismo que rendido. En 1911 le había sido negado el Teatro 25 de Mayo de su provincia de Santiago del Estero por considerar que su compañía era "arte menor", y debía estar en los circos.

Mientras tanto, el periodista Ricardo Rojas, al igual que otros intelectuales de su generación, habían ido a ver el espectáculo y en el caso de Rojas, a cubrir para el Diario La Nación. Sus ojos se humedecieron, como la mitad de la sala que aplaudió casi cinco minutos a esos hombres y mujeres representando la cultura provinciana. Al otro día el diario titulaba “Un trozo de la vida del interior trasplantada a la ciudad cosmopolita”. Hoy se cumplen 60 años de la muerte de Andrés Chazarreta y 99 años del arribo de la música de raíz a la gran urbe. El músico y maestro santiagueño no solo es considerado “el padre del folklore moderno” sino que debió lidiar con una elite espantada por el reflejo de lo que sucedía fuera de la fina Bs As. En su compañía estaban los primeros embajadores de los patios de tierra, entre ellos un entusiasta joven que hasta dos días antes de partir recordaría “No se me va el entusiasmo de aquel día” Se llamaba Vitillo Abalos, tenía 12 años y debutaba en la raíz del siglo pasado como bailarín junto a Chazarreta,

Hoy sus bisnietos, Los Chaza - Oficial y el Pato Molina Chazarreta, recuerdan que a pesar de todos los obstáculos fue un éxito aquella presentación. El artículo de Rojas ayudó, pero más ayudó el tezón y el orgullo de Don Andrés por esas “artes olvidadas”. De la gente que se levantó y se fue nadie.

Fuente: Tarea Fina OPM 

Hoy reparto de indios. A toda familia que requiera se le entregará un varón como peón, una china como sirvienta o un chinito como mandadero”

 Reportaje a Osvaldo Bayer



¿Cuál es el origen de la distribución de la tierra?

La distribución de la tierra se originó con las llamadas “campañas del desierto” sobre la tierra donde vivían los pueblos originarios. La mayor de esas masacres fue llevada a cabo por el general Julio A. Roca en 1879. La Sociedad Rural, creada por los estancieros de la provincia de Buenos Aires en 1866, cofinanció la campaña. El Ejército argentino marchó sobre los pueblos originarios y perpetró un verdadero genocidio. Roca reestableció la esclavitud en Argentina –eliminada en 1813–. En los diarios argentinos se podía leer: “Hoy reparto de indios. A toda familia que requiera se le entregará un varón como peón, una china como sirvienta o un chinito como mandadero”. También se repartieron 42 millones de hectáreas a 1.800 estancieros integrantes de la Sociedad Rural. Al presidente de la Sociedad Rural, el señor José María Martínez de Hoz, se le entregaron 2.500.000 ha. Los Martínez de Hoz eran una familia de españoles que habían llegado al Virreinato del Río de la Plata cuando era de dominio español como traficantes de esclavos. Luego se convirtieron en una familia de terratenientes y hoy todavía dominan la escena. Tanto es así que el ministro de Economía más famoso de la última dictadura militar era bisnieto de aquel traficante de esclavos.

¿Cuáles fueron las justificaciones para la “conquista del desierto”?

Primero tildaron a los indios de ladrones, decían que se llevaban las vacas. Para luchar contra eso empiezan a construir la famosa zanja de Alsina, un foso de cinco metros de profundidad y tres de ancho, desde el Atlántico a la cordillera de los Andes. Se hicieron más de 360 kilómetros de zanja. Pero los pueblos originarios tuvieron mala suerte. Murió Alsina y el presidente Nicolás Avellaneda nombró al general Julio A. Roca como ministro de Guerra. Roca decide imitar la estrategia norteamericana: importa 10.000 fusiles de repetición, para terminar para siempre con los “salvajes”. Con apoyo de los grandes diarios de Buenos Aires se inició una gran campaña contra los pueblos originarios. El resultado fueron 14.000 indios muertos y unas 14.600 personas tomadas como esclavas, peones que irían a trabajar en las fortificaciones militares de la isla Martín García [en el Río de la Plata] o en la zafra del azúcar en la provincia de Tucumán. A las indias se las pone como sirvientas y se las separa de sus hijos. Para los integrantes de los pueblos originarios que se salvaron empezó un periodo de indigencia, de mucha pobreza. Muchos de sus nietos forman hoy parte de las villas miseria.

"A los pueblos originarios se les tildó de salvajes, los héroes son gente como Sarmiento, que les llamaba ’indios piojosos", Para los poderes feudales provinciales ‘el mejor indio sigue siendo el indio muerto’..

¿Cómo se enseña hoy la historia de esta época en Argentina?

Los grandes héroes de la patria, además de los que lucharon en la independencia contra España, son los de la conquista del desierto. A los pueblos originarios siempre se les tildó de salvajes y los héroes son Roca, Bartolomé Mitre o Domingo Faustino Sarmiento. Sarmiento era un racista insoportable. Él casi siempre hablaba de los “indios piojosos”, a pesar de que tenía un 25% de sangre india, por su madre. Roca tiene el monumento más grande de Buenos Aires. En la Patagonia, las calles principales se llaman Julio A. Roca. Hace diez años hemos empezado con una campaña para cambiar esto y hemos logrado algunos triunfos. En algunos pueblos se ha cambiado el nombre de la calle Roca por Pueblos Originarios. Y ya hemos recolectado más de un millón de llaves de bronce para construir un monumento a la mujer originaria que reemplace el de Roca en el centro de Buenos Aires.

jueves, 1 de mayo de 2025

Orestes Di Lullo: un intelectual entre la nostalgia y la construcción de identidad



En la historia cultural del norte argentino, pocos nombres resuenan con tanta fuerza como el de Orestes Di Lullo. Médico de profesión, historiador por vocación y etnógrafo por intuición, Di Lullo fue uno de los intelectuales más influyentes en la construcción del imaginario santiagueño. Su obra, extensa y apasionada, ofrece un relato poderoso —aunque también problemático— sobre la identidad de Santiago del Estero y su lugar en la historia nacional.

Una escritura que busca el alma del pasado

Di Lullo no escribía historia con fría distancia. Su prosa, a menudo ensayística y cargada de imágenes poéticas, construye una narrativa heroica del pasado provincial. Veía a Santiago como la “madre de ciudades”, un centro originario desde el cual se expandió la civilización hacia el noroeste argentino. Pero ese relato no solo exalta los orígenes: también arrastra una profunda melancolía por lo perdido, por el esplendor que —según él— fue desmantelado por la modernidad liberal.

Nacionalismo, catolicismo y revisionismo

Su pensamiento articula tres ejes centrales: nacionalismo, ultracatolicismo y una concepción histórica heredera del revisionismo. Para Di Lullo, la identidad nacional debía anclarse en la tradición hispánica y católica, y encontraba en la historia de Santiago del Estero un microcosmos de esa Argentina que, para él, se había desviado del camino correcto. Esta mirada, alineada con el “mito de la nación católica”, lo llevó a criticar abiertamente el liberalismo y el proyecto secularizador que, en su visión, había vaciado de sentido moral a la patria.

Entre la gloria y el desahucio: un relato contradictorio

Lo fascinante —y polémico— de su obra es la coexistencia de discursos aparentemente antagónicos. Por un lado, enaltece la civilización española y su obra evangelizadora; por otro, denuncia los estragos de la modernidad, el ferrocarril que dejó pueblos atrás, la explotación del bosque nativo y el drama social del obraje. Denuncia la pobreza, el abandono estatal y la miseria del campesino santiagueño, sin dejar de idealizar un pasado donde el orden, la religión y la jerarquía eran la norma.

Una frontera cargada de sentido

En sus textos, la frontera del río Salado del Norte simboliza el conflicto permanente entre civilización y barbarie, en términos casi sarmientinos. Desde ese borde, describe a Santiago como bastión heroico frente al “salvaje chaqueño”, retomando una visión colonizadora de fuerte carga ideológica. Las reducciones jesuíticas y los fortines aparecen como emblemas del sacrificio civilizador, mientras que los pueblos indígenas son presentados desde una perspectiva que oscila entre la comprensión y la estigmatización.

Di Lullo etnógrafo: el ojo que escucha

Más allá de su vocación historiográfica, Di Lullo fue también un observador agudo de la vida cotidiana. Su trabajo con el lenguaje popular, las genealogías familiares y las costumbres locales lo posiciona como uno de los primeros etnógrafos del país. Su sensibilidad para captar el habla, los mitos y los ritos de su gente le permitió construir una visión íntima del ser santiagueño, que combina el detalle erudito con la calidez del narrador popular.

Una herencia que aún interpela

La obra de Orestes Di Lullo marcó una matriz de interpretación que aún resuena en buena parte del pensamiento santiagueño. Su Santiago fue grande, heroico, sacrificado; pero también trágico, condenado y olvidado. En esa ambigüedad se encuentra quizás su mayor potencia como cronista de una identidad en tensión: entre la nostalgia del esplendor perdido y la denuncia de un presente sin redención.

Como toda obra canónica, su legado debe ser leído críticamente. Nos permite reflexionar sobre cómo se construyen los relatos del pasado, quiénes los escriben y con qué fines. Y en tiempos donde las identidades regionales buscan nuevas formas de expresión, la figura de Di Lullo vuelve a interpelarnos: ¿qué historias decidimos contar sobre nosotros mismos?

Fuente: Orestes Di Lullo, algunas claves para pensar su escritura historiográfica. De María Cecilia Rossi